Su territorio está dividido, grosso modo, en: Cordilleras (occidental, oriental y central, y los valles que separan unas de otras), selva y llanos. Estos dos últimos ocupan algo más de la mitad de su territorio, y, sin embargo, sólo un 5% de los colombianos habita en ellas.
Nosotros, hartos de tanta montaña, nos hacemos con un coche y nos vamos a recorrer los Llanos Orientales, al otro lado de los cerros que encierran a Bogotá.
Esta vez nos acompaña un pequeño polizón, Mambo también se viene con nosotros.
Y después de recorrer kilómetros de bajada entre miles de montañas por carreteras sinuosas y sobre todo peligrosas (no tanto por la infraestructura en sí, que también, sino por lo inconsciente de los conductores colombianos), desaparecen las montañas y comienza una interminable explanada que llega hasta Venezuela.
Villavicencio se me hace un lugar oscuro, feo y sucio. Sin embargo, no es en esta ciudad donde paramos, sino en una finca ganadera. Todo aquí son fincas ganaderas. Hectáreas y más hectáreas de campos vallados y llenos de vacas. Vacas por cierto de todos los colores y formas.
Nos llaman la atención los llaneros, sobre sus caballos o sus todo terreno, y sus sombreros de cowboy. Los Llanos vienen a ser el Texas colombiano. Aunque, la necesidad ha hecho que muchas fincas se reconvirtieran al agroturismo, por lo que los vaqueros se olvidan de la rudeza, y se vuelven todo simpatía frente a nosotros.
Sin embargo, simpatía no significa eficacia. Ni eficacia, ni entendimiento. Durante varios días mantenemos conversaciones de besugos (tras las cuales siempre me acuerdo de mi tía Elena. Cuánta razón tenía...)
Paisajes camaleónicos que tan pronto parecen el Apocalipsis o el Edén. La tentación de mandarlo todo a la mierda, comprar unas vacas y unos prados, y quedarme a vivir montada en un caballo por siempre.



