Un patio de calma

Al despertarme recuerdo que es verano en el hemisferio sur, que las sábanas de Encarni son verde manzana, y que Buenos Aires está ahí para mí. Una notita y un mapa, dos monedas para el colectivo y una sonrisa dibujada en el papel me dan los buenosdías junto al ordenador. Sólo echo de menos el bocata envuelto en papel de plata.

Mientras paseo la ciudad se me hace un sitio familiar. Tantas historias, tanta historia. Y me despierta de mi ensueño un constante goteo del cielo. Chof, chof... chof. Gotas sucias, de esas que esperan a acumularse para caer justo cuando pasas tú debajo del escape del aire acondicionado.

En pleno centro de negocios comemos en un patio de calma. Aquí parecen desaparecer las histerias bonaerenses.
Paseamos, nos contamos, nos abrazamos, y yo voy notando cuánto necesitaba esto.
Cenamos en soho, comida árabe en medio de una tormenta de verano. Vino y risas, y un conozco un colombiano de genes noruegos.
Risas y más risas. Y un momento cosmopolitan, que quedará en el recuerdo de los presentes. Ja, ja, ja.



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En el lobby de un hotel

Estar en el ojo del huracán viene a significar que a tu alrededor las cosas pasan a cámara rápida, y tú te sientes quieto, mareado e incapaz de participar de todo eso que da vueltas frente a los ojos.

Puede suceder en espacios reducidos, como el lobby de un hotel. Y yo en ese ojo, y Encarni y Rubén dan vueltas junto a mí. Y a ellos se une, como si empezara a ser normal encontrarnos por el mundo,  mi prima Elena. Y, otro primo más, Diego, aparece como un espejismo de mi infancia por las puertas acristaladas del Sheratton.

Un reencuentro incalculable, una de esas maravillosas conjunciones de casualidades que de pronto te regalan una velada de bienvenida en Buenos Aires rodeada de seres queridos.


Bocanadas de Buenos Aires

Aterrizar y transportarse, y Jorge, mi taxista porteño que me recibe con salsa para enseñarme las primeras imágenes de Buenos Aires. La 33 por si extrañaba Bogotá, y Rubén Blades para hacer presente a mi padre.

Lo que no esperaba es cómo me esperaban. Y como a menudo las imágenes cuentan mucho más que cualquier letra, aquí están las fotos, las risas, las lágrimas y los abrazos.

Necesitaba a mi niña, necesitaba a mi niño.


Merche: Duende

A Juvenal Urbino el olor de las almendras amargas le recordaba el destino de los amores contrariados. A mí el de las hojas de coca me recordará siempre los abrazos que exorcizan penas.

Eso han sido estos días con Merche, un exorcismo de penas, una diálisis de cariño y experiencias, un dejarme contagiar de su entusiasmo y olvidarme y distanciarme de Lucía en Bogotá, acordarme de Lu, y olvidarme de ella también.

Las charlas en el sofá, con mate y trimate, con licor de coca, pizza, o agua. Ver La Paz con sus ojos, y después con los míos, para descubrir que compartíamos la misma visión, quizás contagiada la mía por la suya. La Paz por siempre asociada en mi recuerdo como una ciudad en las alturas, en la que por unos días Merche me preparó un nido de calma y cariño.

Descubrir el arte de esta niña del sur. Su fuerza, sus ganas y sus ojos iluminados hablando de Bolivia, o escuchándome hablar de Colombia.

Merche, gracias, muchas gracias.



En La Paz en paz

Ciudad superpoblada, por emigrantes del campo, dura, fría y tradicional.


Las cholas y los fetos de llama. El encanto colonial, la calle Jaén.

El Alto y su mercado. Los niños, correteando, sentados en los puestos o metidos en cajas, pero sobre todo envueltos en telas.






Y pasamontañas que cubren los rostros de limpiabotas, no sabemos si por vergüenza o por toxicidad.

La Pachamama.

¡Merche! Dos a las que no nos caben las sonrisas en la cara.


Las vistas desde un ascensor, el de casa de Merche, el de su oficina. Las vistas desde la terraza al atardecer, La Paz en 360º.

Las charlas de sofá hasta la madrugada, las risas y las lágrimas, y sentir como el cuerpo se llena de alegría buena.
(La Paz)

Presencia

Más adelante, en este mismo viaje, hablaría con Rubén sobre Javier Pamies. "Creo no equivocarme si afirmo que Pamies era la figura más respetada dentro de los Fenómenos". Yo asentí.

Cuando tuve que describir qué me quedaba de Javi, aparte de las ganas de disfrutarle y conocerle más, porque nunca hay tiempo para todo, o al menos no para todo a la vez, fue su presencia lo primero que me vino a la mente.

Javier es un hombre, no es un chico, no es un tipo, no es un tío. Es un hombre y sabio, pero accesible.

Me hizo mucha ilusión encontrarme con él en Lima. De forma fortuíta, como un regalo entre escalas. Y me ofreció unas horas de su compañía, y me prometí volver a Lima. Un fin de semana, unas horas, unos minutos, pero me prometí regalarme de nuevo la presencia de Javi, porque no sabría explicarlo, pero, estar cerquita de Pamies a uno le hace bien.

Y descubrí una faceta nueva para mí. Descubrí a un Javi más íntimo, y a la mitad de él mismo que me estaba faltando, Camille.

Gracias por unas horas fantásticas.

5 horas con Pamies

El Pacífico, y los perfiles indiscutiblemente peruanos.

Calor y pisco sour. La hospitalidad de Javi y su agilidad, "Héctor, la chica a la que tienes que
recoger en el aeropuerto es morena, con un lunar en la barbilla".

Miraflores y Lima en un mapa, en la cocina de Javi porque me faltan las horas.

Y sobre todo Camille, Camille y Javi, y Lima.

Mis piés, por primera vez en el hemisferio sur.

(Lima)

Receta para un viaje de sueño


1 motivo - 25 cumpleaños
2 cámaras
3 capitales sudamericanas
4 fenómenos
5 vuelos
10 días

Dos días antes de subirme al avión que me traería a Bogotá, en el rellano de casa mientras esperaba al ascensor, me miré en el espejo y me asusté. Le pregunté a mi reflejo "Lucía, ¿tú te ves con los cojones de meterte en esta aventura?". La respuesta fue rápida, "No, pero la mujer que quieres ser dentro de unos años en este mismo espejo sí, lo habrá hecho."

Hace casi cuatro meses de aquello, y desde entonces, cuando las fuerzas flaquean, el miedo se apodera de mí, o los nervios cobran fuerza, pienso en mi reflejo.

Para alguien supersticioso como yo los 25 años marcan una frontera mental. Aún me acuerdo, cada primero de febrero, de mi décimo cumpleaños y mi abuela paterna sentenciando "tu edad nunca más será de un solo dígito." Desde entonces me acompaña una especie de obsesión kabalística. Los números pares, los impares, las edades que marcan transición, o no...

Así que, por mis 25, esa futura Lucía del reflejo tenía que poder contarse una historia fantástica: "A los 25 recorrí media Sudamérica".

Empieza la aventura.
(Bogotá)

Paraíso Travel

Sorprendida para bien, por la película, por la canción.



"Yo te sigo si me dejas todo vale
Pa donde se fue tu amor
De haber sabido que en las buenas saltaría sin pensar de este vagón
Si caminamos en la mala y olvide pegarte el corazón
Fue mi error

Acuérdate acuérdate acuérdate
Que fuimos uno y caminamos en la misma dirección
Ya no me dejes solo en este mundo por favor
El paraíso sabe amargo sin tu amor"

La magdalena de Proust

Después de la llegada, después de pasar unos meses aquí y darse cuenta de que uno ya tiene una rutina montada, supongo que el siguiente paso natural es la primera visita.

Tener una prima azafata tiene sus ventajas. A veces te da sustos porque se estropean los frenos de un avión en el aeropuerto de Quito, pero a veces te da sorpresas y cambia su vuelo a Santiago de Chile por un vuelo a la fea Bogotá sólo para visitarme.

Y yo me paso todo el viernes nerviosa, esta noche llega... Qué raro, aquí, tan lejos de casa, tan lejos desde que llegué de todas mis rutinas, de mis sitios, de mis gentes.

Y suena el telefonillo, Ricardo, mi portero el correcto (otro día hablaré de mis porteros, Ricardo el correcto y Carlos el risueño) anuncia la llegada de la señorita Elena. Ay, ay, ay. Y abro la puerta aunque sé que el ascensor aún no ha llegado, y apoyada en el marco de la puerta, por si acaso me desvanezco, espero. Una campanilla me dice que las puertas del ascensor se van a abrir, y efectivamente se abren, y del ascensor sale Ele cargada con dos bolsas. Al verla se me llena la tripa de emoción, e incluso los ojos de lágrimas. ¡Hola!, me dice con alegría, Ay, Ele, ¡qué fuerte!, le contesto mientras me cuelgo de su cuello. A la pobre no la dejé ni entrar, ni soltar las cosas, ni nada, yo me colgué del cuello unos segundos, y cerré los ojos. Entonces todos los olores que traía y que yo conocía tan bien me abofetearon el cuerpo. Primero su olor, el de Elena; pero cuando conseguí apartarlo me di cuenta de que, además, traía consigo el olor de su madre; y el olor de la madre de su madre, mi abuela; y el que me dejó absolutamente fuera de combate, el olor de MI madre. Las bolsas traían ropa, ropa inundada de mi madre. Y yo sacaba cosas, sin poderme fijar bien en qué era lo que tenía entre las manos, porque los ojos estaban borrosos, y toda mi energía se concentraba en las fosas nasales. Inspiraba, mamá, olisqueaba como los perros en busca de un rastro, mamá, respiraba profundo como el que inclina hasta la vertical un vaso buscando la última gota de alcohol. Mamá.

Otra mujer nos acompaña. Billie Holiday por duplicado: en un cuadro bicolor, el que Juan me regaló antes de venir y no pude traer conmigo (¿Qué necesitas que te mande? me preguntó mi madre. Las pastillas de las rodillas, y el cuadro de Juan, Mamá); Billie también en un libro, el regalo de Ele, una gran sorpresa, la biografía de una gran dama. Y yo, que estoy descubriéndome cada vez más mitómana creo que mi prima no podría haber encontrado un regalo que me hiciera más ilusión.

A la mañana siguiente cinco mujeres de excursión por Bogotá: Elena, Isabel (compañera de tripulación), Eva (becaria de Quito que también anda de visita), Lluc y yo.

El sol dibuja las cosas de colores distintos, para que mi prima vuelva a España y le diga a mi madre que Bogotá no es tan feo como yo lo pinto. Y la ciudad se ve inmensa desde Monserrate, y se ve bonita desde la Candelaria, donde comemos, paseamos, y soñamos viendo a las gordas de Botero. Por fin encuentro el afiche que tanto me gusta, un lorito verde en un patio con bananos.

Día de españolas, y noche también. Agotadas y satisfechas todas. Las de aquí por tener compañía, las de allí por descubrir una Bogotá nueva.

Para el domingo, varios clásicos preparados, mercado de las pulgas de Usaquén, donde yo creo que Lluc y yo somos conocidas como las locas esas españolas que pierden la cabeza cada vez que vienen; comida en Abasto; y... Sorpresa, Iberia se ha hecho un lío con tanta tripulación y Elena e Isabel deben volver a Madrid antes de lo previsto. Así que, con pena, me despido de Ele, y al tiempo me alegro de que haya de ser con prisas y así de repente, porque una ya se sabe las penas, y las despedidas no son plato de mi gusto.

Así que todos a mi casa, a tomar un café, charlar y esperar que llegue la hora de que Eva se tenga que ir.

Un finde distinto, que me ha sacado de la rutina bogotana, ni buena ni mala, pero en la que me faltan cosas de mi vida real. Y es que, desde que llegamos todos hemos construido vidas completas que nada tienen que ver con nuestras verdaderas vidas en España.


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A lo mejor suena la flauta...



Nano, te quiero.

Al otro lado del cuadro


"Se la recomiendo, no como marido, sino como entusiasta de su obra, ácida y tierna, dura como el acero y delicada y fina como las alas de una mariposa, adorable como una bella sonrisa y profunda y cruel como la amargura de la vida."

Diego Rivera

A veces la vida converge



De toda la vida el 8 de enero era un día marcado, era el cumple de Pat Mateos, y además, pro lo general, volvían a empezar las clases después de navidad.


Hace un año me desperté inquieta, empezaba el máster. Después de invertir energías en una apuesta personal de la que no estaba segura, meses de procesos de selección, decisiones difíciles, volver de Londres, volver a Madrid, empezar un proyecto a medio plazo... Después de todo, hace un año empezaba la competición.


Y ese primer día fue de absoluto desconcierto. Caras, nombres, nervios.


Grupo de tarde, eso ya lo sabía. Lo que no sabía era que después de la charla de bienvenida nos harían empezar ese mismo día. Así que, después de comer, y con la comida aún atragantada, fui al aula que me indicaron, Grupo F.


Para mí la beca eran dos años de vivir fuera, el máster era algo de lo que aprendería, y que trataría de aprovechar, pero lo concebía como un trámite más de ese proceso de selección en el que todos son rivales de todos. 240 plazas, 280 personas, y yo, que no quería quedar fuera, por la oportunidad, por la autoestima.


Y sin embargo, muy pronto descubrí que el grupo F nada tenía que ver con la hostilidad, el fanfarroneo y las zancadillas que esperaba. Muy al contrario, encontré 39 personas que convirtieron los 6 meses de trámite en 6 meses de ganas de ir al ceco cada día para encontrarme con ellos, a pesar de los agobios, a pesar de la presión, a pesar de todo.


Y de cada uno de ellos me ha quedado algo. Yo intenté devolver el favor con sonrisas, no sé si es suficiente.




Los nervios compartidos con Elsa.




Las pequeñas teorías de la vida, de Álvaro Alcalde.



Kiko y sus rizos, y jugar al laberinto de un pensamiento.




Pastora, Martirio, Tere Banyuls.




Una notita de Roberto, el día que me cambié de sitio.




Niña del sur, Merche.





La generosidad de Rubén. Bocanadas de aire en la asfixia.





Erika y un grito de batalla eficaz, hua, hua, hua.





Salva, siempre risueño.




Irma soltándose el pelo, oh, oh, oh.







La sonrisa tímida de Ana parece estar siempre envuelta en hoyuelos.


Cada una de las veces que Mario fue amable conmigo.

Las botas de cowboy y la presencia discreta de Manuel.

Aprender de Luis cada una de nuestras diferencias, y después, aprender a querernos precisamente por ellas.



Diego Fernández, un viaje del desconcierto a la sorpresa, agradable.


Chevi y sus preguntas. Chevi siempre consiguiendo que me ponga colorada.



La timidez de Rosa.


De Lino la música, un cómplice. Un mito más para mi colección.



Álvaro Gonzalez-Ripoll y el poder del 83.




Esa comida que nos hiciste en tu casa, Ainara. La amá siempre has sido tú.




Jugar con Enrique, como niños.


Ulises, siempre dispuesto, siempre atento, siempre con una sonrisa a punto de escapársele.




El día que Georgia confió en mí para llorar.



Encarni, una AMIGA inesperada.




Wero, la elegancia de un felino jugando al balón.



Álex, la quintaesencia de los Fenómenos.



Tere Muñoz y confidencias de baño de bar. ¡Joder, qué fuerrte!




La calma en los abrazos de Diego. ¡Hola, Ola!





La presencia de Pamies.



Carlos, híbrido entre Chicho Terremoto y Yoda.



La insospechada fuerza de Martina.
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María los días que vestía color pastel.




Mi pequeña Camino toda entera.

La inquietante presencia de Juan.




Max detective, Max y la pasta de salmón.



El silencio de Elena.



El compañerismo de Alvaro Torres, su buen humor, sus ánimos.

Cris Tris, la sonrisa enorme en la cara de una muñeca.


Los papelitos de colores de Eva.
Chicos, gracias.