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Pirata en puerto



Agua estancada.

Pasos de libélula.

Almendro en invierno.

Canción desafinada.

Por fin un sampán,
a los mares de China.

Noches de luna, llena.




Existe un lugar sin espacio ni tiempo, un cayo fantasma que aparece del fondo de las aguas sólo en noches de cosmos equilibrado. Hace tiempo bauticé esa balsa como Cayo Cuica, porque es igual de oportuno que el instrumento, y provoca los mismos pellizcos en la sonrisa.

He pasado la noche en en ese espacio mitológico, orgullosamente acompañada por cinco hombres que admiro. El primero, R. que antes de caer el sol, como afinando las cuerdas de un cavaquinho, me advierte en un mensaje que esta noche la luna está llena, y su melodía sonará dulcemente durante horas.

Más tarde, J. con su presencia calmada, su discurso tranquilo, sus pies en la tierra, y ese amor que tanto envidio, me recuerda el susurro de Vinicius De Moraes: Soneto Do Amor Total.

D., agudo agogó con su batería de anécdotas, nuestras risas, sus reflexiones profundas, y los mails que quedaron en el aire, por mi culpa, claro.

R., R.C o los ojos más limpios, las palabras más tiernas, y esa altura inmensa que jamás utiliza para mirar desde arriba. Qué asombrosamente cálidos son, siempre, los abrazos de R.

Entre tintos de verano y cañas suena el teléfono. L. necesita que le diga que, si no le gusta lo que ha creado, el lienzo se puede volver a pintar de blanco.

No mirar el reloj, no pestañear, y reír a carcajadas por las confesiones retrospectivas. Balancear la silla a dos patas e inventarse que esta noche el asfalto se ha transformado en arena, que la brisa trae olores de sal, y que el zumbido de una moto no es más que el aire atravesando las hojas de palmera.

Gracias, a los cinco, por haberme hecho sentir uno más, pero distinta.

Prisas

Pa, pa, pa, pam;
pa, pa, pa, pam;
pa, pa, pa pam...

La cajera del supermercado repiquetea inclemente con la yema de los dedos mientras coloco una botella de coca-cola light y media sandía en la cinta negra.

Al otro lado de la caja, un muchacho con gorra y la camiseta ajada, desatiende el pequeño bote de desodorante, la pasta de dientes, y la botellita de agua, para mirar con fijeza la pantalla que marca el precio de sus tres objetos.

La cajera le repite la cantidad sin mirarle apenas, y él murmura cuentas en inglés revolviendo, con unos larguísimos dedos negros, las moneditas que hay en la cuenca de su mano izquierda. Finalmente se las entrega a la cajera, y me mira pidiendo disculpas. Sonrío.

Antes incluso de contar las monedas, ella replica con áspero acento sudamericano: "¡te falta!". Él, con nerviosismo, agarra el agua, la pasta y el desodorante con una sola mano y unas ganas inmensas de salir de ese lugar. "¡Te falta!" insiste ella impaciente, "ocho céntimos".

Los ojos blanquísimos del muchacho vuelven a mirarme, pidiendo ayuda esta vez. "Eight cents", sonrío.

Ella tiende la mano que guarda el botín incompleto, la otra se la lleva a la cadera, mientras golpea el suelo con el pie en una frecuencia parecida al "pa, pa, pa, pam" del principio de la escena.

Él suelta inmediatamente sus objetos, vuelve a llenarse la mano de moneditas color ocre, los dedos largos y negros vuelven a revolver en la cuenca izquierda hasta rescatar los dichosos céntimos de euro. Suspira aliviado, y se los entrega a la cajera.

Ella no vuelve a preocuparse por su presencia. Distribuye las monedas en los compartimentos de la caja, e inmediatamente activa la cinta negra. Agarra con negligencia mi sandía, pasa la etiqueta por el lector, y lanza la fruta como si fuera una pelota contra el tope metálico del final de su fortaleza. Después repite la operación con la coca-cola, y espeta "¡tres con dieciséis!".

Antes de irse, los ojos blanquísimos vuelven a buscarme, y los labios inmensos que los acompañan me susurran un "thank you", en un inglés que por supuesto no es su lengua materna. Sonrío.

Con calma, atravieso los detectores antirrobo, saco la cartera, le entrego un billete de cinco a la cajera, y mientras guardo mis compras en la bolsa de tela que traía de casa, ella, con la mano tendida y mis vueltas en la cuenca, vuelve a repiquetear en el suelo "pa, pa, pa, pam".

La miro sin nervios, recojo mis metales, le doy las gracias y sonrío.

I do...

La vida de Justo

Qué asombrosa es la perseverancia. Una vida, la de Justo Gallego, dedicada a un único proyecto.

Let's dance, let's shout!!

Se me había olvidado lo divertido que es bailar.

Por ella los malos van al cielo

El amor funciona cuando encuentras a tu mejor enemigo.

Primavera

Llevaba semanas jugando a que la primavera había llegado ya, pero no lo había sentido hasta esta noche. Entre la corriente de dos ventanas, la brisa no me ha molestado. Normalmente dos escalofríos me hubieran recorrido ambos brazos, desde las muñecas hacia los hombros, hasta eclosionar en mi nuca. Pero hoy no he querido cerrar las ventanas. Y he respirado como cuando tragas agua con mucho placer, sin ansias pero con mucha sed.

Como no podía ser de otra manera, Josh Rouse le ha dado forma, durante mucho rato, mi fiesta de la primavera.

El año pasado no tuve primavera, y sin embargo celebré mi ritual, en un hotel de Medellín, con aquella ciudad de fondo y la primavera de Madrid en la nostalgia. Este año lo celebro en Madrid y me acuerdo de Medellín, y del Amazonas, de los puentes de mayo y las escapadas de fin de semana, la Semana Santa, los días sueltos... Por fin tengo una hamaca en la que dejarme mecer, y supongo que el balanceo me ha recordado tiempos más piratas.

YA TA!!!

Sunny morning

El vídeo

Me lo han dicho varias veces esta tarde, que había salido en el vídeo.

Parece que tenía un día tonto y no he hecho mucho caso la primera vez. No sabía de qué vídeo se trataba.

Después, me han vuelto a preguntar si había visto el vídeo, y ante mi negativa, me han vuelto a asegurar con alegría que ¡se veían las fotos!

Y yo, no sé por qué, estaba a otra cosa.

Sin embargo, he de reconocer la estúpida ilusión que me ha hecho verme en el vídeo.

No sé por qué no lo puedo adjuntar... Por favor, pinchad aquí para verlo:
LA NOCHE DE LOS LIBROS

Flechazos



Estaba repantingada en un sofá del Starbucks, leyendo, o haciendo que leía. Tenía una cristalera inmensa a mi izquierda, y la sensación de que aquella avenida, con el sol iluminando cada detalle de asfalto, era la versión más cinematográfica de San Francisco, y yo estaba embelesada con las vistas.

Tras una canción de Ella Fitzgerald, apareció Jill Barber. Pero su nombre yo no lo conocía entonces. De hecho, había escuchado esa misma canción, en ese mismo establecimiento, una semana antes. Sólo un fragmento, el final. Lo había intentado con esfuerzo, pero no conseguí volverla a reproducir en mi mente. Ahora volvía a sonar, y reconocí al instante los primeros acordes. Me incorporé como por arte de un latizago en la espalda. El cuerpo tieso, la cabeza alerta. Escuché... Y me distraje por un momento, no lo pude evitar, se me estaba olvidando respirar. Fue una punzada en las tripas. Una voz casi ácida, que cantaba en un balancín que parecía mecerlo a uno, casi un himno, una canción de cuna para calmar las almas.

Me levanté de un brinco, me colé hasta el mostrador por la zona de recogida de bebidas, no quería que las personas de la cola se molestaran.  Asalté al muchacho con uniforme que estaba más cerca. Le pregunté con prisas cómo se llamaba aquella canción. Me dijo que no lo sabía, se hizo el remolón. Le imploré, lo reconozco, se me llenó la boca de pena, los ojos de tristeza, y le pedí que lo averiguara como quien ruega auxilio.

Me quedé esperando junto a la barra. Intenté no distraerme con los cafés de otros clientes, y aún así estuve a punto de darle un sorbo a uno que no era mío. Mi taza seguía en la mesa junto al sofá de la ventana que daba a la avenida. Giré la cabeza al recordarlo, y descubrí que me habían quitado el sitio. No me importó, seguía concentrada en la canción. Trataba de no olvidar la letra por si aquel muchacho no me podía ayudar. Si recordaba la letra podría localizar la canción reproduciéndosela al dependiente de la Virgin. Lo había practicado en otras ocasiones, casi siempre con éxito.

Al cabo del rato el muchacho regresó. Cogió una servilleta y un boli, y yo traté de disimular una sonrisa exagerada. "Aquí tienes", me dijo mientras me tendía la servilleta. Escrito en negro y con una letra impecable: Jill Barber, In perfect time.


¡Qué necesarios son los flechazos!
¡Me he encontrado, por purísima causalidad, con una niña pirata que navega en un barco de papel! Amelia Curran



[El video de Jill Barber es de otra canción, pero el videoclip es tan absurdo que me gusta. ¡Yo también quiero unos cuernos de reno a modo de echarpe!]

Ave, Sol

URBAN BLINK

Posesión celestial

El otro día esperaba a que un semáforo en rojo cambiara a verde para girar a la izquierda en la siguiente calle. Me fijé en una chica joven que caminaba no sé de dónde a dónde. Yo la veía de espaldas, y ella de pronto, entre sus pasos de asfalto coló algunos de baile. Me hizo sonreír, como lo hacen las piernas que se mueven a un compás determinado mientras viajan en el metro, o las manos que dan palmadas en las pantorrillas, los dedos que chasquean acompañando a unos dientes que muerden ligeramente el labio inferior conteniendo las terribles ganas de cantar. Sonreí como lo hago cuando yo misma no puedo evitar bailar poseída en casa porque alguna canción mueve mi cuerpo sin pedir permiso, para nadie, para mí. El semáforo se puso en verde y yo no me di cuenta, entonces sonó el claxon de algún desaprensivo que por algún motivo tenía una prisa inadmisible un domingo a las cinco de la tarde. Giré a la izquierda, y durante el resto de mi trayecto imaginé qué fantástico sería bailar en la sala de espera del dentista si la música apropiada sonaba por los altavoces, o en mitad de una cena entre las mesas de un restaurante.
¡Gracias, Vicente!

Mind's eye

Me ha dicho un ángel que si piensas algo con fuerza sucederá, y yo pienso al sol, pero debe de haber interferencias en mi mente, porque aparece entre nubes. 

Acabaré lográndolo, no me cabe duda, y será primavera, y después verano, al fin.

Entretanto me pego a las piedras como un lagarto en los claros, y me pongo morena en el sofá si cierro los ojos en los oscuros.

Zebraville



Da da da ra da da...

He descubierto un cometa en el que no importa si es lunes o no.
Casi como un planeta de principito, en él no existen los ministros ni los bancos.
Es una roca inmensa cuya órbita sólo admite las energías buenas; un espacio intangible donde los mezquinos tienen prohibido el paso, y en el que no caben pudores ni vergüenzas.
En lugar de una rosa, mi compañera es una zebra hermosa que guarda siempre la cabecera de mi cama para que no quepan tampoco los malos sueños.
Buenas noches, espacio.

Lunes de sol


Perder y recuperar la fe

Volver a lugares a los que uno hacía tiempo que no acudía suele recolocar las vísceras, a veces para acomodarlas y a veces para todo lo contrario...

Al bajar las pequeñas escaleras de Clamores un intenso olor a subterráneo húmedo y atabacado se me impregna por toda la piel, como un disfraz o un traje de etiqueta sin el cuál quedara la entrada prohibida. En la sala, vacía, cada silla está en el lugar exacto en que la recordaba, tengo ganas de sonreír, como quien comprueba que es capaz de seguir desenvolviéndose a oscuras por la casa de su infancia, o borracho en el bar. Pero no deja de ser extraño acudir de nuevo a la sala, en otro contexto, y pretexto. Las sillas permanecen, las caras de entonces ya no están. Y vuelvo a tener ganas de sonreír.

Después los murmullos van creciendo, hasta que aparece Pura Fé en el escenario. Y con los minutos recuerdo que el mestizaje suele regalar grandes sorpresas. Tengo ganas de sonreír, y sonrío.


17, número redondo