Burocracia bananera

Ilusa de mí que pensé que conseguir el visado con un pasaporte de servicios sería una tarea rápida.

Los siete números de teléfono del consulado de Colombia provocan todos el mismo timbre monótono e infinito. Nadie responde, y cada timbrazo me taladra los oídos durante dos días. La página web, en construcción. Y yo que sólo quiero preguntar la documentación que necesito para no tener que ir varias veces porque me falte un formulario; o una fotocopia.

Al tercer día, cola en la puerta del edificio. ¿Para solicitar un visado? Cuélate hasta el fondo y pregunta por Andrés. Pero el fondo es más difícil de encontrar de lo que parece. Esquivo gente, y juego a contorsionar los brazos para no llevarme a nadie por delante de un cascazo, o quedarme atrapada por el bolso. ¡Tú, la del casco! Me grita una voz a la espalda. Estoy buscando a Andrés. Respondo mientras me giro. Yo soy Andrés.- Y en mi mente su frase continúa- ¿Qué coño quieres?

Hay gente que le tiene miedo a los uniformes. Yo extiendo la aprensión a los burócratas. Los de cualquier tipo. Para mí lidiar con las ventanillas, con las comisarías cuando hay que renovar un documento, las secretarías, las azafatas de tierra, o llamar al teléfono de atención al cliente, el que sea porque te tratan igual, Telefónica, Apple, tu seguro médico, es una pesadilla.

Le expliqué atropelladamente a Andrés que necesitaba saber los documentos precisos para solicitar un visado, y que como no cogían el teléfono me había acercado para averiguarlo y poder traerlo todo. Lo intenté con una sonrisa, pero ya estaba nerviosa. La cara de Andrés se mantuvo inmóvil durante todo mi discurso. Y al terminar, su respuesta se me clavó como un peso inmenso. Sala de la derecha, coges número y cuando te toque se lo preguntas a las señoritas. No, no, no. Murmuré mientras entraba en la sala de la derecha.

Me senté, rodeada de gente y de ruido. Niños que correteaban, personas que andaban también de acá para allá. Y cuando el casco estuvo en el suelo y el bolso sobre las rodillas, miré mi número. 93. Miré la pantalla. 58. Me hice pequeñita. Y me seguí encogiendo en medio de todo ese ruido. Y cada número nuevo en la pantalla tardaba una eternidad en desaparecer. Y los afortunados se acercaban al mostrador, que parecía una de esas barras improvisadas de feria, de chapa metálica y huecas por dentro, tras el que tres funcionarias aceleradas revolvían papeles y más papeles. Y yo no paraba de pensar que con tanto papel, tanta grapadora, tanta carpeta y tanto manoseo, con la suerte esa que me acompaña a todas partes, si yo dejaba algo en manos de aquellas malvadas de cómic, desaparecería en aquel desierto de hojas para siempre.

Esperé, y me desesperé. Y cada vez me molestaba más el ruido alrededor. 91. Ah, 91. Y, ¡el 92! Ay, ahora voy yo. Y me pongo nerviosa otra vez, como cuando hablaba con Andrés. Y como siempre pasa, la espera hasta el 93 fue una agonía.

Formula de cortesía por parte de la señorita, y respuesta por mi parte enlazada con el motivo de mi presencia en aquel sueño surrealista. Y le cuento que no cogen el teléfono, que llevo dos horas sentada en una silla para saber qué documentos necesito, y que yo le he traído el pasaporte, la carta del ICEX y tripiticientas fotos por si acaso. Y que el formulario no lo imprimí desde la web de la embajada porque no estaba segura de si era el bueno. Aha. Me responde ella sin separar los ojos de los documentos que le había entregado. Que no los suelte sobre la mesa, por favor, que no los suelte sobre la mesa. Espera, te voy a dar un formulario. Y me sonríe. Vuelve con él y me dice que tengo que rellenarlo. Y no sé, le digo con miedo, si tengo que pagar alguna tasa, porque he visto que para otros trámites hay que hacerlo, y que no se puede hacer en efectivo sino con justificante bancario. Esta es otra de las reglas burocráticas, si tienes que pagar una tasa, matrícula, o lo que sea, la pesadilla es doble, hay que ir a un banco también, y después llevarles el puto papel amarillo. Ella seguía leyendo, y me dieron ganas de preguntarle si después de tres lecturas aún había algo en aquella carta que no entendiese. Levantó la vista, como si hubiese oído mis pensamientos, y con una sonrisa y tono maternal me dijo: No, no te preocupes que no tienes que pagar ninguna tasa. No bajes la guardia, Lucía. Las funcionarias asesinas saben cómo engatusar a sus víctimas. E inmediatamente después vino el golpe de gracia. Pero voy a necesitar, además de los originales, que me traigas unas fotocopias. No jodas, no se me hubiera ocurrido nunca. Mira que ni siquiera pensé en llamar para averiguar la documentación que iba a necesitar. ¿Y no me las puede hacer usted? Pero qué tonta soy cuando quiero. No. Y además como ya era la una menos diez de un viernes, y el chiringo se cerraba, pues mejor vuelvo el lunes y ya le llevo a esa señora tan simpática todas las fotocopias que ella quiera. Y qué, vuelvo a coger un numerito, me siento en esa silla, y espero otras dos horas. Le dije con un tono que no llegó a ser impertinente, porque a mí los burócratas me bloquean. No, me dijo. Vienes y me dices que ya estuviste aquí antes. Y posó su mano sobre la mía mientras me devolvía mis baratijas de papel.
Se me erizó la piel, y creo que de las orejas me salía humo cuando me giré y salí de aquella sala. Estaba llena de furia, y si me encontraba a Andrés, o al listo que me invitó a colarme hasta el fondo, les gritaría con odio: ¡Gracias por haberme robado una mañana! Ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh. Pero me los crucé volviendo a la moto, a los dos, y lo único que fui capaz de hacer fue bajar la vista al suelo, y apretar los labios con la rabia de un niño.

Para que...

"Para que no te quedes nunca del todo, ni te vayas por favor pa' siempre"
(Platos rotos, Paco Cifuentes)

A veces va bien beberse todo el amor, hasta que en el vaso no quede más que el poso.
Guardar la copa, taparla con mimo para que conserve el olor, y asomar la nariz de tanto en tanto para precipitarse en el vértigo de lo que fue cuando flaquea la fe por lo que ahora es.

Invitación al vómito

Cúbrete el rostro
y llora.
Vomita.
¡Sí!
Vomita,
largos trozos de vidrio,
amargos alfileres, turbios gritos de espanto,
vocablos carcomidos;
sobre este purulento desborde de inocencia,
ante esta nauseabunda inquidad sin cauce,
y esta castrada y fétida sumisión cultivada
en flatulentos caldos de terror y de ayuno.
Cúbrete el rostro
y llora...
pero no te contengas.
Vomita.
¡Sí!
Vomita,
ante esta paranoica estupidez macabra,
sobre este delirante cretinismo prostáico:
lacios coágulos de asco,
macerada impotencia,
rancios jugos de hastío,
trozos de amarga espera...
horas entrecortadas por relinchos de angustia.

My Olivetti girls



UNDERWOOD GIRLS

Quietas, dormidas están,
las treinta redondas blancas.
Entre todas
sostienen el mundo.
Míralas aquí en su sueño,
como nubes,
redondas, blancas y dentro
destinos de trueno y rayo,
destinos de lluvia lenta,
de nieve, de viento, signos.
Despiértalas,
con tactos saltarines
de dedos rápidos, leves,
como a músicas antiguas.
Ellas suenan otra música:
fantasías de metal
valses duros, al dictado.

Que se alcen desde siglos
todas iguales, distintas
como las olas del mar
y una gran alma secreta.
Que se crean que es la carta,
la fórmula como siempre.
Tú alócate
bien los dedos, y las
raptas y las lanzas,
a las treinta, eternas ninfas
contra el gran mundo vacío,
blanco en blanco.
Por fin a la hazaña pura,
sin palabras sin sentido,
ese, zeda, jota, i...

Pedro Salinas


Gracias, Juan. ¡Muchas gracias!