Al preguntar en un supermercado, tienda, o ventanilla de tickets del metro, si el interlocutor habla inglés, la respuesta es siempre un silencio, seguido de bù huì (no puedo), o a little (un poco). Si se tiene suerte lo segundo es cierto. Si no, la comunicación es una pared blanca que lo golpea a uno en la frente, varias veces al día, todos los días.
Por eso es importante decidir la estrategia para encarar la pared. Querer hablar mandarín con fluidez con la esperanza de ser uno quien los vuelve locos a ellos. Vivir de espaldas a todo esto, y no invertir esfuerzos en aprender un idioma tan poco agradecido. O decidir aprender, en lugar de pelear.
Elegí esta última, y al cabo de un mes, la adaptación es lenta, la frustración sigue siendo grande, y el grado de comunicación va aumentado en el supermercado, las tiendas y cafeterías, o la ventanilla de tickets del metro.
Pero hasta hoy, no me había atrevido a decirle a un taxista dónde quería ir sin enseñárselo escrito. Le he dicho la dirección de casa, y que por ahora siga recto que yo le indico y, ya más cerca, que en el próximo semáforo pare el coche que hemos llegado, y tome los 16 kuais, gracias, adiós.


