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Arroz con palitos

Hologram

Árbol - 木

En la esquina de Huai Hai con Wuxing hay un árbol de afán conquistador.

Por las mañanas suelo sortear las hojas que llegan a la altura de mis hombros caminando por el borde de la acera.

Por la tarde, en cambio, paso por debajo del arco que forman las ramas. Entonces mi mano se alza sin recibir órdenes, y acaricia algunas hojas, sucias de polvo y lluvia, como si saludara al gato que no me espera en casa.



Pirata en puerto



Agua estancada.

Pasos de libélula.

Almendro en invierno.

Canción desafinada.

Por fin un sampán,
a los mares de China.

I do...

BS Julio 09


julio 09

Let's dance, let's shout!!

Se me había olvidado lo divertido que es bailar.

Por ella los malos van al cielo

El amor funciona cuando encuentras a tu mejor enemigo.

Primavera

Llevaba semanas jugando a que la primavera había llegado ya, pero no lo había sentido hasta esta noche. Entre la corriente de dos ventanas, la brisa no me ha molestado. Normalmente dos escalofríos me hubieran recorrido ambos brazos, desde las muñecas hacia los hombros, hasta eclosionar en mi nuca. Pero hoy no he querido cerrar las ventanas. Y he respirado como cuando tragas agua con mucho placer, sin ansias pero con mucha sed.

Como no podía ser de otra manera, Josh Rouse le ha dado forma, durante mucho rato, mi fiesta de la primavera.

El año pasado no tuve primavera, y sin embargo celebré mi ritual, en un hotel de Medellín, con aquella ciudad de fondo y la primavera de Madrid en la nostalgia. Este año lo celebro en Madrid y me acuerdo de Medellín, y del Amazonas, de los puentes de mayo y las escapadas de fin de semana, la Semana Santa, los días sueltos... Por fin tengo una hamaca en la que dejarme mecer, y supongo que el balanceo me ha recordado tiempos más piratas.

Sunny morning

BS Abril 09


Abril 09

Flechazos



Estaba repantingada en un sofá del Starbucks, leyendo, o haciendo que leía. Tenía una cristalera inmensa a mi izquierda, y la sensación de que aquella avenida, con el sol iluminando cada detalle de asfalto, era la versión más cinematográfica de San Francisco, y yo estaba embelesada con las vistas.

Tras una canción de Ella Fitzgerald, apareció Jill Barber. Pero su nombre yo no lo conocía entonces. De hecho, había escuchado esa misma canción, en ese mismo establecimiento, una semana antes. Sólo un fragmento, el final. Lo había intentado con esfuerzo, pero no conseguí volverla a reproducir en mi mente. Ahora volvía a sonar, y reconocí al instante los primeros acordes. Me incorporé como por arte de un latizago en la espalda. El cuerpo tieso, la cabeza alerta. Escuché... Y me distraje por un momento, no lo pude evitar, se me estaba olvidando respirar. Fue una punzada en las tripas. Una voz casi ácida, que cantaba en un balancín que parecía mecerlo a uno, casi un himno, una canción de cuna para calmar las almas.

Me levanté de un brinco, me colé hasta el mostrador por la zona de recogida de bebidas, no quería que las personas de la cola se molestaran.  Asalté al muchacho con uniforme que estaba más cerca. Le pregunté con prisas cómo se llamaba aquella canción. Me dijo que no lo sabía, se hizo el remolón. Le imploré, lo reconozco, se me llenó la boca de pena, los ojos de tristeza, y le pedí que lo averiguara como quien ruega auxilio.

Me quedé esperando junto a la barra. Intenté no distraerme con los cafés de otros clientes, y aún así estuve a punto de darle un sorbo a uno que no era mío. Mi taza seguía en la mesa junto al sofá de la ventana que daba a la avenida. Giré la cabeza al recordarlo, y descubrí que me habían quitado el sitio. No me importó, seguía concentrada en la canción. Trataba de no olvidar la letra por si aquel muchacho no me podía ayudar. Si recordaba la letra podría localizar la canción reproduciéndosela al dependiente de la Virgin. Lo había practicado en otras ocasiones, casi siempre con éxito.

Al cabo del rato el muchacho regresó. Cogió una servilleta y un boli, y yo traté de disimular una sonrisa exagerada. "Aquí tienes", me dijo mientras me tendía la servilleta. Escrito en negro y con una letra impecable: Jill Barber, In perfect time.


¡Qué necesarios son los flechazos!
¡Me he encontrado, por purísima causalidad, con una niña pirata que navega en un barco de papel! Amelia Curran



[El video de Jill Barber es de otra canción, pero el videoclip es tan absurdo que me gusta. ¡Yo también quiero unos cuernos de reno a modo de echarpe!]

Posesión celestial

El otro día esperaba a que un semáforo en rojo cambiara a verde para girar a la izquierda en la siguiente calle. Me fijé en una chica joven que caminaba no sé de dónde a dónde. Yo la veía de espaldas, y ella de pronto, entre sus pasos de asfalto coló algunos de baile. Me hizo sonreír, como lo hacen las piernas que se mueven a un compás determinado mientras viajan en el metro, o las manos que dan palmadas en las pantorrillas, los dedos que chasquean acompañando a unos dientes que muerden ligeramente el labio inferior conteniendo las terribles ganas de cantar. Sonreí como lo hago cuando yo misma no puedo evitar bailar poseída en casa porque alguna canción mueve mi cuerpo sin pedir permiso, para nadie, para mí. El semáforo se puso en verde y yo no me di cuenta, entonces sonó el claxon de algún desaprensivo que por algún motivo tenía una prisa inadmisible un domingo a las cinco de la tarde. Giré a la izquierda, y durante el resto de mi trayecto imaginé qué fantástico sería bailar en la sala de espera del dentista si la música apropiada sonaba por los altavoces, o en mitad de una cena entre las mesas de un restaurante.
¡Gracias, Vicente!

Mind's eye

Me ha dicho un ángel que si piensas algo con fuerza sucederá, y yo pienso al sol, pero debe de haber interferencias en mi mente, porque aparece entre nubes. 

Acabaré lográndolo, no me cabe duda, y será primavera, y después verano, al fin.

Entretanto me pego a las piedras como un lagarto en los claros, y me pongo morena en el sofá si cierro los ojos en los oscuros.

Zebraville



Da da da ra da da...

He descubierto un cometa en el que no importa si es lunes o no.
Casi como un planeta de principito, en él no existen los ministros ni los bancos.
Es una roca inmensa cuya órbita sólo admite las energías buenas; un espacio intangible donde los mezquinos tienen prohibido el paso, y en el que no caben pudores ni vergüenzas.
En lugar de una rosa, mi compañera es una zebra hermosa que guarda siempre la cabecera de mi cama para que no quepan tampoco los malos sueños.
Buenas noches, espacio.

BS Marzo 09


marzo 09

Bálsamo

A veces entramos en un bucle, como si nos perdiéramos en las callejuelas del centro de una ciudad y camináramos creyendo saber dónde están las referencias, para acabar llegando a la misma plazoleta de la que partimos. Parece que una llave fuera necesaria para abrir ese bloqueo y, a veces, un nuevo paisaje, el mar, o la compañía apropiada son capaces de abrir inmediatamente la puerta que no encontrábamos.

En pocas horas Mallorca se transforma de isla en balsa, y también en bálsamo.



Perder y recuperar la fe

Volver a lugares a los que uno hacía tiempo que no acudía suele recolocar las vísceras, a veces para acomodarlas y a veces para todo lo contrario...

Al bajar las pequeñas escaleras de Clamores un intenso olor a subterráneo húmedo y atabacado se me impregna por toda la piel, como un disfraz o un traje de etiqueta sin el cuál quedara la entrada prohibida. En la sala, vacía, cada silla está en el lugar exacto en que la recordaba, tengo ganas de sonreír, como quien comprueba que es capaz de seguir desenvolviéndose a oscuras por la casa de su infancia, o borracho en el bar. Pero no deja de ser extraño acudir de nuevo a la sala, en otro contexto, y pretexto. Las sillas permanecen, las caras de entonces ya no están. Y vuelvo a tener ganas de sonreír.

Después los murmullos van creciendo, hasta que aparece Pura Fé en el escenario. Y con los minutos recuerdo que el mestizaje suele regalar grandes sorpresas. Tengo ganas de sonreír, y sonrío.


17, número redondo



Versiones

Versiones, y algo más, porque la música brasileña provoca siempre este efecto en mí. Me hace querer siempre más, y más, y suplicar que no acabe nunca ese susurro de garganta que es más dulce que el francés, ni el baño de acordes en la piel, y que el cuerpo siga bailando por dentro para acabar siempre bailando por fuera también.