
Si te concentras puedes ver la música.
Parar en seco de caminar, cerrar los ojos, y sentir cómo por los oídos se va llenando de aire el pecho. Es un humillo de cómic, que se desenreda en la boca de un saxo, se apoya en el borde de la campana para coger impulso, y se dispara contra las fachadas como si fuera una bola de pinball. Si permaneces con los ojos cerrados, puedes rastrear la estela de ese blues que tocan unos dedos sin guantes. Esquiva peatones y cubos de basura, cruza los pasos de cebra, y al fin llega a los pulmones de los pocos que estábamos atentos.
Escuchar por primera vez la bossa en la garganta de Henri Salvador, y sentir que las cosas se adaptan a su ritmo tranquilo. Saber que sus susurros suavizarán siempre nuestras ansias. Contemplar cómo cada hueco de la habitación se llena de notas después del silencio, y sentir que se calienta todo alrededor de uno, como las sábanas en las noches de invierno.
Estar sentada en un taburete, entre los humos de un bar con luz cerveza, y descubrir que al final de la pierna que tienes cruzada sobre la otra, el pie hace rato que baila contento al ritmo de ese rock que no conocías.
Volver, siempre, a ese semáforo en rojo cuando suenan los primeros acordes. Su olor vuelve a llenar el receptáculo de aquel ford fiesta que ya entonces estaba oxidado. Te acomodas en el asiento del copiloto, y exhalas el poco aire que aún te incomodaba. Giras la cabeza hacia la ventana, y te pierdes en una hilera de farolas. Una mano, que creías en el volante, acaricia tu nuca en el mismo momento en que el último dedo golpea la tecla de la última nota de piano. Un relámpago se descarga en tu cuerpo, y lo deja todo en silencio. Más tarde, ese disco sonará en una incansable repetición hasta que amanezca al día siguiente, mientras en la cama vuestros cuerpos juegan a contarse los lunares.
Titilar cuando sigues escuchando la bossa en la garganta de Henri Salvador.
Retrasarse un minuto y medio más, zigzaguear por casa como perdida, con el abrigo puesto y las llaves en la mano, porque apagar ahora los altavoces sería electrocutar esta canción.
Sentir, en el perfecto instante en que interviene la cuica en una samba, que se te explota algo bueno por dentro.
Vibrar es un pellizco de guitarra flamenca en el epicentro de las entrañas.