Oeste

La luz anaranjada de las siete y media de la tarde exagera las formas de la fachada que tengo en frente. Es una luz plácida que de pronto me abofetea los ojos. Y miro cada detalle en esas sombras de la fachada, y después los detalles de la fachada siguiente, las antenas en los tejados, las terrazas, el ajetreo de la gente, y al oeste un cielo limpio y lleno de rojos. Todo vuelve a ser como siempre, pero sabe como nunca.

Un año en Colombia

Here comes the sun

BS Septiembre 08


Septiembre 08

Bogotá, me voy

La Milagrosa

El cine colombiano vuelve a dejarme con buen sabor de boca. Seguiré atenta, al cine, a la realidad, a las esperanzas.

Soy pirata del Caribe



La sensación de que es la última vez que visito el Caribe, al menos por un tiempo, me invade y me atolondra. Nostalgia de un lugar en que me he sentido en casa. Tantos viajes, tantas playas, tantas gentes, y el mismo agua para bañarme y hacerme sentir más pirata que princesa.

Aunque me acompaña Ainara, Pablo me falta en este último viaje que cierra el círculo de los viajes dentro del viaje. Y es que me despido de Colombia de la misma forma en que me enamoré de ella, en Cartagena y en las islas del Rosario. Muchas cosas han cambiado en mí desde entonces. Donde hubo piel lisa en mi pierna y después una quemadura, hoy hay una cicatriz. También en el alma me llevo cicatrices, y el recuerdo de las caricias.

Gracias Caribe, por confirmarme cuán pirata soy de tus aguas, ya fuera rodeada de costeños negros y morenos, de wayúus, de jamaiquinos, de las piedras titánicas del Tairona, de la historia de ciudades atacadas por bucaneros, de sol y bochorno, de calor y lluvia, de aguas cristalinas y caracolas marinas, de peces de colores y estrellas rojas, del viento cargado de cuentos que una vez me hizo sentir que yo también era costeña en Taganga.



Calor y color en Cartagena

Last dance



Un mail con un "¿aún estoy a tiempo?", y al día siguiente una gran noticia: Ainaratxo me visita en mi recta final. Con ella me despediré del Caribe, de las visitas, de ciertos paseos... Y poco después de Bogotá, pero sobre todo de Colombia.

Carlos y Ricardo

Ricardo y Carlos serían un dúo cómico fabuloso, de no ser por ese hondo sentido de la responsabilidad que es lo único que creo que comparten. Carlos es uno de esos hombres con cuerpo perfectamente masculino, pero que tienen la altura de una mujer. Ricardo es alto y delgado, de manos finas y delicadas como las de una actriz en blanco y negro. Ricardo es correcto, meticulosamente correcto, y me provoca una ternura desmesurada. Carlos es ese actor secundario por el que merece la pena ver una mala comedia, siempre que le veo (dos o tres veces al día cada dos días), se esfuerza por hacerme reír.

Carlos y Ricardo son los porteros del edificio en el que vivo, y ambos visten su impecable uniforme de seguridad: los mismos pantalones azul marino con una raya amarilla en cada lateral de las piernas, la misma camisa del mismo color que los pantalones, la misma chaqueta abultada, abrigada y brillante, con letras amarillas bordadas en la espalda que me recuerdan las de las “Pink Ladies” de Grease. 

Carlos y Ricardo conocen, sin remedio, cada acontecimiento de mi vida cuando estoy en casa. Resulta que si el portero es el único que tiene la llave que abre el portal de un edificio de siete plantas, cada vez que un inquilino entra o sale de él a pie, o incluso en coche, son Carlos o Ricardo quienes abren las puertas. Cada vez que los inquilinos regresan a sus casas, vuelven a ser Ricardo o Carlos quienes abren las puertas. Pero también cuando hay visitas, los porteros descuelgan el telefonillo y preguntan en la casa correspondiente si se esperaba a Fulano. Después de confirmar, uno u otro abren la puerta y, claro, la vuelven a abrir cuando la visita se marcha. En la ciudad del todo-a-domicilio, si Carlos y Ricardo hablaran entre ellos de mí, descubrirían que el domingo hice la compra, porque el mensajero del supermercado llegó cargado de bolsas a eso de las seis de la tarde; que el lunes me dio pereza cocinar y cené pizza, eso sí, de las buenas, y es que las cajas de pizza no dan lugar a intrigas; y saben cuándo me visita quién, y cuánto estuvo en casa; saben a qué horas Mambo y yo salimos a pasear, y sabrían decir incluso en qué dirección y qué recorrido hice por el tiempo que tardé en volver. En fin, Carlos y Ricardo lo saben todo de mí, y yo apenas sé de ellos los pocos minutos que compartimos cada día.

La señora de la Rioja

"La señora de la Rioja" es el identificativo que utilizamos para hablar de Ángela, no porque sea de la Rioja, que lo es y su marcado acento lo demuestra, sino porque regenta una tiendita, a escasos veinte metros de mi casa, cuyo letrero reza en letras rojas: La Rioja.

La tienda de Ángela no es otra cosa que una cigarrería (local típicamente colombiano en el que básicamente se venden alcohol y tabaco) que además tiene tortilla española (hecha todas las noches por Ángela) algunas latitas de conservas españolas, y algún embutido que otro. Como Ángela también vende Coca-Cola light, la tortilla está bastante buena, y Mambo no es capaz de pasar delante de su puerta sin entrar, Mambo y yo visitamos a Ángela con frecuencia. Y, las cosas como son, le hace mucho más caso al perro que a mí.

Hace más de cuarenta años el cuñado de Ángela marchó para Colombia en un momento difícil para España. Desde allí le contaba grandes sueños a su hermano, Eduardo, y les invitó a él y a Ángela a visitarle para que lo vieran con sus propios ojos. Eduardo y Ángela tuvieron que arañar lo que pudieron del sueldo de Eduardo para comprar los pasajes que les llevarían a Bogotá.

Nada más volver a España, Eduardo dejó su trabajo en el almacén, devolvió el coche de la empresa, y vendió el suyo propio. Volvieron a hacer las maletas, y marcharon por segunda vez rumbo a Colombia, esta vez con la inquietud de quien abandona lo suyo y emprende una aventura.

Una vez en Bogotá se decidieron a vender el pisito de España, no lo habían hecho antes por si acaso decidían volver, que nunca se sabe. Pero es que con el dinero aquel compraron una casa de 495 metros cuadrados y rodeada de jardines en las afueras de Bogotá, en la 125. Mientras me lo cuenta se me escapa que la 125 está aquí al lado, y ella me contesta que hace cuarenta y cinco años, eso eran las afueras de la ciudad, y que hay que ver lo que cambian las cosas, hija, que todo esto que ves antes era puro campo.

Eduardo murió hace cinco años, así que Ángela vendió la casa. Sin hijos ni marido, para qué quería ella tanta casa. Así que de nuevo, con aquel dinero compró tres pisitos: uno para ella, y los otros dos para sus dos hijos varones. El suyo a sólo una cuadra de su antigua casa, para no tener que adaptarse a un barrio nuevo.

Tras hacer cuentas con los años le pregunto a Ángela si en todos estos años no ha querido volver nunca a España con todo lo que ha pasado en este país durante los últimos cincuenta años. Y siento una especie de alivio al saber que sí, que hubo cosas que no le gustaron, que hubo otras que le asustaron, que por otro lado le costó entender una sociedad distinta, pero que Eduardo no quiso nunca saber nada de volver a España. Y ahora, para qué se va a ir sin sus hijos que tienen las vidas montadas aquí. Y que, además, a Ángela eso de viajar... Y además, hija, entre que vas y te haces con las cosas, ya te tienes que volver.

Nocturno

Esta noche ha vuelto la lluvia sobre los cafetales.
Sobre las hojas de plátano,
sobre las altas ramas de los cámbulos,
ha vuelto a llover esta noche un agua persistente y vastísima
que crece las acequias y comienza a henchir los ríos
que gimen con su nocturna carga de lodos vegetales.
La lluvia sobre el cinc de los tejados
canta su presencia y me aleja del sueño
hasta dejarme en un crecer de las aguas sin sosiego,
en la noche fresquísima que chorrea
por entre la bóveda de los cafetos
y escurre por el enfermo tronco de los balsos gigantes.
Ahora, de repente, en mitad de la noche
ha regresado la lluvia sobre los cafetales
y entre el vocerío vegetal de las aguas
me llega la intacta materia de otros días
salvada del ajeno trabajo de los años.

Álvaro Mutis

Delicioso caramelo

Una sala de cine otorga la intimidad perfecta para el llanto, una película deliciosa y llena de ternura, lo justifica, y la presencia callada de los desconocidos evita exaltaciones.

He pasado la tarde rodeada de mujeres libanesas, personajes de ficción a los que me he agarrado como si fueran personajes de mi propia vida, y me he enamorado de ellas, particularmente de Nadine Labaki, de su belleza, de sus historias y de ese mundo que las envuelve que me es absolutamente conocido y desconocido.

La ventana indiscreta

No sé nada del hombre que hay siempre sentado en esa banqueta. Se pasa los días ahí, vestido de traje, sin corbata, y con la chaqueta colgada del respaldo de su taburete de bar, uno de esos altos acompañado de su eterna mesita redonda, también alta y de metal. Frente a él, encima de la mesita, siempre está el ordenador portátil, siempre abierto y encendido, y conectado, claro, a la red eléctrica. No importa la hora, a las diez de la mañana, las dos de la tarde, las cuatro, a las cuatro y media también, toda la tarde y la noche hasta que desaparece. Supongo que para dormir. A mí me da tristeza, tan incómodo el pobre durante tantas horas al día, y en la misma posición.

Como me parece tan extraordinario, reconozco que he empezado a espiarle, y mientras me voy moviendo por casa (que si ahora ordeno, que si ahora leo, que si canto que si bailo), pues yo le echo una ojeada a este hombre. Eso sí, cuando me acerco a las ventanas y rozo la indiscreción, disimulo y encojo la boca confirmando que llueve, o muevo afirmativamente la cabeza las pocas veces que hace sol. Él siempre está ahí, sentado al borde de su taburete, con el ordenador enfrente, abierto y encendido, en la tercera ventana, empezando por la izquierda, del segundo piso de la fachada que hay frente a la mía.


De momento



Mira tú
la vida puede sorprenderte mucho más
que cien años que pases en el mismo lugar
creyendo que lo has visto to’
y no has visto na’
y no sabes na’

Fiate tú
tanto y tanto como ando yo de aquí p’alla
casi siempre tonteando y sin adivinar
que esto dura lo que dura
y hay que aprovechar

De momento
la vida pasa de momento
de momento
aquí todo es de momento (bis)

Yo sé bien
que tengo que luchar para sobrevivir
que nadie será el dueño de mi porvenir
tan sólo yo puedo saber que quiero ser
y proceder

Puede ser
que viva de ilusiones que yo fabriqué
que tenga en los bolsillos sólo arena y fe
pero del aire no me puedo alimentar
esa es la verdad

Y aquí estoy
jodido por este camino que escogí
pero vale la pena llegar hasta el fin
hay que sentir del amanecer
para crecer

Pero sé
que aún me quedan lágrimas por derramar
será el precio que pague por mi libertad
quiero sentir que hice lo que yo
de verdad soñaba 
No quiero ser
alguien que se torture cada día más
que lo tuvo en sus manos y lo dejó escapar
Lo que te da la vida
también te roba el alma

Por culpa de un pirata



El casco viejo de la ciudad de Panamá se moderniza, vacían sus tripas, pero se rescatan sus fachadas. No son éstas las calles primeras de Panamá, Por culpa del pirata Morgan, la ciudad vieja desapareció en un incendio .



365 islas, y una es nuestra





Kuna Yala

Levantarse a las cuatro de la mañana merece la pena si hay un buen motivo, y Kuna Yala lo es.

No sé ni cuántos ni en cuántos coches, pero con los ojos aún cerrados emprendemos el camino. Se suceden las paradas, porque sí, para comprar víveres, porque nos para la policía de tráfico, porque sí de nuevo, y porque hay que enseñar los pasaportes. Y al fin se ha hecho de día, y ya no hay más paradas, ni tampoco más asfalto. Rumbo al norte en busca del mar Caribe atravesamos la selva por caminos de tierra roja, cielos azules y orillas verdes.




El mar y el sol vertical nos esperan al final de la selva. Ricardo y su cayuco, y cientos de islotes repartidos con descuido en medio del agua. Me viene a la mente el estrecho de Gibraltar, también el Relato de un Náufrago, y sin embargo lo que me obsesiona es la falta de sorpresa que siento. Por supuesto, me siento conmovida por tanta belleza natural, sin embargo, no me sorprende, llevo demasiado tiempo disfrutando este paisaje magnífico que es el Caribe, y se me apodera la rabia al pensar que es necesario comer un poco de arroz para recordar lo rico del caviar.



Una hora bajo el sol, achicando el agua del cayuco, y embriagándome de caviar, de agua, de sol y de islas. Por fin llegamos a la nuestra: isla Pelícano, la casa de Ricardo y su familia, un islote del tamaño de un jardín.


¿Qué se hace en un sitio donde no hay nada que hacer? Se gamberrea como los niños, se evita que a uno le caiga un coco en la cabeza, y se sueña con escalar una palmera al estilo Keith Richards, se contempla con los ojos entrecerrados por el resplandor la transparencia del agua y los tesoros que guarda (corales, conchas y peces de colores). Y por la noche, a la luz de una pequeña fogata de hojas de palma,como piratas en descanso bañamos las gargantas con ron, y con unos puros venidos de la mismísima Cuba gracias a las Compañeras.


Hot Spot

Unir los océanos Atlántico y Pacífico por un punto intermedio del continente americano se convirtió en una obsesión ya en el siglo XV. Los hombres somos ambiciosos y testarudos, y acortar tiempos de transporte así como minimizar riesgos (sin el canal, los buques debían atravesaban el cabo de Hornos contra icebergs, vientos y mareas, en rutas eternas y peligrosas, no sólo para los navíos y sus tripulantes, sino para las preciosas cargas que llevaban a Europa), permitiría una comunicación marítima más fluida y segura.

De formas más precarias (el Camino Real, o el Camino de las Cruces), los proyectos se fueron sucediendo, y los interesados eran cada vez más y de nacionalidades más variadas (españoles, portugueses, escoceses, franceses, estadounidenses, o chinos entre los más significativos).

Durante la etapa española, el Camino Real fue recorrido por miles de esclavos negros, venidos no se sabe bien de dónde (Guinea, Senegal, y/o Angola) que cargaban como mulos las mercaderías de la Corona. Y es que, en Panamá, la raza negra fue estimada más que la indígena por su extraordinaria capacidad de rendimiento, y mayor fortaleza física. Estos esclavos eran tratados con la crueldad propia del momento, motivo por el cual muchos trataban de huír. Los afortunados (cimarrones) se internaban en las selvas, y desde allí atacaban las rutas, se alzaban contra las autoridades coloniales, o se aliaban con los piratas. Por supuesto, en caso de ser capturados, los insurrectos eran sometidos a castigos inhumanos. Hubo que esperar hasta 1851 para que, por fin, se lanzara una ley que prohibiera la esclavitud en todo el territorio colombiano (Gran Colombia).

El desarrollo tremendo que sufre el mundo durante los siguientes siglos hace que, a mediados del siglo XIX se acepte el proyecto firme de Lesseps (Canal de Suez) para la construcción del Canal de Panamá. Sin embargo, la obra se retrasaba debido a los accidentes del terreno, las epidemias de malaria y fiebre amarilla, la elevada mortalidad entre el personal, etc. Otros (Eiffel) apuntaban que el proyecto debía incluir juegos de esclusas para ser efectivo. El terremoto de 1882 paraliza los trabajos por un tiempo, y dificulta su continuidad. Finalmente en 1888, a pesar de que Lesseps estaba satisfecho con el trabajo y el resultado de las esclusas, las intrigas contra su empresa se sucedían, la opinión pública era escéptica, y tuvo que abandonar su proyecto por falta de fondos.

En este momento se ceden los derechos de explotación y construcción del Canal de Panamá, así como el control de la zona en torno al mismo (ocho kilómetros a cada lado) a los Estados Unidos, en un momento en que Panamá estaba más preocupada por separarse de Colombia, o acaso ya una mano invisible se había encargado de azotar las conciencias en esa dirección:

"En la concepción geopolítica del imperialismo, América Central no es más que un apéndice natural de los Estados Unidos. Ni siquiera Abraham Lincoln, que también pensó en anexar sus territorios, pudo escapar a los dictados del «destino manifiesto» de la gran potencia sobre sus áreas contiguas.

A mediados del siglo pasado, el filibustero William Walker, que operaba en nombre de los banqueros Morgan y Garrison, invadió Centroamérica al frente de una banda de asesinos que se llamaban a sí mismos «la falange americana de los inmortales». Con el respaldo oficioso del gobierno de los Estados Unidos, Walker robó, mató, incendió y se proclamó presidente, en expediciones sucesivas, de Nicaragua, El Salvador y Honduras.

Reimplantó la esclavitud en los territorios que sufrieron su devastadora ocupación, continuando, así, la obra filantrópica de su país en los estados que habían sido usurpados, poco antes, a México.

A su regreso fue recibido en los Estados Unidos como héroe nacional. Desde entonces se sucedieron las invasiones, las intervenciones, los bombardeos, los empréstitos obligatorios y los tratados firmados al pie de cañón. En 1912 el presidente William H. Taft afirmaba: «No está lejano el día en que tres banderas de barras y estrellas señalen en tres sitios equidistantes la extensión de nuestro territorio: una en el Polo Norte, otra en el canal de Panamá y la tercera en el Polo Sur. Todo el hemisferio será nuestro, de hecho, como, en virtud de nuestra superioridad racial, ya es nuestro moralmente.» Taft decía que el recto camino de la justicia en la política externa de los Estados Unidos «no incluye en modo alguno una actividad de intervención para asegurar a nuestras mercancías y a nuestros capitalistas facilidades para las inversiones beneficiosas». Por la misma época, el ex presidente Teddy Roosevelt recordaba en voz alta su exitosa amputación de tierra a Colombia: «I took the Canal», decía el flamante Premio Nobel de la Paz, mientras contaba cómo había independizado a Panamá. Colombia recibiría, poco después, una indemnización de veintiocho millones de dólares: era el precio de un país, nacido para que los Estados Unidos dispusieran de una vía de comunicación entre ambos océanos."

Eduardo Galeano, Las venas abiertas de América Latina.

Más adelante, Panamá desea recuperar el control de la Zona del Canal. Las negociaciones se iniciaron en 1970 entre el gobierno de los EE.UU. y las autoridades panameñas. El 7 de septiembre de 1977 el Presidente Jimmy Carter y el dirigente de Panamá Omar Torrijos firmaron el Tratado Torrijos-Carter, que devuelve a Panamá el control completo del canal el 31 de diciembre de 1999.

Hoy la constitución de Panamá afirma que el canal constituye un patrimonio inalienable de la nación, por lo cual no puede ser vendido, ni cedido, ni hipotecado, ni de ningún otro modo gravado o enajenado.


Pisar Panamá

Hacer conjeturas sobre el poder que ostentaría hoy Gran Colombia (o quienquiera que fuera el que la controlara), me asusta. Un día, aquel territorio comprendió las tierras con que soñó Bolívar: Colombia, pero también Ecuador, y Venezuela, y Panamá. Además de la riqueza propia de Colombia, que es abundante en recursos minerales, piedras preciosas, una tierra fértil y apta para el cultivo de todo tipo de semillas, el acceso a ambos océanos, etc.; Gran Colombia contaría con los tesoros propios de quien hoy ya no le pertenece: miles de territorios con un potencial turístico inimaginable, más petróleo, el control del canal de Panamá, y las riquezas de los territorios continentales.

Piso América Central, y tengo la sensación de estar en una colonia de nativos latinoamericanos y colonos gringos, no tanto por su presencia (que por otro lado es evidente), sino por su influencia, que es nauseabunda: un país absolutamente dolarizado, rascacielos que albergan los sueños de los inversionistas extranjeros, coches de lujo, oferta gastronómica y de ocio al más puro estilo norteamericano, y mucho blanquito de cartera bollante. Tres millones de habitantes locales en un país minúsculo, y sin embargo, con capacidad para alojar también a los casi un millón de extranjeros (el 26% de la población) que transitan por sus calles. Huelga decir que tanta infraestructura "occidental" viene a ser usufructada por estas ordas de bárbaros que se han apoderado de la perla comercial que es Panamá. Destacan los invasores vecinos: colombianos y venezolanos, y en mi mente destacan los chinos y los judíos también. Los chinos de a pie, por cierto, aquí se dedican básicamente a lo mismo que en España: regentan pequeños comercios de ultramarinos.

Pero Panamá City tiene también su encanto, lo colonial y su calor. Y nosotros nos dejamos seducir por ambos a medida que pasa la noche y Edu, nuestro anfitrión, nos pasea junto a unos pocos locos españoles que pasan sus días aquí.

Mi gran sorpresa: Panamá es una ciudad que cuida del jazz.



Viajar

Gabriela Mistral, además de ser una calle de Madrid, por la que inevitablemente transito siempre de camino a casa, es sobre todo una gran escritora chilena por la que siento mucho respeto.

Me voy a Panamá, y esto de viajar empieza a parecerme casi normal. Lo vivo con ilusión, con ansia y con sed de imágenes, gentes y vivencias. Sin embargo, estoy de acuerdo con Gabriela.

"Los ingleses, esa carne lozana de puro olfateo del mar y pura voluntad de dominio, han impuesto a Europa el vicio de viajar; los franceses, sedentarios por excelencia, a pesar de sus exploradores y sus misioneros, empiezan a despabilarse. El magisterio del viaje lo hace entre ellos Paul Morand: "Rien que la Terre", dice él. Ya lo sabían los fenicios, tan vilipendiados, que navegaron incluso para bien de egipcios poltrones.


Antes el viaje constituía suceso, dividía la vida en dos partes, como el matrimonio; ahora va volviéndose ejercicio vulgar como el baño. Un Lunes se desayunará en Copenhague y el miércoles se estará mirando ese magnífico perfil de affiche de la Libertad de New York. La facilidad de los transportes mató lo heroico del viaje, el heroico a lo Godofredo de Bouillon, reduciéndolo a la gestión sin énfasis del American Express.

La embriaguez del viaje aumenta por año: en el 2000 se señalará como un albino a aquel que no lleva en el cuerpo el olor de sus cuatro Continentes, y el no haber estado en Melbourne o en el Tibet creará a un hombre situación embarazoso en una conversación... El antiguo asombro de Simón el Estilita pasará al que nació, dio hijos y murió en su tierra.

Viajan algunos ya con displicencia; en el ojo sin avidez, en la llegada a Niza como al patio de su casa, se reconoce que ése tiene ya volteada la bolsa de maravillas del caminar y querrá ya otra cosa, por ejemplo, los circos sin viento de la luna. Lástima de ricos que se han estropeado una fiesta más, a fuerza de sobajearla demasiado.

Pero lástima sobre todo del desatento, de la humana maleta de viaje que no recibe sino los choques de las estaciones y la marca de los hoteles. ¿Por qué éstos no ceden el boleto y se quedan?

Hay que desear que se incorpore a las costumbres, substituyendo a la postal inglesa de Navidad, un sobrio boleto de barco.
0 que los gobiernos del año 2000 hagan la legislación del viaje. No viajarán los viejos, que ya han entrado en el desabrimiento sin remedio y sólo se lamentarán de los hoteles. No viajarán los bebedores de botellas internacionales con gollete plateado, ni los ciudadanos del cabaret, porque la borrachera es la misma en cualquier meridiano y no hay ninguna necesidad de hacer concentraciones de ebrios, como de generales o de sabios, en una ciudad determinada, para volverla odiosa y estúpida. Las mujeres que viajan por las vitrinas de París y que quedan delante de ellas dos meses, y una hora en la Capilla de San Luis, tendrán barcos de exposición permanente de modelos de Paquin o de Poiret, que tocarán todos los puertos del mundo... Viajarán especialmente los samoyedos y los patagones, para que el calor sea su cintura siquiera una vez en la línea del Ecuador. Viajarán también por derecho de desagravio los que se estuvieron sentados de veinte años arriba.

Naturalmente yo he anotado dos artículos que me favorezcan: el de los que se han quemado con brasa blanca en el polo y el de los que han enseñado el complemento directo en una tarima hasta que el aburrimiento se hacía horizonte...

Marco dos períodos interesantes en el amor del viaje; el trimestre inicial del viaje primero y el paso del viaje-sport hacia el viaje-pasión. Aquél tiene todavía el aliento ascendente de un poema comenzado con plenitud de los sentidos: éste es el corazón mismo del poema, grave de enjundia. Después de ellos viene esa tragedia de la semiinercia dentro del propio movimiento, miseria de los ojos y de la mente que no pueden con la felicidad que tiene -dicen algunos- peso de ave, pero peso al cabo.

¿Existe un místico del viaje? Para mí el místico es el que a cada hora saborea el cielo como de nuevo. Santa Teresa va de un éxtasis al otro como un sembrador por diversas calidades de suelo fértil. No se fatiga porque sigue hincándose en la experiencia como en un fruto que tuviese capa a capa sabores diferentes. El místico del viaje ha tomado la tierra por cielo. Entiende en calidades del aire, hace jerarquías de paisajes con la tierra de llanura, la de montaña y la de colinas; ha aprendido a atisbar semblantes y tiene no sé qué goce de bibliófilo, con la diferencia sobrenatural de la cara de los hombres.

Viajero de ojo sin vulgaridad de Kodak, sabrá que las grandes ciudades se parecen en su fatalidad de receptáculos internacionales y que sólo las menores y las medianas contienen el camino de la virtud esencial. Así preferirá los Asís a Perugia y un Toledo a los Madrides, y un Orleáns y un Rouen, un Avignon o una Carcassone juntos, a París.

Viajero rico, pero rico sin necesidad, pensará que camina para elegir paisaje donde envejecer y morirse, según el consejo de Nietzsche: "Una de las cosas que el hombre debería saber en la juventud, es qué clima y qué panorama necesitan su cuerpo y su alma".

Escuela de humildades es el viaje. Desembarcar sin abrazos, ser en el hotel una cifra como en el presidio; transformarse en dato de pasaporte para una alcaldía y no tener nostalgias de individualizaciones ni de privilegio local, resulta a la larga más útil para perder vanidad que una lectura de Marco Aurelio. Y escuela para aprender quiénes verdaderamente nos hacen falta en el mar o el paisaje, el comentario de cuál amigo servía para las catedrales y cuál paciencia de compañera ayudaría en los "Cuidados pequeños", que decía Rubén. Escuela para descubrir qué ausentes faltan efectivamente, haciéndonos dolor.

Sólo que el viaje da vicios revueltos con virtudes. Da la costumbre del olvido. Nada penetra en nosotros sin desplazar algo: la imagen nueva se disputa con la que estaba adentro, moviéndose con desahogo de medusa en el agua; después la cubre como una alga suavemente, sin tragedia. Viajar es profesión del olvido. Para ser leal a las cosas que venimos a buscar, para que el ojo las reciba como al huésped, espaciosamente, no hay sino el arrollamiento de las otras. Por eso alguno dijo que el viaje de novios debería preceder, y no seguir, a la terrible ceremonia. Cada uno se echaría a andar tres años para saber si tiene armazón de plesiosaurio su juramento...

Pero el viaje debería ser, mejor, la entrega al azar, una religiosa dación al destino de dorso vuelto. Que, como las islas de Ulises, salta de pronto ante nuestros ojos el objeto providencial del viaje, que no sospechábamos, y que lo adoptemos, sea eso, para el inmigrante, lote en Entre Ríos o, para el joven, pasión de la Victoria de Samotracia en el Louvre.

En el año, no ya 2000 sino 2500, se podrá viajar así. El confiarse al mar se parecerá a la entrega sin designio propio a la voluntad de Dios. El mozo irá lejos a saber lo que es mejor para su alma, artesanía, mecánica o letras. El viaje aconsejará como el sueño enseña a algunos iluminados. Le señalará oficio, país y mujer. Le diría si es italiano y deberá aprender su Dante en Florencia, si platero y vivir unos años en fundición de Toledo. 0 si, sencillamente, es de su tierra, y no puede aprender nada sino moviéndose en la divina dulzura de lo suyo."

junio de 1927.

Gabriela anda por el mundo. Roque Esteban Scarpa, comp. Santiago: Editorial Andrés Bello, 1978.

Hipo

Hay dos cosas que me irritan enormemente. En este mundo de control y poder, en este cuerpo y esta mente que quieren dominarlo todo, dos cosas se me rebelan: el picor y el hipo.

Mis dosis de picor a lo largo de este año han sido prolongadas e intensas. Tanto viaje por lugar exótico no podía quedar sin castigo. El peor de todos, cuando, no se sabe bien cómo ("pues hija, en el teatro, en el transmilenio, en la calle, en un restaurante" me dijo el veterinario), las pulgas humanas se apoderaron de mi casa y de mi cuerpo. Pero después de varios chutes de antihistamínicos (orales e inyectados de urgencia), después de desmontar toda la casa, fumigarla , de mandar todo a la tintorería para que se lavara en agua caliente y se planchara con mucho mimo, después de desparasitar al perro (al que por cierto culpé con rabia, y resultó que no sólo no era el culpable, sino que además las pulgas no mostraron el más mínimo interés por él), después de volver a montar la casa, rezar para que no quedaran huevas, y seguir echando liquiditos por todas partes; finalmente, desaparecieron.

Sin embargo, el hipo me persigue desde que llegué, y sospecho que a estas alturas no me abandonará. La teoría me la sé... que si son contracciones involuntarias del diafragma, que si por comer rápido, que si por comer despacio, que si por esto; que si bebes sorbitos cortos se te va, que si te tomas esta otra cosa se te quita también... ¡Y una mierda! El hipo aparece casi después de cada una de mis comidas, un hipo de esos que no te anulan, y sin embargo se quedan contigo lo suficiente para sacarte de quicio. Para más calvario, para cuando se me quita, me dan las ganas de fumar el cigarro que no he podido disfrutar por culpa del hipo, pero, nada más darle la primera calada, con el mechero aún encendido, de mis entrañas salta un "hip", y mis ánimos vuelven a desmoronarse.

Atardece


Atardece en Bogotá, y hoy es uno de esos días limpios en los que a las seis de la tarde no llueve. Entre el azul intenso del cielo que veo desde mi sofá unas enormes nubes, blancas y densas como cúmulos de leche, se interponen en el camino de los rayos de sol, que les colorean las formas en rojos y amarillos.

Voy a echar de menos las nubes grandiosas de Colombia. Es como si el cielo no hubiera quedado indiferente a la exuberancia de esta tierra y ostentara la viveza del color de las selvas, las formas de animales de zoológico que aquí viven en libertad, los tamaños hiperbólicos de las montañas, o la fuerza de los ríos infinitos.

Bogotá atardece en mí también, y descubro cómo es de sabio nuestro cerebro. 

BS Agosto 08

Agosto 08

Joder, hermano

Relax

De paseo por Botero

Son muchos los artistas de todas las ramas que me provocan una admiración tremenda. A medida que en mi analfabetismo artístico voy aprendiendo a juntar letras, la lista de ídolos en mi santuario particular aumenta. Sin embargo, el más imponente siempre ha sido el gran mago Gabriel García Márquez.

Pero, insisto, son muchos mis héroes y heroínas literarios, musicales, también plásticos, audiovisuales, y últimamente, incluso la danza tiene una capillita en mi catedral de santos propios.

Otro colombiano que siempre ha llamado mucho mi atención es el Maestro, Fernando Botero. Ya en una ocasión mencioné que conocer algo no significa haberlo descubierto. Yo no sé si conocía o no la obra de Fernando Botero, pero recuerdo claramente la impresión que me causaron sus esculturas esparcidas por el paseo de la Castellana en Madrid. Mujeres desnudas, manos, caballos, senos descomunales y al tiempo proporcionados, carnes exageradas, formas infladas, y sobre todo un sello inconfundible. Aquella mañana sucumbí a la volumetría.

Entonces me interesé un poco más por aquel artista del que yo no sabía más que las sensaciones que me habían causado sus esculturas. Averigué, y a lo largo de mi año en Colombia he seguido averiguando, y lo cierto es que si bien el Maestro no ocupa en mi jerarquía plástica la posición homóloga a la de Gabo (que además, repito, es rey de reyes en mi adoración subjetiva), sí que tiene un hueco propio en lo que soy.

Fernando Botero nació en Medellín, y allí pasó sus primeros dieciocho años de vida. Me gusta contar esto porque explica un poco esta debilidad mía por los artistas latinoamericanos del siglo XX (sobre todo los plásticos), y es que, el Prado, por ejemplo, está a tan sólo unos minutos de mi casa de Madrid y antes de los quince lo había visitado infinidad de veces; pero los grandes museos, las grandes obras, la democratización de la cultura, hoy sigue siendo una meta en gran parte de América Latina, y no digamos en los años cincuenta, cuando aquel muchachito apellidado Botero demostraba desde hacía años una enorme vocación y habilidad artísticas sin haber tenido enfrente un Velazquez, por ejemplo, más que por alguna reproducción.


Aquel muchacho que empezó a pintar a los quince, a los dieciocho dejó la escuela porque sabía lo que quería: pintar; apenas un año más tarde, en 1951, con diecinueve años, presenta su primera exposición individual en Bogotá. El chico tenía talento, y sólo cinco años después lo demostró con creces. Realizó la salida típica del artista sudamericano, un viaje de conocimiento por Europa para ver y aprender. Y en Florencia descubrió su camino: el interés exagerado por el volúmen, la búsqueda del barroco reinterpretado, la expresión del costumbrismo o de la más cruda realidad socio-política bajo su sello.

Pero fue en México cuando de pronto, pintando una naturaleza muerta descubrió que acababa de terminar su primera verdadera creación. Aquel día el joven Fernando Botero se ganó la entrada directa en la Historia del Arte, la Historia de la gente que ha tenido personalidad.




El maestro Botero predica una filosofía que comparto plenamente. No sirve hacerlo bien, el artista, para serlo, debe agregar algo más a lo que se conoce. "El caballo, el hombre, el árbol, han sido siempre los mismos desde el principio de la humanidad, sin embargo, el caballo de las cuevas de Altamira, el de Velázquez, el de Caravaggio, el de Giotto, o el de Picasso", son cosas iguales y distintas entre sí.

Dentro de la postal




Hacer el cafre en una playa de postal tiene su gracia, lo reconozco. Jugar a ser un seriff de mentira con una estrella verdad; construir castillos de arena con la que expulsa la rueda de la moto al enterrarse; y conocer un pirata cojo, con muletas y sin pata de palo, negro como la noche, y con rastas largas como una noche de espera, que nunca deja de fumar, pero nunca fuma tabaco.

Providencia, ¡gracias!

Un acuario de papel maché







Mi familia y otros animales



Esta mañana un niño de seis años se encontró con la iguana Juliana, que tomaba el sol en una roca con vistas al mar. Avisó a su papá, y éste, con mucha destreza, consiguió atrapar a la iguana Juliana sin lastimarla para que el niño pudiera verla de cerca. La pobre iguana Juliana tuvo mala suerte, porque el niño se encaprichó con ella, así que, después de repetir con insistencia "me la quiero quedar", el padre del niño ató una cuerdita blanca al cuerpo verde de la iguana Juliana, mientras ésta se preguntaba si los humanos no estarían empezando a confundirlo todo y se pensaban que ella era un perro. 

Más tarde, el lagarto azul fue devorado con una asombrosa rapidez por una serpiente marrón que se escondía entre matojos.

Un ternero blanco no paró de preguntar a su mamá cuánto quedaba para llegar a casa. Un cangrejo descarado se comió el tomate que cayo de un sandwich a la arena. Y tres enormes estrellas de mar se acercaron a la orilla para dejarse ver un rato.

Pero con el atardecer todos se ocultaron para no restar protagonismo al azul confuso que no dividía el cielo del mar en el horizonte.

Una casita de cuento fue el lugar soñado para dar la bienvenida a la noche, y un chiringuito reggae el perfecto para disfrutarla.

Circunvalar

Aquel día de calor insoportable eran dos los tripulantes del ciclomotor rojo que recorrió en círculos el litoral de la isla, varias veces, muchas veces, como en un viaje de inercia radial.

El capitán era un hombre joven, que apenas estrenaba la actitud de quien se acerca a la mayoría de edad, y sin embargo manejaba el timón como si desde su misma concepción hubiera sido programado para ello.

La vigía, una mujer, joven también, que utilizaba un catalejo negro al que llamaba Genoveva, que emitía un chasquido y guardaba imágenes en una pantalla de agua de colores cada vez que la mujer deseaba registrar algo, como un topógrafo que tratara de dibujar las costas de la isla hacia dentro.




En su travesía cíclica, encontraron playas de arenas finas y claras, de aguas diáfanas, y palmeras dobladas que tentaban toda ley de gravedad. Creyeron haber descubierto un pedazo de mundo recién nacido, y quisieron explorarlo.

Entre vueltas y paradas, lucharon contra asfaltos levantados, cuarteados, rajados, maltratados, o inexistentes. Conocieron iguanas que absorbían la fuerza del sol recostadas en ese mismo asfalto, o sobre piedras cercanas; livélulas negras que les revelaron el punto exacto en que se encontraba una playa fantástica; y arañas monumentales que habían tejido con paciencia sus propios hilos en los del tendido eléctrico. Las caracolas inmensas que guardan el canto del mar estaban dispersas por todo el camino, en el agua, la tierra, o la fachada de las casas. Los cangrejos violinistas retaron con su pinza desproporcionada a ambos piratas, alzándola como trazando un arco, manteniéndola unos segundos en alto, y después desdibujando el arco para volver a empezar.



Descubrieron que sólo las montañas eran tierras vírgenes. Y que ese mismo litoral que ellos recorrían escondía en cada recodo un isleño moreno, en cada giro una casa, en cada esquina una mesa de dominó con cuatro jugadores, en cada vuelta motocicletas cargadas hasta el límite de lo posible (descubrieron entonces que a su ciclomotor rojo aún le faltaba gente), en cada ángulo encontraron gallinas, y sombras entre las que resultaba difícil encontrar los cuerpos camuflados que huían del sol.




Y se dejaron seducir por la simpatía afrocaribeña, por el movimiento pesado de los cuerpos con calor, por el ritmo suave del reggae, por la brisa sin cascos, por las aguas calientes, y los fenómenos visuales con que se encontraban después de cada parpadeo.




Isla pirata

Como si de una leyenda se tratara, nos contaron que cerca de San Andrés se escondía un tesoro montañoso, las islas de Providencia y Santa Catalina. Para mayor justificación de este viaje, dicho paraíso caribeño fue el refugio, por un tiempo, de un terrible corsario, el pirata Morgan.


Para llegar debíamos abordar dos naves, una nos llevaría de Bogotá a San Andrés, la segunda, más chica que la primera, de San Andrés hasta la misma Providencia. Como pájaros colosales, ambas cruzaron los cielos con las panzas llenas, y nosotros dentro en un viaje insólito. Sobrevolamos las montañas colombianas, sus eternas nubes, y al levantar los ojos del libro descubrí que sobrevolábamos un pedazo de tierra que separa dos océanos, el Atlántico y el Pacífico independizados por la insignificante franja que parece Panamá desde el cielo. 


En San Andrés sucumbimos al calor, los cuerpos y los pensamientos estaban abotargados, y la espera para el segundo abordaje prometía ser demasiado larga. Por suerte el agua tibia de una playa cercana y ya conocida calmó los sudores, y la comida del Café-Café, sació una vez más los estómagos hambrientos propios del viajero.

Sobrevolamos después aguas cristalinas, y hasta nos pareció ver relucir monedas de oro en algún fondo, peces de lentejuelas en otro, y quedamos hipnotizados por los siete verdes y azules de estas aguas transparentes.

De nuevo el calor al llegar a puerto, y de nuevo las ansias de estas aguas tibias que guardan la historia que envuelve estas islas. Olvidada por los españoles que como un novio esquivo sólo les prestaron atención cuando otros también lo hicieron, y aprovechada por ingleses y holandeses que cultivaron en ellas todos los frutos conocidos por el hombre, por bucaneros que hicieron de ellas su base de operaciones, por antiguos esclavos que tomaron el nombre de sus amos tras verlos marchar, y después, olvidada de nuevo por Colombia, que como España, se fijaba poco en ella salvo cuando Nicaragua reclamaba su soberanía.

Despedirse del Pacífico

Despedirse de Ixtlán, de Candelo, Chocó y Paquita.
Despedirse del Pacífico, de los peces voladores, de la lluvia y de las lanchas.
Despedirse del calor, de Nuquí y de los niños. Y marcharse como uno vino, en una avioneta ruidosa, para volver al frío de Bogotá.




Paquita

Paquita tiene nueve años, y en su vida pasan cosas extraordinarias.


Nació en Jovi, un pueblito del Chocó, tierra de palenques (lugar alejado y de difícil acceso en el que se refugiaban los esclavos negros fugitivos) y cimarrones (se decía del esclavo que se refugiaba en los montes buscando la libertad). Pero estos días sólo está en casa por vacaciones, acompañando a su madre, apodada Chocó, que anda trabajando de cocinera en la cabaña Ixtlán porque han llegado tres españoles a los que hay que alimentar, dos hombres y una mujer. Y es que, su familia vive ahora en Buenaventura, su papá es taxista, y su mamá se dedica a cuidar de ellos, de Paquita, su papá, y sus cinco hermanos, dos mayores y tres menores que ella.

Paquita pasa poco tiempo en Ixtlán, porque cuando hay turistas su mamá la manda a Nuquí con su tía. A Paquita lo mismo le da Nuquí que Joví que Ixtlán, porque tiene amigos y primos por todas partes, y sino, se acomoda en la hamaca de la cocina y se mece como si fuera un columpio mientras observa a su madre.






Paquita tiene dos cicatrices profundas en las rodillas. En la derecha, una línea gruesa de piel dura cruza en diagonal, de fuera a dentro, la protuberancia de su rótula. A los seis años Paquita estaba jugando con unos amigos a los naipes, y uno de los "pelados" se enrabietó, golpeó un vidrio, y uno de sus trozos fue a caer sobre la rodilla de Paquita. Le dolió mucho, claro, se le veía el hueso por todas partes.

Un año después, cuando ya tenía siete, jugando con su hermano con una cuchilla, ésta resbaló de las manos, y fue a clavarse con saña en la rodilla sana de Paquita, la izquierda. Y, de nuevo, los huesos se le veían tras la herida.

Aquellas heridas hoy son cicatrices, grandes y oscuras, porque Paquita es negra.

Hoy Paquita se despertó temprano, con el pelo todo inflado hasta que su madre lo trenzó. Se puso el traje de baño y estuvo en la hamaca de la cocina balanceándose mientras esperaba que los españoles se despertaran, desayunaran y se arreglaran. Una lancha vendría a recogerles para llevarles a Joví de paseo, y como Paquita tiene allá a sus amigas, decidió aprovechar la lancha y pasar un rato con ellas.

Por fin los españoles están listos, y la lancha del tío Tomás en la playa. Candelo les guía a todos hasta ella, y Paquita y él se sientan en la banqueta delantera. Ella pesa poco, así que mientras el barco se mueve, la mano derecha de Paquita se agarra con firmeza a la tabla sobre la que está sentada.

Al llegar a Joví todo el mundo saluda a Paquita y Candelo. Y una vez los españoles se encuentran con los remeros de las canoas, el mayor de los hombres le preguntan a Paquita si se quiere ir de paseo por el río con ellos. Paquita mira con los ojos muy abiertos y asiente.




Paquita, los tres españoles y los dos remeros flotan sobre el río Joví en una pequeña canoa. Ésta se desplaza por la superficie del agua impulsada por grandes palos que los remeros hunden hasta el fondo, poco profundo, y vuelven a levantar enseguida para volver a hundirlos un poco más allá. Los españoles miran, ríen y comentan. Y Paquita los observa sin pronunciar palabra, hasta que una mariposa amarilla vuela cerca de ellos, entonces toca el brazo de la mujer y le dice: "mire, una mariposa".

Al llegar la canoa a una bifurcación de aguas todos los pasajeros se bajan de ella, y caminan entre guijarros y aguas limpias para llegar a una pequeña cascada. Paquita se mueve con destreza por un suelo inestable y resbaladizo, mientras que los españoles son torpes, sobre todo la mujer, que necesita de tanto en tanto una mano que la ayude a mantener el equilibrio. Por fin llegan a unas pequeñas piscinas naturales donde el agua es retenida por momentos, para después seguir fluyendo hasta el mar. Los turistas deciden bañarse, y la española pregunta a Paquita desde el agua: "¿Te quieres bañar?". Esta vez Paquita se olvida de la timidez, sonríe a la mujer y se lanza al agua para caer en los brazos que la estaban esperando. Los hombres, más valientes, se tiran desde lo alto de una piedra a una piscina sin peligros. Paquita sabe que podría hacer lo mismo, pero a la mujer le da miedo, así que decide acompañarla.

Más tarde regresan todos a la canoa, y esta vez más rápido, porque no hay que remontar el río, vuelven a Joví, donde Paquita desaparece unos minutos para saludar a las amigas con las que vino a jugar. Tras recuperar a Paquita, el grupo inicial (los turistas españoles, Candelo y Paquita), se vuelven a encontrar con el tío Tomás, que los lleva de regreso a la cabaña de Ixtlán.



Mientras, la madre de Paquita, Chocó, se había pasado la mañana en la cocina preparando un delicioso sancocho de pescado. Después de almorzar, la sobremesa tiene lugar en las hamacas de la cabaña, y Paquita se vuelve a unir a los turistas porque andan revisando sus fotos, y a ella le gusta mirarlas, sobre todo aquellas en que alguien aparece en la imagen con cara de payaso.

Después los españoles quieren dar un paseo por las playas aledañas, y Paquita les acompaña también. Así que pasean por la arena negra los cuatro juntos, hasta que deciden parar y bañarse. Y juegan a salpicarse unos a otros, y a poner las manos bajo el agua y las piernas hacia arriba, una cosa extrañísima que después de varios intentos Paquita logra conseguir, más o menos.

Las nubes negras se habían ido acumulando en el cielo cercano, y para cuando salieron todos del agua, empezó a llover. La española se cubrió con telas rojizas el cuerpo, y Paquita la miraba fascinada. Cuando terminó consigo, la española cogió una nueva tela, azul, y en un momento hizo de ella un vestido para Paquita. Ya listas, todos caminaron de regreso a la cabaña, bajo una lluvia intensa y cálida, y sobre la misma arena negra de antes, ahora humedecida.

Jibartas

En Nuquí un pajarito (carpintero) nos aseguran que allá donde vamos es el paraíso. Así que, con ganas, nos vamos hacia el embarcadero. Allí esperamos a Marcos Salas y su lancha, que varias veces a la semana hace la ruta de un lado a otro.

Durante cincuenta minutos remontamos la marea, bordeamos la costa, y nos destrozamos el culo y la espalda con cada barrigazo de la lancha contra las olas. Y sentada al lado de Pablo, otra barriga, pegada a una mujercita embarazada de ocho meses. Los tres intuímos que ese niño será marinero, o saltimbanqui.

Al fin llegamos, y en la playa nos espera Candelo, mayordomo de Ixtlán, la cabaña de Robinsones (esta sí que sí), que nos acoge por unas noches, en lo alto de las rocas, frente al océano, y de espaldas a la selva. Magnífico.

Y si Candelo nos esperaba en la playa, Chocó (apodo de nuestra cocinera, pero nombre también del departamento en que nos encontramos) nos esperaba en la cocina para agasajarnos, nada más llegar, con una comida deliciosa.

Sin tiempo para digestiones, de vuelta a un bote, el de Tomás esta vez. Vamos en busca de las ballenas jorobadas, que andan por estas aguas cálidas pariendo y apareándose.

Para cuando empezábamos a pensar que era sólo una leyenda, aparecieron chorros de agua en la lejanía, como si de pronto se hubiera roto una tubería principal en el mar.

Lo cierto es que con el agobio de que se mojara la cámara, el vaivén de la barca, y que las ballenas aparecían y desaparecían entre el oleaje durante apenas un momento, yo vi poco, y no conseguí la foto que buscaba. Pero mi hermano sí disfrutó, sí oteó el horizonte como un vigía en busca de lomos o saltos, y sí las vió. Y a mí, con eso, ya me supo a satisfacción el paseo.




Se hace de noche en la selva, y en el mar también. Y al calor de nuestras lámparas de parafina, y nuestras velas, se nos unen a las birras y al juego de cartas tanto Candelo, como una infinidad de insectos desconocidos. Los tres nos convertimos en niños que descubren el mundo, y analizamos con detalle cada especimen de estos dinosaurios invertebrados.

Ragga


Desayunar pescado, rebozado.

Playas infinitas y plagadas de cangrejos rojos, de sus huecos en el suelo, y las bolitas de arena que expulsan para crearlos.

Baños y más baños entre aguas calientes y turbias. Arena negra, y piedras de colores.

Negros jugando fútbol, ofendiendo la vista con la perfección de sus cuerpos.

Emberas cargando cestos, o empujando canoas en la orilla.

Y hasta en este lugar recóndito tenemos que ceder al turismo ganado colombiano.

Los chicos se van de paseo por el pueblo. Quizás tenga la culpa el relax de hamaca mientras leo las últimas páginas de Tokio Blues, viendo el sol ponerse, entre palmeras, junto este océano que me separa de Japón; pero Murakami me deja un sabor sencillo en la boca que no quiero tragar para que no desaparezca.


Elegantísimo

La aerolínea nos cita en el aeropuerto más temprano de lo que hubiéramos deseado, una vez más, el día antes nos cambian los horarios.

Dos aviones nos separan del Pacífico: uno de Bogotá a Medellín, el segundo de Medellín a Nuqui. Una pequeña avioneta con la que tuvimos que aterrizar en un pueblo cercano a nuestro destino final, y esperar, y esperar, a que la lluvia cesara y nos dejara, por fin, aterrizar en Nuqui.



Y una vez allí, seguir a Filomena hasta la primera de nuestras cabañas, digerir el pescado que nos estaba esperando, y descubrir más tarde que el agua del Pacífico está caliente aquí.

Sobremesa de noche, una botella de ron, musiquita "elegantísima" como repetía sin descanso Andi con una gran sonrisa, y lagartijas limpiacasas cerca de cada bombilla.

Haciendo lo nuestro


Mañana aterriza en Bogotá el pedacito de carne que me dejé en Madrid.
Como dice mi madre, durante el mes de agosto, volveré a ser yo.

"Vicios y placeres que nos subyugan, eh, eh, ¿cual es el tuyo?,
Quiza escribes, bebes, fumas, ¿o un poco de todo?
Olvida el mundo y ven de viaje a esta apología del hedonismo y deja que te atrape"


Soledad

Conocer algo no significa haberlo descubierto, y yo recuerdo con escalofríos aquella tarde de té en casa de mi hermano mayor, con música llena de color para combatir la lluvia en París. Descubrí Presuntos Implicados, y descubrí la voz de Sole Giménez.

Quienes han vivido y convivido conmigo están hartos de escucharme cantar: canto poseída en el coche mientras conduzco; canto para relajarme cuando estoy nerviosa; canto porque estoy contenta, o para sonreír cuando estoy triste; canto para llorar cuando no me salen las lágrimas; canto para gritar cuando me lleno de furia; me encierro en mi cuarto por horas y canto; y en la ducha, claro, también canto.

Entre otras voces que me acompañan, Sole ha estado siempre conmigo para vomitar miedos.

BS Julio 08

Julio 08

De tanto soplar, los globos explotan

La ventana

Abro la ventana y me siento en el butacón a leer. Un aire que recuerda al de la primavera en Madrid me envuelve. Y yo, como el perro de Paulov, segrego hormonas buenas.

Pasan las horas, y la ventana sigue abierta. Y a la hora de dormir en esta cama de hotel que parece la de la princesa sin guisante, decido, que no olvido, dejarla abierta también. 

Pronto volverán las noches heladas de Bogotá, pero ésta dejaré que la brisa de Medallo me calme.

Con la cruz a cuestas


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Desplazadas desconfiadas

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Tienda religiosa.mp3 -
Carlos Augusto González
Propietario tienda religiosa

Buscarse la vida en el centro

Fotografo.mp3 -

José Lins Rodríguez
Fotógrafo Plaza Bolívar
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Vendedora obleas.mp3 -
Olga Lucía
Vendedora de Obleas

Limpiabotas

Con estos tres limpiabotas, se inaugura una nueva sección del blog: Personajes.

Esta vez, para captar la esencia de algunos clásicos bogotanos, Albert y yo nos echamos a la calle. Él con su grabadora y su labia; yo con mi cámara y mi mirada.

Limpiabotas Tequendama.mp3 -

Fernando Rojas
Limpiabotas Hotel Tequendama




Limpiabotas callejero.mp3 -
Arios de Jesús García Betancur
Limpiabotas del centro



Limpiabotas del norte

Sentimiento patrio

De acuerdo con la Ley 198 del 17 de julio de 1995, el Congreso de Colombia en el artículo 8 decretó que los canales y estaciones de televisión que tengan programación continua las 24 horas al día deben emitir diariamente la versión oficial del Himno Nacional de la República de Colombia dos veces al día (a las seis de la mañana y a las seis de la tarde), para darle presencia en la vida de los colombianos a uno de los símbolos patrios.



HIMNO NACIONAL DE COLOMBIA

Letra: Rafael Núñez.
Música: Oreste Sindici.

¡Oh gloria inmarcesible!
¡Oh júbilo inmortal!
¡En surcos de dolores
El bien germina ya.

Cesó la horrible noche
La libertad sublime
Derrama las auroras
De su invencible luz.
La humanidad entera,
Que entre cadenas gime,
Comprende las palabras
Del que murió en la cruz

"Independencia" grita
El mundo americano:
Se baña en sangre de héroes
La tierra de Colón.
Pero este gran principio: "el rey no es soberano"
Resuena, Y los que sufren
Bendicen su pasión.

Del Orinoco el cauce
Se colma de despojos,
De sangre y llanto un río Se mira allí correr.
En Bárbula no saben
Las almas ni los ojos
Si admiración o espanto
Sentir o padecer.

A orillas del Caribe
Hambriento un pueblo lucha
Horrores prefiriendo
A pérfida salud.
!Oh, sí¡ de Cartagena
La abnegación es mucha,
Y escombros de la muerte
desprecian su virtud.

De Boyacá en los campos
El genio de la gloria
Con cada espiga un héroe
invicto coronó.
Soldados sin coraza
Ganaron la victoria;
Su varonil aliento
De escudo les sirvió.

Bolívar cruza el Ande Que riega dos océanos
Espadas cual centellas
Fulguran en Junín.
Centauros indomables
Descienden a los llanos
Y empieza a presentirse
De la epopeya el fin.

La trompa victoriosa
Que en Ayacucho truena
En cada triunfo crece
Su formidable són.
En su expansivo empuje
La libertad se estrena,
Del cielo Americano
Formando un pabellón.

La Virgen sus cabellos
Arranca en agonía
Y de su amor viuda
Los cuelga del ciprés.
Lamenta su esperanza
Que cubre losa fría;
Pero glorioso orgullo
circunda su alba tez.

La Patria así se forma
Termópilas brotando;
Constelación de cíclopes Su noche iluminó;
La flor estremecida
Mortal el viento hallando
Debajo los laureles
Seguridad buscó

Mas no es completa gloria Vencer en la batalla,
Que al brazo que combate Lo anima la verdad.
La independencia sola
El gran clamor no acalla:
Si el sol alumbra a todos
Justicia es libertad.

Del hombre los derechos
Nariño predicando,
El alma de la lucha
Profético enseñó.
Ricaurte en San Mateo
En átomos volando
"Deber antes que vida",
Con llamas escribió.

La matriarca

Así como en las bodas a uno le preguntan si viene de parte del novio o la novia, cuando se habla de un familiar, la pregunta inevitable es: ¿de parte de madre o de padre? Y es que, aunque parezca mentira, una respuesta tan fácil, lleva implícita mucha información.

Las mujeres, por lo general, barremos para casa. Así que la familia de tu madre, y la de tu padre, no son lo mismo. Aunque quizás mi caso sea más acusado que otros por las circunstancias geográficas de la familia de mi padre. Pero, en cualquier caso, yo adoro el concepto de la matriarca, y por lo tanto, para mí, no es lo mismo ser hija de una hija de mi abuela, que ser hija de un hijo de mi otra abuela. Aunque suene raro, me parece que los hijos son más de la familia de la madre que de la del padre, en el sentido de que, por lo general es ésta quien más tiempo dedica al cuidado de los hijos, y en consecuencia, será con la familia de la madre con quien más tiempo pasen esos niños.

Bueno, pues dicho lo dicho, esta es mi pequeña sociedad matriarcal:

(de izquierda a derecha: mi preciosa madre, mi fabulosa abuela, mi adorable tía Nani, mi queridísima madrina;y en primera línea, mi prima Elena)

Y si destapo todo esto, es porque se ha producido un acontecimiento extraordinario estos días en Bogotá. Las hijas de las hijas de mi abuela (nos ha faltado Blanca, pero estaba su hermana mayor en representación), nos hemos reunido durante unos días en mi capital andina.

(de izquiera a derecha: Camino, hija de Belén; Lucía, hija de Lourdes; Elena, hija de Elena)

Pero como la mía, es una sociedad exclusiva, lo que pasó, lo que nos contamos, lo que hicimos y lo que sentimos, es algo que sólo puedo compartir con las mujeres que nacieron del vientre de mi abuela, y las que después nacimos del vientre de esas mujeres.

Cami, Ele, ¡gracias!


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