BS Septiembre 07

Myriam, la mujer de las teorías

No sé bien quién es Thelma y quién Louise en ese dúo tan cinematográfico que formamos Myriam y yo. El tercer protagonista de nuestras aventuras es siempre un coche, el mío, el suyo, y como importa, pero da un poco igual, a mí me gusta pensar que es siempre un Thunderbird del 66.

El secreto, después de tantos años, es que disfrutamos de las locuras de la otra. Hay cosas que uno necesita desesperadamente compartir. Y, sin embargo, no es tan fácil encontrar ese alguien con quien hacerlo. Porque no se trata de contar una historia, o sentirse acompañado en determinadas circunstancias. Se trata de compartir la intriga, la inquietud, la alegría de un descubrimiento o de llorar ambos a moco tendido. Myriam es la amiga que me coge el teléfono a las tres de la mañana para que le cuente mi última obsesión. A veces me rescata de la torre donde estoy encerrada, y en ese descapotable precioso que nos lleva a todas partes damos vueltas por las calles de Madrid, y jugamos a ir de un lado a otro haciendo comprobaciones de las que no puedo hablar porque sólo nosotras les encontramos sentido.

Creo que para ella, yo soy alguien que la escucha con entrega cuando me cuenta cualquier historia. Pero sobre todo, soy mis ojos iluminados cada vez que me propone una pequeña locura. No tengo forma de resistir, y ella lo sabe. Así que nos subimos al coche y nos vamos al aeropuerto a ver los vuelos llegar. O me aguanta en un submarino mientras me dice “¡tía, tía, que los del coche de delante están follando!”, y yo me rompo en dos de tanta risa.



Myriam tiene una memoria prodigiosa. Recuerda los cumpleaños de la gente, sus números de teléfono, y las matrículas de los coches. Es esa base de datos que lo almacena todo, para recordarte dentro de unos años, que en la fiesta de cumpleaños de no sé quién tú llevabas el mismo vestido que hoy. Y tú no te acuerdas ni de haber ido a aquella fiesta, pero sonríes y le das un beso porque es fantástico que ella sí lo tenga en la memoria, porque entonces es que sucedió.

Además, es la mujer de las teorías. La maravillosa teoría del contexto y los sms de madrugada, o la de que “algún día Dios me lo pagará con un buen novio”. Y es que además es clarividente, y yo me alegro tanto de que Chuco apareciera por fin en su vida…

¡Ay, Mari, vente conmigo!

Eñe

Para cuando se me ha olvidado por completo que con cada nueva estación sale un número nuevo de la Revista Eñe, de repente, abro el buzón, e inmediatamente reconozco el sobre blanco, tamaño cuartilla, y del grosor de un libro.

Desde el primer número he sentido una emoción fuerte al rasgar el sobre y descubrir la portada. Para cada edición un artista diferente ilustra la revista. Esta vez Manolo Valdés, uno de los caprichos de mi madre. Así que, abro el sobre y una mujer en trazos me secuestra por unos minutos.

Soy maniática, y para mí, determinadas cosas deben hacerse según un ritual preciso, como en una coreografía en la que no cabe otro orden de figuras. Hay un ritual para vestirse, y otro para desvestirse, otro a la hora de arrancar el coche, mientras me pongo el cinturón, enciendo las luces y meto la marcha. Y para los libros, también lo hay. Para decidirme por un libro siempre leo el último párrafo, en una librería, en la estantería de mi cuarto. Y si ese párrafo me lo pide, ese es el libro que escojo. Con la Revista Eñe también hay ritual. Primero ojeo las ilustraciones, y aprovecho la pasada de hojas para retener el marcalibros que incorpora y empezar a utilizarlo. Me fascinan los marcapáginas, y los que más me gustan son los improvisados, un ticket de tren, o la bolsa vacía del azucar de un café. Después de las ilustraciones hay que leer el Editorial, para saber la temática de esta edición. Y, por fin, empiezo por el diario, que esta vez me ha cautivado. Cristina Peri Rossi. Y me quedo sin palabras, porque me ha gustado mucho. Después empiezan los relatos, y dependiendo de cuánto me gusten el ritual manda buscar en las hojas de Autores, justo después del Editorial, el breve resumen que me cuente quién ha escrito aquello que ha llamado mi atención.

Insisto, Cristina Peri Rossi me ha gustado tanto que todo lo demás ha pasado sin demasiada sorpresa a lo largo de las hojas. Es como el dolor, uno más intenso mata aquel más débil. El diario me ha dolido tanto que no siento más que un hueco grande en el estómago desde que lo leí.

Nada se pierde



Suenan las primeras notas, y mi cuerpo reconoce la canción. Se estremece, como movido por un pinchazo incómodo.

Esta canción era mía, un secreto del que casi me avergüenzo, un secreto de los importantes. Y antes, cada vez que sonaba, mi cuerpo reconocía la melodía al instante, y se relajaba, se dejaba flotar por unos minutos de sueños.

De un tiempo a esta parte, los mismos acordes han pasado a representar cosas distintas, lo que antes fue sueño ahora es un recuerdo que escuece. Y escuece cada vez que aparece el anuncio de la ONCE. No veo demasiado la tele, pero deben haber planificado la campaña de forma que cada vez que me planto delante de la pantalla aparezca el dichoso anuncio al menos una vez.

Pero, supersticiosa hasta la médula, le busco las excusas a todo. Y esta canción estaba llamada a ser importante para mí. Drexler no era santo de mi devoción, pero esta canción lo fue. Y lo fue porque me cegué de sueño, para que ahora la asociación de ciegos la utilice como banda sonora de su campaña de publicidad. Y de nuevo, dos coincidencias. No sólo mi nombre es el de la patrona de los ciegos, sino que, aunque sea por título, soy publicista.

Ojalá llegue el tiempo de cosechas.

El flequillo se me apodera

Un día raro. Soy una mujer al borde de un ataque de nervios. ¿Por qué? Pues porque sí, que para eso soy mujer. Hoy la he tomado con el pelo, se me apodera, me siento mal, y tengo ganas de gritar.

Lo de salir de casa en estas circunstancias siempre ha sido tarea difícil. Pero hoy, Super Clemente, me rescata en dos minutos. Cuatro horquillas bastan.

¡Qué voy a hacer yo sin Clemente en Bogotá? Quién me va a desatorar, se va a reír de mí, pero sobre todo conmigo, quién me va a necesitar para pasear un domingo de resaca por Notting Hill, o por Alcalá, para fumar hasta perder la conciencia, para beber y bailar, para hablar, mucho, mucho.



Desenterrando tesoros: Jarabe de palo

Dice Guille que hay músicos que deberían tocar siempre el mismo álbum.
Pau Donés debería tocar el de La flaca en una reproducción infinita.
Suplicar un beso. Confesar en ritmos tranquilos el lado oscuro. Y seguir pintando ese mismo mundo naif que hace sentir bien.
"Quédate con lo bonito, deja caer esa lágrima". Y se te sale la sonrisa.

Parirás con amor

"Digna estaba arrepentida de haber ido al hospital y se acusaba de lo ocurrido. Hasta entonces todos sus hijos nacieron en la casa, con ayuda de Mamita Encarnación, quien controlaba el embarazo desde los primeros meses y aparecía la víspera del alumbramiento, quedándose hasta que la madre pudiera ocuparse de sus quehaceres. Llegaba con sus yerbas para parir rápido, sus tijeras benditas por el obispo, sus trapos limpios y hervidos, sus compresas cicatrizantes, sus bálsamos para los pezones, las estrías y los desgarros, su hilo de coser y su incuestionable sabiduría. Mientras preparaba el ambiente para la criatura en camino, charlaba sin cesar entreteniendo a la enferma con los chismes locales y otras historias de su invención, cuya finalidad era hacer el tiempo más corto y el sufrimiento menor. Esa mujer pequeña, ágil, envuelta en un aroma inmutable de humo y espliego, ayudaba a nacer a casi todos los críos de la zona desde hacía más de veinte años. Nada exigía por sus servicios, pero vivía de su oficio, porque los agradecidos pasaban frente asu rancho dejando huevos, fruta, leña, aves, una liebre o una perdiz de la última cacería. Aun en los peores tiempos de miseria, cuando se arruinaban las cosechas y se secaba el vientre de las bestias, no faltaba lo necesario en el hogar de Mamita Encarnación. Conocía todos los secretos de la naturaleza en torno al hecho de nacer y también algunos infalibles sistemas para abortar con yerbas o cabo de vela, que sólo usaba en casos de reconocida justicia. Si fallaban sus conocimientos, empleaba su intuición. Cuando al fin la criatura se abría paso hasta la luz, cortaba el cordón umbilical con las tijeras milagrosas para darle fuerza y salud, en seguida la revisaba de pies a cabeza para cerciorarse de que nada extraño aparecía en su constitución. Si descubría una falla, anticipo de una vida de sufrimiento o de una carga para los demás, abandonaba al recién nacido a su suerte, pero si todo estaba en el orden de Dios, daba gracias al cielo y procedía a iniciarlo en el trajín de la vida con un par de palmadas. A la madre daba borraja para expulsar la sangre negra y los malos humores, aceite de ricino para limpiar la tripa y cerveza con yemas crudas para garantizar abundancia de leche. Se quedaba tres o cuatro días a cargo de la casa, cocinaba, barría, servía la comida a la familia y se ocupaba de la parvada de niños. Así había sido en todos los partos de Digna Ranquileo, pero cuando nació Evangelina la comadrona estaba en la cárcel por ejercicio ilegal de la medicina y no pudo atenderla. Por esa razón y no por otra, Digna acudió al hospital de Los Riscos, donde se sintió tratada peor que un condenado. Al entrar le pusieron un parche con un número en la muñeca, le afeitaron sus partes pudorosas, la bañaron con agua fría y desinfectante, sin considerar la posibilidad de secarle la leche para siempre y la colocaron en una cama sin sábanas con otra mujer en sus mismas condiciones. Después de hurgar sin pedirle permiso en todos los orificios de su cuerpo, la hicieron dar a luz debajo de una lámpara a la vista de quien quisiera curiosear. Todo lo soportó sin un suspiro, pero cuando salió de allí con una hija que no era la suya en los brazos y sus vergüenzas pintadas de rojo como una bandera, juró no volver a poner los pies en un hospital en los días de su vida."


Isabel Allende, De amor y de sombra.

¿La vuelta al cole?



El pulso se va perdiendo con cada cerveza...
Reencuentro de muchos Fenómenos en el CECO, y en las barras. Pero sobre todo, con mis chicos F4. Rubén, Diego, Luis. Ayer sentí que éramos de vuelta esa pequeña familia de roles indefinidos. Nos hemos querido y odiado por momentos, pero nos hemos cuidado todos. Y no me canso de seguir descubriendo esas cosas de las que Luis dice que es mejor no saber. ¡Cómo voy a echarles de menos!
¡Cibercollejas!

Anhela



Ball of fire

Nos reunimos unos pocos en el mismo sitio de siempre.



Voy a echar de menos la plaza. Me enamoré de ella desde una ventana. Hace años, mientras pagaba la matrícula del taller de escritura.

Y en aquel salón viejo y todo lleno de libros la plaza del dos de mayo se asomó por la ventana.


Burocracia bananera

Ilusa de mí que pensé que conseguir el visado con un pasaporte de servicios sería una tarea rápida.

Los siete números de teléfono del consulado de Colombia provocan todos el mismo timbre monótono e infinito. Nadie responde, y cada timbrazo me taladra los oídos durante dos días. La página web, en construcción. Y yo que sólo quiero preguntar la documentación que necesito para no tener que ir varias veces porque me falte un formulario; o una fotocopia.

Al tercer día, cola en la puerta del edificio. ¿Para solicitar un visado? Cuélate hasta el fondo y pregunta por Andrés. Pero el fondo es más difícil de encontrar de lo que parece. Esquivo gente, y juego a contorsionar los brazos para no llevarme a nadie por delante de un cascazo, o quedarme atrapada por el bolso. ¡Tú, la del casco! Me grita una voz a la espalda. Estoy buscando a Andrés. Respondo mientras me giro. Yo soy Andrés.- Y en mi mente su frase continúa- ¿Qué coño quieres?

Hay gente que le tiene miedo a los uniformes. Yo extiendo la aprensión a los burócratas. Los de cualquier tipo. Para mí lidiar con las ventanillas, con las comisarías cuando hay que renovar un documento, las secretarías, las azafatas de tierra, o llamar al teléfono de atención al cliente, el que sea porque te tratan igual, Telefónica, Apple, tu seguro médico, es una pesadilla.

Le expliqué atropelladamente a Andrés que necesitaba saber los documentos precisos para solicitar un visado, y que como no cogían el teléfono me había acercado para averiguarlo y poder traerlo todo. Lo intenté con una sonrisa, pero ya estaba nerviosa. La cara de Andrés se mantuvo inmóvil durante todo mi discurso. Y al terminar, su respuesta se me clavó como un peso inmenso. Sala de la derecha, coges número y cuando te toque se lo preguntas a las señoritas. No, no, no. Murmuré mientras entraba en la sala de la derecha.

Me senté, rodeada de gente y de ruido. Niños que correteaban, personas que andaban también de acá para allá. Y cuando el casco estuvo en el suelo y el bolso sobre las rodillas, miré mi número. 93. Miré la pantalla. 58. Me hice pequeñita. Y me seguí encogiendo en medio de todo ese ruido. Y cada número nuevo en la pantalla tardaba una eternidad en desaparecer. Y los afortunados se acercaban al mostrador, que parecía una de esas barras improvisadas de feria, de chapa metálica y huecas por dentro, tras el que tres funcionarias aceleradas revolvían papeles y más papeles. Y yo no paraba de pensar que con tanto papel, tanta grapadora, tanta carpeta y tanto manoseo, con la suerte esa que me acompaña a todas partes, si yo dejaba algo en manos de aquellas malvadas de cómic, desaparecería en aquel desierto de hojas para siempre.

Esperé, y me desesperé. Y cada vez me molestaba más el ruido alrededor. 91. Ah, 91. Y, ¡el 92! Ay, ahora voy yo. Y me pongo nerviosa otra vez, como cuando hablaba con Andrés. Y como siempre pasa, la espera hasta el 93 fue una agonía.

Formula de cortesía por parte de la señorita, y respuesta por mi parte enlazada con el motivo de mi presencia en aquel sueño surrealista. Y le cuento que no cogen el teléfono, que llevo dos horas sentada en una silla para saber qué documentos necesito, y que yo le he traído el pasaporte, la carta del ICEX y tripiticientas fotos por si acaso. Y que el formulario no lo imprimí desde la web de la embajada porque no estaba segura de si era el bueno. Aha. Me responde ella sin separar los ojos de los documentos que le había entregado. Que no los suelte sobre la mesa, por favor, que no los suelte sobre la mesa. Espera, te voy a dar un formulario. Y me sonríe. Vuelve con él y me dice que tengo que rellenarlo. Y no sé, le digo con miedo, si tengo que pagar alguna tasa, porque he visto que para otros trámites hay que hacerlo, y que no se puede hacer en efectivo sino con justificante bancario. Esta es otra de las reglas burocráticas, si tienes que pagar una tasa, matrícula, o lo que sea, la pesadilla es doble, hay que ir a un banco también, y después llevarles el puto papel amarillo. Ella seguía leyendo, y me dieron ganas de preguntarle si después de tres lecturas aún había algo en aquella carta que no entendiese. Levantó la vista, como si hubiese oído mis pensamientos, y con una sonrisa y tono maternal me dijo: No, no te preocupes que no tienes que pagar ninguna tasa. No bajes la guardia, Lucía. Las funcionarias asesinas saben cómo engatusar a sus víctimas. E inmediatamente después vino el golpe de gracia. Pero voy a necesitar, además de los originales, que me traigas unas fotocopias. No jodas, no se me hubiera ocurrido nunca. Mira que ni siquiera pensé en llamar para averiguar la documentación que iba a necesitar. ¿Y no me las puede hacer usted? Pero qué tonta soy cuando quiero. No. Y además como ya era la una menos diez de un viernes, y el chiringo se cerraba, pues mejor vuelvo el lunes y ya le llevo a esa señora tan simpática todas las fotocopias que ella quiera. Y qué, vuelvo a coger un numerito, me siento en esa silla, y espero otras dos horas. Le dije con un tono que no llegó a ser impertinente, porque a mí los burócratas me bloquean. No, me dijo. Vienes y me dices que ya estuviste aquí antes. Y posó su mano sobre la mía mientras me devolvía mis baratijas de papel.
Se me erizó la piel, y creo que de las orejas me salía humo cuando me giré y salí de aquella sala. Estaba llena de furia, y si me encontraba a Andrés, o al listo que me invitó a colarme hasta el fondo, les gritaría con odio: ¡Gracias por haberme robado una mañana! Ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh. Pero me los crucé volviendo a la moto, a los dos, y lo único que fui capaz de hacer fue bajar la vista al suelo, y apretar los labios con la rabia de un niño.

Para que...

"Para que no te quedes nunca del todo, ni te vayas por favor pa' siempre"
(Platos rotos, Paco Cifuentes)

A veces va bien beberse todo el amor, hasta que en el vaso no quede más que el poso.
Guardar la copa, taparla con mimo para que conserve el olor, y asomar la nariz de tanto en tanto para precipitarse en el vértigo de lo que fue cuando flaquea la fe por lo que ahora es.

Invitación al vómito

Cúbrete el rostro
y llora.
Vomita.
¡Sí!
Vomita,
largos trozos de vidrio,
amargos alfileres, turbios gritos de espanto,
vocablos carcomidos;
sobre este purulento desborde de inocencia,
ante esta nauseabunda inquidad sin cauce,
y esta castrada y fétida sumisión cultivada
en flatulentos caldos de terror y de ayuno.
Cúbrete el rostro
y llora...
pero no te contengas.
Vomita.
¡Sí!
Vomita,
ante esta paranoica estupidez macabra,
sobre este delirante cretinismo prostáico:
lacios coágulos de asco,
macerada impotencia,
rancios jugos de hastío,
trozos de amarga espera...
horas entrecortadas por relinchos de angustia.

My Olivetti girls



UNDERWOOD GIRLS

Quietas, dormidas están,
las treinta redondas blancas.
Entre todas
sostienen el mundo.
Míralas aquí en su sueño,
como nubes,
redondas, blancas y dentro
destinos de trueno y rayo,
destinos de lluvia lenta,
de nieve, de viento, signos.
Despiértalas,
con tactos saltarines
de dedos rápidos, leves,
como a músicas antiguas.
Ellas suenan otra música:
fantasías de metal
valses duros, al dictado.

Que se alcen desde siglos
todas iguales, distintas
como las olas del mar
y una gran alma secreta.
Que se crean que es la carta,
la fórmula como siempre.
Tú alócate
bien los dedos, y las
raptas y las lanzas,
a las treinta, eternas ninfas
contra el gran mundo vacío,
blanco en blanco.
Por fin a la hazaña pura,
sin palabras sin sentido,
ese, zeda, jota, i...

Pedro Salinas


Gracias, Juan. ¡Muchas gracias!

BS Agosto 07