Los Llanos

Colombia es, cuanto menos, curiosa.


Su territorio está dividido, grosso modo, en: Cordilleras (occidental, oriental y central, y los valles que separan unas de otras), selva y llanos. Estos dos últimos ocupan algo más de la mitad de su territorio, y, sin embargo, sólo un 5% de los colombianos habita en ellas.

Nosotros, hartos de tanta montaña, nos hacemos con un coche y nos vamos a recorrer los Llanos Orientales, al otro lado de los cerros que encierran a Bogotá.

Esta vez nos acompaña un pequeño polizón, Mambo también se viene con nosotros.

Y después de recorrer kilómetros de bajada entre miles de montañas por carreteras sinuosas y sobre todo peligrosas (no tanto por la infraestructura en sí, que también, sino por lo inconsciente de los conductores colombianos), desaparecen las montañas y comienza una interminable explanada que llega hasta Venezuela.


Villavicencio se me hace un lugar oscuro, feo y sucio. Sin embargo, no es en esta ciudad donde paramos, sino en una finca ganadera. Todo aquí son fincas ganaderas. Hectáreas y más hectáreas de campos vallados y llenos de vacas. Vacas por cierto de todos los colores y formas.

Nos llaman la atención los llaneros, sobre sus caballos o sus todo terreno, y sus sombreros de cowboy. Los Llanos vienen a ser el Texas colombiano. Aunque, la necesidad ha hecho que muchas fincas se reconvirtieran al agroturismo, por lo que los vaqueros se olvidan de la rudeza, y se vuelven todo simpatía frente a nosotros.

Sin embargo, simpatía no significa eficacia. Ni eficacia, ni entendimiento. Durante varios días mantenemos conversaciones de besugos (tras las cuales siempre me acuerdo de mi tía Elena. Cuánta razón tenía...)

Paisajes camaleónicos que tan pronto parecen el Apocalipsis o el Edén. La tentación de mandarlo todo a la mierda, comprar unas vacas y unos prados, y quedarme a vivir montada en un caballo por siempre.

BS Junio 08

Junio 08

Soñar

Hay canciones que uno no se cansa de escuchar, ni de descubrir palabras nuevas en esas que ya están tan mascadas.

Síndrome de tendero

Una columna de opinión que me ha obligado a sonreír varias veces esta mañana:

El gobierno se centra en el último problema y olvida los otros: vale más la caída del dólar que la pobreza persistente.

A usted le ha pasado, y seguramente se muere de la rabia. Cuando ha logrado que el tendero atienda su pedido, después de haber aguardado pacientemente, alguien que llega de último a la tienda le pasa por encima y hace su pedido. En ese momento, la mirada, la atención, el interés del tendero se concentran en el recién llegado. No sé para qué tanta globalización ni tanta imitación de lo extranjero, si aquí no se respeta el principio gringo de "First come, first served", que obliga a atender a los clientes por riguroso turno de llegada. Nuestra mentalidad obliga al comerciante a pensar que si uno ya llegó, ya pidió y se le dijo que sí tenía el producto ya es un cliente asegurado. Un comprador cautivo. Mientras que el que acaba de llegar debe ser captado y asegurado.
Este estilo es una de las reglas no escritas de nuestro Código de Comercio. Como aquel que no vende el último producto que le queda. "No lo vendo porque me des-surto".
Este extraño principio de que lo "último" prima sobre lo "primero" no se aplica solamente a las actividades comerciales. Un politiquero avezado le enseñaba a su hijo las reglas básicas del oficio: "No te preocupes por la gente que te dará los primeros ochenta mil votos. Atiende a los últimos dos mil, pues son los más difíciles de conseguir, los que le quitarás a tu contendor". Lo mismo decía el cura párroco: no importan tanto los fieles que donaron para construir la iglesia. Hay que consentir es a los que donan las bancas, ponerles plaquitas de agradecimiento.
El principio se impone para todo. Las preocupaciones de los gobiernos se centran en el último problema, pasando a segundo plano los otros. Vale más la última carretera que las que están llenas de huecos, o la caída del dólar que la pobreza persistente.

La licitación del nuevo canal es tan importante para las maniobras de los gobiernos, que descuidan el asegurar la calidad y los pagos justos de los canales ya existentes. El nuevo Ministro del Interior es mucho mejor que el que acaba de renunciar. El Gobierno cree ahora que Holguín era torpe, confuso, no controlaba las bancadas y por dormir le metían goles. De Sabas, ni se diga. Es posible que lo echen al mar sin salvavidas. Ahora Valencia es el hombre perfecto.

El último narco capturado es el capo mayor. El paramilitar extraditado más recientemente es el que más secretos sabe y el que más cantará. El guerrillero que hoy se entrega o al que matan o el que muere de infarto resulta ser el más peligroso de todos estos cuarenta años. Esta caleta, el alijo capturado, la erradicación de los cultivos de coca de estos días son los positivos más importantes, nunca realizados en el pasado. Ya "son históricos" a pesar de ser recientísimos. Mañana no lo serán.

Ni qué hablar del consumo. El grito de la moda es la esencia de una economía basada en el rápido reemplazo de los bienes. El éxito de hoy se basa en que el consumidor cambie frecuentemente sus ropas, sus muebles, sus equipos. Así estén en buen estado. Vivimos de la obsolescencia subjetiva. Los productos son más duraderos que el afecto que el propietario les tiene. Por lo tanto, los cambia. Igual pasa con los afectos por las personas, pues dependen de lo reciente que hayan aparecido en las revistas, en los periódicos o en los cocteles. El famoso de ahora produce afecto. El de ayer, desafecto.

Los medios de comunicación son esenciales para los mecanismos de hoy. La presentación de los hechos es tan rápida y simultánea como la ocurrencia de ellos. Nadie puede analizar. El hecho es el análisis.

En ese sentido, todo es fugaz. Algunos prefieren ser el producto único en el estante, que no será vendido para evitar el "des-surtirse". Sólo hay que tener en cuenta que nadie tendrá la condición permanente de ser el último. La cola tiene un movimiento perenne. Siempre hay alguno que llega de último. Claro, pero también se dice que muchos últimos deberían quedar de primeros.
¡Bienvenida, María Isabel!

Carlos Castillo Cardona, El Tiempo