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Bogotá, me voy

Last dance



Un mail con un "¿aún estoy a tiempo?", y al día siguiente una gran noticia: Ainaratxo me visita en mi recta final. Con ella me despediré del Caribe, de las visitas, de ciertos paseos... Y poco después de Bogotá, pero sobre todo de Colombia.

Carlos y Ricardo

Ricardo y Carlos serían un dúo cómico fabuloso, de no ser por ese hondo sentido de la responsabilidad que es lo único que creo que comparten. Carlos es uno de esos hombres con cuerpo perfectamente masculino, pero que tienen la altura de una mujer. Ricardo es alto y delgado, de manos finas y delicadas como las de una actriz en blanco y negro. Ricardo es correcto, meticulosamente correcto, y me provoca una ternura desmesurada. Carlos es ese actor secundario por el que merece la pena ver una mala comedia, siempre que le veo (dos o tres veces al día cada dos días), se esfuerza por hacerme reír.

Carlos y Ricardo son los porteros del edificio en el que vivo, y ambos visten su impecable uniforme de seguridad: los mismos pantalones azul marino con una raya amarilla en cada lateral de las piernas, la misma camisa del mismo color que los pantalones, la misma chaqueta abultada, abrigada y brillante, con letras amarillas bordadas en la espalda que me recuerdan las de las “Pink Ladies” de Grease. 

Carlos y Ricardo conocen, sin remedio, cada acontecimiento de mi vida cuando estoy en casa. Resulta que si el portero es el único que tiene la llave que abre el portal de un edificio de siete plantas, cada vez que un inquilino entra o sale de él a pie, o incluso en coche, son Carlos o Ricardo quienes abren las puertas. Cada vez que los inquilinos regresan a sus casas, vuelven a ser Ricardo o Carlos quienes abren las puertas. Pero también cuando hay visitas, los porteros descuelgan el telefonillo y preguntan en la casa correspondiente si se esperaba a Fulano. Después de confirmar, uno u otro abren la puerta y, claro, la vuelven a abrir cuando la visita se marcha. En la ciudad del todo-a-domicilio, si Carlos y Ricardo hablaran entre ellos de mí, descubrirían que el domingo hice la compra, porque el mensajero del supermercado llegó cargado de bolsas a eso de las seis de la tarde; que el lunes me dio pereza cocinar y cené pizza, eso sí, de las buenas, y es que las cajas de pizza no dan lugar a intrigas; y saben cuándo me visita quién, y cuánto estuvo en casa; saben a qué horas Mambo y yo salimos a pasear, y sabrían decir incluso en qué dirección y qué recorrido hice por el tiempo que tardé en volver. En fin, Carlos y Ricardo lo saben todo de mí, y yo apenas sé de ellos los pocos minutos que compartimos cada día.

La señora de la Rioja

"La señora de la Rioja" es el identificativo que utilizamos para hablar de Ángela, no porque sea de la Rioja, que lo es y su marcado acento lo demuestra, sino porque regenta una tiendita, a escasos veinte metros de mi casa, cuyo letrero reza en letras rojas: La Rioja.

La tienda de Ángela no es otra cosa que una cigarrería (local típicamente colombiano en el que básicamente se venden alcohol y tabaco) que además tiene tortilla española (hecha todas las noches por Ángela) algunas latitas de conservas españolas, y algún embutido que otro. Como Ángela también vende Coca-Cola light, la tortilla está bastante buena, y Mambo no es capaz de pasar delante de su puerta sin entrar, Mambo y yo visitamos a Ángela con frecuencia. Y, las cosas como son, le hace mucho más caso al perro que a mí.

Hace más de cuarenta años el cuñado de Ángela marchó para Colombia en un momento difícil para España. Desde allí le contaba grandes sueños a su hermano, Eduardo, y les invitó a él y a Ángela a visitarle para que lo vieran con sus propios ojos. Eduardo y Ángela tuvieron que arañar lo que pudieron del sueldo de Eduardo para comprar los pasajes que les llevarían a Bogotá.

Nada más volver a España, Eduardo dejó su trabajo en el almacén, devolvió el coche de la empresa, y vendió el suyo propio. Volvieron a hacer las maletas, y marcharon por segunda vez rumbo a Colombia, esta vez con la inquietud de quien abandona lo suyo y emprende una aventura.

Una vez en Bogotá se decidieron a vender el pisito de España, no lo habían hecho antes por si acaso decidían volver, que nunca se sabe. Pero es que con el dinero aquel compraron una casa de 495 metros cuadrados y rodeada de jardines en las afueras de Bogotá, en la 125. Mientras me lo cuenta se me escapa que la 125 está aquí al lado, y ella me contesta que hace cuarenta y cinco años, eso eran las afueras de la ciudad, y que hay que ver lo que cambian las cosas, hija, que todo esto que ves antes era puro campo.

Eduardo murió hace cinco años, así que Ángela vendió la casa. Sin hijos ni marido, para qué quería ella tanta casa. Así que de nuevo, con aquel dinero compró tres pisitos: uno para ella, y los otros dos para sus dos hijos varones. El suyo a sólo una cuadra de su antigua casa, para no tener que adaptarse a un barrio nuevo.

Tras hacer cuentas con los años le pregunto a Ángela si en todos estos años no ha querido volver nunca a España con todo lo que ha pasado en este país durante los últimos cincuenta años. Y siento una especie de alivio al saber que sí, que hubo cosas que no le gustaron, que hubo otras que le asustaron, que por otro lado le costó entender una sociedad distinta, pero que Eduardo no quiso nunca saber nada de volver a España. Y ahora, para qué se va a ir sin sus hijos que tienen las vidas montadas aquí. Y que, además, a Ángela eso de viajar... Y además, hija, entre que vas y te haces con las cosas, ya te tienes que volver.

La ventana indiscreta

No sé nada del hombre que hay siempre sentado en esa banqueta. Se pasa los días ahí, vestido de traje, sin corbata, y con la chaqueta colgada del respaldo de su taburete de bar, uno de esos altos acompañado de su eterna mesita redonda, también alta y de metal. Frente a él, encima de la mesita, siempre está el ordenador portátil, siempre abierto y encendido, y conectado, claro, a la red eléctrica. No importa la hora, a las diez de la mañana, las dos de la tarde, las cuatro, a las cuatro y media también, toda la tarde y la noche hasta que desaparece. Supongo que para dormir. A mí me da tristeza, tan incómodo el pobre durante tantas horas al día, y en la misma posición.

Como me parece tan extraordinario, reconozco que he empezado a espiarle, y mientras me voy moviendo por casa (que si ahora ordeno, que si ahora leo, que si canto que si bailo), pues yo le echo una ojeada a este hombre. Eso sí, cuando me acerco a las ventanas y rozo la indiscreción, disimulo y encojo la boca confirmando que llueve, o muevo afirmativamente la cabeza las pocas veces que hace sol. Él siempre está ahí, sentado al borde de su taburete, con el ordenador enfrente, abierto y encendido, en la tercera ventana, empezando por la izquierda, del segundo piso de la fachada que hay frente a la mía.


Hipo

Hay dos cosas que me irritan enormemente. En este mundo de control y poder, en este cuerpo y esta mente que quieren dominarlo todo, dos cosas se me rebelan: el picor y el hipo.

Mis dosis de picor a lo largo de este año han sido prolongadas e intensas. Tanto viaje por lugar exótico no podía quedar sin castigo. El peor de todos, cuando, no se sabe bien cómo ("pues hija, en el teatro, en el transmilenio, en la calle, en un restaurante" me dijo el veterinario), las pulgas humanas se apoderaron de mi casa y de mi cuerpo. Pero después de varios chutes de antihistamínicos (orales e inyectados de urgencia), después de desmontar toda la casa, fumigarla , de mandar todo a la tintorería para que se lavara en agua caliente y se planchara con mucho mimo, después de desparasitar al perro (al que por cierto culpé con rabia, y resultó que no sólo no era el culpable, sino que además las pulgas no mostraron el más mínimo interés por él), después de volver a montar la casa, rezar para que no quedaran huevas, y seguir echando liquiditos por todas partes; finalmente, desaparecieron.

Sin embargo, el hipo me persigue desde que llegué, y sospecho que a estas alturas no me abandonará. La teoría me la sé... que si son contracciones involuntarias del diafragma, que si por comer rápido, que si por comer despacio, que si por esto; que si bebes sorbitos cortos se te va, que si te tomas esta otra cosa se te quita también... ¡Y una mierda! El hipo aparece casi después de cada una de mis comidas, un hipo de esos que no te anulan, y sin embargo se quedan contigo lo suficiente para sacarte de quicio. Para más calvario, para cuando se me quita, me dan las ganas de fumar el cigarro que no he podido disfrutar por culpa del hipo, pero, nada más darle la primera calada, con el mechero aún encendido, de mis entrañas salta un "hip", y mis ánimos vuelven a desmoronarse.

Atardece


Atardece en Bogotá, y hoy es uno de esos días limpios en los que a las seis de la tarde no llueve. Entre el azul intenso del cielo que veo desde mi sofá unas enormes nubes, blancas y densas como cúmulos de leche, se interponen en el camino de los rayos de sol, que les colorean las formas en rojos y amarillos.

Voy a echar de menos las nubes grandiosas de Colombia. Es como si el cielo no hubiera quedado indiferente a la exuberancia de esta tierra y ostentara la viveza del color de las selvas, las formas de animales de zoológico que aquí viven en libertad, los tamaños hiperbólicos de las montañas, o la fuerza de los ríos infinitos.

Bogotá atardece en mí también, y descubro cómo es de sabio nuestro cerebro. 

Relax

De paseo por Botero

Son muchos los artistas de todas las ramas que me provocan una admiración tremenda. A medida que en mi analfabetismo artístico voy aprendiendo a juntar letras, la lista de ídolos en mi santuario particular aumenta. Sin embargo, el más imponente siempre ha sido el gran mago Gabriel García Márquez.

Pero, insisto, son muchos mis héroes y heroínas literarios, musicales, también plásticos, audiovisuales, y últimamente, incluso la danza tiene una capillita en mi catedral de santos propios.

Otro colombiano que siempre ha llamado mucho mi atención es el Maestro, Fernando Botero. Ya en una ocasión mencioné que conocer algo no significa haberlo descubierto. Yo no sé si conocía o no la obra de Fernando Botero, pero recuerdo claramente la impresión que me causaron sus esculturas esparcidas por el paseo de la Castellana en Madrid. Mujeres desnudas, manos, caballos, senos descomunales y al tiempo proporcionados, carnes exageradas, formas infladas, y sobre todo un sello inconfundible. Aquella mañana sucumbí a la volumetría.

Entonces me interesé un poco más por aquel artista del que yo no sabía más que las sensaciones que me habían causado sus esculturas. Averigué, y a lo largo de mi año en Colombia he seguido averiguando, y lo cierto es que si bien el Maestro no ocupa en mi jerarquía plástica la posición homóloga a la de Gabo (que además, repito, es rey de reyes en mi adoración subjetiva), sí que tiene un hueco propio en lo que soy.

Fernando Botero nació en Medellín, y allí pasó sus primeros dieciocho años de vida. Me gusta contar esto porque explica un poco esta debilidad mía por los artistas latinoamericanos del siglo XX (sobre todo los plásticos), y es que, el Prado, por ejemplo, está a tan sólo unos minutos de mi casa de Madrid y antes de los quince lo había visitado infinidad de veces; pero los grandes museos, las grandes obras, la democratización de la cultura, hoy sigue siendo una meta en gran parte de América Latina, y no digamos en los años cincuenta, cuando aquel muchachito apellidado Botero demostraba desde hacía años una enorme vocación y habilidad artísticas sin haber tenido enfrente un Velazquez, por ejemplo, más que por alguna reproducción.


Aquel muchacho que empezó a pintar a los quince, a los dieciocho dejó la escuela porque sabía lo que quería: pintar; apenas un año más tarde, en 1951, con diecinueve años, presenta su primera exposición individual en Bogotá. El chico tenía talento, y sólo cinco años después lo demostró con creces. Realizó la salida típica del artista sudamericano, un viaje de conocimiento por Europa para ver y aprender. Y en Florencia descubrió su camino: el interés exagerado por el volúmen, la búsqueda del barroco reinterpretado, la expresión del costumbrismo o de la más cruda realidad socio-política bajo su sello.

Pero fue en México cuando de pronto, pintando una naturaleza muerta descubrió que acababa de terminar su primera verdadera creación. Aquel día el joven Fernando Botero se ganó la entrada directa en la Historia del Arte, la Historia de la gente que ha tenido personalidad.




El maestro Botero predica una filosofía que comparto plenamente. No sirve hacerlo bien, el artista, para serlo, debe agregar algo más a lo que se conoce. "El caballo, el hombre, el árbol, han sido siempre los mismos desde el principio de la humanidad, sin embargo, el caballo de las cuevas de Altamira, el de Velázquez, el de Caravaggio, el de Giotto, o el de Picasso", son cosas iguales y distintas entre sí.

Con la cruz a cuestas


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Desplazadas desconfiadas

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Tienda religiosa.mp3 -
Carlos Augusto González
Propietario tienda religiosa

Buscarse la vida en el centro

Fotografo.mp3 -

José Lins Rodríguez
Fotógrafo Plaza Bolívar
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Vendedora obleas.mp3 -
Olga Lucía
Vendedora de Obleas

Limpiabotas

Con estos tres limpiabotas, se inaugura una nueva sección del blog: Personajes.

Esta vez, para captar la esencia de algunos clásicos bogotanos, Albert y yo nos echamos a la calle. Él con su grabadora y su labia; yo con mi cámara y mi mirada.

Limpiabotas Tequendama.mp3 -

Fernando Rojas
Limpiabotas Hotel Tequendama




Limpiabotas callejero.mp3 -
Arios de Jesús García Betancur
Limpiabotas del centro



Limpiabotas del norte

Sentimiento patrio

De acuerdo con la Ley 198 del 17 de julio de 1995, el Congreso de Colombia en el artículo 8 decretó que los canales y estaciones de televisión que tengan programación continua las 24 horas al día deben emitir diariamente la versión oficial del Himno Nacional de la República de Colombia dos veces al día (a las seis de la mañana y a las seis de la tarde), para darle presencia en la vida de los colombianos a uno de los símbolos patrios.



HIMNO NACIONAL DE COLOMBIA

Letra: Rafael Núñez.
Música: Oreste Sindici.

¡Oh gloria inmarcesible!
¡Oh júbilo inmortal!
¡En surcos de dolores
El bien germina ya.

Cesó la horrible noche
La libertad sublime
Derrama las auroras
De su invencible luz.
La humanidad entera,
Que entre cadenas gime,
Comprende las palabras
Del que murió en la cruz

"Independencia" grita
El mundo americano:
Se baña en sangre de héroes
La tierra de Colón.
Pero este gran principio: "el rey no es soberano"
Resuena, Y los que sufren
Bendicen su pasión.

Del Orinoco el cauce
Se colma de despojos,
De sangre y llanto un río Se mira allí correr.
En Bárbula no saben
Las almas ni los ojos
Si admiración o espanto
Sentir o padecer.

A orillas del Caribe
Hambriento un pueblo lucha
Horrores prefiriendo
A pérfida salud.
!Oh, sí¡ de Cartagena
La abnegación es mucha,
Y escombros de la muerte
desprecian su virtud.

De Boyacá en los campos
El genio de la gloria
Con cada espiga un héroe
invicto coronó.
Soldados sin coraza
Ganaron la victoria;
Su varonil aliento
De escudo les sirvió.

Bolívar cruza el Ande Que riega dos océanos
Espadas cual centellas
Fulguran en Junín.
Centauros indomables
Descienden a los llanos
Y empieza a presentirse
De la epopeya el fin.

La trompa victoriosa
Que en Ayacucho truena
En cada triunfo crece
Su formidable són.
En su expansivo empuje
La libertad se estrena,
Del cielo Americano
Formando un pabellón.

La Virgen sus cabellos
Arranca en agonía
Y de su amor viuda
Los cuelga del ciprés.
Lamenta su esperanza
Que cubre losa fría;
Pero glorioso orgullo
circunda su alba tez.

La Patria así se forma
Termópilas brotando;
Constelación de cíclopes Su noche iluminó;
La flor estremecida
Mortal el viento hallando
Debajo los laureles
Seguridad buscó

Mas no es completa gloria Vencer en la batalla,
Que al brazo que combate Lo anima la verdad.
La independencia sola
El gran clamor no acalla:
Si el sol alumbra a todos
Justicia es libertad.

Del hombre los derechos
Nariño predicando,
El alma de la lucha
Profético enseñó.
Ricaurte en San Mateo
En átomos volando
"Deber antes que vida",
Con llamas escribió.

La matriarca

Así como en las bodas a uno le preguntan si viene de parte del novio o la novia, cuando se habla de un familiar, la pregunta inevitable es: ¿de parte de madre o de padre? Y es que, aunque parezca mentira, una respuesta tan fácil, lleva implícita mucha información.

Las mujeres, por lo general, barremos para casa. Así que la familia de tu madre, y la de tu padre, no son lo mismo. Aunque quizás mi caso sea más acusado que otros por las circunstancias geográficas de la familia de mi padre. Pero, en cualquier caso, yo adoro el concepto de la matriarca, y por lo tanto, para mí, no es lo mismo ser hija de una hija de mi abuela, que ser hija de un hijo de mi otra abuela. Aunque suene raro, me parece que los hijos son más de la familia de la madre que de la del padre, en el sentido de que, por lo general es ésta quien más tiempo dedica al cuidado de los hijos, y en consecuencia, será con la familia de la madre con quien más tiempo pasen esos niños.

Bueno, pues dicho lo dicho, esta es mi pequeña sociedad matriarcal:

(de izquierda a derecha: mi preciosa madre, mi fabulosa abuela, mi adorable tía Nani, mi queridísima madrina;y en primera línea, mi prima Elena)

Y si destapo todo esto, es porque se ha producido un acontecimiento extraordinario estos días en Bogotá. Las hijas de las hijas de mi abuela (nos ha faltado Blanca, pero estaba su hermana mayor en representación), nos hemos reunido durante unos días en mi capital andina.

(de izquiera a derecha: Camino, hija de Belén; Lucía, hija de Lourdes; Elena, hija de Elena)

Pero como la mía, es una sociedad exclusiva, lo que pasó, lo que nos contamos, lo que hicimos y lo que sentimos, es algo que sólo puedo compartir con las mujeres que nacieron del vientre de mi abuela, y las que después nacimos del vientre de esas mujeres.

Cami, Ele, ¡gracias!


The Red Readys, One Headlight

El día de la marmota

Es curiosos como una variable tan simple y tan importante como el clima, puede marcar de forma tan acusada una experiencia.

Lo he comentado en varias ocasiones, pero me tiene tan sugestionada el concepto, que no me cansaré de explicarlo.

En Bogotá es otoño todo el año. Y es que, dada la ubicación de este territorio, eso de las estaciones (primavera, verano, otoño, invierno) que los europeos asociamos con tanta naturalidad al paso del tiempo, aquí no sirve para diferenciar periodos. Al contrario, en Colombia es otoño, invierno, primavera y verano todo el año.

¿Cómo? Pues sí, las estaciones son constantes a lo largo del año, y a lo largo de la eternidad porque apenas se distinguen las épocas de lluvias de las secas. Pero en lugar de distribuirse en el tiempo, se acomodan en una altura. Pisos térmicos se llama, y viene a decir que al nivel del mar es siempre verano, un poco más arriba es primavera, otro poco más es otoño, y por último en los picos más altos es siempre invierno y siempre están nevados.

A mí el concepto me parece curioso (aunque se me haría más divertido si disfrutara de la eterna primavera), y me sigue pareciendo fantástico el hecho de que cada viaje que hago me transporte al calor, porque apenas a dos horas de Bogotá un calor que parece venido del centro de la tierra lo envuelve a uno.

Sin embargo, vivo en Bogotá (aka. La Nevera). Llegué el 5 de octubre, cuando en España comenzaba el otoño, de forma que la transición climática siguió mi ciclo natural. Los meses han ido pasando, y con más o menos lluvia (siempre demasiada para alguien que ha crecido en la meseta central), unos pocos grados más o menos, todo sigue igual que entonces. Sigue siendo octubre en mi mente. La misma ropa, el mismo edredón sobre la cama, y la misma luz gris y triste que me dio la bienvenida.

Qué maravilloso espectáculo ver cómo Madrid se transforma con el paso de los meses. La sola luz que la ilumina llena de matices temporales cada rincón. En Bogotá esto no sucede. Todo es constante: la salida y caída del sol siempre a la misma hora, o la amenaza de las nubes tras los cerros casi siempre a la misma hora, los domingos en el parque, las pocas ganas de estar en la calle porque hace frío, el verano sin calor ni vacaciones. Lo cierto es que la sensación es muy extraña. Parece que los días no se sucedieran unos a otros, sino que se repitieran de forma insoportablemente infinita.

Para más continuidad, regreso a España el último día de septiembre, para dar la bienvenida al otoño, de nuevo.




Gracias, Rafa, por encontrar el video que ilustra mis días de la marmota.

Tierra caliente

Un clásico bogotano, pasar el fin de semana fuera de la ciudad, y en tierra caliente.
Esta vez: Girardot.


Ay, qué pena...

Dicen que a los viejos se les va agriando el carácter, y pierden las formas, porque ya están de vuelta de todo. Algunos incluso porque ya están cansados de vida, y lo que quieren es dejar de formar parte del absurdo.

Después de vivir durante nueve meses en este destino infame, y sabiendo que quedan sólo tres más por delante, he decidido acogerme al hecho de estar viviendo mi tercera edad bogotana. Como en una sucesión de vidas y reencarnaciones siempre humanas (por cierto, debí portarme muy mal en la anterior).

Así que, como también estoy de vuelta de todo, y lo único que quiero es dejarme dormir hasta despertar de nuevo en Madrid. Creo que tengo el derecho, igual que los viejos, a despotricar todo lo que se me antoje.

Para mí la pena es una cosa de tristeza. Y gracias a los culebrones, sabía que en estas tierras, venía a ser la “vergüenza”. Pero estaba equivocada, porque como resulta que son unos desvergonzados, pues el “qué pena” se traduce en realidad por una mera fórmula lingüística carente de significado. Una fórmula mágica, a lo abracadabra, que soluciona cualquier cagada. Así, en Colombia, todo se da por zanjado poniendo cara de imbécil y murmurando “qué pena...”.

Si la camarera te trae un plato que nada tiene que ver con lo que pediste, con un “qué pena”, lo ha solucionado.

Si la tintorería no te devuelve ni tus sábanas ni tus toallas el día en que habíais quedado en ello, y tú te tienes que ir de refugiada a casa de un amigo sin noticias del tintorero. No pasa nada, porque tres días después él te dice partiéndose el culo de ti “qué pena con usted, señora Lucía”, y ya está. ¡Cómo vas a seguir enfadada?

Si la esteticien que te depila es una inepta, te arranca la piel a tiras, y te deja toda ensangrentada: “qué pena”.

Si te tiran un café encima, con un “qué pena”, aunque sea dicho desde la mayor hipocresía, también queda resuelto.

Si te empujan; ah no, si te empujan ni siquiera se disculpan.

Si te pierden las maletas: “qué pena”.

Y, en general, “qué pena” se escucha después de cada interacción con un nativo; porque como todo lo hacen mal, pues después: “qué pena”, y listo.

Pues yo, estoy harta: del “qué pena", de la incompetencia, y de la cortedad mental.

Estoy harta de tener conversaciones simples que se enredan hasta límites dantescos.

Estoy harta de la hipocresía, los morritos en los labios, y las formalidades carentes de significado.

No sólo me cabrea la forma que tienen los colombianos de hablar el español (que no se malentienda, hablo del español de calle, no el de las obras literarias, que las hay muy grandes); lo que más me enciende es el fondo detrás de ese español: retorcido y vacío.

Pues sí, estoy hasta los huevos. Como los viejos, que están siempre gruñendo por todo. Y con toda la razón.

La pena, a la española esta vez, es que todavía me tengo que aguantar con los dientes apretados hasta que me vaya.

O no... Total, después les digo “qué pena” y todo solucionado.


Foto: asoftblackstar

Farándula

No puedo resistir la tentación...

El mundo de la farándula se ha convertido en una piñata de monstruos. No hablo de Colombia, sino de España también.

La tontería que tienen por estas tierras con las reinas de belleza (aquí hay misses para todo: cosechas, estaciones inexistentes, la reina del sol, de la noche, de la palmera, del café, de todas y cada una de las localidades del país...), la tontería que tienen con los actores de telenovela, y en general, la tontería que tienen con cualquiera que salga en la tele o una revista, los convierte a todos en dioses idolatrados por el vulgo.

Bueno, pues uno de estos habitantes del Olimpo es Norberto, el peluquero mayor del reino. ¿Os recuerda a alguien?



Seguro que ahora muchos entenderán mi obsesión por no querer convertirme en la Reina del Culebrón. Yo no me corto el pelo hasta que vuelva a mi casa.

¿Cómo se llamarán?

Después de ocho meses, la estupefacción sigue siendo la misma cuando conocemos a alguien y nos dice que se llama, por ejemplo, Leydi, o Lady, o Ladi. Y es que, los nombres en Colombia, no tienen desperdicio.

Imaginad que os llega un mail firmado por Yovany, Heiddy, Maritza, Diosa, Jeiver, Yazmin, o nuestro favorito: Usnavi. O que conocéis a alguien en un bar y resulta que se llama: Astrid (pero con acento en la i), Brisna Neira, Edwing, Eliana, Elysie, Jairo, Jhon o Yon, Martha, Mélida, Narda, o Plinio. Son sólo algunos ejemplos que han provocado risas y en ocasiones carcajadas entre los españoletes (denominación de origen por la que nos conocen por aquí).

Y, en medio de esta fascinación mía por las rarezas, me encuentro con un artículo fantástico, escrito por un colombiano:

"Yo había oído acerca de colombianos de las nuevas generaciones que fueron bautizados por sus padres con nombres extranjeros similares a Usnavy (que traduce Armada de Estados Unidos) o Westinghouse (conocida marca de electrodomésticos). Me pareció divertido, pero nunca lo tomé en serio. Ahora, cuando buscaba otra cosa, he podido conocer las listas de inmigrantes colombianos a España y descubrí que, al lado de los nombrecitos que se han tomado por asalto la vida real, Usnavy y Westinghouse parecen personajes del Quijote.

De pura verdad: se está cometiendo un cataclismo con los onomásticos colombianos. Influidos por la televisión y la prensa, mis compatriotas se han dedicado a nombrar a sus hijos y nietos con una ensalada de inventos angloides, nombres extranjeros mal copiados, ensamblajes de letras de apariencia foránea (X, Y, W, H intermedia, K) e insólitos homenajes a figuras efímeras de reinados de belleza y el mundo del deporte.

El resultado parece gracioso –y lo es– pero también es triste. Un mal entendido afán modernista impulsa a estos despistados padres a castigar a sus pobres hijos con nombres absurdos que, a la postre, les complican la vida, los ridiculizan y atascan los computadores: si hubo que reducir en el alfabeto castellano la ll y la ch por mandato de la informática, imagínense los extravíos y dificultades que presentarán estos nombres de ortografía peculiarísima, caprichosa y variable. Una Y que le falte o le sobre a Yesmystania y dejará de figurar para siempre en el censo.

Algunos ejemplos (mis favoritos resaltados):

Alterego (digno de cita con Freud)
Ardexon
Bressman
Davir Estiuar (con esta ortografía)
Dioseidi
Doriangrei (si Óscar Wilde viviera, no habría permitido que el personaje del famoso retrato se usara para golpear así a alguien)
Dubermay
Edimerki (homenaje a un ciclista europeo que nunca lo supo)
Elimec
Eisenjouer (¡Eijueldiablo!)
Espidy (sí, como Speedy González, el ratón de dibujos animados)
Exenover
Frankeinelty
Gislayner
Guiller Norvairon (menos mal es compuesto)
Haroleder (como don Harold, que era de apellido Eder)
Howard (pero, como es apelativo extranjero, le dicen por el segundo nombre: Navitfagith)
Jarley Estiven
Jhovainer
Jedhiar Nei (el irresistible encanto de las haches intermedias)
Kipler Fenerson
Parsifal (¡lo que puede un padre aficionado a la ópera!)
Quillerkid (en inglés, Niño Asesino)
Rasmilly
Resembrin
Seudix
Tiamefred
Venezolan
Wasminton
Willisford (dos marcas de automóvil distintas, una sola persona verdadera)
Wolkman (podría haber sido Hi Fi, o Equipodesonido, si el bebé hubiera sido un poco más grande)
Yilton
Yujad Alexis
Yuryin Albrin

No se rían. Asistimos a una devastación cultural. Una lengua no está compuesta solo de verbos, artículos, pronombres, conjunciones, proposiciones, adverbios y sustantivos comunes, sino también de sustantivos propios. De nombres. Pregúntenle a un novelista y les dirá hasta qué punto sufre un escritor para procurar a sus personajes nombres creíbles, reveladores, sonoros. Al tolerar el estallido de Yorfadys, Excimireys, Jonjilmeres y demás (todos los anteriores, insisto, son nombres de colombianos que viven en España), se está atentando contra la textura cultural, el espíritu, la estirpe y el casticismo de nuestra lengua.

Algunos países exigen que todo niño que se registre lleve un nombre propio de su idioma (antes, la Iglesia pedía un nombre del santoral, pero proliferaron los Ciriacos, Basilisas y Anastasias). Colombia debería estudiar alguna medida para racionalizar los nombres que portarán esos niños que han de ser el futuro de la patria, gloria misión contra la cual conspira la onomástica extranjerizante.

La libertad de los padres no puede llegar hasta el punto de descargar sobre sus vástagos semejantes gracias. Una cosa es nombrar un hijo, y otra es la afición a jugar con letras y palabras: que saquen crucigramas, hombre, o que aprendan Boggle, pero que no conspiren contra los indefensos muchachitos. Así como les está prohibido a los taitas apuñalar la oreja de un hijo por razones religiosas, sin que eso se entienda como un atentado contra la libertad de la familia, también debería estarles prohibido apuñalar el patrimonio espiritual del guámbito con un Wasminton, una Idirley o una Mitzidiane.

Entre una pequeña restricción destinada a defender los nombres castellanos y el formidable atropello que se perpetra contra la tradición, la prosodia y la fonética de nuestros nombres, es menos grave aquella."

A mí, qué quieren que les diga, me asusta pensar en las posibilidades futuras si continúa esta tendencia absurda de nombrar a los niños según modas. ¿Cuáles serán los inventos del futuro? ¿Facebuks, Guguels, Aipods y Nokias? ¡Qué miedo!

Gracias,Rafa. Por tu ayuda, absolutamente imprescindible porque a mí ya no me conectan dos neuronas, a la hora de recopilar nombres. Y sobre todo sorprenderte tanto como yo con cada uno de ellos.

Artículo: "Postre de Notas: ¿Dónde se metió Erialeth?", Daniel Samper Pizano.

Sentido común

Reconozco que soy una ferviente admiradora de algo tan rancio como las normas de educación. Me fascinan los registros, tanto lingüísticos, como comportamentales.

Me gusta conocer dichas normas, y también transgredirlas cuando la macarra que hay en mí necesita quejarse. Y por eso, en general, respeto que cada quién haga con ellas lo que quiera. Pero hoy  necesito denunciar algo. 

Señores, existe un conjunto de normas de conducta social que más allá de los protocolos, apelan al sentido común. Por ejemplo, eso de que hay que dejar salir antes de entrar. ¡Millones de veces habré oído esto! 

Desde que estoy en Bogotá, todos los días aparece como un murmullo en mis labios, repetido de forma enfermiza como un hechizo, o un rosario de súplicas. Todos los días, y varias veces al día. Ha sucedido tantas veces en estos meses que ya es una imagen sintetizada en mi cabeza, como lo son las de las pesadillas recurrentes.

Estoy en el hall del edificio donde trabajo, espero que alguno de los tres ascensores abra sus puertas. Como un locutor en una carrera, varias pantallitas se chivan en rojo de cuál será el elevador que llegará antes. Mientras, varias personas se van acercando a las entradas de los elevadores. Se van apelotonando trabajadores, repartidores de cafés o comidas, mensajeros, técnicos del edificio, personal de seguridad... Y forman una masa compacta frente al rectángulo de la pared que se abrirá primero. 

Yo me aprieto cada vez más contra la pared opuesta. Y si estoy acompañada susurro un "subimos en el próximo".

Las puertas se abren. El ascensor llega cargado de mensajeros, de trabajadores de las oficinas, de repartidores de cafés o comidas, personal de seguridad, técnicos del edificio... Es entonces cuando se produce el caos. 

Los de dentro apenas se dejan salir unos a otros. Son un bloque de personas con los cuerpos todos juntos, todos mirando al exterior en la misma posición, y todos con un mismo objetivo: salir del ascensor, el primero si es posible.

Los del hall esperan. No están tan pegados como los otros, pero sí hay contacto entre ellos. Son más que los de dentro, y les miran de frente. También tienen un objetivo: entrar en el ascensor, lo antes posible, para no quedarse en el hall a esperar el siguiente ascensor. Son adversarios ofensivos, y mucho más feroces. No importa empujar, colarse de forma descarada, o taponar totalmente el acceso al ascensor desde la primera línea de avance. No importa tampoco impedir el paso a los de dentro, ya que la máxima es no perder el puesto que se ha ganado durante los minutos de espera.

Dejad salir antes de entrar, coño.