"La señora de la Rioja" es el identificativo que utilizamos para hablar de Ángela, no porque sea de la Rioja, que lo es y su marcado acento lo demuestra, sino porque regenta una tiendita, a escasos veinte metros de mi casa, cuyo letrero reza en letras rojas: La Rioja.
La tienda de Ángela no es otra cosa que una cigarrería (local típicamente colombiano en el que básicamente se venden alcohol y tabaco) que además tiene tortilla española (hecha todas las noches por Ángela) algunas latitas de conservas españolas, y algún embutido que otro. Como Ángela también vende Coca-Cola light, la tortilla está bastante buena, y Mambo no es capaz de pasar delante de su puerta sin entrar, Mambo y yo visitamos a Ángela con frecuencia. Y, las cosas como son, le hace mucho más caso al perro que a mí.
Hace más de cuarenta años el cuñado de Ángela marchó para Colombia en un momento difícil para España. Desde allí le contaba grandes sueños a su hermano, Eduardo, y les invitó a él y a Ángela a visitarle para que lo vieran con sus propios ojos. Eduardo y Ángela tuvieron que arañar lo que pudieron del sueldo de Eduardo para comprar los pasajes que les llevarían a Bogotá.
Nada más volver a España, Eduardo dejó su trabajo en el almacén, devolvió el coche de la empresa, y vendió el suyo propio. Volvieron a hacer las maletas, y marcharon por segunda vez rumbo a Colombia, esta vez con la inquietud de quien abandona lo suyo y emprende una aventura.
Una vez en Bogotá se decidieron a vender el pisito de España, no lo habían hecho antes por si acaso decidían volver, que nunca se sabe. Pero es que con el dinero aquel compraron una casa de 495 metros cuadrados y rodeada de jardines en las afueras de Bogotá, en la 125. Mientras me lo cuenta se me escapa que la 125 está aquí al lado, y ella me contesta que hace cuarenta y cinco años, eso eran las afueras de la ciudad, y que hay que ver lo que cambian las cosas, hija, que todo esto que ves antes era puro campo.
Eduardo murió hace cinco años, así que Ángela vendió la casa. Sin hijos ni marido, para qué quería ella tanta casa. Así que de nuevo, con aquel dinero compró tres pisitos: uno para ella, y los otros dos para sus dos hijos varones. El suyo a sólo una cuadra de su antigua casa, para no tener que adaptarse a un barrio nuevo.
Tras hacer cuentas con los años le pregunto a Ángela si en todos estos años no ha querido volver nunca a España con todo lo que ha pasado en este país durante los últimos cincuenta años. Y siento una especie de alivio al saber que sí, que hubo cosas que no le gustaron, que hubo otras que le asustaron, que por otro lado le costó entender una sociedad distinta, pero que Eduardo no quiso nunca saber nada de volver a España. Y ahora, para qué se va a ir sin sus hijos que tienen las vidas montadas aquí. Y que, además, a Ángela eso de viajar... Y además, hija, entre que vas y te haces con las cosas, ya te tienes que volver.