Heridas de guerra










Gracias, mamá-Lluc.
Gracias, Pablo.

La guerrillera de la copla

Una de las entrevistas que más placer me han producido al leerlas fue esta. El verano de 2006, en una época en la que empezaba a querer serme fiel, El País me regaló unos minutos a solas con Buika, para infundirme ánimo, para sentir que no estaba sola, que había otras mujeres perdidas que habían encontrado su camino.
No sé bien por qué, estaré obsesionada ultimamente con las mujeres fuertes, pero me acordé de ella hace unos días, y hoy he vuelto a leerla.
Ella ya lo dice todo.


"Ha asombrado a crítica y público con su segundo disco, ‘Mi niña Lola’, y su forma desgarrada y pasional de entender la copla. La manera en que esta mallorquina de origen guineano concibe la vida también es muy suya: apuesta por las relaciones abiertas, incluso a tres bandas, y la independencia personal por encima de todo.
Su segundo disco, Mi niña Lola, ha sido una revolución. Con temas propios y otros clásicos, como Ojos verdes, Concha Buika ha logrado situarse en lo más alto de la nueva copla. Pero no tiene ni idea de cuántos discos ha vendido, ni le interesa. (Su discográfica, DRO, da el dato: 35.000). Nació en Palma de Mallorca en 1972; sus padres eran exiliados políticos de Guinea Ecuatorial. Vivió en el barrio chino de Palma junto a sus seis hermanos; de ellos dice que se dedican a “entender el entorno”. Se autodefine como una quinqui y afirma no tener ni el graduado escolar. “Lo mío son teorías de todo a un euro”. Asegura que la música es su vida. Una vida particular en la que ella pone las reglas del juego. Es apasionada, un torrente de energía y no tiene pelos en la lengua.


Su padre es escritor, poeta. ¿Le viene de ahí la vertiente artística?
Mi papá se fue hace muchos años. Nos abandonó. Él se imaginaba un mundo mucho más grande del que estaba viviendo. Creo que es lícito.

¿No dio ninguna explicación al marcharse?
No hacía falta. Supongo que a mi mamá sí le habría ayudado, porque se marchó como no se tiene que marchar alguien. Se fue yendo a comprar no sé qué y no volvió más. Eso te deja muchas dudas. Era un idealista y un intelectual, además de subversivo. En un país como Guinea Ecuatorial, estaba perseguidísimo. A mi padre le buscaban por la lucha política. Y no sabíamos si estaba vivo o muerto. La verdad era que, simplemente, se marchó.


¿Qué edad tenía usted cuando eso ocurrió? ¿Le marcaría para siempre?
Yo tenía nueve años y me da igual que se haya ido.

¿A una niña de nueve años le da igual que su padre la abandone?
Sí. Nos darían igual muchas cosas si no fuera porque nos obligan a sufrir. Pero yo es una historia que no tengo. Aquí gusta mucho el tinte trágico, melancólico de las cosas, pero a mí me parece muy aburrido y no me gusta. Mi papá se fue y a mí me dio igual. La verdad es que yo estaba muy contenta. En un intento de educarlos, era muy totalitario y muy violento con sus hijos. Intentando que sus hijos no salieran dictadores, él se convirtió en uno ferocísimo.

¿Ha vuelto a verle?
Nunca. Pero el hombre ahora intenta volver. Y mi madre, desde que descubrió lo que es vivir en paz con uno mismo, está tan a gusto que pasa de él.
Usted creció en el barrio chino de Palma.
Nací en el barrio chino. En la calle de la Cruz. Recuerdo una perra y un vecino chino que teníamos. Ahora es anecdótico, pero entonces éramos la única familia de negros y el único chino que había en toda la isla, y era muy gracioso. Pero creo que todo lo que me ha pasado en la infancia es un remoto recuerdo. Puede que sea mentira, pero también que sea verdad. No estoy tan segura. Como soy creativa, hay cosas que no sé si realmente son mías o las he inventado. Es una paranoia rarísima. Pero son imágenes tan reales que, aunque sean inventadas, yo las recuerdo.


Pero en todas sus biografías para explicar la fusión con el flamenco, comentan su conexión con los gitanos en el barrio chino.
En el barrio chino lo que había eran prostitutas y yonquis. Yo cuando salía del colegio me iba a la Barriada, que sí que estaba llena de gitanos. Y esa es la infancia que yo recuerdo.

¿No se sentía un poco rara?
Los niños son muy orgánicos. Yo ahora lo estoy viendo con mi hijo. Lo aceptan todo. Esos niños no se veían gitanos ni me veían a mi negra ni nada por el estilo. Yo me acuerdo que siempre iba en bragas. Unas bragas que tenían la típica goma de ‘a poco que te muevas me caigo’. Tengo una imagen de cuando era niña y hace poco se me reprodujo y entendí todo. Recuerdo estar allí en el barrio y ver pasar uno de los pocos coches que habían y en el que iba la típica señora con abrigo. Nos miró horrorizada. Y nosotros estábamos en jauja, claro. Pero estábamos de mierda hasta arriba, en bragas, con el bocata, con el perro, con los tirachinas, con los petardos, con el yonqui ahí al lado, con la que era puta que venía de no sé dónde con el ojo morao… Y nosotros estábamos encantados. Hace poco tuve la experiencia de pasar por un barrio de estos surrealistas y vi a unos niños así, y lo primero que pensé fue: qué lástima, mira cómo tienen a estos niños. No te puedes imaginar lo que me jodió entrar en el mundo de tienes que taparte, ponerte zapatos para ir a la calle, tienes que ducharte cada día… Fue para mí un trauma brutal.

¿Le gustaría que su hijo tuviera esa misma infancia?
Me da igual. Yo lo viví porque me tocaba en esa época. Él, que viva la infancia que le toca ahora.

¿Por qué le pusieron Concha?
Por mi abuela. Y la ironía de la vida es que nunca había estado en España y le fueron a poner Concepción. Guinea era colonia española y no permitían que se bautizaran con nombres tribales.

¿Cuál es su nombre tribal?
Kitailo. No tengo ni idea de lo que quiere decir. Me lo ha contado mi madre un millón de veces, pero se me olvida.


¿Se considera gitana en algún sentido?
¿Qué es ser gitano? No. Tampoco soy africana. No he pisado nunca África. Nunca me he planteado de dónde me sentía o de dónde me consideraba, ya me era suficiente intentar sentirme. He tardado 34 años en sentirme; si ahora tengo que empezar a plantearme de dónde me siento lo llevo claro.


Para usted, ¿cómo se alcanza la felicidad?
No se alcanza, siempre se tiene. Otra cosa es que quieras disfrutar de ella. No es algo que está fuera de nosotros. Te miras al espejo y ¿te parece poco el paraíso que tienes delante? ¿A qué otro paraíso quieres ir?


Pese a haber trabajado en este segundo disco con Javier Limón, usted ha declarado que prefiere trabajar sin productores.
Estoy a punto de terminar el próximo disco. Me negué a trabajar con productores porque no los encuentro necesarios. Yo compongo para no odiar y canto para no volverme loca. Y no necesito a alguien que me diga cómo no odiar y cómo no volverme loca. Ya sé lo que tengo que hacer. Yo trabajo con amigos, no con productores. No tengo esta especie de sensación totalitaria de la creatividad. Necesito que lo que está escondido salga. Me da igual quién lo saque. Lo que no puedo es cantar tonterías ni siquiera cuando las compongo yo. No me parece justo.
Sin embargo, el resultado, con este segundo disco, ha sido todo un éxito.
Me quedé un poco débil después del primer disco. No supe encajar el caminar sola. Me quedé desubicada. Es que lo mío era muy difícil de colocar. Y a un corredor de fondo como yo no le asusta la distancia, pero sí las cuestas arriba. Y puedo reconocer que me entró el miedo, el pánico.


¿Y cómo será su tercer trabajo?
Las dictaduras de cariño contaminan. Esa es la onda del tercer disco. A estas alturas ya no es cuestión de libertad, la dignidad y el corazón deben caminar juntos.


Con un disco tan lleno de pasión, de amor, de copla, ¿cómo es la vida sentimental de Concha Buika?
Estuve casada con el padre de mi hijo y luego conocimos a nuestra mujer, África (ex cantante del grupo Mojo Project), y estuvimos en un trío.

Y eso, ¿cómo se gestiona?
Yo, que estoy como una cabra y no me creo las tonterías que se inventan los demás para hacernos creer que somos de una manera o de otra. Una institución como la Iglesia no puede decirme cómo soy. Que el matrimonio es de dos se lo inventó un tío, y como yo soy una tía, me invento que es de tres. Bueno, ¿y qué? Pues me caso. Se trata de arrimarse al querer antes que proclamarse en lo de la familia monoparental y esas cosas que nos venden.


Lo de las tres bandas será un poco complicado, ¿no? No es algo, digamos, convencional.
En una estructura social como la de hoy en día, un matrimonio a trío es lo más cómodo, coherente y emocionalmente divertido que yo he encontrado.

¿Dónde conoció a su marido?
Lo conocí en Mallorca. Es músico como yo. Es medio peruano y medio español. Fue un flechazo. Aunque no sé si fue algo más racional. A veces he pensado que fue el instinto biológico de ser madre. No lo sé. No lo tengo claro.

¿Continúa con él?
No. Terminó. Pero soy una persona a la que no le cuesta vivir las relaciones y tampoco me cuesta asimilar que se acaban. Me parece fascinante disfrutar del amor, disfrutar del desamor, disfrutar de un nuevo amor, de ése, de la otra y del de más allá. Aquí hemos venido a jugar al juego de estar vivos. Es ridículo ver a una persona dirigirse a estar viva con miedo o a morir con miedo. Es tonto. Que hubiera nacido perro o pájaro entonces. Si me han hecho humana, disfruto de ser humana. De perder, de ganar, de todo. No me parece que haya que introducir el concepto de culpa en ello como lo hacemos. ¿Qué culpa? Si no somos culpables de ser como somos. ¡Es terrible la culpa maldita en España, coño!

Pero, ¿cómo se forja una relación a trío?
Yo, que soy maquiavélica. Si las cosas no existen, pues tú te las inventas y las vuelves de verdad. Yo conocí a África de una forma muy bestia. Me la encontré y lo primero que hice fue agarrarla de la mano y llevarla a casa. Si yo veo una cosa tan bonita lo que quiero es que la persona que más quiero también la pueda disfrutar. ¿Por qué lo voy a esconder? Escondes lo malo, pero no es malo ver a una persona maravillosa y dejarte llevar. La llevé a casa y se la presenté a mi marido y le dije que estaba apasionadísima con esa chavala y le pedí por favor que la conociera. Tuvimos nuestro proceso de conocernos los cuatro, porque estaba también mi niño por medio. Y la verdad es que nos lo pasamos muy bien, fue muy divertido todo.

¿Cuánto tiempo duró?
Dos años. Dos años maravillosos. Nos casamos los tres, y todo, en Cádiz. En una boda preciosa. Lo hicimos como una ceremonia. A mí me interesa que me case quien va a ser feliz de verme feliz y no alguien a la que le da igual. Para mí, los contratos matrimoniales sólo sirven para generar economía. Me he casado unas cuantas veces y me pienso casar 800.000 veces más. Las que haga falta. Con la misma, con otro, con ésta, con quien sea. Pero yo me voy a casar mil veces más. Y si tiene que ser con la misma, con la misma.


Vamos, que usted reivindica el trío o el cuarteto o el quinteto…
Yo soy partidaria de que uno pueda casarse con quien le dé la gana. Pero es cierto que hay un sector de la sociedad que lo ve desde el lado de que eso conlleva una serie de cambios estructurales y se han encargado de que la farsa siga funcionando. Nosotros lo que vivimos es el rollo del amor. A mí me viene perfecto que no se legalice el matrimonio a tres bandas, me da igual. Yo no necesito que me reconozcan la capacidad para casarme. Yo ya lo he hecho y también me separé.


¿Por qué no funcionó?
Porque se establecía, de repente, la individualidad. Sigo creyendo en el trío y siempre creeré en el trío. Principalmente porque no es la primera ni la última vez que lo he visto. El trío es un concepto de vida, no es una manera de hacerlo. Eso ya lo pensaréis entre los tres. La cuestión es que yo no necesito convivir con mi marido y con mi esposa. Necesito amarles. Necesito convivir con sus ilusiones, sus deseos, pero no con sus cuerpos. Creo que realmente la vida de uno, como me dijo mi chica una vez, ya cansa lo suficiente como para tener que echarte a la espalda la vida de otra persona. A mí es que me gusta mucho mi mujer. Me gusta poderosamente. Es una cosa que se escapa a mi control, y, como todos los vicios, hay que saber cuándo…

¿Se puede querer a dos personas a la vez, como dice la copla?
Claro que sí. Se hace, no es que se pueda. Lo hacemos todos. Todos nos enamoramos de varias personas a la vez. Pero, como vivimos en una sociedad tan totalitaria, nos vemos obligados a escoger y siempre pensamos que a uno le amamos más que al otro, pero no es cierto. El concepto de cariño y de amor que se nos vende está enfocado a evitar a toda costa ese fin.

¿Cómo concibe usted el amor?
El amor es una cosa que uno se gana. Lo de convivir juntos es algo que te ganas con los años, no con los años de relación, sino con los años de relación contigo mismo. Cuando tú consigues vivir en ti, ponerte de acuerdo contigo mismo, entonces estás preparado para vivir con quien quieras. Y creo que para llegar a ese estado se tardan unos cuantos años. Treinta años no son suficientes. Tengo 34 años y me parece que necesito más tiempo. Mi concepto del amor es personal, exclusivo, único. Es algo de uno. Es una capacidad que uno tiene y que en todo caso otra persona te despierta, cosa que pueden hacer, aparte de esa persona, otros 150 millones de personas en el planeta.


¿Usted distingue entre infidelidad y traición? Como los que dicen que el sexo es infidelidad, pero si te enamoras de otro, eso es una traición.
¿Y por qué no te puedes enamorar? ¿Cuál es el problema de enamorarse si es maravilloso? Yo soy más de lealtades que de fidelidades. La lealtad y la confianza en uno mismo hacen que no dude de ninguno de los movimientos de la persona a la que amo, aunque ese movimiento me aleje de la persona amada. Si fui feliz cuando llegó, ¿por qué le voy a regañar cuando se marcha?

Entonces, ¿cuál es su situación sentimental actual, en trío, en pareja?
Estoy con mi Afriquita de mi corazón. Estoy enamorada hasta las trancas, me tiene loca esa mujer. Es mi chica, la quiero un montón y espero que sea una de las cosas que vea antes de morirme. Por otro lado, tengo una relación conmigo misma que obliga por fuerza, por instinto, a vivir mis historias pasionales, gracias a que tengo un mundo pasional abierto. No le tengo miedo a estar viva. Lo que no puedo hacer es culparme porque la sociedad tenga un concepto diferente.
¿No teme que el Foro de la Familia monte una manifestación para enviarla a un psiquiátrico?
Es fascinante encontrar opositores, me parece maravilloso.

Pero habrá gente que le odie por manifestar abiertamente su diferencia.
El odio es un veneno que sólo padece y disfruta el que lo practica. Es horrible el odio. Hace daño a la persona que lo siente, no a la odiada. Sé que detrás de mis palabras hay muchas ampollas y sé que hay mucha gente que podrá llegar hasta a odiar lo que yo he dicho, pero yo no siento ese odio, no me llega. Una cosa es que no estés de acuerdo con algo y otra cosa es que lo lleves al extremo del odio, de poner pancartas, salir a la calle, hacer que tu hijo sufra una cosa que es tu opinión exclusiva. Me parece muy sospechoso. ¿Con qué sueña esa gente antes de dormirse? ¿No será que ellos están más cerca de mi mundo que yo del suyo y por eso me buscan a mí mientras yo no les busco a ellos?

¿Usted cómo se define?
Yo soy bisexual, trifásica y tridimensional.
Con tanta pasión, ¿usted no sufre?
Se sufre con el concepto de amor. Cada persona sufre su concepto de amor, no el amor. El amor no se sufre, jamás, nunca. Cuando una persona quiere que le hables de amor, quiere que le hables de su concepto de amor. Y eso es lo que sufrimos. El amor es el premio al ejercicio de seguir ilusionado por estar vivo.

¿Podría ser usted algo distinto a músico o cantante?
Sí, claro. A mí lo de artista no me parece que sea el que pinta, baila o cante, sino el que hace de su vida un arte. Las metas me parecen muy aburridas; me parecen más divertidos los caminos. No sé cuánto tiempo estaré cantando, pero cuando haga otra cosa me lo pasaré muy bien. Es que sólo voy a estar aquí una vez. ¡Qué aburrido estar toda la vida haciendo lo mismo!

Usted se ha manifestado como una gran defensora del cannabis.
Los porros me salvaron la vida, porque soy ansiosa, compulsiva… Me decía el médico que, para la ansiedad, tomara Lexatín; pero no, un porrito es mucho mejor.

¿Qué opina de que haya subido tanto en España el consumo de cocaína?
Creo que deberían dejar de presionar tanto a la gente. Si alguien le señala a una persona a la que le están quitando diez horas al día, seis días a la semana y la llaman yonqui, alcohólico, bulímico, cocainómano o porrero, les corto el dedo. No encuentro ninguna diferencia entre un enfermo bulímico, cocainómano o heroinómano y una persona que sólo sabe trabajar. La cuestión es que ambos se han perdido la vida.

¿Le parece bien la libre circulación de música por Internet?
Sí. Sé que me va a matar la discográfica, pero lo que yo no puedo hacer es negar quién soy. Una vez escuché en casa de un amigo un tema de La Niña de los Peines del que no recuerdo el título, pero en ese momento me salvó la vida, me dio la vida cuando andaba un poco trastornada. Que alguien venga a decirme que eso es ilegal. Quien pueda comprar los discos, que los compre; pero quien no pueda comprarlos, que también tenga la posibilidad de disfrutarlos. Y no les culpemos a ellos; la culpa será de que no le pagan más, de que tiene que pagar un alquiler altísimo.

Usted estuvo en Las Vegas trabajando, haciendo imitaciones de Tina Turner. ¿Qué le pareció la experiencia?
Extraño. Nunca había estado en un lugar tan deshumanizado. Vivía en un barrio en el que mi vecina estaba embarazada de gemelos y vendía crack. Y los tiroteos en mi barrio eran continuos. No entendía nada del entorno, absolutamente nada. Todo era como un sueño de Kafka. Pero era un mal sueño del que uno puede disfrutar.

¿Cree que Las Vegas es la metáfora de todo Estados Unidos?
No. Las Vegas no existe realmente, es cartón piedra en medio del desierto. Nadie es de Las Vegas. Creo que ningún lugar es representativo de todo un país. Los lugares los conforman las personas, y Estados Unidos no es un país en el que las personas vivan conscientes de estar unidas. Se lo pierden todo. Viven mal. Es una gente que me da mucha lástima. No son conscientes de lo que es el latido. Son muy extraños. Son muy fríos. Hasta el amor lo tienen medido.

¿Le gusta estar fuera del ritmo de vida convencional?
Yo intenté llevar ese ritmo cuando era una chavalina, pero no era creíble. Siempre llegaba la mañana en la que me llamaban del trabajo a las once diciéndome que tenía que estar allí desde las ocho. ¡Las ocho! Pero entonces, ¿cuándo vivo?"

Entre murallas

Las mujeres lo sabemos, la regla no se pierde una. Esta vez se ha portado bien. Sólo ha venido a joderme el último día. Pero, teniendo en consideración mi quemadura, la intoxicación por picaduras de mosquito y de todos los bichitos que pasaron junto a mí y decidieron que mi sangre era deliciosa, y el calor que hace en Cartagena; no era el mejor día para que me pasara esto...

Aún así, con lo que me gusta a mí quejarme, estoy contenta. Estoy muy contenta.


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The Year of Living Dangerously

Mientras desayunamos tratamos de decidir qué hacer hoy. Nos subimos al taxi, ¿cuánto por llevarnos a la terminal de autobuses? Y no sé ni a dónde queríamos ir, pero en el trayecto decidimos visitar el volcán del Totumo. Pero cuando llegamos a la terminal, a mí se me fueron las ganas. Después de un rato largo conduciendo entre chabolas, el taxista nos deja en lo que a mí se me hacía un polígono industrial al estilo república bananera. Y nos dice que el bus que nos llevará al volcán se coge allá en la gasolinera. Yo y mi idiosincrasia europea (porque amigos, España es Europa, y vaya si lo es), no concebimos eso de que si hay una terminal uno tenga que coger el bus fuera, y que si hay taquillas, uno tenga que pagar sus 2.500 pesos a un tipo dentro del bus y una vez que está en marcha. El caso es que me niego, déjenos en la Terminal. Así que Pablo y yo acabamos entrando, y dando vueltas como dos peonzas mareadas en las direcciones que nos van diciendo los mil tipos que nos abordan nada más vernos. Al final, el bus se cogía en la gasolinera. El que va a Galerasamba (nombre que a Pablo le impactó enormemente, y a mí también cuando me dijo: Joder, samba-galera, que toda esta gente desciende de esclavos, y serían unos que se liberaron de un barco y se montaron su pueblito…). Y durante casi dos horas de viaje a unos 35km/h, porque la carretera con suerte estaba asfaltada y llena de agujeros, sin suerte era un camino de tierra con zanjas de medio metro, y a ratos un barrizal, Pablo y yo estuvimos sentaditos mirando todo lo que pasaba a nuestro alrededor. Fuera del bus, dentro. Casas, gente, pueblos, perros, motos. Vendedores que se subían con comida, bebida, frutas, dulces, cómicos que nos hicieron reír a todos, incluso a mí que no entendía la mitad de lo que decían. Y jugué durante un rato a inventarme la vida de los pasajeros, las mujeres, los niños, los viejos y los no tan viejos. Pero me quedo con las mujeres, las vi fuertes, vividas, cargando dos o tres, o cuatro niños con ellas. Las vi de vuelta de todo, y capaces de hacer frente a todo.
Y en un momento todo es caos. Que sí, que no, que sí que sí, que se bajen acá. Y está lloviendo, y yo no entiendo nada. Y un montón de motos al rededor. Y Pablo que se sube a una, y yo que le digo que a mí no me deja sola en el medio de la nada NI DE COÑA, y que en otra moto con otro tío tampoco me subo, que a saber dónde acabo. Ignorante de mí. Eran moto-taxis.

Hoy sí llevo la cámara conmigo. Aún así, las fotografías que me quedan de este viaje no son las que he podido tomar. La imagen de hoy es la nuca de Pablo, mientras vamos en la moto al volcán, sin saber bien dónde estoy, dejándome mojar por esta lluvia tropical, agarrada como puedo, porque aunque quepamos tres en este asiento, fue pensado para dos, y el camino de tierra no ayuda a sujetarse. Y entonces me acuerdo de una escena de película, y decido que la nuca de Pablo es la de Mel Gibson, y yo soy esa adorable Sigourney Weaver que empieza a hacerse una mujer fuerte. Y todo se me hace una señal de que este es el año, The Year of Living Dangerously.

Y llegamos al volcán. Y es pequeñito, como si una mano enorme lo hubiera moldeado a partir del barro. Apenas hay infraestructura, unas casetas que ofrecen comida, y poco más. Se agradece, se agradece tanto que no estén todos los vendedores con los brazos cargados de collares, de gafas, de cangrejos, de ostras, de camarones, de pulseras... ¡Qué tranquilidad!

Y después de una birra que me sabe a néctar de dioses, y negociar con el moto-taxista, que dice que se queda esperándonos por 12.000 pesos, deja de llover. Así que, trepamos hasta la boca del volcán y nos encontramos un jakuzzi natural, un cuadrado de lodo espeso y negro con varias personas dentro. Y uno se mete, y aunque el lodo llegue hasta el fondo, el cuerpo flota sin que la voluntad en esto intervenga para nada. Y tres niños, Cristina, Jenifer y Pedro, empiezan a jugar conmigo, y me ayudan a rebozarme en barro, y nos enseñan los secretos de cómo limpiarse las manos para después limpiarse la cara y poder abrir los ojos. Y disfrutamos de la vista mientras se seca el barro, la ciénaga en la que después nos limpiaremos, después de arriesgar la nuca bajando de la boca del volcan, embarrados y descalzos por una cuesta resbaladiza.

Pescado, arepas y ensalada. La dieta del viaje. Y los niños que siguen rondándonos. Se han hecho amigos de Pablo también, y no se separan de nosotros. Y quieren que les hagamos fotos, y que se las enseñemos, y que les hagamos otra más, y se la enseñemos también. Y se unen María Elena y Luisa Fernanda, que son un poco más mayores, y les da más vergüenza, pero son igual de inquietas, cariñosas y curiosas.

Y es hora de irse. Nuestro moto-taxista nos va a llevar a conocer la playa de ???, pero hay un control policial justo a la salida del volcán. Así que primero se lleva a Pablo y yo me quedo con los niños. Después viene a por mí. Y en medio de la carretera el pobre Pablo sentadito en el cesped esperando que lleguemos. La moto para, y me bajo para que suba Pablo. AH. Siento un latigazo de fuego en el gemelo derecho. Pero no digo nada, y nos subimos a la moto, y quema, quema. Unos minutos después llegamos a la playa. Aquí los turistas no han puesto un pie. Somos los únicos blancos, y encima con pinta de pipiolos. Pero me importa un carajo, porque al bajar de la moto me miro la pierna, y me mareo, se me ha quemado el gemelo con el tubo de escape, y la carne quemada tiene muy mal aspecto, está llena de barro, y escuece, escuece mucho. Pablo, me he quemado. Y Pablo no me hace caso porque está flipando con la playa, con la gente, con nosotros. ¡Pablo, mira! Pero, ¡qué te ha pasado?, ¿cómo no has dicho nada?, ¡métete en el agua ahora mismo! Y me meto, y todos nos siguen mirando, y a mí todo me sigue dando igual, todo menos ese cacho de carne que me está faltando. Nos vamos, ¡vamonos ya! Digo casi sin aliento porque me estoy aguantando cada lágrima de dolor.

Pero hasta Santa Catalina, el pueblo grande por donde pasa una línea regular de autobús a Cartagena, hay un buen trecho. Ahora yo voy sentadita detrás del conductor, y Pablo detrás de mí. Y, ahora sí que lloro, porque cada vez me duele más, y porque no paro de pensar en el barro que me está salpicando la herida, en lo mucho que escuecen las gotas de lluvia, y en que, en medio de la nada, tardaremos mucho en llegar a cualquier sitio donde me pueda limpiar esto un poco.

Y, al llegar a Santa Catalina Pablo tiene que ir en la moto con nuestro colega a la tienda a conseguir cambio. Cómprame pasta de dientes, de la blanca, le grito con desesperación. Y me quedo allí, sola, con ganas de llorar, y sin entender por qué mi madre no aparece como en un cuento para curarme y decirme que todo está bien. Y como no estoy cómoda echo un vistazo al rededor. Y decido que ese tipo grandullón que hay a unos tres metros de mí, parece buena gente. Y le pregunto por los autobuses, y me contesta con voz hospitalaria. Y me quedo hablando con él, pegadita a John, que me recuerda al Little John de Robin Hood. Y por fin llega Pablo, con la pasta, y yo me quiero limpiar y poner algo, lo que sea para que deje de entrar más barro. Ay, niña, pero, te quemaste... Ven, ven, que esta casa es de amigos, aquí te puedes limpiar. Pero para cuando consigo sentarme y destapar la botella de agua, el autobús que debía pasar en unos 20 minutos pasa rápido por delante y amenaza con irse sin nosotros. Corremos, Pablo y yo, y John, y su mujer y sus dos hijas, sobre cuya existencia yo no sabía nada aún. Y nos subimos al autobús, esta vez más parecido al concepto que yo tengo de autobús. Y destapo la botella, y aprieto mucho los dientes mientras dejo caer el agua sobre la herida. Y me empiezo a poner pasta de dientes sobre la herida sucia, creo que el agua no sirvió de nada. Y aprieto más fuerte aún la mandíbula. Y de repente, un listo, porque en estos momentos siempre todo el mundo sabe más que uno, me dice que si eso es una quemada de moto, que estoy loca, que no se me ocurra ponerle pasta de dientes que eso lleva menthol. Y a mí qué cojones me importa que lleve mentol, ya será mejor que toda la mierda que se me está metiendo. Pero no, estoy bloqueada, y ahora mismo, cualquiera sabe mucho más que yo. Así que me muero del dolor tratando de retirar la pasta, y no lo consigo del todo. Desisto, y lo único que me queda por hacer es desplomarme en los brazos de Pablo y llorar.
De premio hoy, como cuando iba al médico, y meregalaban una piruleta, se me deshace un dulce de coco en la boca, después de limpiar la herida en el hotel con todos los mejunges que me dan en la farmacia, y fumarme una flecha hasta olvidar el dolor.






La Isla

A punto de subir al barco que nos llevará a las islas del Rosario me doy cuenta de que me he dejado la batería de la cámara cargando en el hotel. ¡Mierda! Pero son las ocho y media de la mañana y estoy al borde la lipotimia por el sol, el calor, y la cantidad de gente que hay en este muelle de barcos turísticos que van todos hacia esa playa desierta caribeña de la foto. Así que no me quedan fuerzas para enfadarme demasiado por las fotos que no haré hoy.

Al llegar a Isla Grande Pablo y yo nos bajamos de la lancha con la inquietud de quien se asoma a un abismo. Nos han engañado. Nos han traído a un hotel vallado, sin playa, en el canal entre dos islas. ¡Esto no era! Y, sin embargo, como por arte de magia, en pocos minutos todo se transforma hasta convertirse en un esto sí, esto sí. Junto al muelle de madera, Morris, un negro de anatomía perfecta sobre una canoa le dice a Pablo que si queremos nos lleva a una playa. Así que cogemos la mochila y empezamos a seguirle. Salimos del complejo, y empiezan los momentos por los cuales me entraban ganas de llorar por no tener la cámara encima. Sin fotos, cómo voy a saber que todo esto no fue un sueño.
El suelo de la isla es de un material raro, tierra mezclada con algo que no identifico, pequeñas piezas que se me hacen como huesos que llevaran la eternidad allí incrustados. Después descubriré que se trata de coral. Caminamos en sombra porque la vegetación apenas deja huecos a la luz, y atravesamos las casas de la gente, y vamos saludando a todo el que se cruza con nosotros. Cerdos, gallinas, y nosotros los únicos blancos, los únicos extraños en un lugar que vive del turismo. Y llegamos a una propiedad que al parecer es de un italiano afortunado. Aquí nos podemos quedar un par de horas. Una pequeña playa, un muelle de madera, y el mar y el sol del caribe sólo para Pablo y para mí. Tengan cuidado con sus cosas. Y lo tuvimos, no nos robaron, pero una ola decidió que era divertido empaparnos las toallas y la mochila. Y el colega que aparece con u porro tremendo en los labios, dos cocos recién cogidos y un machete enorme en la mano. Y nos hace todo el show, y abre los cocos con una precisión que asusta, qué no hará ese machete. Aquí no hay pitillos (pajitas), me dice Morris, así que incrusto los labios al rededor del agujero para beber la leche de mi coco, pero, con mi torpeza, cada trago termina la mitad en mi boca, y la otra desparramada por todas partes. Y nos abre del todo los cocos y quedamos en que a la una y media nos viene a buscar.

Todos mis sentidos me dicen que estoy en un sitio diferente, que esto no tiene nada que ver con lo que conozco. El sol atiza la piel, y el agua es caliente. La arena son trozos de coral que el agua ha ido empujando hacia la isla. No sé nada de plantas, pero estas no las había visto. Y sobre todo, la vista, el mar para nosotros y nadie más. Tengo la sensación de vivir un momento robado. Algo que no estaba escrito y que nos hemos inventado. Un sueño para el que todas las fotos me las tuve que guardar en los párpados.

Pero, antes de la una y media aparecen dos tíos en una canoa. Y se plantan en el muelle. Y Pablo y yo desde el agua nos sentimos un poco nerviosos. A los pocos minutos aparece nuestro colega con un cuarto tipo. Este último con el brazo cargado de collares. No, no, no, por favor, este era mi momento. Medio agilipollados de sol, de mar, de coco, de paraiso y de petas vivimos un momento que se nos escapa de las manos. Yo me rayo, no quiero collares, no quiero nada, sólo que me dejen en paz. Qué pesados son, joder. Pero resulta que hay un tipo en el pueblo que tiene una especie de zoo, con animales de aquí, con su nombre puesto y todo, así que, tranquilos, que como hay tiempo hasta la comida (pagada de antemano en el complejo hotelero del principio) les doy una vuelta por la isla, y les llevo a ver los animales. Gracias, Morris, pero estoy cansada y tengo hambre, prefiero que nos lleves directamente al hotel. Así que, hacemos el camino inverso. Esta vez más complicado porque nuestro guía, como dice Pablo, caminaba como a cámara lenta, pero a toda hostia, con una precisión casi felina en este suelo medio embarrado y lleno de esos huesos. Yo creo que la propina de 20.000 pesos (unos 7€, pero toda una fortuna por estas tierras) le ha sabido a poco. Pero coño, es que ya está bien de comprar collares y tener que bailarle el agua a todos.

Así que llegamos al hotel, y ahora, supongo que por comparación con las chabolas del pueblo, y por la sensación de encontrarme en un medio que controlo, me parece una maravilla. Pescado, ensalada, arepas y fruta. Algo de beber y una sombra en la que recuperarnos. Y para cuando estamos terminando llega una legión de adolescentes en un barco, que vienen de la excursión al acuario, a la que por supuesto no nos hemos apuntado. Y se nos sientan al lado unos niños, de Santander, que andan por aquí de viaje de grado. Son niños humildes a los que no les cabe la sonrisa en la cara por todo lo que está pasando. Y Pablo y yo hablamos con ellos, les preguntamos, y ellos nos preguntan también. De Madrid, respondo, y la cara de los niños se transforma, son todo emoción, y les cuesta hablarme. Ah, ¡yo nunca conocí nadie de tan lejos! Y ellos emocionados, y yo conmocionada. Y nos roban una foto, y les posamos en otra. Que estén muy bien, nos despedimos de ellos. Y nos sentamos en el pequeño mirador fuera de la cabaña-comedor. De verdad espero que estén muy bien.

Y mientras nos tomamos un café, negro, porque no hay ni leche ni azucar, disfrutamos del mar y el sopor tras la comida. Pero, al poco, abajo, en el muelle, veo como juegan dos niñas de la isla. Han parado de llevar cangrejitos y piedritas en sus cubos a todos los turistas. Ahora están disfrutando de un rato para ellas. Y me vuelven a entrar ganas de llorar, porque se han dado cuenta de que las miro, y me miran, y juegan a que no, pero son niñas, y aún con vergüenza los niños miran con un descaro poco habitual en los adultos. Cristina y Yameris, con sus trencitas y sus gomas de colores, y sus ropas viejas y gastadas, no sé si porque antes de ser suyas fueron de todos sus hermanos, o porque el sol y el agua y las travesuras las han ido desgastando. Y yo sigo ligando con ellas, y ellas siguen jugando a no dejarme escapar. Y en un momento dado, llaman a Pablo al móvil y se aleja para oír mejor. Y los dos cachorros siguen con ganas de jugar, aprovechan un despiste y desaparecen. Me imagino a donde han ido, al otro lado del balcón, y allí están, trepando a mis espaldas con toda la intención de darme un susto. Pero el susto se lo doy yo al descubrirlas, y me echo a reír, y les pido que se acerquen. Y hablo con ellas, y con algún otro niño curioso que se acerca. Y hablamos de sus casas, sus padres, sus hermanos, de la isla, y de la vida supongo. Y como no tengo cámara necesito algún recuerdo que asegure que estas niñas existen. Así que, negocio con ellas un intercambio, y cada una me regala una de sus gomitas de colores, una roja y una rosa, y las ato a una de mis pulseras de la muñeca de las cosas importantes. Y, a cambio, yo sólo tengo una goma y una horquilla, me hubiera gustado darles algo más, pero ellas parecen contentas con el recuerdo de la blanca españolita.

Collares

Aunque el cielo amanece nublado, después de pasear por la ciudad vieja decidimos ir a la playa. Quizás un baño nos saque este calor de encima.
Al entrar el taxi por el camino de tierra que lleva a la playa se le pegan como por imantación unos seis chicos que corren con una mano pegada al capó, al techo o las ventanas, mientras van gritándonos no sé que historias. Unos cien metros y el taxi para. Y los muchachos que no paran con su cotorreo. Y yo que no entiendo nada rezo para que Pablo resuelva esto lo más rápido posible. Y al final, un tal Óscar, un negro enorme que apareció de repente, nos hace el lío para que le alquilemos un tenderete con mesa y sillas, que así estarán más cómodos. Pero para cuando empezábamos a acomodarnos empezó la procesión completa de vendedores ambulantes. De forma constante e ininterrumpida se nos van acercando personas ofreciendo cangrejos, ostras, collares, chicles, helados, masajes, gafas, collares, camarones, cervezas, collares, niños negros pintados de negro con armas de madera simulando atracos, cuatro que cargan con un quinto tumbado sobre una camilla, fingiéndose muerto y con la camiseta ensangrentada, otros disfrazados que bailan, y en un descuido Óscar que aparece con una bandeja de pescados, elige. ¡No, no, no!, ¡esto no era! Con esta pinta de blanquitos y pijitos no hay forma de esconderse. Y picamos, porque los tíos tienen arte, y se te plantan al lado, y te dan conversación, y te comen la oreja con que es una mala época, y te ponen todos los collares en las manos, y te planifican los días por aquí, que si los manglares, que si la playa de no sé dónde. Y al final, ya no sabes si le compras el collar porque te gusta, porque se lo ha ganado, o porque estás hasta los huevos y quieres tener unos minutos de tranquilidad hasta que venga el siguiente.

Mi primer viaje en buseta de camino a Bocagrande. Inolvidable. Apiñados, de pie, sin saber qué hacer con los brazos ni las piernas cada vez que otro pasajero entra, porque todos parecen entrar pero nadie sale, y empiezan a decir desde el fondo, díganle al conductor que va con sobrecupo. Y música de calor dentro de esta lata forrada con telas rojas. Y nos miran mucho, pero yo también les miro a ellos. Otra vez una escena de película se me viene a la mente, Salma Hayeck como Frida dentro del tranvía que lo cambiaría todo.

Túneles oscuros con nichos de muerte, piedra por todas partes, y sobre todo unas vistas que nos hipnotizan por un rato en el castillo de San Felipe de Barajas. Y para volver un taxista simpático.

En la plaza de Santo Domingo nos vuelven a atacar los vendedores, los camareros de las terrazas, los músicos, los mimos, todos. Pero ahora me da más igual, porque el sol ha empezado a cambiar el color de mi piel, y me eso me hace sentir bien.



Caribe

Primer viaje dentro del viaje. Del otoño en las montañas al sol del Caribe. Me voy a Cartagena, con su muralla protectora de piratas y españoles, yo que reúno las dos condiciones.

Y mientras el avión se acerca la tierra se vuelve manglar y, de pronto, mar, chabolas, y una isleta de edificios al estilo de las costas del levante español.

El aire caliente, la luz de la tarde y la noche, los olores, y los colores. Me parece estar dentro de la película Bajo sospecha.

En un antojo de pescado Pablo, compinche en esta aventura, y yo nos plantamos en La Cocina de Socorro.

Lluvia

Yo pensaba que sólo los eclipses eran capaces de convertir el día en noche. Sin embargo, en Bogotá, durante una semana, se estuvo haciendo de noche a las dos y media de la tarde. Ahora sucede cuando al cielo le viene en gana.

Las nubes aquí son espesas, son esas bolas de algodón inmensas que provocan turbulencias en el avión cuando se atraviesan. Pero de color gris, de un blanco manchado. Y cuando hacen una fiesta se juntan todas mucho. Se arriman unas a otras y bailan pegadas, como en una pista abarrotada, sin dejar ni un huequito de cielo a la vista. Es entonces cuando el día se vuelve noche, y de tanto baile empiezan a sudar a chorros. Nos mojan a todos en medio de la oscuridad. Pero, he decidido no enfadarme, porque en un rato, se vuelve a hacer de día y todo vuelve a ser normal. Además, a mí me gusta llorar, y prefiero hacerlo en privado, pero a veces no se puede controlar. Así que, a cambio de tantas lágrimas públicas, ahora voy a disfrutar de cada gota que caiga durante estos eclipses de fantasía.

Y se hizo la luz...

El primer día Dios creo la luz y la oscuridad. A mí me ha costado un mes llenar de luz esta experiencia. El mérito lo tienen varias personas: mi madre, que no para de decirme que "suda orgullo"; María, Isa, Clemente y Perico, que están lejos, y más por esta incapacidad mía para la comunicación a distancia, y, a pesar de todo, tengo la certeza de que están aquí conmigo; Lino, tanto por su insistencia como por su paciencia; Pablo, por su positivismo y sus ganas de exprimir Colombia; Lluc, por acompañarme en cada paranoia; los Fenómenos en general, porque me siguen llenando de cariño en sus mails; y, Enrique en particular, por haberme recordado quién soy, y por qué hay tanta gente a mi alrededor que me cuida.

Todas las ciudades tienen un color y una textura. Londres, París, Madrid. Forma parte de su personalidad, la definen. Y en las películas los directores de fotografía redefinen esos colores y texturas, los imitan, los trastornan. A mí, el director de fotografía de Bogotá no me cae bien. Así que he decidido reelegir la película apropiada para contemplar esta ciudad.

Excursión a Zipaquirá, en busca de espiritualidad en las tripas de una montaña de sal. Pero no es la luz fluorescente de la catedral de la que hablo. Los viajes abren los ojos, parece que pasan más cosas cuando uno se mueve. Hoy es un día de sol, y la realidad, de pronto, me ilumina.

En un trencito a vapor la emoción de los niños se me contagia, y a ratos no sé si mis risas son también culpa de las de Sofía, esa niña de rizos y ojos vivos que se sienta justo detrás.

Salir de Bogotá, salir del ghetto.

Hoy tengo ganas de hacer fotos, y la cámara me advierte que no aguantará este ritmo mucho rato. No importa, que capture lo que tenga que capturar, lo demás me lo guardo detrás de los ojos, aunque sea con la inquietud de saber que lo que no mire ahora no volverá a suceder.



Tere: Woman's world

Se lo he dicho varias veces, y ahora lo confieso públicamente. Tere consigue que desee ser hombre para hacerla mía. Se me hace una tía fuerte y valiente. Se me hace una mujer con cuerpo de mujer. Se me hace un carácter dulce, edonista, y al mismo tiempo voraz y calmado.
Me gusta Tere, me gusta mucho.
Y yo, como un adolescente con granos me sentía intimidado de tanta mujer, me ponía nervioso al hablar con ella, y me sentía poca cosa a su lado. Pero, el platonismo es lo que tiene, sentía un ansia incontrolada de estar cerca de ella, reunir el valor para acercarme y ser grandilocuente más que elocuente. Y abrir mis plumas como un pavo, hacerlas brillar para que se fijara en mí. Pero la torpeza de la adolescencia me lo impedía, y me tropezaba con tantas plumas, o acaso se me tropezaba la lengua con tantas copas.
Pastora está en el recuerdo de todos los Fenómenos. En el mío está una noche de birras, en un bar de cuyo nombre ni me acuerdo porque para mí esa noche todo se llamaba Tere. Y en medio de la embriaguez, de ambas, de todos, yo miraba absorta un cuadro en la pared. Un cuadro en rojos de una mujer desnuda. Una mujer pelirroja con cuerpo de mujer, de carnes grandes, de pechos inmensos, y de una belleza hipnótica. "Ese podría ser mi retrato dentro de unos años" se rió Tere. "Me encanta" respondí con seriedad. Me encanta.
Admiro la persona que Tere ha decidido ser. Su locura y su sensatez, su pasotismo y su dedicación. Admiro su sentido del humor, y la forma en que se ríe de la vida, empezando por ella misma.
Tere me ha regalado muchas más cosas de las que imagina. Por culpa de la estupidez adolescente esa que me ataca cuando la tengo cerca no pude disfrutarla tanto como hubiera querido, pero estoy contenta.
Y me sigue regalando y enseñando y produciendo cada vez más admiración.


BS Octubre 07