El Lago Azul


Será porque de niña soñé tanto con este lugar que ahora sus playas no se me hacen algo extraño. ¡Esto era la beca! Conocer este mar, las rocas redondas, las montañas y la selva, las autopistas de hormigas que llegan a copas que no alcanzo a ver, los senderos de barro, las bestias, y ahora también las estrellas. Tranquilidad en Castilletes después del caos de los campings.

Charla literaria y sándwich, filosofía del importaculismo, taller de estrellas y un buenas noches en carpa, hoy sin miedo, sin ratas, sin arañas.



¿Bosque humedo tropical?

El mar suena con fuerza por primera vez en este viaje. Y yo creo que es él quiern provoca el viento entre las palmeras.

Un policía vuelve a urgar entre mis bragas. Al menos esta vez las doblan al devolvérmelas. Y a Pablo se lo llevan para enseñarnos algo tan folklórico como la mordida.

Y de un clásico a otro. Los trozos de res que tanto me han chocado de la costa, con este calor y llenos de moscas, con este polvo y hoy en mi plato. No hubo forma de comerlo.

Pablo da en el blanco, "Santa Marta no es como Cartagena, ¡Santa Marta hierve!".

Día de traqueteo, de Taganga a Santa Marta, de allí a la entrada del parque, ahí la carne, ahí la policía, ahí una camnioneta que se ofrece a llevarnos a lo que resulta ser ninguna parte; de ahí al principio del camino, y ¡qué camino!, por algo que no sé si es una selva o un bosque tropical. Por fin el mar después de tanto verde y tanto marrón, el suelo, el barro, la mierda de las bestias.

Y dejarse morir hasta mañana en esta cabaña con araña.


Persiguiendo el mito

En Aracataca se me frie el cuerpo sobre el suelo de polvo. Y mientras escribo las hormigas corretean por toda la cama, ahora entiendo que son capaces de acabar con estirpes condenadas a cien años de soledad.



Las plantaciones de banano. Y Aracataca que no da de comer a sus viejos. Me lo cuenta Matilda cuando la dentadura le deja.

Dejarse mecer

Descubro que Dios no sólo está en los taxis de Bogotá, sino que reside en cada vehículo de Colombia. Después de muchas horas de viaje por caminos imposibles y posibles, veo salir la luna, esta vez detrás de las montañas. Y me dejo mecer en una hamaca de red en este pueblito de pescadores.



No sé qué tiene el caribe, no sé qué tiene. Será que este aire me produce calma. Me emborracho de brisa, un aire templado, lleno de palabras, como en un cuento sin telecomunicaciones en el que los mensajes son llevados por el viento. Calma de verdad por primera vez en Colombia. La sensación de estar haciéndolo bien, y la pena de los sitios, de abandonar cada uno porque sé que no volveré. El mundo es demasiado grande para una vida tan pequeña.

(Para ver las fotos pasa las hojas con el ratón pinchando sobre las esquinas)


Cabo de la Vela

Cabo de la Vela es un mundo de juguete, como los globos de cristal en los que al agitarlos nieva en la ciudad. Aquí, al agitar el agua todo se riega de arena y estrellas.


Tierra de sal


Mi reina


Riohacha es descubrir como el rumor del mar consigue balancear esta hamaca.
Es ascender en la jerarquía monárquica, sí, mi reina. Pero me falta la corona de rulos.



Y el descender de las gotas de sudor mientras jugamos en un billar. La luna casi llena, iluminándome; los wayuú; y el cuento de una noche de verano sobre piratas, avionetas y contrabando.



Camarones es descubrir que hay un pájaro rosa cuyo nombre científico es ahaha, y que cuando dos flamencos vuelan, después aterrizan.




El malecón, y una pelea de pescadores.La vie en Digital Rebel, la vie desde la acera, donde las artesanías son ignoradas por los transeuntes. Aprender a comer langosta en vaso de plástico; y reconocer el llanto del dolor inmenso de un velorio.


Caminar por una paralela

Cuando era pequeña mi padre me llevaba cada mañana al cole (excepto aquellas en que la pereza era más fuerte que yo y me colaba en la cama con mi madre y le decía eso de mamá, no quiero ir al cole, y si tenía suerte me pasaba todo el día en casa en pijama viendo la tele y comiendo galletas). Era un trayecto de unos cinco minutos, y llegar a la avenida de Arrollofresno era llegar al jardín de mi infancia. Árboles y casas preciosas, y una de ellas era el cole, ese fantástico cole que me acogió a los dos años y vio cómo me transformaba en señorita hasta los 17. Me encantaba ir al colegio, ir en el coche con papá, y estar durante todas las horas del día en aquel recinto que adoraba.

A los 17 empecé la universidad, y aquella sensación agradable se extendió como mi formación académica. El camino era el mismo, la avenida de Arrollofresno, esta vez sin girar a la derecha por Peguerinos, con su olor a verde y su luz de vegetación, hasta el final, y después la ciudad universitaria, donde, a veces, al llegar al cruce de la avenida Complutense huele a lavanda fresca con canela, mi olor favorito. Al principio en transporte público, poco tiempo después en coche, y para terminar en moto, pero la misma sensación agradable me atacaba cada mañana, sin importar el estado de ánimo con que me hubiera escupido la cama.

Cuando empecé a trabajar, lo de coger la M-30 a horas intempestivas, en moto porque lo del coche se descartó con el primer atasco, cambió mucho las cosas. Me ahogué en asfalto y humo durante meses, y me escapé. Y el escenario cambió, me fui a Londres, y allí daba igual dónde fuera, porque el metro, el autobús, y sobre todo pasear eran actividades maravillosas para mí. Supongo que sobre todo lo fueron porque eran puro placer, no iba a ningún lado, no venía de ningún lado, sino que acariciaba la ciudad con la suela de mis zapatos, y ella se dejaba querer.

Volví a Madrid y comprobé que la M-40 se me hacía mucho más simpática como recorrido diario que la M-30. Será que las horas a las que iba al CECO no eran de atascos, será que disfrutaba del tiempo que pasaba allí.

Ahora en Bogotá tengo la suerte de ir andando a trabajar, y sin embargo, hasta hoy, no se ha convertido en un paseo. Hoy he recordado todos esos trayectos agradables de camino a ese sitio en que he pasado cada día la mayor parte de mi tiempo. Pero mi iPod ha muerto, definitivamente, sin dar ni una esperanza de recuperar siquiera 1GB de los 40 que guardaba, y sin banda sonora todo es más feo. Así que, con el disgusto mañanero y la tripa rajada en dos, he decidido ir a trabajar por la 11A, en lugar de la 11. Ha sido una sorpresa descubrir como los ruidos de coches, motos y bocinas se sustituían por los de los pájaros;el acelerado e incómodo (porque la acera está inclinada) paso de los transeúntes de la 11 se ha sustituido por el paseo relajado de los de la 11A. Y un par de rayos de sol han hecho que recordara la primavera en Madrid.

Antes de venir, cuando todos comentábamos cómo creíamos que sería estar en nuestros destinos, el punto en el que uno descubre que vive en esta ciudad y que ya es un poco de uno era uno de los hitos que esperábamos con impaciencia. A mí no me ha llegado aún, no siento a Bogotá familiar. Pero ahora puedo empezar a añadir una coletilla, no siento a Bogotá familiar aún. Hoy he descubierto que pequeñas cosas como caminar por una paralela pueden cambiar radicalmente las sensaciones que me provoca estar por aquí.

Onomástica

Santa Lucía y San Lázaro
A las doce de la noche llegué a la ciudad. La escarcha bailaba sobre un pie. "Una muchacha puede ser morena, puede ser rubia, pero no debe ser ciega". Esto decía el dueño del mesón a un hombre seccionado brutalmente por una faja. Los ojos de un mulo que dormitaba en el umbral me amenazaron como dos puños de azabache.
Quiero la mejor habitación que tenga.
Hay una.
Pues vamos.
La habitación tenía un espejo. Yo, medio peine en el bolsillo. "Me gusta." (Vi mi "Me gusta" en el espejo verde.) El posadero cerró la puerta. Entonces, vuelto de espaldas al helado campillo de azogue, exclamé otra vez: "Me gusta". Abajo, el mulo resoplaba. Quiero decir que abría el girasol de su boca.
No tuve más remedio que meterme en la cama. Y me acosté. Pero tomé la precaución de dejar abiertos los postigos, porque no hay nada más hermoso que ver una estrella sorprendida y fija dentro de un marco. Una. Las demás hay que olvidarlas.
Esta noche tengo un cielo irregular y caprichoso. Las estrellas se agrupan y extienden en los cristales, como las tarjetas y retratos en el esterillo japonés.
Cuando me dormía, el exquisito minué de las buenas noches se iba perdiendo en las calles.
Con el nuevo sol volvía mi traje gris a la plata del aire humedecido. El día de primavera era como una mano desmayada sobre un cojín. En la calle las gentes iban y venían. Pasaron los vendedores de frutas y los que venden peces del mar.
Ni un pájaro.
Mientras sonaban mis anillos en los hierros del balcón busqué la ciudad en el mapa y vi cómo permanecía dormida en el amarillo entre ricas venillas de agua, ¡distante del mar!
En el patio, el posadero y su mujer cantaban un dúo de espino y violeta. Sus voces oscuras, como dos topos huidos, tropezaban con las paredes sin encontrar la cuadrada salida del cielo.
Antes de salir a la calle para dar mi primer paseo los fui a saludar.
¿Por qué dijo usted anoche que una muchacha puede ser morena o rubia, pero no debe ser ciega?
El posadero y su mujer se miraron de una manera extraña.
Se miraron... equivocándose. Como el niño que se lleva a los ojos la cuchara llena de sopita. Después rompieron a llorar.
Yo no supe qué decir y me fui apresuradamente.
En la puerta leí este letrero. "Posada de Santa Lucía".
Santa Lucía fue una hermosa doncella de Siracusa.
La pintan con dos magníficos ojos de buey en una bandeja.
Sufrió martirio bajo el cónsul Pascasiano, que tenía los bigotes de plata y aullaba como un mastín.
Como todos los santos, planteó y resolvió teoremas deliciosos, ante los que rompen sus cristales los aparatos de Física.
Ella demostró en la plaza pública, ante el asombro del pueblo, que mil hombres y cincuenta pares de bueyes no pueden con la palomilla luminosa del Espíritu Santo. Su cuerpo, su cuerpazo, se puso de plomo comprimido. Nuestro Señor, seguramente, estaba sentado con cetro y corona sobre su cintura.
Santa Lucía fue moza alta, de seno breve y cadera opulenta. Como todas las mujeres bravías, tuvo ojos demasiado grandes, hombrunos, con una desagradable luz oscura. Expiró en un lecho de llamas.
Era el cenit del mercado y la playa del día estaba llena de caracolas y tomates maduros. Ante la milagrosa fachada de la catedral, yo comprendía perfectamente cómo San Ramón Nonnato pudo atravesar el mar desde las lslas Baleares hasta Barcelona montado sobre su capa, y cómo el viejísimo Sol de la China se enfurece y salta como un gallo sobre las torres musicales hechas con carne de dragón.
Las gentes bebían cerveza en los bares y hacían cuentas de multiplicar en las oficinas, mientras los signos + y X de la Banca judía sostenían con la sagrada señal de la Cruz un combate oscuro, lleno por dentro de salitre y cirios apagados. La campana gorda de la catedral vertía sobre la urbe una lluvia de campanillas de cobre que se clavaban en los tranvías entontecidos y en los nerviosos cuellos de los caballos. Había olvidado mi baedeker y mis gemelos de campaña y me puse a mirar la ciudad como se mira el mar desde la arena.
Todas las calles estaban llenas de tiendas de óptica. En las fachadas miraban grandes ojos de megaterio, ojos terribles, fuera de la órbita de almendra que da intensidad a los humanos, pero que aspiraban a pasar inadvertida su monstruosidad fingiendo parpadeos de Manueles, Eduarditos y Enriques. Gafas y vidrios ahumados buscaban la inmensa mano cortada de la guantería, poema en el aire, que suena, sangra y borbotea como la cabeza del Bautista.
La alegría de la ciudad se acababa de ir y era como el niño recién suspendido en los exámenes. Había sido alegre, coronada de trinos y marginada de juncos hasta hacía pocas horas, en que la tristeza que afloja los cables de la electricidad y levanta las losas de los pórticos había invadido las calles con su rumor imperceptible de fondo de espejo. Me puse a llorar. Porque no hay nada más conmovedor que la tristeza nueva sobre las cosas regocijadas, todavía poco densas, para evitar que la alegría se transparente al fondo, llena de monedas con agujeros.
Tristeza recién llegada de los librillos de papel marca "El Paraguas", "El Automóvil", y "La Bicicleta"; tristeza del Blanco y Negro de 1910; tristeza de las puntillas bordadas en la enagua, y aguda tristeza de las grandes bocinas del fonógrafo.
Los aprendices de óptico limpiaban cristales de todos tamaños con gamuzas y papeles finos, produciendo un rumor de serpiente que se arrastra.
En la catedral se celebraba la solemne novena a los ojos humanos de Santa Lucía. Se glorificaba el exterior de las cosas, la belleza limpia y oreada de la piel, el encanto de las superficies delgadas, y se pedía auxilio contra las oscuras fisiologías del cuerpo, contra el fuego central y los embudos de la noche, levantando, bajo la cúpula sin pepitas, una lámina de cristal purísimo acribillado en todas direcciones por finos reflectores de oro. El mundo de la hierba se oponía al mundo del mineral. La uña, contra el corazón. Dios de contorno, transparencia y superficie. Con el miedo al latido y el horror al chorro de sangre, se pedía la tranquilidad de las ágatas y la desnudez sin sombra de la medusa.
Cuando entré en la catedral se cantaba la lamentación de las seis mil diostrias, que sonaba y resonaba en las tres bóvedas llenas de jarcias, olas y vaivenes, como tres batallas de Lepanto. Los ojos de la Santa miraban en la bandeja con el dolor frío del animal a quien acaban de darle la puntilla.
Espacio y distancia. Vertical y horizontal. Relación entre tú y yo. ¡Ojos de Santa Lucía! Las venas de las plantas de los pies duermen tendidas en sus lechos rosados, tranquilizadas por las dos pequeñas estrellas que arriba las alumbran. Dejamos nuestros ojos en la superficie, como las flores acuáticas, y nos agazapamos detrás de ellos mientras flota en un mundo oscuro nuestra palpitante fisiología.
Me arrodillé.
Los chantres disparaban escopetazos desde el coro.
Mientras tanto había llegado la noche. Noche cerrada y brutal, como la cabeza de una mula con anteojeras de cuero.
En una de las puertas de salida estaba colgado el esqueleto de un pez antiguo; en otra, el esqueleto de un serafín, mecido suavemente por el aire ovalado de las ópticas, que llegaba fresquísimo de manzana y orilla.
Era necesario comer y pregunté por la posada.
Se encuentra usted muy lejos de ella. No olvide que la catedral está cerca de la estación del ferrocarril y esa posada se halla situada al Sur, más abajo del río.
Tengo tiempo de sobra.
Cerca estaba la estación del ferrocarril.
Plaza ancha, representativa de la emoción coja que arrastra la luna menguante, se abría al fondo, dura como las tres de la madrugada.
Poco a poco los cristales de las ópticas se fueron ocultando en sus pequeños ataúdes de cuero y níquel, en el silencio que descubría la sutil relación de pez, astro y gafas.
El que ha visto sus gafas solas bajo el claro de luna, o abandonó sus impertinentes en la playa, ha comprendido, como yo, esta delicada armonía (pez, astro, gafas) que se entrechoca sobre un inmenso mantel blanco recién mojado de champagne.
Pude componer perfectamente hasta ocho naturalezas muertas con los ojos de Santa Lucía.
Ojos de Santa Lucía sobre las nubes, en primer término, con un aire del que se acaban de marchar los pájaros.
Ojos de Santa Lucía en el mar, en la esfera del reloj, a los lados del yunque, en el gran tronco recién cortado.
Se pueden relacionar con el desierto, con las grandes superficies intactas, con un pie de mármol, con un termómetro, con un buey.
No se pueden unir con las montañas, ni con la rueca, ni con el sapo, ni con las materias algodonosas. Ojos de Santa Lucía.
Lejos de todo latido y lejos de toda pesadumbre. Permanentes. Inactivos. Sin oscilación ninguna. Viendo cómo huyen todas las cosas envueltas en su difícil temperatura eterna. Merecedores de la bandeja que les da realidad y levantados, como los pechos de Venus, frente al monóculo lleno de ironía que usa el enemigo malo.
Eché a andar nuevamente, impulsado por mis suelas de goma.
Me coronaba un magnífico silencio rodeado de pianos de cola por todas partes. En la oscuridad, dibujado con bombillas eléctricas, se podía leer sin esfuerzo ninguno: Estación de San Lázaro.
San Lázaro nació palidísimo. Despedía olor de oveja mojada. Cuando le daban azotes echaba terroncitos de azúcar por la boca. Percibía los menores ruidos. Una vez confesó a su madre que podía contar en la madrugada, por sus latidos, todos los corazones que había en la aldea.
Tuvo predilección por el silencio de otra órbita que arrastran los peces y se agachaba lleno de terror siempre que pasaba por un arco. Después de resucitar inventó el ataúd, el cirio, las luces de magnesio y las estaciones de ferrocarril. Cuando murió estaba duro y laminado como un pan de plata. Su alma iba detrás, desvirgada ya por el otro mundo, llena de fastidio, con un junco en la mano.
El tren correo había salido a las doce de la noche.
Yo tenía necesidad de partir en el expreso de las dos de la madrugada. Entradas de cementerios y andenes.
El mismo aire, el mismo vacío. los mismos cristales rotos.
Se alejaban los railes latiendo en su perspectiva de teorema, muertos y tendidos como el brazo de Cristo en la Cruz.
Caían de los techos en sombra yertas manzanas de miedo.
En la sastrería vecina las tijeras cortaban incesantemente piezas de hilo blanco.
Tela para cubrir desde el pecho agostado de la vieja hasta la cuna del niño recién nacido.
Por el fondo llegaba otro viajero. Un solo viajero.
Vestía un traje blanco de verano con botones de nácar y llevaba puesto un guardapolvo del mismo color. Bajo su jipi recién lavado brillaban sus grandes ojos mortecinos entre su nariz afilada.
Su mano derecha era de duro yeso y llevaba colgado del brazo un cesto de mimbre lleno de huevos de gallina.
No quise dirigirle la palabra.
Parecía preocupado y como esperando que lo llamasen. Se defendía de su aguda palidez con su barba de Oriente, barba que era el luto por su propio tránsito.
Un realísimo esquema mortal ponía en mi corbata iniciales de níquel.
Aquella noche era la noche de fiesta en la cual toda España se agolpa en las barandillas para observar un toro negro que mira al cielo melancólicamente y brama de cuatro en cuatro minutos.
El viajero estaba en el país que le convenía y en la noche a propósito para. su afán de perspectivas, aguardando tan sólo el toque del alba para huir en pos de las voces que necesariamente habían de sonar.
La noche española, noche de almagre y clavos de hierro, noche bárbara, con los pechos al aire, sorprendida por un telescopio único, agradaba al viajero enfriado. Gustaba su profundidad increíble donde fracasa la sonda, y se complacía en hundir sus pies en el lecho de cenizas y arena ardiente sobre el que descansaba.
El viajero andaba por el andén con una lógica de pez en el agua o de mosca en el aire; iba y venía, sin observar las largas paralelas tristes de los que esperan el tren.
Le tuve gran lástima porque sabía que estaba pendiente de una voz, y estar pendiente de una voz es como estar sentado en la guillotina de la Revolución francesa.
Tiro en la espalda, telegrama imprevisto, sorpresa. Hasta que el lobo cae en la trampa, no tiene miedo. Se disfruta el silencio y se gusta el latido de las venas. Pero esperar una sorpresa es convertir un instante, siempre fugaz, en un gran globo morado que permanece y llena toda la noche.
El ruido de un tren se acercaba confuso como una paliza.
Yo cogí mi maleta, mientras el hombre del traje blanco miraba en todas direcciones. Al fin una voz clara, estambre de un altavoz autoritario, clamó al fondo de la estación: "¡Lázaro! ¡Lázaro! ¡Lázaro!" Y el viajero echó a correr dócil, lleno de unción, hasta perderse en los últimos faroles.
En el instante de oír la voz: "¡Lázaro! ¡Lázaro! ¡Lázaro!", se me llenó la boca de mermelada de higuera.
Hace unos momentos que estoy en casa.
Sin sorpresa he hallado mi maletín vacío. Sólo unas gafas y un blanquísimo guardapolvo. Dos temas de viaje. Puros y aislados. Las gafas, sobre la mesa, llevaban al máximo su dibujo concreto y su fijeza extraplana. El guadapolvo se desmayaba en la silla en su siempre última actitud, con una lejanía poco humana ya, lejanía bajo cero de pez ahogado. Las gafas iban hacia un teorema geométrico de demostración exacta, y el guadapolvo se arrojaba a un mar lleno de naufragios y verdes resplandores súbitos. Gafas y guardapolvo. En la mesa y en la silla. Santa Lucía y San Lázaro.
Federico García Lorca

Velas de noche

La noche se llena de unas velas minúsculas que colorean de amarillo caliente estas paredes tan blancas de Villa de Leyva.

Todo lleno de perros, y sobre todo de perras. Con esas tetas grandes y flacas, y el hocico que no para de moverse de un lado a otro tratando de encontrar un rastro, comida que asegure que esos colgajos del vientre no dejen de producir leche para sus cachorros.

Y en Raquira mofletes de indio, redondos de compás coloreados en rojo, en caras de pieles secas que no sé leer. No descifro las sonrisas, ni las miradas que se me hacen tristes y quizás no lo sean.

En un desierto verde (la Candelaria) el viento entre los árboles me recuerda con qué angustia extraño el mar. Las montañas parecen no acabar nunca, y volver a casa ahora me parece una epopeya.

Cuatro metros de vértigo en el Paso del Ángel. También el vértigo me está faltando. 250 metros caen a cada lado de este filo. Y después es el agua la que cae, unos 70 metros, cuando se cansa de correr, sin ansias, entre piedras de pizarra.

Dos meses, y quedan diez

Dos meses después sé quién es Andrea Echeverri, y que en los días de sol Bogotá es más fría de noche.



En Colombia también hay magia. Se esconde, pero se encuentra. Llueven billetes en Medellín en un cruce de semáforos. Un taxista con ganas de hablar te recuerda que hay cosas iguales en cualquier lugar del mundo, Ay, la vida es un tango, y los que lo bailan unos locos. Y después, los carros no tienen la culpa, rompámonos nosotros.


Ciclovía

BS Noviembre 07

Heridas de guerra










Gracias, mamá-Lluc.
Gracias, Pablo.

La guerrillera de la copla

Una de las entrevistas que más placer me han producido al leerlas fue esta. El verano de 2006, en una época en la que empezaba a querer serme fiel, El País me regaló unos minutos a solas con Buika, para infundirme ánimo, para sentir que no estaba sola, que había otras mujeres perdidas que habían encontrado su camino.
No sé bien por qué, estaré obsesionada ultimamente con las mujeres fuertes, pero me acordé de ella hace unos días, y hoy he vuelto a leerla.
Ella ya lo dice todo.


"Ha asombrado a crítica y público con su segundo disco, ‘Mi niña Lola’, y su forma desgarrada y pasional de entender la copla. La manera en que esta mallorquina de origen guineano concibe la vida también es muy suya: apuesta por las relaciones abiertas, incluso a tres bandas, y la independencia personal por encima de todo.
Su segundo disco, Mi niña Lola, ha sido una revolución. Con temas propios y otros clásicos, como Ojos verdes, Concha Buika ha logrado situarse en lo más alto de la nueva copla. Pero no tiene ni idea de cuántos discos ha vendido, ni le interesa. (Su discográfica, DRO, da el dato: 35.000). Nació en Palma de Mallorca en 1972; sus padres eran exiliados políticos de Guinea Ecuatorial. Vivió en el barrio chino de Palma junto a sus seis hermanos; de ellos dice que se dedican a “entender el entorno”. Se autodefine como una quinqui y afirma no tener ni el graduado escolar. “Lo mío son teorías de todo a un euro”. Asegura que la música es su vida. Una vida particular en la que ella pone las reglas del juego. Es apasionada, un torrente de energía y no tiene pelos en la lengua.


Su padre es escritor, poeta. ¿Le viene de ahí la vertiente artística?
Mi papá se fue hace muchos años. Nos abandonó. Él se imaginaba un mundo mucho más grande del que estaba viviendo. Creo que es lícito.

¿No dio ninguna explicación al marcharse?
No hacía falta. Supongo que a mi mamá sí le habría ayudado, porque se marchó como no se tiene que marchar alguien. Se fue yendo a comprar no sé qué y no volvió más. Eso te deja muchas dudas. Era un idealista y un intelectual, además de subversivo. En un país como Guinea Ecuatorial, estaba perseguidísimo. A mi padre le buscaban por la lucha política. Y no sabíamos si estaba vivo o muerto. La verdad era que, simplemente, se marchó.


¿Qué edad tenía usted cuando eso ocurrió? ¿Le marcaría para siempre?
Yo tenía nueve años y me da igual que se haya ido.

¿A una niña de nueve años le da igual que su padre la abandone?
Sí. Nos darían igual muchas cosas si no fuera porque nos obligan a sufrir. Pero yo es una historia que no tengo. Aquí gusta mucho el tinte trágico, melancólico de las cosas, pero a mí me parece muy aburrido y no me gusta. Mi papá se fue y a mí me dio igual. La verdad es que yo estaba muy contenta. En un intento de educarlos, era muy totalitario y muy violento con sus hijos. Intentando que sus hijos no salieran dictadores, él se convirtió en uno ferocísimo.

¿Ha vuelto a verle?
Nunca. Pero el hombre ahora intenta volver. Y mi madre, desde que descubrió lo que es vivir en paz con uno mismo, está tan a gusto que pasa de él.
Usted creció en el barrio chino de Palma.
Nací en el barrio chino. En la calle de la Cruz. Recuerdo una perra y un vecino chino que teníamos. Ahora es anecdótico, pero entonces éramos la única familia de negros y el único chino que había en toda la isla, y era muy gracioso. Pero creo que todo lo que me ha pasado en la infancia es un remoto recuerdo. Puede que sea mentira, pero también que sea verdad. No estoy tan segura. Como soy creativa, hay cosas que no sé si realmente son mías o las he inventado. Es una paranoia rarísima. Pero son imágenes tan reales que, aunque sean inventadas, yo las recuerdo.


Pero en todas sus biografías para explicar la fusión con el flamenco, comentan su conexión con los gitanos en el barrio chino.
En el barrio chino lo que había eran prostitutas y yonquis. Yo cuando salía del colegio me iba a la Barriada, que sí que estaba llena de gitanos. Y esa es la infancia que yo recuerdo.

¿No se sentía un poco rara?
Los niños son muy orgánicos. Yo ahora lo estoy viendo con mi hijo. Lo aceptan todo. Esos niños no se veían gitanos ni me veían a mi negra ni nada por el estilo. Yo me acuerdo que siempre iba en bragas. Unas bragas que tenían la típica goma de ‘a poco que te muevas me caigo’. Tengo una imagen de cuando era niña y hace poco se me reprodujo y entendí todo. Recuerdo estar allí en el barrio y ver pasar uno de los pocos coches que habían y en el que iba la típica señora con abrigo. Nos miró horrorizada. Y nosotros estábamos en jauja, claro. Pero estábamos de mierda hasta arriba, en bragas, con el bocata, con el perro, con los tirachinas, con los petardos, con el yonqui ahí al lado, con la que era puta que venía de no sé dónde con el ojo morao… Y nosotros estábamos encantados. Hace poco tuve la experiencia de pasar por un barrio de estos surrealistas y vi a unos niños así, y lo primero que pensé fue: qué lástima, mira cómo tienen a estos niños. No te puedes imaginar lo que me jodió entrar en el mundo de tienes que taparte, ponerte zapatos para ir a la calle, tienes que ducharte cada día… Fue para mí un trauma brutal.

¿Le gustaría que su hijo tuviera esa misma infancia?
Me da igual. Yo lo viví porque me tocaba en esa época. Él, que viva la infancia que le toca ahora.

¿Por qué le pusieron Concha?
Por mi abuela. Y la ironía de la vida es que nunca había estado en España y le fueron a poner Concepción. Guinea era colonia española y no permitían que se bautizaran con nombres tribales.

¿Cuál es su nombre tribal?
Kitailo. No tengo ni idea de lo que quiere decir. Me lo ha contado mi madre un millón de veces, pero se me olvida.


¿Se considera gitana en algún sentido?
¿Qué es ser gitano? No. Tampoco soy africana. No he pisado nunca África. Nunca me he planteado de dónde me sentía o de dónde me consideraba, ya me era suficiente intentar sentirme. He tardado 34 años en sentirme; si ahora tengo que empezar a plantearme de dónde me siento lo llevo claro.


Para usted, ¿cómo se alcanza la felicidad?
No se alcanza, siempre se tiene. Otra cosa es que quieras disfrutar de ella. No es algo que está fuera de nosotros. Te miras al espejo y ¿te parece poco el paraíso que tienes delante? ¿A qué otro paraíso quieres ir?


Pese a haber trabajado en este segundo disco con Javier Limón, usted ha declarado que prefiere trabajar sin productores.
Estoy a punto de terminar el próximo disco. Me negué a trabajar con productores porque no los encuentro necesarios. Yo compongo para no odiar y canto para no volverme loca. Y no necesito a alguien que me diga cómo no odiar y cómo no volverme loca. Ya sé lo que tengo que hacer. Yo trabajo con amigos, no con productores. No tengo esta especie de sensación totalitaria de la creatividad. Necesito que lo que está escondido salga. Me da igual quién lo saque. Lo que no puedo es cantar tonterías ni siquiera cuando las compongo yo. No me parece justo.
Sin embargo, el resultado, con este segundo disco, ha sido todo un éxito.
Me quedé un poco débil después del primer disco. No supe encajar el caminar sola. Me quedé desubicada. Es que lo mío era muy difícil de colocar. Y a un corredor de fondo como yo no le asusta la distancia, pero sí las cuestas arriba. Y puedo reconocer que me entró el miedo, el pánico.


¿Y cómo será su tercer trabajo?
Las dictaduras de cariño contaminan. Esa es la onda del tercer disco. A estas alturas ya no es cuestión de libertad, la dignidad y el corazón deben caminar juntos.


Con un disco tan lleno de pasión, de amor, de copla, ¿cómo es la vida sentimental de Concha Buika?
Estuve casada con el padre de mi hijo y luego conocimos a nuestra mujer, África (ex cantante del grupo Mojo Project), y estuvimos en un trío.

Y eso, ¿cómo se gestiona?
Yo, que estoy como una cabra y no me creo las tonterías que se inventan los demás para hacernos creer que somos de una manera o de otra. Una institución como la Iglesia no puede decirme cómo soy. Que el matrimonio es de dos se lo inventó un tío, y como yo soy una tía, me invento que es de tres. Bueno, ¿y qué? Pues me caso. Se trata de arrimarse al querer antes que proclamarse en lo de la familia monoparental y esas cosas que nos venden.


Lo de las tres bandas será un poco complicado, ¿no? No es algo, digamos, convencional.
En una estructura social como la de hoy en día, un matrimonio a trío es lo más cómodo, coherente y emocionalmente divertido que yo he encontrado.

¿Dónde conoció a su marido?
Lo conocí en Mallorca. Es músico como yo. Es medio peruano y medio español. Fue un flechazo. Aunque no sé si fue algo más racional. A veces he pensado que fue el instinto biológico de ser madre. No lo sé. No lo tengo claro.

¿Continúa con él?
No. Terminó. Pero soy una persona a la que no le cuesta vivir las relaciones y tampoco me cuesta asimilar que se acaban. Me parece fascinante disfrutar del amor, disfrutar del desamor, disfrutar de un nuevo amor, de ése, de la otra y del de más allá. Aquí hemos venido a jugar al juego de estar vivos. Es ridículo ver a una persona dirigirse a estar viva con miedo o a morir con miedo. Es tonto. Que hubiera nacido perro o pájaro entonces. Si me han hecho humana, disfruto de ser humana. De perder, de ganar, de todo. No me parece que haya que introducir el concepto de culpa en ello como lo hacemos. ¿Qué culpa? Si no somos culpables de ser como somos. ¡Es terrible la culpa maldita en España, coño!

Pero, ¿cómo se forja una relación a trío?
Yo, que soy maquiavélica. Si las cosas no existen, pues tú te las inventas y las vuelves de verdad. Yo conocí a África de una forma muy bestia. Me la encontré y lo primero que hice fue agarrarla de la mano y llevarla a casa. Si yo veo una cosa tan bonita lo que quiero es que la persona que más quiero también la pueda disfrutar. ¿Por qué lo voy a esconder? Escondes lo malo, pero no es malo ver a una persona maravillosa y dejarte llevar. La llevé a casa y se la presenté a mi marido y le dije que estaba apasionadísima con esa chavala y le pedí por favor que la conociera. Tuvimos nuestro proceso de conocernos los cuatro, porque estaba también mi niño por medio. Y la verdad es que nos lo pasamos muy bien, fue muy divertido todo.

¿Cuánto tiempo duró?
Dos años. Dos años maravillosos. Nos casamos los tres, y todo, en Cádiz. En una boda preciosa. Lo hicimos como una ceremonia. A mí me interesa que me case quien va a ser feliz de verme feliz y no alguien a la que le da igual. Para mí, los contratos matrimoniales sólo sirven para generar economía. Me he casado unas cuantas veces y me pienso casar 800.000 veces más. Las que haga falta. Con la misma, con otro, con ésta, con quien sea. Pero yo me voy a casar mil veces más. Y si tiene que ser con la misma, con la misma.


Vamos, que usted reivindica el trío o el cuarteto o el quinteto…
Yo soy partidaria de que uno pueda casarse con quien le dé la gana. Pero es cierto que hay un sector de la sociedad que lo ve desde el lado de que eso conlleva una serie de cambios estructurales y se han encargado de que la farsa siga funcionando. Nosotros lo que vivimos es el rollo del amor. A mí me viene perfecto que no se legalice el matrimonio a tres bandas, me da igual. Yo no necesito que me reconozcan la capacidad para casarme. Yo ya lo he hecho y también me separé.


¿Por qué no funcionó?
Porque se establecía, de repente, la individualidad. Sigo creyendo en el trío y siempre creeré en el trío. Principalmente porque no es la primera ni la última vez que lo he visto. El trío es un concepto de vida, no es una manera de hacerlo. Eso ya lo pensaréis entre los tres. La cuestión es que yo no necesito convivir con mi marido y con mi esposa. Necesito amarles. Necesito convivir con sus ilusiones, sus deseos, pero no con sus cuerpos. Creo que realmente la vida de uno, como me dijo mi chica una vez, ya cansa lo suficiente como para tener que echarte a la espalda la vida de otra persona. A mí es que me gusta mucho mi mujer. Me gusta poderosamente. Es una cosa que se escapa a mi control, y, como todos los vicios, hay que saber cuándo…

¿Se puede querer a dos personas a la vez, como dice la copla?
Claro que sí. Se hace, no es que se pueda. Lo hacemos todos. Todos nos enamoramos de varias personas a la vez. Pero, como vivimos en una sociedad tan totalitaria, nos vemos obligados a escoger y siempre pensamos que a uno le amamos más que al otro, pero no es cierto. El concepto de cariño y de amor que se nos vende está enfocado a evitar a toda costa ese fin.

¿Cómo concibe usted el amor?
El amor es una cosa que uno se gana. Lo de convivir juntos es algo que te ganas con los años, no con los años de relación, sino con los años de relación contigo mismo. Cuando tú consigues vivir en ti, ponerte de acuerdo contigo mismo, entonces estás preparado para vivir con quien quieras. Y creo que para llegar a ese estado se tardan unos cuantos años. Treinta años no son suficientes. Tengo 34 años y me parece que necesito más tiempo. Mi concepto del amor es personal, exclusivo, único. Es algo de uno. Es una capacidad que uno tiene y que en todo caso otra persona te despierta, cosa que pueden hacer, aparte de esa persona, otros 150 millones de personas en el planeta.


¿Usted distingue entre infidelidad y traición? Como los que dicen que el sexo es infidelidad, pero si te enamoras de otro, eso es una traición.
¿Y por qué no te puedes enamorar? ¿Cuál es el problema de enamorarse si es maravilloso? Yo soy más de lealtades que de fidelidades. La lealtad y la confianza en uno mismo hacen que no dude de ninguno de los movimientos de la persona a la que amo, aunque ese movimiento me aleje de la persona amada. Si fui feliz cuando llegó, ¿por qué le voy a regañar cuando se marcha?

Entonces, ¿cuál es su situación sentimental actual, en trío, en pareja?
Estoy con mi Afriquita de mi corazón. Estoy enamorada hasta las trancas, me tiene loca esa mujer. Es mi chica, la quiero un montón y espero que sea una de las cosas que vea antes de morirme. Por otro lado, tengo una relación conmigo misma que obliga por fuerza, por instinto, a vivir mis historias pasionales, gracias a que tengo un mundo pasional abierto. No le tengo miedo a estar viva. Lo que no puedo hacer es culparme porque la sociedad tenga un concepto diferente.
¿No teme que el Foro de la Familia monte una manifestación para enviarla a un psiquiátrico?
Es fascinante encontrar opositores, me parece maravilloso.

Pero habrá gente que le odie por manifestar abiertamente su diferencia.
El odio es un veneno que sólo padece y disfruta el que lo practica. Es horrible el odio. Hace daño a la persona que lo siente, no a la odiada. Sé que detrás de mis palabras hay muchas ampollas y sé que hay mucha gente que podrá llegar hasta a odiar lo que yo he dicho, pero yo no siento ese odio, no me llega. Una cosa es que no estés de acuerdo con algo y otra cosa es que lo lleves al extremo del odio, de poner pancartas, salir a la calle, hacer que tu hijo sufra una cosa que es tu opinión exclusiva. Me parece muy sospechoso. ¿Con qué sueña esa gente antes de dormirse? ¿No será que ellos están más cerca de mi mundo que yo del suyo y por eso me buscan a mí mientras yo no les busco a ellos?

¿Usted cómo se define?
Yo soy bisexual, trifásica y tridimensional.
Con tanta pasión, ¿usted no sufre?
Se sufre con el concepto de amor. Cada persona sufre su concepto de amor, no el amor. El amor no se sufre, jamás, nunca. Cuando una persona quiere que le hables de amor, quiere que le hables de su concepto de amor. Y eso es lo que sufrimos. El amor es el premio al ejercicio de seguir ilusionado por estar vivo.

¿Podría ser usted algo distinto a músico o cantante?
Sí, claro. A mí lo de artista no me parece que sea el que pinta, baila o cante, sino el que hace de su vida un arte. Las metas me parecen muy aburridas; me parecen más divertidos los caminos. No sé cuánto tiempo estaré cantando, pero cuando haga otra cosa me lo pasaré muy bien. Es que sólo voy a estar aquí una vez. ¡Qué aburrido estar toda la vida haciendo lo mismo!

Usted se ha manifestado como una gran defensora del cannabis.
Los porros me salvaron la vida, porque soy ansiosa, compulsiva… Me decía el médico que, para la ansiedad, tomara Lexatín; pero no, un porrito es mucho mejor.

¿Qué opina de que haya subido tanto en España el consumo de cocaína?
Creo que deberían dejar de presionar tanto a la gente. Si alguien le señala a una persona a la que le están quitando diez horas al día, seis días a la semana y la llaman yonqui, alcohólico, bulímico, cocainómano o porrero, les corto el dedo. No encuentro ninguna diferencia entre un enfermo bulímico, cocainómano o heroinómano y una persona que sólo sabe trabajar. La cuestión es que ambos se han perdido la vida.

¿Le parece bien la libre circulación de música por Internet?
Sí. Sé que me va a matar la discográfica, pero lo que yo no puedo hacer es negar quién soy. Una vez escuché en casa de un amigo un tema de La Niña de los Peines del que no recuerdo el título, pero en ese momento me salvó la vida, me dio la vida cuando andaba un poco trastornada. Que alguien venga a decirme que eso es ilegal. Quien pueda comprar los discos, que los compre; pero quien no pueda comprarlos, que también tenga la posibilidad de disfrutarlos. Y no les culpemos a ellos; la culpa será de que no le pagan más, de que tiene que pagar un alquiler altísimo.

Usted estuvo en Las Vegas trabajando, haciendo imitaciones de Tina Turner. ¿Qué le pareció la experiencia?
Extraño. Nunca había estado en un lugar tan deshumanizado. Vivía en un barrio en el que mi vecina estaba embarazada de gemelos y vendía crack. Y los tiroteos en mi barrio eran continuos. No entendía nada del entorno, absolutamente nada. Todo era como un sueño de Kafka. Pero era un mal sueño del que uno puede disfrutar.

¿Cree que Las Vegas es la metáfora de todo Estados Unidos?
No. Las Vegas no existe realmente, es cartón piedra en medio del desierto. Nadie es de Las Vegas. Creo que ningún lugar es representativo de todo un país. Los lugares los conforman las personas, y Estados Unidos no es un país en el que las personas vivan conscientes de estar unidas. Se lo pierden todo. Viven mal. Es una gente que me da mucha lástima. No son conscientes de lo que es el latido. Son muy extraños. Son muy fríos. Hasta el amor lo tienen medido.

¿Le gusta estar fuera del ritmo de vida convencional?
Yo intenté llevar ese ritmo cuando era una chavalina, pero no era creíble. Siempre llegaba la mañana en la que me llamaban del trabajo a las once diciéndome que tenía que estar allí desde las ocho. ¡Las ocho! Pero entonces, ¿cuándo vivo?"

Entre murallas

Las mujeres lo sabemos, la regla no se pierde una. Esta vez se ha portado bien. Sólo ha venido a joderme el último día. Pero, teniendo en consideración mi quemadura, la intoxicación por picaduras de mosquito y de todos los bichitos que pasaron junto a mí y decidieron que mi sangre era deliciosa, y el calor que hace en Cartagena; no era el mejor día para que me pasara esto...

Aún así, con lo que me gusta a mí quejarme, estoy contenta. Estoy muy contenta.


Powered by GoodWidgets.com

The Year of Living Dangerously

Mientras desayunamos tratamos de decidir qué hacer hoy. Nos subimos al taxi, ¿cuánto por llevarnos a la terminal de autobuses? Y no sé ni a dónde queríamos ir, pero en el trayecto decidimos visitar el volcán del Totumo. Pero cuando llegamos a la terminal, a mí se me fueron las ganas. Después de un rato largo conduciendo entre chabolas, el taxista nos deja en lo que a mí se me hacía un polígono industrial al estilo república bananera. Y nos dice que el bus que nos llevará al volcán se coge allá en la gasolinera. Yo y mi idiosincrasia europea (porque amigos, España es Europa, y vaya si lo es), no concebimos eso de que si hay una terminal uno tenga que coger el bus fuera, y que si hay taquillas, uno tenga que pagar sus 2.500 pesos a un tipo dentro del bus y una vez que está en marcha. El caso es que me niego, déjenos en la Terminal. Así que Pablo y yo acabamos entrando, y dando vueltas como dos peonzas mareadas en las direcciones que nos van diciendo los mil tipos que nos abordan nada más vernos. Al final, el bus se cogía en la gasolinera. El que va a Galerasamba (nombre que a Pablo le impactó enormemente, y a mí también cuando me dijo: Joder, samba-galera, que toda esta gente desciende de esclavos, y serían unos que se liberaron de un barco y se montaron su pueblito…). Y durante casi dos horas de viaje a unos 35km/h, porque la carretera con suerte estaba asfaltada y llena de agujeros, sin suerte era un camino de tierra con zanjas de medio metro, y a ratos un barrizal, Pablo y yo estuvimos sentaditos mirando todo lo que pasaba a nuestro alrededor. Fuera del bus, dentro. Casas, gente, pueblos, perros, motos. Vendedores que se subían con comida, bebida, frutas, dulces, cómicos que nos hicieron reír a todos, incluso a mí que no entendía la mitad de lo que decían. Y jugué durante un rato a inventarme la vida de los pasajeros, las mujeres, los niños, los viejos y los no tan viejos. Pero me quedo con las mujeres, las vi fuertes, vividas, cargando dos o tres, o cuatro niños con ellas. Las vi de vuelta de todo, y capaces de hacer frente a todo.
Y en un momento todo es caos. Que sí, que no, que sí que sí, que se bajen acá. Y está lloviendo, y yo no entiendo nada. Y un montón de motos al rededor. Y Pablo que se sube a una, y yo que le digo que a mí no me deja sola en el medio de la nada NI DE COÑA, y que en otra moto con otro tío tampoco me subo, que a saber dónde acabo. Ignorante de mí. Eran moto-taxis.

Hoy sí llevo la cámara conmigo. Aún así, las fotografías que me quedan de este viaje no son las que he podido tomar. La imagen de hoy es la nuca de Pablo, mientras vamos en la moto al volcán, sin saber bien dónde estoy, dejándome mojar por esta lluvia tropical, agarrada como puedo, porque aunque quepamos tres en este asiento, fue pensado para dos, y el camino de tierra no ayuda a sujetarse. Y entonces me acuerdo de una escena de película, y decido que la nuca de Pablo es la de Mel Gibson, y yo soy esa adorable Sigourney Weaver que empieza a hacerse una mujer fuerte. Y todo se me hace una señal de que este es el año, The Year of Living Dangerously.

Y llegamos al volcán. Y es pequeñito, como si una mano enorme lo hubiera moldeado a partir del barro. Apenas hay infraestructura, unas casetas que ofrecen comida, y poco más. Se agradece, se agradece tanto que no estén todos los vendedores con los brazos cargados de collares, de gafas, de cangrejos, de ostras, de camarones, de pulseras... ¡Qué tranquilidad!

Y después de una birra que me sabe a néctar de dioses, y negociar con el moto-taxista, que dice que se queda esperándonos por 12.000 pesos, deja de llover. Así que, trepamos hasta la boca del volcán y nos encontramos un jakuzzi natural, un cuadrado de lodo espeso y negro con varias personas dentro. Y uno se mete, y aunque el lodo llegue hasta el fondo, el cuerpo flota sin que la voluntad en esto intervenga para nada. Y tres niños, Cristina, Jenifer y Pedro, empiezan a jugar conmigo, y me ayudan a rebozarme en barro, y nos enseñan los secretos de cómo limpiarse las manos para después limpiarse la cara y poder abrir los ojos. Y disfrutamos de la vista mientras se seca el barro, la ciénaga en la que después nos limpiaremos, después de arriesgar la nuca bajando de la boca del volcan, embarrados y descalzos por una cuesta resbaladiza.

Pescado, arepas y ensalada. La dieta del viaje. Y los niños que siguen rondándonos. Se han hecho amigos de Pablo también, y no se separan de nosotros. Y quieren que les hagamos fotos, y que se las enseñemos, y que les hagamos otra más, y se la enseñemos también. Y se unen María Elena y Luisa Fernanda, que son un poco más mayores, y les da más vergüenza, pero son igual de inquietas, cariñosas y curiosas.

Y es hora de irse. Nuestro moto-taxista nos va a llevar a conocer la playa de ???, pero hay un control policial justo a la salida del volcán. Así que primero se lleva a Pablo y yo me quedo con los niños. Después viene a por mí. Y en medio de la carretera el pobre Pablo sentadito en el cesped esperando que lleguemos. La moto para, y me bajo para que suba Pablo. AH. Siento un latigazo de fuego en el gemelo derecho. Pero no digo nada, y nos subimos a la moto, y quema, quema. Unos minutos después llegamos a la playa. Aquí los turistas no han puesto un pie. Somos los únicos blancos, y encima con pinta de pipiolos. Pero me importa un carajo, porque al bajar de la moto me miro la pierna, y me mareo, se me ha quemado el gemelo con el tubo de escape, y la carne quemada tiene muy mal aspecto, está llena de barro, y escuece, escuece mucho. Pablo, me he quemado. Y Pablo no me hace caso porque está flipando con la playa, con la gente, con nosotros. ¡Pablo, mira! Pero, ¡qué te ha pasado?, ¿cómo no has dicho nada?, ¡métete en el agua ahora mismo! Y me meto, y todos nos siguen mirando, y a mí todo me sigue dando igual, todo menos ese cacho de carne que me está faltando. Nos vamos, ¡vamonos ya! Digo casi sin aliento porque me estoy aguantando cada lágrima de dolor.

Pero hasta Santa Catalina, el pueblo grande por donde pasa una línea regular de autobús a Cartagena, hay un buen trecho. Ahora yo voy sentadita detrás del conductor, y Pablo detrás de mí. Y, ahora sí que lloro, porque cada vez me duele más, y porque no paro de pensar en el barro que me está salpicando la herida, en lo mucho que escuecen las gotas de lluvia, y en que, en medio de la nada, tardaremos mucho en llegar a cualquier sitio donde me pueda limpiar esto un poco.

Y, al llegar a Santa Catalina Pablo tiene que ir en la moto con nuestro colega a la tienda a conseguir cambio. Cómprame pasta de dientes, de la blanca, le grito con desesperación. Y me quedo allí, sola, con ganas de llorar, y sin entender por qué mi madre no aparece como en un cuento para curarme y decirme que todo está bien. Y como no estoy cómoda echo un vistazo al rededor. Y decido que ese tipo grandullón que hay a unos tres metros de mí, parece buena gente. Y le pregunto por los autobuses, y me contesta con voz hospitalaria. Y me quedo hablando con él, pegadita a John, que me recuerda al Little John de Robin Hood. Y por fin llega Pablo, con la pasta, y yo me quiero limpiar y poner algo, lo que sea para que deje de entrar más barro. Ay, niña, pero, te quemaste... Ven, ven, que esta casa es de amigos, aquí te puedes limpiar. Pero para cuando consigo sentarme y destapar la botella de agua, el autobús que debía pasar en unos 20 minutos pasa rápido por delante y amenaza con irse sin nosotros. Corremos, Pablo y yo, y John, y su mujer y sus dos hijas, sobre cuya existencia yo no sabía nada aún. Y nos subimos al autobús, esta vez más parecido al concepto que yo tengo de autobús. Y destapo la botella, y aprieto mucho los dientes mientras dejo caer el agua sobre la herida. Y me empiezo a poner pasta de dientes sobre la herida sucia, creo que el agua no sirvió de nada. Y aprieto más fuerte aún la mandíbula. Y de repente, un listo, porque en estos momentos siempre todo el mundo sabe más que uno, me dice que si eso es una quemada de moto, que estoy loca, que no se me ocurra ponerle pasta de dientes que eso lleva menthol. Y a mí qué cojones me importa que lleve mentol, ya será mejor que toda la mierda que se me está metiendo. Pero no, estoy bloqueada, y ahora mismo, cualquiera sabe mucho más que yo. Así que me muero del dolor tratando de retirar la pasta, y no lo consigo del todo. Desisto, y lo único que me queda por hacer es desplomarme en los brazos de Pablo y llorar.
De premio hoy, como cuando iba al médico, y meregalaban una piruleta, se me deshace un dulce de coco en la boca, después de limpiar la herida en el hotel con todos los mejunges que me dan en la farmacia, y fumarme una flecha hasta olvidar el dolor.






La Isla

A punto de subir al barco que nos llevará a las islas del Rosario me doy cuenta de que me he dejado la batería de la cámara cargando en el hotel. ¡Mierda! Pero son las ocho y media de la mañana y estoy al borde la lipotimia por el sol, el calor, y la cantidad de gente que hay en este muelle de barcos turísticos que van todos hacia esa playa desierta caribeña de la foto. Así que no me quedan fuerzas para enfadarme demasiado por las fotos que no haré hoy.

Al llegar a Isla Grande Pablo y yo nos bajamos de la lancha con la inquietud de quien se asoma a un abismo. Nos han engañado. Nos han traído a un hotel vallado, sin playa, en el canal entre dos islas. ¡Esto no era! Y, sin embargo, como por arte de magia, en pocos minutos todo se transforma hasta convertirse en un esto sí, esto sí. Junto al muelle de madera, Morris, un negro de anatomía perfecta sobre una canoa le dice a Pablo que si queremos nos lleva a una playa. Así que cogemos la mochila y empezamos a seguirle. Salimos del complejo, y empiezan los momentos por los cuales me entraban ganas de llorar por no tener la cámara encima. Sin fotos, cómo voy a saber que todo esto no fue un sueño.
El suelo de la isla es de un material raro, tierra mezclada con algo que no identifico, pequeñas piezas que se me hacen como huesos que llevaran la eternidad allí incrustados. Después descubriré que se trata de coral. Caminamos en sombra porque la vegetación apenas deja huecos a la luz, y atravesamos las casas de la gente, y vamos saludando a todo el que se cruza con nosotros. Cerdos, gallinas, y nosotros los únicos blancos, los únicos extraños en un lugar que vive del turismo. Y llegamos a una propiedad que al parecer es de un italiano afortunado. Aquí nos podemos quedar un par de horas. Una pequeña playa, un muelle de madera, y el mar y el sol del caribe sólo para Pablo y para mí. Tengan cuidado con sus cosas. Y lo tuvimos, no nos robaron, pero una ola decidió que era divertido empaparnos las toallas y la mochila. Y el colega que aparece con u porro tremendo en los labios, dos cocos recién cogidos y un machete enorme en la mano. Y nos hace todo el show, y abre los cocos con una precisión que asusta, qué no hará ese machete. Aquí no hay pitillos (pajitas), me dice Morris, así que incrusto los labios al rededor del agujero para beber la leche de mi coco, pero, con mi torpeza, cada trago termina la mitad en mi boca, y la otra desparramada por todas partes. Y nos abre del todo los cocos y quedamos en que a la una y media nos viene a buscar.

Todos mis sentidos me dicen que estoy en un sitio diferente, que esto no tiene nada que ver con lo que conozco. El sol atiza la piel, y el agua es caliente. La arena son trozos de coral que el agua ha ido empujando hacia la isla. No sé nada de plantas, pero estas no las había visto. Y sobre todo, la vista, el mar para nosotros y nadie más. Tengo la sensación de vivir un momento robado. Algo que no estaba escrito y que nos hemos inventado. Un sueño para el que todas las fotos me las tuve que guardar en los párpados.

Pero, antes de la una y media aparecen dos tíos en una canoa. Y se plantan en el muelle. Y Pablo y yo desde el agua nos sentimos un poco nerviosos. A los pocos minutos aparece nuestro colega con un cuarto tipo. Este último con el brazo cargado de collares. No, no, no, por favor, este era mi momento. Medio agilipollados de sol, de mar, de coco, de paraiso y de petas vivimos un momento que se nos escapa de las manos. Yo me rayo, no quiero collares, no quiero nada, sólo que me dejen en paz. Qué pesados son, joder. Pero resulta que hay un tipo en el pueblo que tiene una especie de zoo, con animales de aquí, con su nombre puesto y todo, así que, tranquilos, que como hay tiempo hasta la comida (pagada de antemano en el complejo hotelero del principio) les doy una vuelta por la isla, y les llevo a ver los animales. Gracias, Morris, pero estoy cansada y tengo hambre, prefiero que nos lleves directamente al hotel. Así que, hacemos el camino inverso. Esta vez más complicado porque nuestro guía, como dice Pablo, caminaba como a cámara lenta, pero a toda hostia, con una precisión casi felina en este suelo medio embarrado y lleno de esos huesos. Yo creo que la propina de 20.000 pesos (unos 7€, pero toda una fortuna por estas tierras) le ha sabido a poco. Pero coño, es que ya está bien de comprar collares y tener que bailarle el agua a todos.

Así que llegamos al hotel, y ahora, supongo que por comparación con las chabolas del pueblo, y por la sensación de encontrarme en un medio que controlo, me parece una maravilla. Pescado, ensalada, arepas y fruta. Algo de beber y una sombra en la que recuperarnos. Y para cuando estamos terminando llega una legión de adolescentes en un barco, que vienen de la excursión al acuario, a la que por supuesto no nos hemos apuntado. Y se nos sientan al lado unos niños, de Santander, que andan por aquí de viaje de grado. Son niños humildes a los que no les cabe la sonrisa en la cara por todo lo que está pasando. Y Pablo y yo hablamos con ellos, les preguntamos, y ellos nos preguntan también. De Madrid, respondo, y la cara de los niños se transforma, son todo emoción, y les cuesta hablarme. Ah, ¡yo nunca conocí nadie de tan lejos! Y ellos emocionados, y yo conmocionada. Y nos roban una foto, y les posamos en otra. Que estén muy bien, nos despedimos de ellos. Y nos sentamos en el pequeño mirador fuera de la cabaña-comedor. De verdad espero que estén muy bien.

Y mientras nos tomamos un café, negro, porque no hay ni leche ni azucar, disfrutamos del mar y el sopor tras la comida. Pero, al poco, abajo, en el muelle, veo como juegan dos niñas de la isla. Han parado de llevar cangrejitos y piedritas en sus cubos a todos los turistas. Ahora están disfrutando de un rato para ellas. Y me vuelven a entrar ganas de llorar, porque se han dado cuenta de que las miro, y me miran, y juegan a que no, pero son niñas, y aún con vergüenza los niños miran con un descaro poco habitual en los adultos. Cristina y Yameris, con sus trencitas y sus gomas de colores, y sus ropas viejas y gastadas, no sé si porque antes de ser suyas fueron de todos sus hermanos, o porque el sol y el agua y las travesuras las han ido desgastando. Y yo sigo ligando con ellas, y ellas siguen jugando a no dejarme escapar. Y en un momento dado, llaman a Pablo al móvil y se aleja para oír mejor. Y los dos cachorros siguen con ganas de jugar, aprovechan un despiste y desaparecen. Me imagino a donde han ido, al otro lado del balcón, y allí están, trepando a mis espaldas con toda la intención de darme un susto. Pero el susto se lo doy yo al descubrirlas, y me echo a reír, y les pido que se acerquen. Y hablo con ellas, y con algún otro niño curioso que se acerca. Y hablamos de sus casas, sus padres, sus hermanos, de la isla, y de la vida supongo. Y como no tengo cámara necesito algún recuerdo que asegure que estas niñas existen. Así que, negocio con ellas un intercambio, y cada una me regala una de sus gomitas de colores, una roja y una rosa, y las ato a una de mis pulseras de la muñeca de las cosas importantes. Y, a cambio, yo sólo tengo una goma y una horquilla, me hubiera gustado darles algo más, pero ellas parecen contentas con el recuerdo de la blanca españolita.

Collares

Aunque el cielo amanece nublado, después de pasear por la ciudad vieja decidimos ir a la playa. Quizás un baño nos saque este calor de encima.
Al entrar el taxi por el camino de tierra que lleva a la playa se le pegan como por imantación unos seis chicos que corren con una mano pegada al capó, al techo o las ventanas, mientras van gritándonos no sé que historias. Unos cien metros y el taxi para. Y los muchachos que no paran con su cotorreo. Y yo que no entiendo nada rezo para que Pablo resuelva esto lo más rápido posible. Y al final, un tal Óscar, un negro enorme que apareció de repente, nos hace el lío para que le alquilemos un tenderete con mesa y sillas, que así estarán más cómodos. Pero para cuando empezábamos a acomodarnos empezó la procesión completa de vendedores ambulantes. De forma constante e ininterrumpida se nos van acercando personas ofreciendo cangrejos, ostras, collares, chicles, helados, masajes, gafas, collares, camarones, cervezas, collares, niños negros pintados de negro con armas de madera simulando atracos, cuatro que cargan con un quinto tumbado sobre una camilla, fingiéndose muerto y con la camiseta ensangrentada, otros disfrazados que bailan, y en un descuido Óscar que aparece con una bandeja de pescados, elige. ¡No, no, no!, ¡esto no era! Con esta pinta de blanquitos y pijitos no hay forma de esconderse. Y picamos, porque los tíos tienen arte, y se te plantan al lado, y te dan conversación, y te comen la oreja con que es una mala época, y te ponen todos los collares en las manos, y te planifican los días por aquí, que si los manglares, que si la playa de no sé dónde. Y al final, ya no sabes si le compras el collar porque te gusta, porque se lo ha ganado, o porque estás hasta los huevos y quieres tener unos minutos de tranquilidad hasta que venga el siguiente.

Mi primer viaje en buseta de camino a Bocagrande. Inolvidable. Apiñados, de pie, sin saber qué hacer con los brazos ni las piernas cada vez que otro pasajero entra, porque todos parecen entrar pero nadie sale, y empiezan a decir desde el fondo, díganle al conductor que va con sobrecupo. Y música de calor dentro de esta lata forrada con telas rojas. Y nos miran mucho, pero yo también les miro a ellos. Otra vez una escena de película se me viene a la mente, Salma Hayeck como Frida dentro del tranvía que lo cambiaría todo.

Túneles oscuros con nichos de muerte, piedra por todas partes, y sobre todo unas vistas que nos hipnotizan por un rato en el castillo de San Felipe de Barajas. Y para volver un taxista simpático.

En la plaza de Santo Domingo nos vuelven a atacar los vendedores, los camareros de las terrazas, los músicos, los mimos, todos. Pero ahora me da más igual, porque el sol ha empezado a cambiar el color de mi piel, y me eso me hace sentir bien.



Caribe

Primer viaje dentro del viaje. Del otoño en las montañas al sol del Caribe. Me voy a Cartagena, con su muralla protectora de piratas y españoles, yo que reúno las dos condiciones.

Y mientras el avión se acerca la tierra se vuelve manglar y, de pronto, mar, chabolas, y una isleta de edificios al estilo de las costas del levante español.

El aire caliente, la luz de la tarde y la noche, los olores, y los colores. Me parece estar dentro de la película Bajo sospecha.

En un antojo de pescado Pablo, compinche en esta aventura, y yo nos plantamos en La Cocina de Socorro.

Lluvia

Yo pensaba que sólo los eclipses eran capaces de convertir el día en noche. Sin embargo, en Bogotá, durante una semana, se estuvo haciendo de noche a las dos y media de la tarde. Ahora sucede cuando al cielo le viene en gana.

Las nubes aquí son espesas, son esas bolas de algodón inmensas que provocan turbulencias en el avión cuando se atraviesan. Pero de color gris, de un blanco manchado. Y cuando hacen una fiesta se juntan todas mucho. Se arriman unas a otras y bailan pegadas, como en una pista abarrotada, sin dejar ni un huequito de cielo a la vista. Es entonces cuando el día se vuelve noche, y de tanto baile empiezan a sudar a chorros. Nos mojan a todos en medio de la oscuridad. Pero, he decidido no enfadarme, porque en un rato, se vuelve a hacer de día y todo vuelve a ser normal. Además, a mí me gusta llorar, y prefiero hacerlo en privado, pero a veces no se puede controlar. Así que, a cambio de tantas lágrimas públicas, ahora voy a disfrutar de cada gota que caiga durante estos eclipses de fantasía.

Y se hizo la luz...

El primer día Dios creo la luz y la oscuridad. A mí me ha costado un mes llenar de luz esta experiencia. El mérito lo tienen varias personas: mi madre, que no para de decirme que "suda orgullo"; María, Isa, Clemente y Perico, que están lejos, y más por esta incapacidad mía para la comunicación a distancia, y, a pesar de todo, tengo la certeza de que están aquí conmigo; Lino, tanto por su insistencia como por su paciencia; Pablo, por su positivismo y sus ganas de exprimir Colombia; Lluc, por acompañarme en cada paranoia; los Fenómenos en general, porque me siguen llenando de cariño en sus mails; y, Enrique en particular, por haberme recordado quién soy, y por qué hay tanta gente a mi alrededor que me cuida.

Todas las ciudades tienen un color y una textura. Londres, París, Madrid. Forma parte de su personalidad, la definen. Y en las películas los directores de fotografía redefinen esos colores y texturas, los imitan, los trastornan. A mí, el director de fotografía de Bogotá no me cae bien. Así que he decidido reelegir la película apropiada para contemplar esta ciudad.

Excursión a Zipaquirá, en busca de espiritualidad en las tripas de una montaña de sal. Pero no es la luz fluorescente de la catedral de la que hablo. Los viajes abren los ojos, parece que pasan más cosas cuando uno se mueve. Hoy es un día de sol, y la realidad, de pronto, me ilumina.

En un trencito a vapor la emoción de los niños se me contagia, y a ratos no sé si mis risas son también culpa de las de Sofía, esa niña de rizos y ojos vivos que se sienta justo detrás.

Salir de Bogotá, salir del ghetto.

Hoy tengo ganas de hacer fotos, y la cámara me advierte que no aguantará este ritmo mucho rato. No importa, que capture lo que tenga que capturar, lo demás me lo guardo detrás de los ojos, aunque sea con la inquietud de saber que lo que no mire ahora no volverá a suceder.



Tere: Woman's world

Se lo he dicho varias veces, y ahora lo confieso públicamente. Tere consigue que desee ser hombre para hacerla mía. Se me hace una tía fuerte y valiente. Se me hace una mujer con cuerpo de mujer. Se me hace un carácter dulce, edonista, y al mismo tiempo voraz y calmado.
Me gusta Tere, me gusta mucho.
Y yo, como un adolescente con granos me sentía intimidado de tanta mujer, me ponía nervioso al hablar con ella, y me sentía poca cosa a su lado. Pero, el platonismo es lo que tiene, sentía un ansia incontrolada de estar cerca de ella, reunir el valor para acercarme y ser grandilocuente más que elocuente. Y abrir mis plumas como un pavo, hacerlas brillar para que se fijara en mí. Pero la torpeza de la adolescencia me lo impedía, y me tropezaba con tantas plumas, o acaso se me tropezaba la lengua con tantas copas.
Pastora está en el recuerdo de todos los Fenómenos. En el mío está una noche de birras, en un bar de cuyo nombre ni me acuerdo porque para mí esa noche todo se llamaba Tere. Y en medio de la embriaguez, de ambas, de todos, yo miraba absorta un cuadro en la pared. Un cuadro en rojos de una mujer desnuda. Una mujer pelirroja con cuerpo de mujer, de carnes grandes, de pechos inmensos, y de una belleza hipnótica. "Ese podría ser mi retrato dentro de unos años" se rió Tere. "Me encanta" respondí con seriedad. Me encanta.
Admiro la persona que Tere ha decidido ser. Su locura y su sensatez, su pasotismo y su dedicación. Admiro su sentido del humor, y la forma en que se ríe de la vida, empezando por ella misma.
Tere me ha regalado muchas más cosas de las que imagina. Por culpa de la estupidez adolescente esa que me ataca cuando la tengo cerca no pude disfrutarla tanto como hubiera querido, pero estoy contenta.
Y me sigue regalando y enseñando y produciendo cada vez más admiración.


BS Octubre 07

Mi casa 3. Las flores

Mi casa 2. Housewarming

Mi casa 1. Operaciones

Recuperar la sonrisa



Gracias Sergio. La sugerencia no podía haber llegado en mejor momento.

Ley seca

Domingo 28 de octubre, elecciones. Eso significa que desde el viernes por la tarde no se puede comprar alcohol, no vaya a ser que se vote cualquier cosa, que esto de la democracia es una cosa muy seria.

No importa, se hace acopio de alcohol antes de la hora límite, y a rumbear.

Fiesta de disfraces. Aún no ha sido Halloween y ya nos han invitado a demasiadas fiestas diferentes, dos la semana pasada, otras dos esta, y otras tantas el finde que viene. Influencia gringa, mucha más de la que podríais imaginar. Pero a mí, estos saraos no me hacen demasiada ilusión. Aún así, el sábado por la noche nos vamos a Chia. Fiesta temática, clichés, y nosotros de bruja, monje, rastafari y vampiresa. Los únicos de noche de muertos. Y tumbas en el jardín, y teletubies en el salón. La música, ¡grande! Viva la globalización, y que los modernos sean modernos en cualquier punto del mapa, y se sientan igual de únicos, y alternativos. Que se les sigan llenando las bocas de satisfacción al llamarse bohemios.

Guille: cuestión de bioquímica

Soy mujer de letras. Y supongo que es uno de los motivos por los que aprecio tanto mi amistad con Gille. Él es bioquímico, y me explica sus teorías, y las de otros, las reinterpretaciones de la realidad. Me cuenta hipótesis, resultados, estudios, las sondas de sus ratas. Me habla del thc, y de la vida. Y lo hace todo en un registro cargado de generosidad, con palabras que yo entiendo para que pueda participar de un mundo que no es el mío, y del que no sé nada. Pero poco a poco, me hace sentirlo un poco mío también, porque es el suyo, y como amigo (me atrevo a llamarle amigo, y no colega) me lo enseña en una bandeja preciosa para que nos lo comamos todo, aliñado con una vinagreta que los dos disfrutamos envueltos en humo.



Y es cómplice de mis locuras, y en alguna medida yo lo soy de las suyas. Y no somos groupies, sino melómanos psicópatas.

Guille tiene una asombrosa capacidad para rescatarme. En medio de mis neurosis quedar con él es un baño de calma para mí. Si quiero hablar me escucha, si no quiero me habla él. Y nunca me pregunta, pero siempre sabe cómo sacarme adelante.

Guille es celebrar el solsticio de verano en Stonehenge, y vivir un tsunami en pleno campo de amapolas. Es escucharle hablar de Ixone, y entender qué significa eso de amar. Es refugiarse en las montañas a base de aire, música en vivo y hierva. Es conjugar romanticismo y ciencia. Guille es un gran amigo.

Será que vibramos bajo la misma Frecuencia natural de resonancia.

La humedad, los mocos y los granos

Para una madrileña, la sequedad es algo para lo que el organismo está preparado. Sí, uno se levanta con los mocos petrificados, y la piel se escama a poco que la descuides. Pero es mi ecosistema, son las condiciones en las que mi cuerpo se siente normal. Si algo cambia, malo.
Soy mujer de altura, y cuando voy a la playa siempre me baja la tensión, y la primera noche me la paso medio rara hasta que me acuerdo de que, claro, estoy al nivel del mar. ¡Ja! Ahora me descojono pensando en esos 660 metritos de nada sobre los que se alza Madrid. Y seguro que Merche se parte también con los 2640 de Bogotá. Pero yo de éstos si que no me río nada.
El caso es que mi cuerpo se está adaptando al nuevo ecosistema. Y no quiero ser escatológica, así que lo que tenga que ver con vísceras me lo guardo. Pero estoy notando algunas transformaciones interesantes. ¿Estaré mutando?
El primer síntoma es la licuación de mis mocos (independientemente de que ahora esté constipada hasta el punto de dormir con almohadas múltiples porque sufro el riesgo de morir ahogada en mi propia mucosidad mientras duermo). Prefiero las piedras de Madrid. Y es que, no sólo de sólidos y líquidos va la cosa. El aire de esta ciudad debe estar tan lleno de mierda. Cada vez que me sueno (cosa que por cierto aquí no se debe hacer en público porque es una falta de respeto terrible; pero a mí se me olvida y me voy sonando cada vez que lo necesito), miro hipnotizada el color de lo que sale de mi nariz. ¡Mocos grises!, como un amasijo de polvo y arena, y yo qué sé qué.
Lo sé, dije que no quería ser escatológica, pero es que estoy muyn sorprendida.
Y ese mismo aire cargado de mierda está consiguiendo la segunda mutación. Mi cara. Por lo general, no soy una persona que tenga granos. Ni en la peor adolescencia. Como mucho después de un gran atracón de chocolate (algo que, como buena mujer, confieso que hago con frecuencia) me sale un granito. Lo que he descubierto en Bogotá es el concepto Punto Negro, es decir, que la mierda se te mete en los poros, y ahí se queda. Se acomoda y se mezcla con tu grasa facial, y su aspecto es igual de gráfico que su nombre. Una guarrada, vaya.
Y yo no sé si los demás lo notan o seré yo que ando obsesionada, pero me voy corriendo a comprar un exfoliante, un expectorante, y todos los antes que hagan falta para combatir la polución.
¡Bendita lluvia! ¿Cómo sería la transformación si no se limpiara esto cada día con el agua?

Exótica

Sonará vanidoso, pero en realidad es pura sorpresa lo que me obliga a escribir, así como una cierta incomodidad.

No siempre ha sido así, pero yo sé que soy mona. Me atrevería a decir incluso que tengo una cara bonita, y un cuerpo aceptable. Lo que no entiendo es que esa misma cara, y ese mismo cuerpo provoquen reacciones tan exageradas a este lado del Atlántico.

Me sorprende sobre todo porque estoy en Colombia, donde el regalo ideal para una niña de 15 años son unas tetas nuevas, cuando las “viejas” ni siquiera han acabado de crecer. Un lugar en el que las mujeres se empeñan en embellecerse (según parámetros que, lo siento, pero no comparto) para atraer a hombres que no responden con el mismo afán en aquello de cuidarse. Y no será porque no les haga falta. Y todo para que una vez logrado el objetivo, venga otra gata mimosa y se lo arrebate, o el tigretón de turno tenga tres o cuatro felinas a su merced. Te lo dicen todas las mujeres por aquí. Esto es injusto, ellas tan monas, y ellos tan monos; ellas tan tontas, y ellos tan listos; y la culpa, la tenemos las mujeres, por transigir con todo esto, que después de tanto tragar nos hemos perdido el respeto.

Todos me decían que con mi acento de española aquí resulto exótica, que se les hace más dulce (cuando a mí me parece más seco y macarra). Y supongo que mi carácter les parece exótico también, porque una se vuelve gata cuando quiere, pero no es gata cada minuto, y no se me va tampoco la vida en serlo. Creo que lo de marcar distancias, ser un poco más fría, y comportarme a ratos como si fuera un hombre, sin pudor a la hora de cagarme en la puta, o soltar todas esas lindezas malsonantes que tanto me gustan y que a menudo mi padre me pregunta si las aprendí en el colegio de pago o en la universidad, aquí les parece exótico.

Pero, cuando camino por la calle no hablo, no saben de mi acento ni de mis blasfemias, no saben, no saben, y sin embargo algo sienten. Porque me miran mucho. Y no son miradas de lascivia. Las cosas como son, que aquí te enseñan a bailar sin hacerte sentir incómoda, y son gentiles con las mujeres, aunque sea pura fachada porque luego se la peguen con otra u otras. Son miradas de curiosidad, de agradable desconcierto, en los ojos tanto de hombres como de mujeres. Como el que encuentra una margarita en medio de un campo verde. Yo también me siento distinta a las mujeres de aquí, pero, ¡me extraña tanto que se note a simple vista!

Leyendo números romanos

Uno se cree que en una reunión organizada por organismos multilaterales (BID – OMC) se encontrará rodeado de gente competente. Representantes de los gobiernos caribeños y sudamericanos, y Lluc y yo, sin saber qué decir cuando nos pasen el micro para presentarnos. Consejeras de comercio exterior de la Oficina, bla, bla, bla, que es lo que pone en nuestra tarjeta, pero, por favor, que nadie nos haga decir nada más.

Y un tipo poseído por el mismo mal mediático que Chávez o Castro, pero a la colombiana, empieza a hablar del acceso a los mercados, la regulación de la OMC, y explica al modo Barrio Sésamo las diferencias entre una barrera arancelaria y otra no arancelaria, osease, lo único que me quedó claro después de seis meses de máster. Intenta que su publico participe, y éste lo hace, como niños empollones que responden con orgullo, ésta me la sé. Y yo, que no sé nada de comercio exterior, siento vergüenza ajena de lo que oigo.

La mejor parte llega con una transparencia que muestra las equivalencias de cada país con un número romano único. Entonces, nuestro showman pregunta “¿Quién sabe leerlos? A ver, Argentina por ejemplo” (LXIV). “¡Sesenta y cuatro!”, responde un alumno pelota. “Pero, ¿se lo sabe, o es que lo sabe leer?” Pregunta de nuevo el animador. Y otra vez, “Chile, éste es fácil, ¡el siete!”, se contesta a sí mismo también con cierta sensación de satisfacción. “Y... ¿Panamá? Que responda su responsable, y no le vayan a ayudar, ¿eh?” (CXLI).

Ay, Lluc, ¿dónde nos hemos metido?

Y al pregunta se repite por culpa del frío que hace en esta sala de hotel, y se vuelve a repetir cuando, todos juntos, guiados por nuestro pastor comenzamos a analizar los artículos del GATT.
Ay, Lluc, ¿dónde nos hemos metido?
Nuestro anfitrión, como Castro, no sabe lo que es el tiempo. Y los minutos pasan, pero las diapositivas no. Y su entonación, a pesar de ser exagerada, exaltándose en unos momentos, y volviéndose suave en otros, se convierte en monótona para mis oídos. Y mueve las manos a la manera del profesor Mata. Y pienso en Kilo, y deseo que esté aquí para que tengamos que salir de la sala meados de risa por culpa de Marvin Gaye.
Pero dejo de prestar atención porque me pesan los ojos, que no los párpados, y estoy cansada, pero los bostezos me los tengo que tragar para dentro.
(Si queréis ver toda una obra de arte en las manos de la representante venezolana, visitad este enlace: las uñas)

Soroche

A mí se me conquista a base de bobalicadas. Miguelito lo acaba de hacer.
Un poco de mal de altura sí siento, he dicho en voz alta en la oficina, mientras espero entrar en una reunión.
Lucía - me ha dicho Miguelito con el puño encogido y el índice apuntando, y una voz suave, como cuando se narra un cuento de niños - piense que ahora está 2.600 metros más cerca de las estrellas.

Contrastes

Lo dijo Pablo el primer o segundo día que andábamos por aquí. "Estamos en una ciudad de contrastes".

Contraste tal y como lo define el DRAE: oposición, contraposición o diferencia notable que existe entre personas o cosas. Y, por partida doble. Bogotá contrasta con Madrid, y contrasta en sí misma.

Frío y calor. Sol y lluvia. Y una todo el día vestida como una cebolla. Capas y capas, la manga corta, la manga larga, la capa de abrigo, la capa impermeable. Y todo para acabar sudada, sofocada, después con frío, y calada.

La 94 es una de las calles más pijas. Será por eso que los niños de los semáforos andan siempre por aquí. Con la cara llena de manchas, la ropa desarreglada, y los pelos revueltos. Y sonríen con ojos de adulto, será la falta de inocencia lo que los hace tan tiernos.Y no me consuela que unos estratos subvencionen a otros. El alcantarillado, agua, recogida de basuras, o la electricidad, son más caros en esta zona de la ciudad. El estrato seis, el máximo. A mayor número, más gasto. Y es que de esta forma, los ricos subvencionan a los pobres. O eso dicen, porque no creo que unos pocos pesos de más solucionen demasiado. El 50% de la población de este país es pobre. Si hablamos de pobreza de espíritu no sé cuál es la tasa. Pero me da miedo acostumbrarme a negar con la cabeza cuando se me acerca una persona que necesita ayuda, o dinero, o una sonrisa amable al menos.


Y me da miedo tener miedo. Pero supongo que es inevitable. Uno ha oído tantas cosas. A uno le dicen que si va con cuidado no le pasará nada. Pero al final, lo que tiene que pasar, pasa. Y no es que tenga ganas de vivir una aventura de riesgo, pero no quiero vivir tampoco en una jaula de cristal; y volver a España sin saber cómo es Colombia, o al menos, cómo es Bogotá. Pero si no pasa nada, por qué los militares y los polis, con decenas de uniformes y departamentos distintos, van todos con pistolas por la calle, con armas que yo sólo había visto en el cine. ¿Por qué los conductores de los camiones de transporte de fondos (os extraño F4) cargan también con metralleta, o en cada restaurante, centro comercial, bar, y tienda, un empleado de seguridad privada lleva a la espalda, o juega con una escopeta de lo que quiero creer son bolas de goma?


El amarillo inunda cada calle. Fue de las primeras cosas que nos sorprendió, mientras el avión aterrizaba, sólo veíamos miles de hormiguitas amarillas. Los taxis que nos llevan de un lado a otro de la ciudad por un euro o dos. También me producen una cierta desconfianza. Me da miedo cómo conducen. Cada trayecto es una montaña rusa, adrenalina en el estómago porque a cada quince metros parece que vayan a chocar. La circulación aquí es caótica y peligrosa. Conducen mal, muy mal, a base de acelerones y frenazos, con coches que no parece que sean capaces de aguantar las embestidas y los charcos, y las zanjas, y los peatones, y el resto de coches, y las busetas, y que paren donde se les viene en gana sin mirar el retrovisor por si el de atrás no va a chocar con uno. Y sin embargo, a pesar del miedo, aún no hemos visto ningún accidente.

Como peatón es casi más preocupante. No respetan señales, así que para cruzar la calle hay que armarse de valor. Es la ley del más fuerte, a ver quién aguanta más. Y uno se tira de la acera, y reza para no morir atropellado. Pablo ya ha demostrado sus dotes de torero de coches, él no morirá, Lluc y yo aún rezamos para no morir atropelladas.


Y en medio de tanto tráfico, y ruido, porque ésta es una ciudad ruidosa, las busetas van soltando un humo negro, que se mezcla con el polvo del aire que provocan las obras. Si al final tendré que dar gracias por que llueva cada día y el agua limpie un poco la atmósfera. Aún no he entendido bien cómo funcionan las líneas de las busetas, de dónde a dónde van, cómo lo sabe uno. Sólo sé que no hay paradas. Uno levanta la mano, y no importa los carriles que tenga que cruzar la buseta, que se te planta delante para que subas. Del color y la forma que sea, porque no hay dos iguales, e independientemente de la cantidad de personas apelotonadas que haya dentro. Ahora me río de los double-decker londinenses que te dejaban cagado de frío en la parada, seguían recorrido porque iban llenos, y te podías pasar una hora más esperando el siguiente. Aquí eso no pasa. Si es necesario uno se agarra de la barra de la puerta y va haciendo equilibrios desde la escalerita. Aún no me he sentido con fuerzas de probar. Todo esto es mera observación. Pero, el día menos pensado me subo a una buseta porque me parece todo un misterio.
Y, para misterios, los 3.000 carros de madera, tirados por caballos escuálidos que circulan por toda la ciudad, sorteando coches, taxis y busetas con una pachorra casi ofensiva, porque al final es el reflejo de todos estos contrastes de los que hablaba Pablo. Con esos mismos niños de los semáforos subidos al carro, o sus padres, o sus tíos. Siempre más de cinco subidos a la planicie de madera, aguantando los baches en posturas de cansancio, y llevando no sé bien qué de un lado para otro.