Un año en Colombia
Publicado por amaranta en domingo, octubre 05, 2008 4 comentarios
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Bogotá, me voy
Publicado por amaranta en miércoles, octubre 01, 2008 0 comentarios
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La Milagrosa
El cine colombiano vuelve a dejarme con buen sabor de boca. Seguiré atenta, al cine, a la realidad, a las esperanzas.
Publicado por amaranta en jueves, septiembre 25, 2008 0 comentarios
Soy pirata del Caribe
Publicado por amaranta en martes, septiembre 23, 2008 0 comentarios
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Calor y color en Cartagena
Publicado por amaranta en domingo, septiembre 21, 2008 0 comentarios
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Last dance

Un mail con un "¿aún estoy a tiempo?", y al día siguiente una gran noticia: Ainaratxo me visita en mi recta final. Con ella me despediré del Caribe, de las visitas, de ciertos paseos... Y poco después de Bogotá, pero sobre todo de Colombia.
Publicado por amaranta en viernes, septiembre 19, 2008 1 comentarios
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Carlos y Ricardo
Publicado por amaranta en viernes, septiembre 19, 2008 0 comentarios
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La señora de la Rioja
Publicado por amaranta en jueves, septiembre 18, 2008 1 comentarios
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Nocturno
Esta noche ha vuelto la lluvia sobre los cafetales.
Sobre las hojas de plátano,
sobre las altas ramas de los cámbulos,
ha vuelto a llover esta noche un agua persistente y vastísima
que crece las acequias y comienza a henchir los ríos
que gimen con su nocturna carga de lodos vegetales.
La lluvia sobre el cinc de los tejados
canta su presencia y me aleja del sueño
hasta dejarme en un crecer de las aguas sin sosiego,
en la noche fresquísima que chorrea
por entre la bóveda de los cafetos
y escurre por el enfermo tronco de los balsos gigantes.
Ahora, de repente, en mitad de la noche
ha regresado la lluvia sobre los cafetales
y entre el vocerío vegetal de las aguas
me llega la intacta materia de otros días
salvada del ajeno trabajo de los años.
Álvaro Mutis
Publicado por amaranta en martes, septiembre 16, 2008 0 comentarios
La ventana indiscreta
Publicado por amaranta en viernes, septiembre 12, 2008 0 comentarios
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Viajar
Me voy a Panamá, y esto de viajar empieza a parecerme casi normal. Lo vivo con ilusión, con ansia y con sed de imágenes, gentes y vivencias. Sin embargo, estoy de acuerdo con Gabriela.
"Los ingleses, esa carne lozana de puro olfateo del mar y pura voluntad de dominio, han impuesto a Europa el vicio de viajar; los franceses, sedentarios por excelencia, a pesar de sus exploradores y sus misioneros, empiezan a despabilarse. El magisterio del viaje lo hace entre ellos Paul Morand: "Rien que la Terre", dice él. Ya lo sabían los fenicios, tan vilipendiados, que navegaron incluso para bien de egipcios poltrones.
Antes el viaje constituía suceso, dividía la vida en dos partes, como el matrimonio; ahora va volviéndose ejercicio vulgar como el baño. Un Lunes se desayunará en Copenhague y el miércoles se estará mirando ese magnífico perfil de affiche de la Libertad de New York. La facilidad de los transportes mató lo heroico del viaje, el heroico a lo Godofredo de Bouillon, reduciéndolo a la gestión sin énfasis del American Express.
La embriaguez del viaje aumenta por año: en el 2000 se señalará como un albino a aquel que no lleva en el cuerpo el olor de sus cuatro Continentes, y el no haber estado en Melbourne o en el Tibet creará a un hombre situación embarazoso en una conversación... El antiguo asombro de Simón el Estilita pasará al que nació, dio hijos y murió en su tierra.
Viajan algunos ya con displicencia; en el ojo sin avidez, en la llegada a Niza como al patio de su casa, se reconoce que ése tiene ya volteada la bolsa de maravillas del caminar y querrá ya otra cosa, por ejemplo, los circos sin viento de la luna. Lástima de ricos que se han estropeado una fiesta más, a fuerza de sobajearla demasiado.
Pero lástima sobre todo del desatento, de la humana maleta de viaje que no recibe sino los choques de las estaciones y la marca de los hoteles. ¿Por qué éstos no ceden el boleto y se quedan?
Hay que desear que se incorpore a las costumbres, substituyendo a la postal inglesa de Navidad, un sobrio boleto de barco.
0 que los gobiernos del año 2000 hagan la legislación del viaje. No viajarán los viejos, que ya han entrado en el desabrimiento sin remedio y sólo se lamentarán de los hoteles. No viajarán los bebedores de botellas internacionales con gollete plateado, ni los ciudadanos del cabaret, porque la borrachera es la misma en cualquier meridiano y no hay ninguna necesidad de hacer concentraciones de ebrios, como de generales o de sabios, en una ciudad determinada, para volverla odiosa y estúpida. Las mujeres que viajan por las vitrinas de París y que quedan delante de ellas dos meses, y una hora en la Capilla de San Luis, tendrán barcos de exposición permanente de modelos de Paquin o de Poiret, que tocarán todos los puertos del mundo... Viajarán especialmente los samoyedos y los patagones, para que el calor sea su cintura siquiera una vez en la línea del Ecuador. Viajarán también por derecho de desagravio los que se estuvieron sentados de veinte años arriba.
Naturalmente yo he anotado dos artículos que me favorezcan: el de los que se han quemado con brasa blanca en el polo y el de los que han enseñado el complemento directo en una tarima hasta que el aburrimiento se hacía horizonte...
Marco dos períodos interesantes en el amor del viaje; el trimestre inicial del viaje primero y el paso del viaje-sport hacia el viaje-pasión. Aquél tiene todavía el aliento ascendente de un poema comenzado con plenitud de los sentidos: éste es el corazón mismo del poema, grave de enjundia. Después de ellos viene esa tragedia de la semiinercia dentro del propio movimiento, miseria de los ojos y de la mente que no pueden con la felicidad que tiene -dicen algunos- peso de ave, pero peso al cabo.
¿Existe un místico del viaje? Para mí el místico es el que a cada hora saborea el cielo como de nuevo. Santa Teresa va de un éxtasis al otro como un sembrador por diversas calidades de suelo fértil. No se fatiga porque sigue hincándose en la experiencia como en un fruto que tuviese capa a capa sabores diferentes. El místico del viaje ha tomado la tierra por cielo. Entiende en calidades del aire, hace jerarquías de paisajes con la tierra de llanura, la de montaña y la de colinas; ha aprendido a atisbar semblantes y tiene no sé qué goce de bibliófilo, con la diferencia sobrenatural de la cara de los hombres.
Viajero de ojo sin vulgaridad de Kodak, sabrá que las grandes ciudades se parecen en su fatalidad de receptáculos internacionales y que sólo las menores y las medianas contienen el camino de la virtud esencial. Así preferirá los Asís a Perugia y un Toledo a los Madrides, y un Orleáns y un Rouen, un Avignon o una Carcassone juntos, a París.
Viajero rico, pero rico sin necesidad, pensará que camina para elegir paisaje donde envejecer y morirse, según el consejo de Nietzsche: "Una de las cosas que el hombre debería saber en la juventud, es qué clima y qué panorama necesitan su cuerpo y su alma".
Escuela de humildades es el viaje. Desembarcar sin abrazos, ser en el hotel una cifra como en el presidio; transformarse en dato de pasaporte para una alcaldía y no tener nostalgias de individualizaciones ni de privilegio local, resulta a la larga más útil para perder vanidad que una lectura de Marco Aurelio. Y escuela para aprender quiénes verdaderamente nos hacen falta en el mar o el paisaje, el comentario de cuál amigo servía para las catedrales y cuál paciencia de compañera ayudaría en los "Cuidados pequeños", que decía Rubén. Escuela para descubrir qué ausentes faltan efectivamente, haciéndonos dolor.
Sólo que el viaje da vicios revueltos con virtudes. Da la costumbre del olvido. Nada penetra en nosotros sin desplazar algo: la imagen nueva se disputa con la que estaba adentro, moviéndose con desahogo de medusa en el agua; después la cubre como una alga suavemente, sin tragedia. Viajar es profesión del olvido. Para ser leal a las cosas que venimos a buscar, para que el ojo las reciba como al huésped, espaciosamente, no hay sino el arrollamiento de las otras. Por eso alguno dijo que el viaje de novios debería preceder, y no seguir, a la terrible ceremonia. Cada uno se echaría a andar tres años para saber si tiene armazón de plesiosaurio su juramento...
Pero el viaje debería ser, mejor, la entrega al azar, una religiosa dación al destino de dorso vuelto. Que, como las islas de Ulises, salta de pronto ante nuestros ojos el objeto providencial del viaje, que no sospechábamos, y que lo adoptemos, sea eso, para el inmigrante, lote en Entre Ríos o, para el joven, pasión de la Victoria de Samotracia en el Louvre.
En el año, no ya 2000 sino 2500, se podrá viajar así. El confiarse al mar se parecerá a la entrega sin designio propio a la voluntad de Dios. El mozo irá lejos a saber lo que es mejor para su alma, artesanía, mecánica o letras. El viaje aconsejará como el sueño enseña a algunos iluminados. Le señalará oficio, país y mujer. Le diría si es italiano y deberá aprender su Dante en Florencia, si platero y vivir unos años en fundición de Toledo. 0 si, sencillamente, es de su tierra, y no puede aprender nada sino moviéndose en la divina dulzura de lo suyo."
junio de 1927.
Gabriela anda por el mundo. Roque Esteban Scarpa, comp. Santiago: Editorial Andrés Bello, 1978.
Publicado por amaranta en jueves, septiembre 04, 2008 1 comentarios
Hipo
Mis dosis de picor a lo largo de este año han sido prolongadas e intensas. Tanto viaje por lugar exótico no podía quedar sin castigo. El peor de todos, cuando, no se sabe bien cómo ("pues hija, en el teatro, en el transmilenio, en la calle, en un restaurante" me dijo el veterinario), las pulgas humanas se apoderaron de mi casa y de mi cuerpo. Pero después de varios chutes de antihistamínicos (orales e inyectados de urgencia), después de desmontar toda la casa, fumigarla , de mandar todo a la tintorería para que se lavara en agua caliente y se planchara con mucho mimo, después de desparasitar al perro (al que por cierto culpé con rabia, y resultó que no sólo no era el culpable, sino que además las pulgas no mostraron el más mínimo interés por él), después de volver a montar la casa, rezar para que no quedaran huevas, y seguir echando liquiditos por todas partes; finalmente, desaparecieron.
Sin embargo, el hipo me persigue desde que llegué, y sospecho que a estas alturas no me abandonará. La teoría me la sé... que si son contracciones involuntarias del diafragma, que si por comer rápido, que si por comer despacio, que si por esto; que si bebes sorbitos cortos se te va, que si te tomas esta otra cosa se te quita también... ¡Y una mierda! El hipo aparece casi después de cada una de mis comidas, un hipo de esos que no te anulan, y sin embargo se quedan contigo lo suficiente para sacarte de quicio. Para más calvario, para cuando se me quita, me dan las ganas de fumar el cigarro que no he podido disfrutar por culpa del hipo, pero, nada más darle la primera calada, con el mechero aún encendido, de mis entrañas salta un "hip", y mis ánimos vuelven a desmoronarse.
Publicado por amaranta en miércoles, septiembre 03, 2008 4 comentarios
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Atardece
Publicado por amaranta en martes, septiembre 02, 2008 0 comentarios
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Relax
Publicado por amaranta en domingo, agosto 24, 2008 0 comentarios
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De paseo por Botero
Pero, insisto, son muchos mis héroes y heroínas literarios, musicales, también plásticos, audiovisuales, y últimamente, incluso la danza tiene una capillita en mi catedral de santos propios.
Otro colombiano que siempre ha llamado mucho mi atención es el Maestro, Fernando Botero. Ya en una ocasión mencioné que conocer algo no significa haberlo descubierto. Yo no sé si conocía o no la obra de Fernando Botero, pero recuerdo claramente la impresión que me causaron sus esculturas esparcidas por el paseo de la Castellana en Madrid. Mujeres desnudas, manos, caballos, senos descomunales y al tiempo proporcionados, carnes exageradas, formas infladas, y sobre todo un sello inconfundible. Aquella mañana sucumbí a la volumetría.
Entonces me interesé un poco más por aquel artista del que yo no sabía más que las sensaciones que me habían causado sus esculturas. Averigué, y a lo largo de mi año en Colombia he seguido averiguando, y lo cierto es que si bien el Maestro no ocupa en mi jerarquía plástica la posición homóloga a la de Gabo (que además, repito, es rey de reyes en mi adoración subjetiva), sí que tiene un hueco propio en lo que soy.
Fernando Botero nació en Medellín, y allí pasó sus primeros dieciocho años de vida. Me gusta contar esto porque explica un poco esta debilidad mía por los artistas latinoamericanos del siglo XX (sobre todo los plásticos), y es que, el Prado, por ejemplo, está a tan sólo unos minutos de mi casa de Madrid y antes de los quince lo había visitado infinidad de veces; pero los grandes museos, las grandes obras, la democratización de la cultura, hoy sigue siendo una meta en gran parte de América Latina, y no digamos en los años cincuenta, cuando aquel muchachito apellidado Botero demostraba desde hacía años una enorme vocación y habilidad artísticas sin haber tenido enfrente un Velazquez, por ejemplo, más que por alguna reproducción.
Aquel muchacho que empezó a pintar a los quince, a los dieciocho dejó la escuela porque sabía lo que quería: pintar; apenas un año más tarde, en 1951, con diecinueve años, presenta su primera exposición individual en Bogotá. El chico tenía talento, y sólo cinco años después lo demostró con creces. Realizó la salida típica del artista sudamericano, un viaje de conocimiento por Europa para ver y aprender. Y en Florencia descubrió su camino: el interés exagerado por el volúmen, la búsqueda del barroco reinterpretado, la expresión del costumbrismo o de la más cruda realidad socio-política bajo su sello.
Pero fue en México cuando de pronto, pintando una naturaleza muerta descubrió que acababa de terminar su primera verdadera creación. Aquel día el joven Fernando Botero se ganó la entrada directa en la Historia del Arte, la Historia de la gente que ha tenido personalidad.
Publicado por amaranta en sábado, agosto 23, 2008 0 comentarios
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Dentro de la postal
Providencia, ¡gracias!
Publicado por amaranta en miércoles, agosto 20, 2008 3 comentarios
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Un acuario de papel maché
Publicado por amaranta en martes, agosto 19, 2008 0 comentarios
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Mi familia y otros animales
Publicado por amaranta en lunes, agosto 18, 2008 0 comentarios
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Circunvalar
El capitán era un hombre joven, que apenas estrenaba la actitud de quien se acerca a la mayoría de edad, y sin embargo manejaba el timón como si desde su misma concepción hubiera sido programado para ello.
La vigía, una mujer, joven también, que utilizaba un catalejo negro al que llamaba Genoveva, que emitía un chasquido y guardaba imágenes en una pantalla de agua de colores cada vez que la mujer deseaba registrar algo, como un topógrafo que tratara de dibujar las costas de la isla hacia dentro.
Entre vueltas y paradas, lucharon contra asfaltos levantados, cuarteados, rajados, maltratados, o inexistentes. Conocieron iguanas que absorbían la fuerza del sol recostadas en ese mismo asfalto, o sobre piedras cercanas; livélulas negras que les revelaron el punto exacto en que se encontraba una playa fantástica; y arañas monumentales que habían tejido con paciencia sus propios hilos en los del tendido eléctrico. Las caracolas inmensas que guardan el canto del mar estaban dispersas por todo el camino, en el agua, la tierra, o la fachada de las casas. Los cangrejos violinistas retaron con su pinza desproporcionada a ambos piratas, alzándola como trazando un arco, manteniéndola unos segundos en alto, y después desdibujando el arco para volver a empezar.
Descubrieron que sólo las montañas eran tierras vírgenes. Y que ese mismo litoral que ellos recorrían escondía en cada recodo un isleño moreno, en cada giro una casa, en cada esquina una mesa de dominó con cuatro jugadores, en cada vuelta motocicletas cargadas hasta el límite de lo posible (descubrieron entonces que a su ciclomotor rojo aún le faltaba gente), en cada ángulo encontraron gallinas, y sombras entre las que resultaba difícil encontrar los cuerpos camuflados que huían del sol.
Publicado por amaranta en domingo, agosto 17, 2008 1 comentarios
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Isla pirata

Publicado por amaranta en sábado, agosto 16, 2008 0 comentarios
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