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Un año en Colombia

Bogotá, me voy

La Milagrosa

El cine colombiano vuelve a dejarme con buen sabor de boca. Seguiré atenta, al cine, a la realidad, a las esperanzas.

Soy pirata del Caribe



La sensación de que es la última vez que visito el Caribe, al menos por un tiempo, me invade y me atolondra. Nostalgia de un lugar en que me he sentido en casa. Tantos viajes, tantas playas, tantas gentes, y el mismo agua para bañarme y hacerme sentir más pirata que princesa.

Aunque me acompaña Ainara, Pablo me falta en este último viaje que cierra el círculo de los viajes dentro del viaje. Y es que me despido de Colombia de la misma forma en que me enamoré de ella, en Cartagena y en las islas del Rosario. Muchas cosas han cambiado en mí desde entonces. Donde hubo piel lisa en mi pierna y después una quemadura, hoy hay una cicatriz. También en el alma me llevo cicatrices, y el recuerdo de las caricias.

Gracias Caribe, por confirmarme cuán pirata soy de tus aguas, ya fuera rodeada de costeños negros y morenos, de wayúus, de jamaiquinos, de las piedras titánicas del Tairona, de la historia de ciudades atacadas por bucaneros, de sol y bochorno, de calor y lluvia, de aguas cristalinas y caracolas marinas, de peces de colores y estrellas rojas, del viento cargado de cuentos que una vez me hizo sentir que yo también era costeña en Taganga.



Calor y color en Cartagena

Last dance



Un mail con un "¿aún estoy a tiempo?", y al día siguiente una gran noticia: Ainaratxo me visita en mi recta final. Con ella me despediré del Caribe, de las visitas, de ciertos paseos... Y poco después de Bogotá, pero sobre todo de Colombia.

Carlos y Ricardo

Ricardo y Carlos serían un dúo cómico fabuloso, de no ser por ese hondo sentido de la responsabilidad que es lo único que creo que comparten. Carlos es uno de esos hombres con cuerpo perfectamente masculino, pero que tienen la altura de una mujer. Ricardo es alto y delgado, de manos finas y delicadas como las de una actriz en blanco y negro. Ricardo es correcto, meticulosamente correcto, y me provoca una ternura desmesurada. Carlos es ese actor secundario por el que merece la pena ver una mala comedia, siempre que le veo (dos o tres veces al día cada dos días), se esfuerza por hacerme reír.

Carlos y Ricardo son los porteros del edificio en el que vivo, y ambos visten su impecable uniforme de seguridad: los mismos pantalones azul marino con una raya amarilla en cada lateral de las piernas, la misma camisa del mismo color que los pantalones, la misma chaqueta abultada, abrigada y brillante, con letras amarillas bordadas en la espalda que me recuerdan las de las “Pink Ladies” de Grease. 

Carlos y Ricardo conocen, sin remedio, cada acontecimiento de mi vida cuando estoy en casa. Resulta que si el portero es el único que tiene la llave que abre el portal de un edificio de siete plantas, cada vez que un inquilino entra o sale de él a pie, o incluso en coche, son Carlos o Ricardo quienes abren las puertas. Cada vez que los inquilinos regresan a sus casas, vuelven a ser Ricardo o Carlos quienes abren las puertas. Pero también cuando hay visitas, los porteros descuelgan el telefonillo y preguntan en la casa correspondiente si se esperaba a Fulano. Después de confirmar, uno u otro abren la puerta y, claro, la vuelven a abrir cuando la visita se marcha. En la ciudad del todo-a-domicilio, si Carlos y Ricardo hablaran entre ellos de mí, descubrirían que el domingo hice la compra, porque el mensajero del supermercado llegó cargado de bolsas a eso de las seis de la tarde; que el lunes me dio pereza cocinar y cené pizza, eso sí, de las buenas, y es que las cajas de pizza no dan lugar a intrigas; y saben cuándo me visita quién, y cuánto estuvo en casa; saben a qué horas Mambo y yo salimos a pasear, y sabrían decir incluso en qué dirección y qué recorrido hice por el tiempo que tardé en volver. En fin, Carlos y Ricardo lo saben todo de mí, y yo apenas sé de ellos los pocos minutos que compartimos cada día.

La señora de la Rioja

"La señora de la Rioja" es el identificativo que utilizamos para hablar de Ángela, no porque sea de la Rioja, que lo es y su marcado acento lo demuestra, sino porque regenta una tiendita, a escasos veinte metros de mi casa, cuyo letrero reza en letras rojas: La Rioja.

La tienda de Ángela no es otra cosa que una cigarrería (local típicamente colombiano en el que básicamente se venden alcohol y tabaco) que además tiene tortilla española (hecha todas las noches por Ángela) algunas latitas de conservas españolas, y algún embutido que otro. Como Ángela también vende Coca-Cola light, la tortilla está bastante buena, y Mambo no es capaz de pasar delante de su puerta sin entrar, Mambo y yo visitamos a Ángela con frecuencia. Y, las cosas como son, le hace mucho más caso al perro que a mí.

Hace más de cuarenta años el cuñado de Ángela marchó para Colombia en un momento difícil para España. Desde allí le contaba grandes sueños a su hermano, Eduardo, y les invitó a él y a Ángela a visitarle para que lo vieran con sus propios ojos. Eduardo y Ángela tuvieron que arañar lo que pudieron del sueldo de Eduardo para comprar los pasajes que les llevarían a Bogotá.

Nada más volver a España, Eduardo dejó su trabajo en el almacén, devolvió el coche de la empresa, y vendió el suyo propio. Volvieron a hacer las maletas, y marcharon por segunda vez rumbo a Colombia, esta vez con la inquietud de quien abandona lo suyo y emprende una aventura.

Una vez en Bogotá se decidieron a vender el pisito de España, no lo habían hecho antes por si acaso decidían volver, que nunca se sabe. Pero es que con el dinero aquel compraron una casa de 495 metros cuadrados y rodeada de jardines en las afueras de Bogotá, en la 125. Mientras me lo cuenta se me escapa que la 125 está aquí al lado, y ella me contesta que hace cuarenta y cinco años, eso eran las afueras de la ciudad, y que hay que ver lo que cambian las cosas, hija, que todo esto que ves antes era puro campo.

Eduardo murió hace cinco años, así que Ángela vendió la casa. Sin hijos ni marido, para qué quería ella tanta casa. Así que de nuevo, con aquel dinero compró tres pisitos: uno para ella, y los otros dos para sus dos hijos varones. El suyo a sólo una cuadra de su antigua casa, para no tener que adaptarse a un barrio nuevo.

Tras hacer cuentas con los años le pregunto a Ángela si en todos estos años no ha querido volver nunca a España con todo lo que ha pasado en este país durante los últimos cincuenta años. Y siento una especie de alivio al saber que sí, que hubo cosas que no le gustaron, que hubo otras que le asustaron, que por otro lado le costó entender una sociedad distinta, pero que Eduardo no quiso nunca saber nada de volver a España. Y ahora, para qué se va a ir sin sus hijos que tienen las vidas montadas aquí. Y que, además, a Ángela eso de viajar... Y además, hija, entre que vas y te haces con las cosas, ya te tienes que volver.

Nocturno

Esta noche ha vuelto la lluvia sobre los cafetales.
Sobre las hojas de plátano,
sobre las altas ramas de los cámbulos,
ha vuelto a llover esta noche un agua persistente y vastísima
que crece las acequias y comienza a henchir los ríos
que gimen con su nocturna carga de lodos vegetales.
La lluvia sobre el cinc de los tejados
canta su presencia y me aleja del sueño
hasta dejarme en un crecer de las aguas sin sosiego,
en la noche fresquísima que chorrea
por entre la bóveda de los cafetos
y escurre por el enfermo tronco de los balsos gigantes.
Ahora, de repente, en mitad de la noche
ha regresado la lluvia sobre los cafetales
y entre el vocerío vegetal de las aguas
me llega la intacta materia de otros días
salvada del ajeno trabajo de los años.

Álvaro Mutis

La ventana indiscreta

No sé nada del hombre que hay siempre sentado en esa banqueta. Se pasa los días ahí, vestido de traje, sin corbata, y con la chaqueta colgada del respaldo de su taburete de bar, uno de esos altos acompañado de su eterna mesita redonda, también alta y de metal. Frente a él, encima de la mesita, siempre está el ordenador portátil, siempre abierto y encendido, y conectado, claro, a la red eléctrica. No importa la hora, a las diez de la mañana, las dos de la tarde, las cuatro, a las cuatro y media también, toda la tarde y la noche hasta que desaparece. Supongo que para dormir. A mí me da tristeza, tan incómodo el pobre durante tantas horas al día, y en la misma posición.

Como me parece tan extraordinario, reconozco que he empezado a espiarle, y mientras me voy moviendo por casa (que si ahora ordeno, que si ahora leo, que si canto que si bailo), pues yo le echo una ojeada a este hombre. Eso sí, cuando me acerco a las ventanas y rozo la indiscreción, disimulo y encojo la boca confirmando que llueve, o muevo afirmativamente la cabeza las pocas veces que hace sol. Él siempre está ahí, sentado al borde de su taburete, con el ordenador enfrente, abierto y encendido, en la tercera ventana, empezando por la izquierda, del segundo piso de la fachada que hay frente a la mía.


Viajar

Gabriela Mistral, además de ser una calle de Madrid, por la que inevitablemente transito siempre de camino a casa, es sobre todo una gran escritora chilena por la que siento mucho respeto.

Me voy a Panamá, y esto de viajar empieza a parecerme casi normal. Lo vivo con ilusión, con ansia y con sed de imágenes, gentes y vivencias. Sin embargo, estoy de acuerdo con Gabriela.

"Los ingleses, esa carne lozana de puro olfateo del mar y pura voluntad de dominio, han impuesto a Europa el vicio de viajar; los franceses, sedentarios por excelencia, a pesar de sus exploradores y sus misioneros, empiezan a despabilarse. El magisterio del viaje lo hace entre ellos Paul Morand: "Rien que la Terre", dice él. Ya lo sabían los fenicios, tan vilipendiados, que navegaron incluso para bien de egipcios poltrones.


Antes el viaje constituía suceso, dividía la vida en dos partes, como el matrimonio; ahora va volviéndose ejercicio vulgar como el baño. Un Lunes se desayunará en Copenhague y el miércoles se estará mirando ese magnífico perfil de affiche de la Libertad de New York. La facilidad de los transportes mató lo heroico del viaje, el heroico a lo Godofredo de Bouillon, reduciéndolo a la gestión sin énfasis del American Express.

La embriaguez del viaje aumenta por año: en el 2000 se señalará como un albino a aquel que no lleva en el cuerpo el olor de sus cuatro Continentes, y el no haber estado en Melbourne o en el Tibet creará a un hombre situación embarazoso en una conversación... El antiguo asombro de Simón el Estilita pasará al que nació, dio hijos y murió en su tierra.

Viajan algunos ya con displicencia; en el ojo sin avidez, en la llegada a Niza como al patio de su casa, se reconoce que ése tiene ya volteada la bolsa de maravillas del caminar y querrá ya otra cosa, por ejemplo, los circos sin viento de la luna. Lástima de ricos que se han estropeado una fiesta más, a fuerza de sobajearla demasiado.

Pero lástima sobre todo del desatento, de la humana maleta de viaje que no recibe sino los choques de las estaciones y la marca de los hoteles. ¿Por qué éstos no ceden el boleto y se quedan?

Hay que desear que se incorpore a las costumbres, substituyendo a la postal inglesa de Navidad, un sobrio boleto de barco.
0 que los gobiernos del año 2000 hagan la legislación del viaje. No viajarán los viejos, que ya han entrado en el desabrimiento sin remedio y sólo se lamentarán de los hoteles. No viajarán los bebedores de botellas internacionales con gollete plateado, ni los ciudadanos del cabaret, porque la borrachera es la misma en cualquier meridiano y no hay ninguna necesidad de hacer concentraciones de ebrios, como de generales o de sabios, en una ciudad determinada, para volverla odiosa y estúpida. Las mujeres que viajan por las vitrinas de París y que quedan delante de ellas dos meses, y una hora en la Capilla de San Luis, tendrán barcos de exposición permanente de modelos de Paquin o de Poiret, que tocarán todos los puertos del mundo... Viajarán especialmente los samoyedos y los patagones, para que el calor sea su cintura siquiera una vez en la línea del Ecuador. Viajarán también por derecho de desagravio los que se estuvieron sentados de veinte años arriba.

Naturalmente yo he anotado dos artículos que me favorezcan: el de los que se han quemado con brasa blanca en el polo y el de los que han enseñado el complemento directo en una tarima hasta que el aburrimiento se hacía horizonte...

Marco dos períodos interesantes en el amor del viaje; el trimestre inicial del viaje primero y el paso del viaje-sport hacia el viaje-pasión. Aquél tiene todavía el aliento ascendente de un poema comenzado con plenitud de los sentidos: éste es el corazón mismo del poema, grave de enjundia. Después de ellos viene esa tragedia de la semiinercia dentro del propio movimiento, miseria de los ojos y de la mente que no pueden con la felicidad que tiene -dicen algunos- peso de ave, pero peso al cabo.

¿Existe un místico del viaje? Para mí el místico es el que a cada hora saborea el cielo como de nuevo. Santa Teresa va de un éxtasis al otro como un sembrador por diversas calidades de suelo fértil. No se fatiga porque sigue hincándose en la experiencia como en un fruto que tuviese capa a capa sabores diferentes. El místico del viaje ha tomado la tierra por cielo. Entiende en calidades del aire, hace jerarquías de paisajes con la tierra de llanura, la de montaña y la de colinas; ha aprendido a atisbar semblantes y tiene no sé qué goce de bibliófilo, con la diferencia sobrenatural de la cara de los hombres.

Viajero de ojo sin vulgaridad de Kodak, sabrá que las grandes ciudades se parecen en su fatalidad de receptáculos internacionales y que sólo las menores y las medianas contienen el camino de la virtud esencial. Así preferirá los Asís a Perugia y un Toledo a los Madrides, y un Orleáns y un Rouen, un Avignon o una Carcassone juntos, a París.

Viajero rico, pero rico sin necesidad, pensará que camina para elegir paisaje donde envejecer y morirse, según el consejo de Nietzsche: "Una de las cosas que el hombre debería saber en la juventud, es qué clima y qué panorama necesitan su cuerpo y su alma".

Escuela de humildades es el viaje. Desembarcar sin abrazos, ser en el hotel una cifra como en el presidio; transformarse en dato de pasaporte para una alcaldía y no tener nostalgias de individualizaciones ni de privilegio local, resulta a la larga más útil para perder vanidad que una lectura de Marco Aurelio. Y escuela para aprender quiénes verdaderamente nos hacen falta en el mar o el paisaje, el comentario de cuál amigo servía para las catedrales y cuál paciencia de compañera ayudaría en los "Cuidados pequeños", que decía Rubén. Escuela para descubrir qué ausentes faltan efectivamente, haciéndonos dolor.

Sólo que el viaje da vicios revueltos con virtudes. Da la costumbre del olvido. Nada penetra en nosotros sin desplazar algo: la imagen nueva se disputa con la que estaba adentro, moviéndose con desahogo de medusa en el agua; después la cubre como una alga suavemente, sin tragedia. Viajar es profesión del olvido. Para ser leal a las cosas que venimos a buscar, para que el ojo las reciba como al huésped, espaciosamente, no hay sino el arrollamiento de las otras. Por eso alguno dijo que el viaje de novios debería preceder, y no seguir, a la terrible ceremonia. Cada uno se echaría a andar tres años para saber si tiene armazón de plesiosaurio su juramento...

Pero el viaje debería ser, mejor, la entrega al azar, una religiosa dación al destino de dorso vuelto. Que, como las islas de Ulises, salta de pronto ante nuestros ojos el objeto providencial del viaje, que no sospechábamos, y que lo adoptemos, sea eso, para el inmigrante, lote en Entre Ríos o, para el joven, pasión de la Victoria de Samotracia en el Louvre.

En el año, no ya 2000 sino 2500, se podrá viajar así. El confiarse al mar se parecerá a la entrega sin designio propio a la voluntad de Dios. El mozo irá lejos a saber lo que es mejor para su alma, artesanía, mecánica o letras. El viaje aconsejará como el sueño enseña a algunos iluminados. Le señalará oficio, país y mujer. Le diría si es italiano y deberá aprender su Dante en Florencia, si platero y vivir unos años en fundición de Toledo. 0 si, sencillamente, es de su tierra, y no puede aprender nada sino moviéndose en la divina dulzura de lo suyo."

junio de 1927.

Gabriela anda por el mundo. Roque Esteban Scarpa, comp. Santiago: Editorial Andrés Bello, 1978.

Hipo

Hay dos cosas que me irritan enormemente. En este mundo de control y poder, en este cuerpo y esta mente que quieren dominarlo todo, dos cosas se me rebelan: el picor y el hipo.

Mis dosis de picor a lo largo de este año han sido prolongadas e intensas. Tanto viaje por lugar exótico no podía quedar sin castigo. El peor de todos, cuando, no se sabe bien cómo ("pues hija, en el teatro, en el transmilenio, en la calle, en un restaurante" me dijo el veterinario), las pulgas humanas se apoderaron de mi casa y de mi cuerpo. Pero después de varios chutes de antihistamínicos (orales e inyectados de urgencia), después de desmontar toda la casa, fumigarla , de mandar todo a la tintorería para que se lavara en agua caliente y se planchara con mucho mimo, después de desparasitar al perro (al que por cierto culpé con rabia, y resultó que no sólo no era el culpable, sino que además las pulgas no mostraron el más mínimo interés por él), después de volver a montar la casa, rezar para que no quedaran huevas, y seguir echando liquiditos por todas partes; finalmente, desaparecieron.

Sin embargo, el hipo me persigue desde que llegué, y sospecho que a estas alturas no me abandonará. La teoría me la sé... que si son contracciones involuntarias del diafragma, que si por comer rápido, que si por comer despacio, que si por esto; que si bebes sorbitos cortos se te va, que si te tomas esta otra cosa se te quita también... ¡Y una mierda! El hipo aparece casi después de cada una de mis comidas, un hipo de esos que no te anulan, y sin embargo se quedan contigo lo suficiente para sacarte de quicio. Para más calvario, para cuando se me quita, me dan las ganas de fumar el cigarro que no he podido disfrutar por culpa del hipo, pero, nada más darle la primera calada, con el mechero aún encendido, de mis entrañas salta un "hip", y mis ánimos vuelven a desmoronarse.

Atardece


Atardece en Bogotá, y hoy es uno de esos días limpios en los que a las seis de la tarde no llueve. Entre el azul intenso del cielo que veo desde mi sofá unas enormes nubes, blancas y densas como cúmulos de leche, se interponen en el camino de los rayos de sol, que les colorean las formas en rojos y amarillos.

Voy a echar de menos las nubes grandiosas de Colombia. Es como si el cielo no hubiera quedado indiferente a la exuberancia de esta tierra y ostentara la viveza del color de las selvas, las formas de animales de zoológico que aquí viven en libertad, los tamaños hiperbólicos de las montañas, o la fuerza de los ríos infinitos.

Bogotá atardece en mí también, y descubro cómo es de sabio nuestro cerebro. 

Relax

De paseo por Botero

Son muchos los artistas de todas las ramas que me provocan una admiración tremenda. A medida que en mi analfabetismo artístico voy aprendiendo a juntar letras, la lista de ídolos en mi santuario particular aumenta. Sin embargo, el más imponente siempre ha sido el gran mago Gabriel García Márquez.

Pero, insisto, son muchos mis héroes y heroínas literarios, musicales, también plásticos, audiovisuales, y últimamente, incluso la danza tiene una capillita en mi catedral de santos propios.

Otro colombiano que siempre ha llamado mucho mi atención es el Maestro, Fernando Botero. Ya en una ocasión mencioné que conocer algo no significa haberlo descubierto. Yo no sé si conocía o no la obra de Fernando Botero, pero recuerdo claramente la impresión que me causaron sus esculturas esparcidas por el paseo de la Castellana en Madrid. Mujeres desnudas, manos, caballos, senos descomunales y al tiempo proporcionados, carnes exageradas, formas infladas, y sobre todo un sello inconfundible. Aquella mañana sucumbí a la volumetría.

Entonces me interesé un poco más por aquel artista del que yo no sabía más que las sensaciones que me habían causado sus esculturas. Averigué, y a lo largo de mi año en Colombia he seguido averiguando, y lo cierto es que si bien el Maestro no ocupa en mi jerarquía plástica la posición homóloga a la de Gabo (que además, repito, es rey de reyes en mi adoración subjetiva), sí que tiene un hueco propio en lo que soy.

Fernando Botero nació en Medellín, y allí pasó sus primeros dieciocho años de vida. Me gusta contar esto porque explica un poco esta debilidad mía por los artistas latinoamericanos del siglo XX (sobre todo los plásticos), y es que, el Prado, por ejemplo, está a tan sólo unos minutos de mi casa de Madrid y antes de los quince lo había visitado infinidad de veces; pero los grandes museos, las grandes obras, la democratización de la cultura, hoy sigue siendo una meta en gran parte de América Latina, y no digamos en los años cincuenta, cuando aquel muchachito apellidado Botero demostraba desde hacía años una enorme vocación y habilidad artísticas sin haber tenido enfrente un Velazquez, por ejemplo, más que por alguna reproducción.


Aquel muchacho que empezó a pintar a los quince, a los dieciocho dejó la escuela porque sabía lo que quería: pintar; apenas un año más tarde, en 1951, con diecinueve años, presenta su primera exposición individual en Bogotá. El chico tenía talento, y sólo cinco años después lo demostró con creces. Realizó la salida típica del artista sudamericano, un viaje de conocimiento por Europa para ver y aprender. Y en Florencia descubrió su camino: el interés exagerado por el volúmen, la búsqueda del barroco reinterpretado, la expresión del costumbrismo o de la más cruda realidad socio-política bajo su sello.

Pero fue en México cuando de pronto, pintando una naturaleza muerta descubrió que acababa de terminar su primera verdadera creación. Aquel día el joven Fernando Botero se ganó la entrada directa en la Historia del Arte, la Historia de la gente que ha tenido personalidad.




El maestro Botero predica una filosofía que comparto plenamente. No sirve hacerlo bien, el artista, para serlo, debe agregar algo más a lo que se conoce. "El caballo, el hombre, el árbol, han sido siempre los mismos desde el principio de la humanidad, sin embargo, el caballo de las cuevas de Altamira, el de Velázquez, el de Caravaggio, el de Giotto, o el de Picasso", son cosas iguales y distintas entre sí.

Dentro de la postal




Hacer el cafre en una playa de postal tiene su gracia, lo reconozco. Jugar a ser un seriff de mentira con una estrella verdad; construir castillos de arena con la que expulsa la rueda de la moto al enterrarse; y conocer un pirata cojo, con muletas y sin pata de palo, negro como la noche, y con rastas largas como una noche de espera, que nunca deja de fumar, pero nunca fuma tabaco.

Providencia, ¡gracias!

Un acuario de papel maché







Mi familia y otros animales



Esta mañana un niño de seis años se encontró con la iguana Juliana, que tomaba el sol en una roca con vistas al mar. Avisó a su papá, y éste, con mucha destreza, consiguió atrapar a la iguana Juliana sin lastimarla para que el niño pudiera verla de cerca. La pobre iguana Juliana tuvo mala suerte, porque el niño se encaprichó con ella, así que, después de repetir con insistencia "me la quiero quedar", el padre del niño ató una cuerdita blanca al cuerpo verde de la iguana Juliana, mientras ésta se preguntaba si los humanos no estarían empezando a confundirlo todo y se pensaban que ella era un perro. 

Más tarde, el lagarto azul fue devorado con una asombrosa rapidez por una serpiente marrón que se escondía entre matojos.

Un ternero blanco no paró de preguntar a su mamá cuánto quedaba para llegar a casa. Un cangrejo descarado se comió el tomate que cayo de un sandwich a la arena. Y tres enormes estrellas de mar se acercaron a la orilla para dejarse ver un rato.

Pero con el atardecer todos se ocultaron para no restar protagonismo al azul confuso que no dividía el cielo del mar en el horizonte.

Una casita de cuento fue el lugar soñado para dar la bienvenida a la noche, y un chiringuito reggae el perfecto para disfrutarla.

Circunvalar

Aquel día de calor insoportable eran dos los tripulantes del ciclomotor rojo que recorrió en círculos el litoral de la isla, varias veces, muchas veces, como en un viaje de inercia radial.

El capitán era un hombre joven, que apenas estrenaba la actitud de quien se acerca a la mayoría de edad, y sin embargo manejaba el timón como si desde su misma concepción hubiera sido programado para ello.

La vigía, una mujer, joven también, que utilizaba un catalejo negro al que llamaba Genoveva, que emitía un chasquido y guardaba imágenes en una pantalla de agua de colores cada vez que la mujer deseaba registrar algo, como un topógrafo que tratara de dibujar las costas de la isla hacia dentro.




En su travesía cíclica, encontraron playas de arenas finas y claras, de aguas diáfanas, y palmeras dobladas que tentaban toda ley de gravedad. Creyeron haber descubierto un pedazo de mundo recién nacido, y quisieron explorarlo.

Entre vueltas y paradas, lucharon contra asfaltos levantados, cuarteados, rajados, maltratados, o inexistentes. Conocieron iguanas que absorbían la fuerza del sol recostadas en ese mismo asfalto, o sobre piedras cercanas; livélulas negras que les revelaron el punto exacto en que se encontraba una playa fantástica; y arañas monumentales que habían tejido con paciencia sus propios hilos en los del tendido eléctrico. Las caracolas inmensas que guardan el canto del mar estaban dispersas por todo el camino, en el agua, la tierra, o la fachada de las casas. Los cangrejos violinistas retaron con su pinza desproporcionada a ambos piratas, alzándola como trazando un arco, manteniéndola unos segundos en alto, y después desdibujando el arco para volver a empezar.



Descubrieron que sólo las montañas eran tierras vírgenes. Y que ese mismo litoral que ellos recorrían escondía en cada recodo un isleño moreno, en cada giro una casa, en cada esquina una mesa de dominó con cuatro jugadores, en cada vuelta motocicletas cargadas hasta el límite de lo posible (descubrieron entonces que a su ciclomotor rojo aún le faltaba gente), en cada ángulo encontraron gallinas, y sombras entre las que resultaba difícil encontrar los cuerpos camuflados que huían del sol.




Y se dejaron seducir por la simpatía afrocaribeña, por el movimiento pesado de los cuerpos con calor, por el ritmo suave del reggae, por la brisa sin cascos, por las aguas calientes, y los fenómenos visuales con que se encontraban después de cada parpadeo.




Isla pirata

Como si de una leyenda se tratara, nos contaron que cerca de San Andrés se escondía un tesoro montañoso, las islas de Providencia y Santa Catalina. Para mayor justificación de este viaje, dicho paraíso caribeño fue el refugio, por un tiempo, de un terrible corsario, el pirata Morgan.


Para llegar debíamos abordar dos naves, una nos llevaría de Bogotá a San Andrés, la segunda, más chica que la primera, de San Andrés hasta la misma Providencia. Como pájaros colosales, ambas cruzaron los cielos con las panzas llenas, y nosotros dentro en un viaje insólito. Sobrevolamos las montañas colombianas, sus eternas nubes, y al levantar los ojos del libro descubrí que sobrevolábamos un pedazo de tierra que separa dos océanos, el Atlántico y el Pacífico independizados por la insignificante franja que parece Panamá desde el cielo. 


En San Andrés sucumbimos al calor, los cuerpos y los pensamientos estaban abotargados, y la espera para el segundo abordaje prometía ser demasiado larga. Por suerte el agua tibia de una playa cercana y ya conocida calmó los sudores, y la comida del Café-Café, sació una vez más los estómagos hambrientos propios del viajero.

Sobrevolamos después aguas cristalinas, y hasta nos pareció ver relucir monedas de oro en algún fondo, peces de lentejuelas en otro, y quedamos hipnotizados por los siete verdes y azules de estas aguas transparentes.

De nuevo el calor al llegar a puerto, y de nuevo las ansias de estas aguas tibias que guardan la historia que envuelve estas islas. Olvidada por los españoles que como un novio esquivo sólo les prestaron atención cuando otros también lo hicieron, y aprovechada por ingleses y holandeses que cultivaron en ellas todos los frutos conocidos por el hombre, por bucaneros que hicieron de ellas su base de operaciones, por antiguos esclavos que tomaron el nombre de sus amos tras verlos marchar, y después, olvidada de nuevo por Colombia, que como España, se fijaba poco en ella salvo cuando Nicaragua reclamaba su soberanía.