El Lago Azul


Será porque de niña soñé tanto con este lugar que ahora sus playas no se me hacen algo extraño. ¡Esto era la beca! Conocer este mar, las rocas redondas, las montañas y la selva, las autopistas de hormigas que llegan a copas que no alcanzo a ver, los senderos de barro, las bestias, y ahora también las estrellas. Tranquilidad en Castilletes después del caos de los campings.

Charla literaria y sándwich, filosofía del importaculismo, taller de estrellas y un buenas noches en carpa, hoy sin miedo, sin ratas, sin arañas.



¿Bosque humedo tropical?

El mar suena con fuerza por primera vez en este viaje. Y yo creo que es él quiern provoca el viento entre las palmeras.

Un policía vuelve a urgar entre mis bragas. Al menos esta vez las doblan al devolvérmelas. Y a Pablo se lo llevan para enseñarnos algo tan folklórico como la mordida.

Y de un clásico a otro. Los trozos de res que tanto me han chocado de la costa, con este calor y llenos de moscas, con este polvo y hoy en mi plato. No hubo forma de comerlo.

Pablo da en el blanco, "Santa Marta no es como Cartagena, ¡Santa Marta hierve!".

Día de traqueteo, de Taganga a Santa Marta, de allí a la entrada del parque, ahí la carne, ahí la policía, ahí una camnioneta que se ofrece a llevarnos a lo que resulta ser ninguna parte; de ahí al principio del camino, y ¡qué camino!, por algo que no sé si es una selva o un bosque tropical. Por fin el mar después de tanto verde y tanto marrón, el suelo, el barro, la mierda de las bestias.

Y dejarse morir hasta mañana en esta cabaña con araña.


Persiguiendo el mito

En Aracataca se me frie el cuerpo sobre el suelo de polvo. Y mientras escribo las hormigas corretean por toda la cama, ahora entiendo que son capaces de acabar con estirpes condenadas a cien años de soledad.



Las plantaciones de banano. Y Aracataca que no da de comer a sus viejos. Me lo cuenta Matilda cuando la dentadura le deja.

Dejarse mecer

Descubro que Dios no sólo está en los taxis de Bogotá, sino que reside en cada vehículo de Colombia. Después de muchas horas de viaje por caminos imposibles y posibles, veo salir la luna, esta vez detrás de las montañas. Y me dejo mecer en una hamaca de red en este pueblito de pescadores.



No sé qué tiene el caribe, no sé qué tiene. Será que este aire me produce calma. Me emborracho de brisa, un aire templado, lleno de palabras, como en un cuento sin telecomunicaciones en el que los mensajes son llevados por el viento. Calma de verdad por primera vez en Colombia. La sensación de estar haciéndolo bien, y la pena de los sitios, de abandonar cada uno porque sé que no volveré. El mundo es demasiado grande para una vida tan pequeña.

(Para ver las fotos pasa las hojas con el ratón pinchando sobre las esquinas)


Cabo de la Vela

Cabo de la Vela es un mundo de juguete, como los globos de cristal en los que al agitarlos nieva en la ciudad. Aquí, al agitar el agua todo se riega de arena y estrellas.


Tierra de sal


Mi reina


Riohacha es descubrir como el rumor del mar consigue balancear esta hamaca.
Es ascender en la jerarquía monárquica, sí, mi reina. Pero me falta la corona de rulos.



Y el descender de las gotas de sudor mientras jugamos en un billar. La luna casi llena, iluminándome; los wayuú; y el cuento de una noche de verano sobre piratas, avionetas y contrabando.



Camarones es descubrir que hay un pájaro rosa cuyo nombre científico es ahaha, y que cuando dos flamencos vuelan, después aterrizan.




El malecón, y una pelea de pescadores.La vie en Digital Rebel, la vie desde la acera, donde las artesanías son ignoradas por los transeuntes. Aprender a comer langosta en vaso de plástico; y reconocer el llanto del dolor inmenso de un velorio.


Caminar por una paralela

Cuando era pequeña mi padre me llevaba cada mañana al cole (excepto aquellas en que la pereza era más fuerte que yo y me colaba en la cama con mi madre y le decía eso de mamá, no quiero ir al cole, y si tenía suerte me pasaba todo el día en casa en pijama viendo la tele y comiendo galletas). Era un trayecto de unos cinco minutos, y llegar a la avenida de Arrollofresno era llegar al jardín de mi infancia. Árboles y casas preciosas, y una de ellas era el cole, ese fantástico cole que me acogió a los dos años y vio cómo me transformaba en señorita hasta los 17. Me encantaba ir al colegio, ir en el coche con papá, y estar durante todas las horas del día en aquel recinto que adoraba.

A los 17 empecé la universidad, y aquella sensación agradable se extendió como mi formación académica. El camino era el mismo, la avenida de Arrollofresno, esta vez sin girar a la derecha por Peguerinos, con su olor a verde y su luz de vegetación, hasta el final, y después la ciudad universitaria, donde, a veces, al llegar al cruce de la avenida Complutense huele a lavanda fresca con canela, mi olor favorito. Al principio en transporte público, poco tiempo después en coche, y para terminar en moto, pero la misma sensación agradable me atacaba cada mañana, sin importar el estado de ánimo con que me hubiera escupido la cama.

Cuando empecé a trabajar, lo de coger la M-30 a horas intempestivas, en moto porque lo del coche se descartó con el primer atasco, cambió mucho las cosas. Me ahogué en asfalto y humo durante meses, y me escapé. Y el escenario cambió, me fui a Londres, y allí daba igual dónde fuera, porque el metro, el autobús, y sobre todo pasear eran actividades maravillosas para mí. Supongo que sobre todo lo fueron porque eran puro placer, no iba a ningún lado, no venía de ningún lado, sino que acariciaba la ciudad con la suela de mis zapatos, y ella se dejaba querer.

Volví a Madrid y comprobé que la M-40 se me hacía mucho más simpática como recorrido diario que la M-30. Será que las horas a las que iba al CECO no eran de atascos, será que disfrutaba del tiempo que pasaba allí.

Ahora en Bogotá tengo la suerte de ir andando a trabajar, y sin embargo, hasta hoy, no se ha convertido en un paseo. Hoy he recordado todos esos trayectos agradables de camino a ese sitio en que he pasado cada día la mayor parte de mi tiempo. Pero mi iPod ha muerto, definitivamente, sin dar ni una esperanza de recuperar siquiera 1GB de los 40 que guardaba, y sin banda sonora todo es más feo. Así que, con el disgusto mañanero y la tripa rajada en dos, he decidido ir a trabajar por la 11A, en lugar de la 11. Ha sido una sorpresa descubrir como los ruidos de coches, motos y bocinas se sustituían por los de los pájaros;el acelerado e incómodo (porque la acera está inclinada) paso de los transeúntes de la 11 se ha sustituido por el paseo relajado de los de la 11A. Y un par de rayos de sol han hecho que recordara la primavera en Madrid.

Antes de venir, cuando todos comentábamos cómo creíamos que sería estar en nuestros destinos, el punto en el que uno descubre que vive en esta ciudad y que ya es un poco de uno era uno de los hitos que esperábamos con impaciencia. A mí no me ha llegado aún, no siento a Bogotá familiar. Pero ahora puedo empezar a añadir una coletilla, no siento a Bogotá familiar aún. Hoy he descubierto que pequeñas cosas como caminar por una paralela pueden cambiar radicalmente las sensaciones que me provoca estar por aquí.

Onomástica

Santa Lucía y San Lázaro
A las doce de la noche llegué a la ciudad. La escarcha bailaba sobre un pie. "Una muchacha puede ser morena, puede ser rubia, pero no debe ser ciega". Esto decía el dueño del mesón a un hombre seccionado brutalmente por una faja. Los ojos de un mulo que dormitaba en el umbral me amenazaron como dos puños de azabache.
Quiero la mejor habitación que tenga.
Hay una.
Pues vamos.
La habitación tenía un espejo. Yo, medio peine en el bolsillo. "Me gusta." (Vi mi "Me gusta" en el espejo verde.) El posadero cerró la puerta. Entonces, vuelto de espaldas al helado campillo de azogue, exclamé otra vez: "Me gusta". Abajo, el mulo resoplaba. Quiero decir que abría el girasol de su boca.
No tuve más remedio que meterme en la cama. Y me acosté. Pero tomé la precaución de dejar abiertos los postigos, porque no hay nada más hermoso que ver una estrella sorprendida y fija dentro de un marco. Una. Las demás hay que olvidarlas.
Esta noche tengo un cielo irregular y caprichoso. Las estrellas se agrupan y extienden en los cristales, como las tarjetas y retratos en el esterillo japonés.
Cuando me dormía, el exquisito minué de las buenas noches se iba perdiendo en las calles.
Con el nuevo sol volvía mi traje gris a la plata del aire humedecido. El día de primavera era como una mano desmayada sobre un cojín. En la calle las gentes iban y venían. Pasaron los vendedores de frutas y los que venden peces del mar.
Ni un pájaro.
Mientras sonaban mis anillos en los hierros del balcón busqué la ciudad en el mapa y vi cómo permanecía dormida en el amarillo entre ricas venillas de agua, ¡distante del mar!
En el patio, el posadero y su mujer cantaban un dúo de espino y violeta. Sus voces oscuras, como dos topos huidos, tropezaban con las paredes sin encontrar la cuadrada salida del cielo.
Antes de salir a la calle para dar mi primer paseo los fui a saludar.
¿Por qué dijo usted anoche que una muchacha puede ser morena o rubia, pero no debe ser ciega?
El posadero y su mujer se miraron de una manera extraña.
Se miraron... equivocándose. Como el niño que se lleva a los ojos la cuchara llena de sopita. Después rompieron a llorar.
Yo no supe qué decir y me fui apresuradamente.
En la puerta leí este letrero. "Posada de Santa Lucía".
Santa Lucía fue una hermosa doncella de Siracusa.
La pintan con dos magníficos ojos de buey en una bandeja.
Sufrió martirio bajo el cónsul Pascasiano, que tenía los bigotes de plata y aullaba como un mastín.
Como todos los santos, planteó y resolvió teoremas deliciosos, ante los que rompen sus cristales los aparatos de Física.
Ella demostró en la plaza pública, ante el asombro del pueblo, que mil hombres y cincuenta pares de bueyes no pueden con la palomilla luminosa del Espíritu Santo. Su cuerpo, su cuerpazo, se puso de plomo comprimido. Nuestro Señor, seguramente, estaba sentado con cetro y corona sobre su cintura.
Santa Lucía fue moza alta, de seno breve y cadera opulenta. Como todas las mujeres bravías, tuvo ojos demasiado grandes, hombrunos, con una desagradable luz oscura. Expiró en un lecho de llamas.
Era el cenit del mercado y la playa del día estaba llena de caracolas y tomates maduros. Ante la milagrosa fachada de la catedral, yo comprendía perfectamente cómo San Ramón Nonnato pudo atravesar el mar desde las lslas Baleares hasta Barcelona montado sobre su capa, y cómo el viejísimo Sol de la China se enfurece y salta como un gallo sobre las torres musicales hechas con carne de dragón.
Las gentes bebían cerveza en los bares y hacían cuentas de multiplicar en las oficinas, mientras los signos + y X de la Banca judía sostenían con la sagrada señal de la Cruz un combate oscuro, lleno por dentro de salitre y cirios apagados. La campana gorda de la catedral vertía sobre la urbe una lluvia de campanillas de cobre que se clavaban en los tranvías entontecidos y en los nerviosos cuellos de los caballos. Había olvidado mi baedeker y mis gemelos de campaña y me puse a mirar la ciudad como se mira el mar desde la arena.
Todas las calles estaban llenas de tiendas de óptica. En las fachadas miraban grandes ojos de megaterio, ojos terribles, fuera de la órbita de almendra que da intensidad a los humanos, pero que aspiraban a pasar inadvertida su monstruosidad fingiendo parpadeos de Manueles, Eduarditos y Enriques. Gafas y vidrios ahumados buscaban la inmensa mano cortada de la guantería, poema en el aire, que suena, sangra y borbotea como la cabeza del Bautista.
La alegría de la ciudad se acababa de ir y era como el niño recién suspendido en los exámenes. Había sido alegre, coronada de trinos y marginada de juncos hasta hacía pocas horas, en que la tristeza que afloja los cables de la electricidad y levanta las losas de los pórticos había invadido las calles con su rumor imperceptible de fondo de espejo. Me puse a llorar. Porque no hay nada más conmovedor que la tristeza nueva sobre las cosas regocijadas, todavía poco densas, para evitar que la alegría se transparente al fondo, llena de monedas con agujeros.
Tristeza recién llegada de los librillos de papel marca "El Paraguas", "El Automóvil", y "La Bicicleta"; tristeza del Blanco y Negro de 1910; tristeza de las puntillas bordadas en la enagua, y aguda tristeza de las grandes bocinas del fonógrafo.
Los aprendices de óptico limpiaban cristales de todos tamaños con gamuzas y papeles finos, produciendo un rumor de serpiente que se arrastra.
En la catedral se celebraba la solemne novena a los ojos humanos de Santa Lucía. Se glorificaba el exterior de las cosas, la belleza limpia y oreada de la piel, el encanto de las superficies delgadas, y se pedía auxilio contra las oscuras fisiologías del cuerpo, contra el fuego central y los embudos de la noche, levantando, bajo la cúpula sin pepitas, una lámina de cristal purísimo acribillado en todas direcciones por finos reflectores de oro. El mundo de la hierba se oponía al mundo del mineral. La uña, contra el corazón. Dios de contorno, transparencia y superficie. Con el miedo al latido y el horror al chorro de sangre, se pedía la tranquilidad de las ágatas y la desnudez sin sombra de la medusa.
Cuando entré en la catedral se cantaba la lamentación de las seis mil diostrias, que sonaba y resonaba en las tres bóvedas llenas de jarcias, olas y vaivenes, como tres batallas de Lepanto. Los ojos de la Santa miraban en la bandeja con el dolor frío del animal a quien acaban de darle la puntilla.
Espacio y distancia. Vertical y horizontal. Relación entre tú y yo. ¡Ojos de Santa Lucía! Las venas de las plantas de los pies duermen tendidas en sus lechos rosados, tranquilizadas por las dos pequeñas estrellas que arriba las alumbran. Dejamos nuestros ojos en la superficie, como las flores acuáticas, y nos agazapamos detrás de ellos mientras flota en un mundo oscuro nuestra palpitante fisiología.
Me arrodillé.
Los chantres disparaban escopetazos desde el coro.
Mientras tanto había llegado la noche. Noche cerrada y brutal, como la cabeza de una mula con anteojeras de cuero.
En una de las puertas de salida estaba colgado el esqueleto de un pez antiguo; en otra, el esqueleto de un serafín, mecido suavemente por el aire ovalado de las ópticas, que llegaba fresquísimo de manzana y orilla.
Era necesario comer y pregunté por la posada.
Se encuentra usted muy lejos de ella. No olvide que la catedral está cerca de la estación del ferrocarril y esa posada se halla situada al Sur, más abajo del río.
Tengo tiempo de sobra.
Cerca estaba la estación del ferrocarril.
Plaza ancha, representativa de la emoción coja que arrastra la luna menguante, se abría al fondo, dura como las tres de la madrugada.
Poco a poco los cristales de las ópticas se fueron ocultando en sus pequeños ataúdes de cuero y níquel, en el silencio que descubría la sutil relación de pez, astro y gafas.
El que ha visto sus gafas solas bajo el claro de luna, o abandonó sus impertinentes en la playa, ha comprendido, como yo, esta delicada armonía (pez, astro, gafas) que se entrechoca sobre un inmenso mantel blanco recién mojado de champagne.
Pude componer perfectamente hasta ocho naturalezas muertas con los ojos de Santa Lucía.
Ojos de Santa Lucía sobre las nubes, en primer término, con un aire del que se acaban de marchar los pájaros.
Ojos de Santa Lucía en el mar, en la esfera del reloj, a los lados del yunque, en el gran tronco recién cortado.
Se pueden relacionar con el desierto, con las grandes superficies intactas, con un pie de mármol, con un termómetro, con un buey.
No se pueden unir con las montañas, ni con la rueca, ni con el sapo, ni con las materias algodonosas. Ojos de Santa Lucía.
Lejos de todo latido y lejos de toda pesadumbre. Permanentes. Inactivos. Sin oscilación ninguna. Viendo cómo huyen todas las cosas envueltas en su difícil temperatura eterna. Merecedores de la bandeja que les da realidad y levantados, como los pechos de Venus, frente al monóculo lleno de ironía que usa el enemigo malo.
Eché a andar nuevamente, impulsado por mis suelas de goma.
Me coronaba un magnífico silencio rodeado de pianos de cola por todas partes. En la oscuridad, dibujado con bombillas eléctricas, se podía leer sin esfuerzo ninguno: Estación de San Lázaro.
San Lázaro nació palidísimo. Despedía olor de oveja mojada. Cuando le daban azotes echaba terroncitos de azúcar por la boca. Percibía los menores ruidos. Una vez confesó a su madre que podía contar en la madrugada, por sus latidos, todos los corazones que había en la aldea.
Tuvo predilección por el silencio de otra órbita que arrastran los peces y se agachaba lleno de terror siempre que pasaba por un arco. Después de resucitar inventó el ataúd, el cirio, las luces de magnesio y las estaciones de ferrocarril. Cuando murió estaba duro y laminado como un pan de plata. Su alma iba detrás, desvirgada ya por el otro mundo, llena de fastidio, con un junco en la mano.
El tren correo había salido a las doce de la noche.
Yo tenía necesidad de partir en el expreso de las dos de la madrugada. Entradas de cementerios y andenes.
El mismo aire, el mismo vacío. los mismos cristales rotos.
Se alejaban los railes latiendo en su perspectiva de teorema, muertos y tendidos como el brazo de Cristo en la Cruz.
Caían de los techos en sombra yertas manzanas de miedo.
En la sastrería vecina las tijeras cortaban incesantemente piezas de hilo blanco.
Tela para cubrir desde el pecho agostado de la vieja hasta la cuna del niño recién nacido.
Por el fondo llegaba otro viajero. Un solo viajero.
Vestía un traje blanco de verano con botones de nácar y llevaba puesto un guardapolvo del mismo color. Bajo su jipi recién lavado brillaban sus grandes ojos mortecinos entre su nariz afilada.
Su mano derecha era de duro yeso y llevaba colgado del brazo un cesto de mimbre lleno de huevos de gallina.
No quise dirigirle la palabra.
Parecía preocupado y como esperando que lo llamasen. Se defendía de su aguda palidez con su barba de Oriente, barba que era el luto por su propio tránsito.
Un realísimo esquema mortal ponía en mi corbata iniciales de níquel.
Aquella noche era la noche de fiesta en la cual toda España se agolpa en las barandillas para observar un toro negro que mira al cielo melancólicamente y brama de cuatro en cuatro minutos.
El viajero estaba en el país que le convenía y en la noche a propósito para. su afán de perspectivas, aguardando tan sólo el toque del alba para huir en pos de las voces que necesariamente habían de sonar.
La noche española, noche de almagre y clavos de hierro, noche bárbara, con los pechos al aire, sorprendida por un telescopio único, agradaba al viajero enfriado. Gustaba su profundidad increíble donde fracasa la sonda, y se complacía en hundir sus pies en el lecho de cenizas y arena ardiente sobre el que descansaba.
El viajero andaba por el andén con una lógica de pez en el agua o de mosca en el aire; iba y venía, sin observar las largas paralelas tristes de los que esperan el tren.
Le tuve gran lástima porque sabía que estaba pendiente de una voz, y estar pendiente de una voz es como estar sentado en la guillotina de la Revolución francesa.
Tiro en la espalda, telegrama imprevisto, sorpresa. Hasta que el lobo cae en la trampa, no tiene miedo. Se disfruta el silencio y se gusta el latido de las venas. Pero esperar una sorpresa es convertir un instante, siempre fugaz, en un gran globo morado que permanece y llena toda la noche.
El ruido de un tren se acercaba confuso como una paliza.
Yo cogí mi maleta, mientras el hombre del traje blanco miraba en todas direcciones. Al fin una voz clara, estambre de un altavoz autoritario, clamó al fondo de la estación: "¡Lázaro! ¡Lázaro! ¡Lázaro!" Y el viajero echó a correr dócil, lleno de unción, hasta perderse en los últimos faroles.
En el instante de oír la voz: "¡Lázaro! ¡Lázaro! ¡Lázaro!", se me llenó la boca de mermelada de higuera.
Hace unos momentos que estoy en casa.
Sin sorpresa he hallado mi maletín vacío. Sólo unas gafas y un blanquísimo guardapolvo. Dos temas de viaje. Puros y aislados. Las gafas, sobre la mesa, llevaban al máximo su dibujo concreto y su fijeza extraplana. El guadapolvo se desmayaba en la silla en su siempre última actitud, con una lejanía poco humana ya, lejanía bajo cero de pez ahogado. Las gafas iban hacia un teorema geométrico de demostración exacta, y el guadapolvo se arrojaba a un mar lleno de naufragios y verdes resplandores súbitos. Gafas y guardapolvo. En la mesa y en la silla. Santa Lucía y San Lázaro.
Federico García Lorca

Velas de noche

La noche se llena de unas velas minúsculas que colorean de amarillo caliente estas paredes tan blancas de Villa de Leyva.

Todo lleno de perros, y sobre todo de perras. Con esas tetas grandes y flacas, y el hocico que no para de moverse de un lado a otro tratando de encontrar un rastro, comida que asegure que esos colgajos del vientre no dejen de producir leche para sus cachorros.

Y en Raquira mofletes de indio, redondos de compás coloreados en rojo, en caras de pieles secas que no sé leer. No descifro las sonrisas, ni las miradas que se me hacen tristes y quizás no lo sean.

En un desierto verde (la Candelaria) el viento entre los árboles me recuerda con qué angustia extraño el mar. Las montañas parecen no acabar nunca, y volver a casa ahora me parece una epopeya.

Cuatro metros de vértigo en el Paso del Ángel. También el vértigo me está faltando. 250 metros caen a cada lado de este filo. Y después es el agua la que cae, unos 70 metros, cuando se cansa de correr, sin ansias, entre piedras de pizarra.

Dos meses, y quedan diez

Dos meses después sé quién es Andrea Echeverri, y que en los días de sol Bogotá es más fría de noche.



En Colombia también hay magia. Se esconde, pero se encuentra. Llueven billetes en Medellín en un cruce de semáforos. Un taxista con ganas de hablar te recuerda que hay cosas iguales en cualquier lugar del mundo, Ay, la vida es un tango, y los que lo bailan unos locos. Y después, los carros no tienen la culpa, rompámonos nosotros.


Ciclovía

BS Noviembre 07