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Beijing

Shanghai

Hang Zhou

Hong Kong style

Cada vez entiendo menos los asfaltos y los andamios infinitos, aunque sean de bamboo.

Hong Kong es Londres, es Nueva York, es ojos rasgados y todo mezclado. Ni un centímetro en blanco, ni un metro para uno solo.

Tráfico de taxis rojos de noche. Un goteo sucio y frío que cae desde lo alto de los aires acondicionados.

Consumo desaforado para ricos. Qué lástima no serlo. Qué fortuna saber que, de serlo, no sería en esto en lo que gastaría mis esfuerzos.

El pueblo de mi padre

Hubo un anuncio de Renault en el que un muchacho conducía su Clio acompañado de un copiloto peligroso, el mono de la ballesta.

Yiwu está lleno ellos, de monos con ballesta y pingüinos con dinamita.

Pero también hay niños y putas, fábricas y obreros, bicis y coches millonarios, dumplings y tallarines, un calor de mil demonios y una contaminación a la altura.

Aquí nuestro clan resulta tan extraño para los lugareños como lo es un oso panda para nosotros.

Interferencias

Navegar por los mares de China está siendo más complicado de lo que pensaba.

No hay cobertura, no hay acceso a las páginas de Internet que puedan guardar el más mínimo interés, y por supuesto no puedo actualizar el blog.

Ahora desde Hong Kong el tiempo cunde poco.

Ya recogeré las experiencias de estos vientos.

Flechazos



Estaba repantingada en un sofá del Starbucks, leyendo, o haciendo que leía. Tenía una cristalera inmensa a mi izquierda, y la sensación de que aquella avenida, con el sol iluminando cada detalle de asfalto, era la versión más cinematográfica de San Francisco, y yo estaba embelesada con las vistas.

Tras una canción de Ella Fitzgerald, apareció Jill Barber. Pero su nombre yo no lo conocía entonces. De hecho, había escuchado esa misma canción, en ese mismo establecimiento, una semana antes. Sólo un fragmento, el final. Lo había intentado con esfuerzo, pero no conseguí volverla a reproducir en mi mente. Ahora volvía a sonar, y reconocí al instante los primeros acordes. Me incorporé como por arte de un latizago en la espalda. El cuerpo tieso, la cabeza alerta. Escuché... Y me distraje por un momento, no lo pude evitar, se me estaba olvidando respirar. Fue una punzada en las tripas. Una voz casi ácida, que cantaba en un balancín que parecía mecerlo a uno, casi un himno, una canción de cuna para calmar las almas.

Me levanté de un brinco, me colé hasta el mostrador por la zona de recogida de bebidas, no quería que las personas de la cola se molestaran.  Asalté al muchacho con uniforme que estaba más cerca. Le pregunté con prisas cómo se llamaba aquella canción. Me dijo que no lo sabía, se hizo el remolón. Le imploré, lo reconozco, se me llenó la boca de pena, los ojos de tristeza, y le pedí que lo averiguara como quien ruega auxilio.

Me quedé esperando junto a la barra. Intenté no distraerme con los cafés de otros clientes, y aún así estuve a punto de darle un sorbo a uno que no era mío. Mi taza seguía en la mesa junto al sofá de la ventana que daba a la avenida. Giré la cabeza al recordarlo, y descubrí que me habían quitado el sitio. No me importó, seguía concentrada en la canción. Trataba de no olvidar la letra por si aquel muchacho no me podía ayudar. Si recordaba la letra podría localizar la canción reproduciéndosela al dependiente de la Virgin. Lo había practicado en otras ocasiones, casi siempre con éxito.

Al cabo del rato el muchacho regresó. Cogió una servilleta y un boli, y yo traté de disimular una sonrisa exagerada. "Aquí tienes", me dijo mientras me tendía la servilleta. Escrito en negro y con una letra impecable: Jill Barber, In perfect time.


¡Qué necesarios son los flechazos!
¡Me he encontrado, por purísima causalidad, con una niña pirata que navega en un barco de papel! Amelia Curran



[El video de Jill Barber es de otra canción, pero el videoclip es tan absurdo que me gusta. ¡Yo también quiero unos cuernos de reno a modo de echarpe!]

León

Un pueblo de piedra

Arena

En la arena todo vale.
Las piruetas, porque los golpes duelen menos.
Los delirios, porque todos se borran al pasar la mano.

Callejear

Había olvidado la magia de un piropo de sorpresa, la simpatía que te aborda al traspasar una esquina, un silbido, o una frase amable que, de súbito, te llenan de rojo y sonrisa la cara.

Las callejuelas me llenan el ánimo de ocres, y tengo ganas de instalarme por siempre por un rato en un balcón de rejas y cortina blanca.

Me gusta todo lo que veo, pura armonía, Por desgracia descubro que agradezco esa armonía como las bocanadas de aire a las que uno se agarra entre aguadillas. Qué injusto, coño, que lo lógico sea por desgracia escaso.

Bálsamo

A veces entramos en un bucle, como si nos perdiéramos en las callejuelas del centro de una ciudad y camináramos creyendo saber dónde están las referencias, para acabar llegando a la misma plazoleta de la que partimos. Parece que una llave fuera necesaria para abrir ese bloqueo y, a veces, un nuevo paisaje, el mar, o la compañía apropiada son capaces de abrir inmediatamente la puerta que no encontrábamos.

En pocas horas Mallorca se transforma de isla en balsa, y también en bálsamo.



Un año en Colombia

Soy pirata del Caribe



La sensación de que es la última vez que visito el Caribe, al menos por un tiempo, me invade y me atolondra. Nostalgia de un lugar en que me he sentido en casa. Tantos viajes, tantas playas, tantas gentes, y el mismo agua para bañarme y hacerme sentir más pirata que princesa.

Aunque me acompaña Ainara, Pablo me falta en este último viaje que cierra el círculo de los viajes dentro del viaje. Y es que me despido de Colombia de la misma forma en que me enamoré de ella, en Cartagena y en las islas del Rosario. Muchas cosas han cambiado en mí desde entonces. Donde hubo piel lisa en mi pierna y después una quemadura, hoy hay una cicatriz. También en el alma me llevo cicatrices, y el recuerdo de las caricias.

Gracias Caribe, por confirmarme cuán pirata soy de tus aguas, ya fuera rodeada de costeños negros y morenos, de wayúus, de jamaiquinos, de las piedras titánicas del Tairona, de la historia de ciudades atacadas por bucaneros, de sol y bochorno, de calor y lluvia, de aguas cristalinas y caracolas marinas, de peces de colores y estrellas rojas, del viento cargado de cuentos que una vez me hizo sentir que yo también era costeña en Taganga.



Calor y color en Cartagena

Por culpa de un pirata



El casco viejo de la ciudad de Panamá se moderniza, vacían sus tripas, pero se rescatan sus fachadas. No son éstas las calles primeras de Panamá, Por culpa del pirata Morgan, la ciudad vieja desapareció en un incendio .



365 islas, y una es nuestra





Kuna Yala

Levantarse a las cuatro de la mañana merece la pena si hay un buen motivo, y Kuna Yala lo es.

No sé ni cuántos ni en cuántos coches, pero con los ojos aún cerrados emprendemos el camino. Se suceden las paradas, porque sí, para comprar víveres, porque nos para la policía de tráfico, porque sí de nuevo, y porque hay que enseñar los pasaportes. Y al fin se ha hecho de día, y ya no hay más paradas, ni tampoco más asfalto. Rumbo al norte en busca del mar Caribe atravesamos la selva por caminos de tierra roja, cielos azules y orillas verdes.




El mar y el sol vertical nos esperan al final de la selva. Ricardo y su cayuco, y cientos de islotes repartidos con descuido en medio del agua. Me viene a la mente el estrecho de Gibraltar, también el Relato de un Náufrago, y sin embargo lo que me obsesiona es la falta de sorpresa que siento. Por supuesto, me siento conmovida por tanta belleza natural, sin embargo, no me sorprende, llevo demasiado tiempo disfrutando este paisaje magnífico que es el Caribe, y se me apodera la rabia al pensar que es necesario comer un poco de arroz para recordar lo rico del caviar.



Una hora bajo el sol, achicando el agua del cayuco, y embriagándome de caviar, de agua, de sol y de islas. Por fin llegamos a la nuestra: isla Pelícano, la casa de Ricardo y su familia, un islote del tamaño de un jardín.


¿Qué se hace en un sitio donde no hay nada que hacer? Se gamberrea como los niños, se evita que a uno le caiga un coco en la cabeza, y se sueña con escalar una palmera al estilo Keith Richards, se contempla con los ojos entrecerrados por el resplandor la transparencia del agua y los tesoros que guarda (corales, conchas y peces de colores). Y por la noche, a la luz de una pequeña fogata de hojas de palma,como piratas en descanso bañamos las gargantas con ron, y con unos puros venidos de la mismísima Cuba gracias a las Compañeras.


Hot Spot

Unir los océanos Atlántico y Pacífico por un punto intermedio del continente americano se convirtió en una obsesión ya en el siglo XV. Los hombres somos ambiciosos y testarudos, y acortar tiempos de transporte así como minimizar riesgos (sin el canal, los buques debían atravesaban el cabo de Hornos contra icebergs, vientos y mareas, en rutas eternas y peligrosas, no sólo para los navíos y sus tripulantes, sino para las preciosas cargas que llevaban a Europa), permitiría una comunicación marítima más fluida y segura.

De formas más precarias (el Camino Real, o el Camino de las Cruces), los proyectos se fueron sucediendo, y los interesados eran cada vez más y de nacionalidades más variadas (españoles, portugueses, escoceses, franceses, estadounidenses, o chinos entre los más significativos).

Durante la etapa española, el Camino Real fue recorrido por miles de esclavos negros, venidos no se sabe bien de dónde (Guinea, Senegal, y/o Angola) que cargaban como mulos las mercaderías de la Corona. Y es que, en Panamá, la raza negra fue estimada más que la indígena por su extraordinaria capacidad de rendimiento, y mayor fortaleza física. Estos esclavos eran tratados con la crueldad propia del momento, motivo por el cual muchos trataban de huír. Los afortunados (cimarrones) se internaban en las selvas, y desde allí atacaban las rutas, se alzaban contra las autoridades coloniales, o se aliaban con los piratas. Por supuesto, en caso de ser capturados, los insurrectos eran sometidos a castigos inhumanos. Hubo que esperar hasta 1851 para que, por fin, se lanzara una ley que prohibiera la esclavitud en todo el territorio colombiano (Gran Colombia).

El desarrollo tremendo que sufre el mundo durante los siguientes siglos hace que, a mediados del siglo XIX se acepte el proyecto firme de Lesseps (Canal de Suez) para la construcción del Canal de Panamá. Sin embargo, la obra se retrasaba debido a los accidentes del terreno, las epidemias de malaria y fiebre amarilla, la elevada mortalidad entre el personal, etc. Otros (Eiffel) apuntaban que el proyecto debía incluir juegos de esclusas para ser efectivo. El terremoto de 1882 paraliza los trabajos por un tiempo, y dificulta su continuidad. Finalmente en 1888, a pesar de que Lesseps estaba satisfecho con el trabajo y el resultado de las esclusas, las intrigas contra su empresa se sucedían, la opinión pública era escéptica, y tuvo que abandonar su proyecto por falta de fondos.

En este momento se ceden los derechos de explotación y construcción del Canal de Panamá, así como el control de la zona en torno al mismo (ocho kilómetros a cada lado) a los Estados Unidos, en un momento en que Panamá estaba más preocupada por separarse de Colombia, o acaso ya una mano invisible se había encargado de azotar las conciencias en esa dirección:

"En la concepción geopolítica del imperialismo, América Central no es más que un apéndice natural de los Estados Unidos. Ni siquiera Abraham Lincoln, que también pensó en anexar sus territorios, pudo escapar a los dictados del «destino manifiesto» de la gran potencia sobre sus áreas contiguas.

A mediados del siglo pasado, el filibustero William Walker, que operaba en nombre de los banqueros Morgan y Garrison, invadió Centroamérica al frente de una banda de asesinos que se llamaban a sí mismos «la falange americana de los inmortales». Con el respaldo oficioso del gobierno de los Estados Unidos, Walker robó, mató, incendió y se proclamó presidente, en expediciones sucesivas, de Nicaragua, El Salvador y Honduras.

Reimplantó la esclavitud en los territorios que sufrieron su devastadora ocupación, continuando, así, la obra filantrópica de su país en los estados que habían sido usurpados, poco antes, a México.

A su regreso fue recibido en los Estados Unidos como héroe nacional. Desde entonces se sucedieron las invasiones, las intervenciones, los bombardeos, los empréstitos obligatorios y los tratados firmados al pie de cañón. En 1912 el presidente William H. Taft afirmaba: «No está lejano el día en que tres banderas de barras y estrellas señalen en tres sitios equidistantes la extensión de nuestro territorio: una en el Polo Norte, otra en el canal de Panamá y la tercera en el Polo Sur. Todo el hemisferio será nuestro, de hecho, como, en virtud de nuestra superioridad racial, ya es nuestro moralmente.» Taft decía que el recto camino de la justicia en la política externa de los Estados Unidos «no incluye en modo alguno una actividad de intervención para asegurar a nuestras mercancías y a nuestros capitalistas facilidades para las inversiones beneficiosas». Por la misma época, el ex presidente Teddy Roosevelt recordaba en voz alta su exitosa amputación de tierra a Colombia: «I took the Canal», decía el flamante Premio Nobel de la Paz, mientras contaba cómo había independizado a Panamá. Colombia recibiría, poco después, una indemnización de veintiocho millones de dólares: era el precio de un país, nacido para que los Estados Unidos dispusieran de una vía de comunicación entre ambos océanos."

Eduardo Galeano, Las venas abiertas de América Latina.

Más adelante, Panamá desea recuperar el control de la Zona del Canal. Las negociaciones se iniciaron en 1970 entre el gobierno de los EE.UU. y las autoridades panameñas. El 7 de septiembre de 1977 el Presidente Jimmy Carter y el dirigente de Panamá Omar Torrijos firmaron el Tratado Torrijos-Carter, que devuelve a Panamá el control completo del canal el 31 de diciembre de 1999.

Hoy la constitución de Panamá afirma que el canal constituye un patrimonio inalienable de la nación, por lo cual no puede ser vendido, ni cedido, ni hipotecado, ni de ningún otro modo gravado o enajenado.


Pisar Panamá

Hacer conjeturas sobre el poder que ostentaría hoy Gran Colombia (o quienquiera que fuera el que la controlara), me asusta. Un día, aquel territorio comprendió las tierras con que soñó Bolívar: Colombia, pero también Ecuador, y Venezuela, y Panamá. Además de la riqueza propia de Colombia, que es abundante en recursos minerales, piedras preciosas, una tierra fértil y apta para el cultivo de todo tipo de semillas, el acceso a ambos océanos, etc.; Gran Colombia contaría con los tesoros propios de quien hoy ya no le pertenece: miles de territorios con un potencial turístico inimaginable, más petróleo, el control del canal de Panamá, y las riquezas de los territorios continentales.

Piso América Central, y tengo la sensación de estar en una colonia de nativos latinoamericanos y colonos gringos, no tanto por su presencia (que por otro lado es evidente), sino por su influencia, que es nauseabunda: un país absolutamente dolarizado, rascacielos que albergan los sueños de los inversionistas extranjeros, coches de lujo, oferta gastronómica y de ocio al más puro estilo norteamericano, y mucho blanquito de cartera bollante. Tres millones de habitantes locales en un país minúsculo, y sin embargo, con capacidad para alojar también a los casi un millón de extranjeros (el 26% de la población) que transitan por sus calles. Huelga decir que tanta infraestructura "occidental" viene a ser usufructada por estas ordas de bárbaros que se han apoderado de la perla comercial que es Panamá. Destacan los invasores vecinos: colombianos y venezolanos, y en mi mente destacan los chinos y los judíos también. Los chinos de a pie, por cierto, aquí se dedican básicamente a lo mismo que en España: regentan pequeños comercios de ultramarinos.

Pero Panamá City tiene también su encanto, lo colonial y su calor. Y nosotros nos dejamos seducir por ambos a medida que pasa la noche y Edu, nuestro anfitrión, nos pasea junto a unos pocos locos españoles que pasan sus días aquí.

Mi gran sorpresa: Panamá es una ciudad que cuida del jazz.