Rewind

Merche, gracias por descubrirme a Paolo mientras nos reíamos y nos secábamos las lágrimas en tu nido de La Paz.

Sol

Espaldas abrasadas en lugar de mojadas. Rumbo a un cayo. Bajo el sol, y sobre un espejo de agua. Dolor en la piel, e hipnosis en los ojos. Y peces y corales haciendo pie en medio del mar.



De la isla del pirata, a la del náufrago. Y encontrar nuestra cueva de sombra. Bajo las palmeras, sobre un cementerio de cocos. De nuevo, debemos escapar del turismo ganado.




Vamos de paseo. Pi, pi, pi...




Pero este panadero (que ni fía ni da, ni presta) alquila una moto, y nosotros buscamos una.

Y con ella recorremos el borde de la isla, y su interior también. Bajo un sol implacable pero, que con la brisa en marcha, se vuelve agradable.


Baños, y de vuelta a la moto, a seguir dando vueltas, para dar la vuelta.


Agua transparente, e isleños negros que hablan criol. Y uno piensa que hablando español, e inglés, incluso un poco de francés, será fácil entenderlo. Pero no. No se entiende una mierda de esta versión Spanglish del me estás estresando.
Playas, rocas, cooperativas de pescadores, y fanatismo religioso: baptistas, adventistas, católicos, testigos de Heová... Para todos los gustos en este claustrofóbico paraíso. Sólo se puede salir en avión, y el billete cuesta una fortuna para esta gente que vive del aire.

Para los ateos también hay escapatoria: drogas, también para todos los gustos. Y el problema social que generan la marihuana, la coca o el bazuco.

Descubrir un lagarto azul, ver babillas en una laguna fangosa, y libélulas rojas como farolillos en fiesta. Iglesias y vistas, y la moto que nos deja tirados. Y las maletas que se pierden, y la hora de la cena que también. "Yo les dije: ¡el desayuno es de 7 a 9, el almuerzo de 12 a 2, y la cena de 7 a 9! ¿Se lo dije, o no se lo dije? Ah, ¿ven?, ven como sí se lo dije." Sí, hija, sí.

Y, entre rones y arena, la luna aparece de pronto, para demostrar lo terrible de tanta luz artificial.

1, 2, 3: San Andrés


Aterrizar en una isla del tamaño de una pista.
Mar, caribe y caliente. Y cocos-locos en la playa.
Y nosotros to' locos también, en este pedacito reggae del mundo.


Cuidado con Paloma, que me han dicho que es de goma

De chulos y chulas

Me siento lejos de casa, y la extraño cada vez más.
Sin embargo, no tengo fuerzas para escribir sobre Madrid, porque se me salen todos los secretos. Y las lágrimas también, por culpa de un mail sobre ángeles.

Algún día, si esta historia de amor deja de ser todo pasión y se calma, lo escribiré todo sobre ella. Mientras tanto la vivo por dentro, como las cosas que importan.




Finde en Pacho

Fin de semana en la fortaleza del Rey de Blancas, rodeados de pavos reales y limones mandarinos.


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Mi sueño amazónico VI

Escribo a solas frente al río, y fumo el primer cigarro acompañado de café. Intuyo que la Madre Tierra tiene su estación base por aquí.

Nos vamos, y estoy de mal humor. Pero nos despedimos de forma preciosa, acariciando por última vez el agua con los dedos. Qué cosa lo de no poderse aguantar las ganas de tocarla. Esta vez en Gamboa.



Llegar a puerto y llorar, desconsoladamente. Por primera vez termino un viaje con una pena grande, de esas que no caben dentro y echan todas las lágrimas afuera para ganarse un poquito de espacio.

Mi sueño amazónico V

Me despierto de golpe en la ducha. No es el agua fría, sino una tarántula en la esquina del techo. Negra y llena de pelos, con una raya blanca al final de cada una de sus patas largas. Y mientras informo de mi descubrimiento, aparece otro más desagradable: ni el mosquitero ni el antibichos me protegieron anoche.

Jorge nos guía a través de la selva hasta la loma del tigre. Durante cuatro horas, la selva. Y caminamos entre vegetación fantástica. La versión tropical de Alicia en su país de las maravillas. Donde las raíces del caucho son color rojo carne, y ciertos troncos se protegen con espinas venenosas. Se esconden las serpientes bajo esqueletos de hojas, y el remedio para las picaduras está en una rama igualita al reptil que, frotada contra las piernas como una bendición, le protege a uno para siempre.

Jorge también nos enseña Macedonia, su comunidad. Cinco etnias distintas, una escuela como futuro. Y la riqueza en la miseria.

Delfines otra vez. Esta vez grises y rosados. Y recordar como en ciertas ocasiones se transforman en hombres hermosos que seducen y aman a las muchachas jóvenes hasta embarazarlas. Ver como se esconde el sol desde el río con la certeza de que es la última vez.

Mi sueño amazónico IV

Entre panes y peces y tinto nos vamos de Puerto Nariño con el primer bote. Rumbo: Amacayacu. ¿Parque natural o resort a la orilla del río? 

El sueño de este día:

El canotaje entre lianas de camino a una Ceiba centenaria. Y los treinta metros de cuerda nos acercan a la copa, y al dosel de la selva. 


Descubrir que existe un árbol serpiente que abandona su piel cada tanto.



Después, remando de nuevo entre árboles, ver aparecer a Sarita (Sarah) como Sigourney Weaver (una vez más en mis viajes), en Gorilas en la niebla. Ella y sus micos, y la casa que ha construido para ellos. Aulladores mimosos, voladores, diminutos y traviesos. Todos salvados del tráfico ilegal de animales exóticos, tratando de volver a ser salvajes con Sarah.



Y escuchar más historias de tikunas, esta vez con Nelson, sin entender bien qué quería decir. El origen de la mujer, y de los hombres buenos y malos.

Mi sueño amazónico III

Nos despedimos de Mahatu con las mochilas en los hombros. 

En el puerto Aldemar nos seduce y nos subimos a su barco. Mientras nos enseña secretos amazónicos nos cuenta los propios de su vida. Se vino hace unos años de la costa por una mujer, una joven de dieciséis años. La madre de ella estaba en contra de su relación, poco hombre para su hija me veía. Como en un cuento de brujas la madre insistió e insistió; y consiguió separarles. La tristeza se apoderó de Aldemar, bebía cada día, y no lloraba, se le salían las lágrimas de los ojos, y cuando uno hace eso es que la pena es profunda, y no se cabe dentro. Le pregunto con descaro por qué le falta un brazo, y él me contesta con una sonrisa que ya sabía que me iba a preguntar, se lo vi en los ojos hace rato. A los once años, trabajando en la finca de su padre, le mordió una serpiente. Durante dos días un curandero se ocupó del niño, pero se les moría. Entró en coma y le llevaron al médico. Diez días después despertó con la cirugía hecha. Le faltaba un brazo, pero ahora le sobraba la vida. Y se declara con orgullo un hombre contento por haber realizado sus sueños.


Lagunas, árboles timburtonianos, más victorias, delfines, carpinteros, y otras mil aves volando. En el río se me llenan los ojos de lágrimas. Emoción venida no sé bien de donde, pero que me ocupa toda por dentro.

En la Libertad sólo pude fijarme en los niños, en sus cometas en el cielo.


Más tarde, en Puerto Nariño, Hanibal, un niño de unos doce años nos atiende en la recepción, con su riñonera ladeada y la sonrisa centrada. Con un desparpajo encantador nos vende las tarifas y nos promete que antes de que volvamos de comer nos asea la habitación. Son de Cali, nos cuenta presentándonos a su camada. Sus tres hermanos pequeños, todos varones. Al parecer, cuando sus padres no están, Hanibal es el que manda entre todos. Porque el que tiene diecisiete está en Leticia estudiando.

El menú de hoy: 
- Picadura de una avispa en mi axila de aperitivo. 
- Pescado frito para comer. 
- Dos inyecciones de postre, una en mi brazo, otra en mi culo.



De noche paseo místico por el río oscuro, escuchando las historias de Magno, antiguo curaca tikuna. Los sonidos de la noche, los sapos, las luciérnagas, y las lágrimas se me salen de los ojos otra vez. Como queriendo ir a encontrarse con el agua que nos lleva, y alimentar las sombras de todos estos árboles. 

Madre Tierra, y descubrir que en mi ateísmo aún hay en lo que creer.

Mi sueño amazónico II

Pablo me regala un despertar delicioso: café en la cama en mi cabaña de la selva. 
Y de la cama al puerto, y de ahí a una lancha. ¡Por fin el río! 
Por fin sentir que la naturaleza sigue siendo la dueña aquí.
Los niños sonríen en Santa Rosa. Y a los animales los tienen enjaulados
De vuelta en Leticia los pájaros de colores, que sí son libres, se reúnen para ensordecer a los árboles. 
Mientras, en el cielo se está fraguando un atardecer grandioso.



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BS Abril 08

Mi sueño amazónico I

Caribe y Amazonas fueron mis primeros pensamientos cuando descubrí que mi destino era Colombia. El primero porque sí, el segundo porque cómo no.

Pablo y yo preparamos durante varias semanas el viaje, y por fin el avión desciende. Vemos la selva desde el cielo, y se me viene a la mente un puesto en el mercado, repleto de coles de Bruselas, unas encima de otras, cientos de ellas, miles de ellas, millones, entre las que pareciera no caber ni una puntita más.


Calor caribe, y el mar esta vez de agua dulce. Colombia, la nación de los tres mares. El único país sudamericano con costa en ambos océanos, Pacífico y Atlántico; y en un alarde acuático, la posesión también de 116 kilómetros de río amazónico.

En la Guajira mis piés caminaron por el punto más septentrional del país, y para más inri, de este continente. Esta vez lo hacen por el más austral de Colombia, Leticia. Y aquí es donde uno descubre lo absurdo de las fronteras creadas a mano alzada en un mapa. Ahora estoy en Colombia, ahora estoy en Brasil; Ahora estoy en Brasil, y ahora en Perú; y de Perú a Colombia otra vez. 

Nos alojamos en Mahatu, la casa de Gustavo. Boyacense que pasó media vida en Bélgica. Ahora es un inadaptado, en todas partes, por no ser de ningún lugar.

Por la noche, como una comunidad improvisada, entre sillas, hamacas y mosquitos charlamos Pablo y yo, y Carlos y Susana, y Gustavo. Temática variada: herbología del yagé, escopolamina , LSD y sus efectos derivados y consecuencias. De la vida y la psicología; y las aventuras de Carlos y su bici, recorriendo Perú, Venezuela, Colombia, y Brasil, y encontrando boas hambrientas en el camino. Como en El Principito, esta vez con una tortuga dentro.


Trepo a mi cabaña de Robinson. Escucho los grillos, las cigarras, los gallos desorientados, las motos de un pueblo de verano, los perros, la risa de alguien que pasa por ahí... Y analizo los ruidos de este mundo que me es desconocido. De pronto una lluvia inmensa hace a la tierra removerse. Todos se callan, y gota a gota, el agua golpea las hojitas de este techo, y resbalan todas buscando el suelo para deslizarse hasta el río. Respiro profundo y me dejo dormir.