Last dance



Un mail con un "¿aún estoy a tiempo?", y al día siguiente una gran noticia: Ainaratxo me visita en mi recta final. Con ella me despediré del Caribe, de las visitas, de ciertos paseos... Y poco después de Bogotá, pero sobre todo de Colombia.

Carlos y Ricardo

Ricardo y Carlos serían un dúo cómico fabuloso, de no ser por ese hondo sentido de la responsabilidad que es lo único que creo que comparten. Carlos es uno de esos hombres con cuerpo perfectamente masculino, pero que tienen la altura de una mujer. Ricardo es alto y delgado, de manos finas y delicadas como las de una actriz en blanco y negro. Ricardo es correcto, meticulosamente correcto, y me provoca una ternura desmesurada. Carlos es ese actor secundario por el que merece la pena ver una mala comedia, siempre que le veo (dos o tres veces al día cada dos días), se esfuerza por hacerme reír.

Carlos y Ricardo son los porteros del edificio en el que vivo, y ambos visten su impecable uniforme de seguridad: los mismos pantalones azul marino con una raya amarilla en cada lateral de las piernas, la misma camisa del mismo color que los pantalones, la misma chaqueta abultada, abrigada y brillante, con letras amarillas bordadas en la espalda que me recuerdan las de las “Pink Ladies” de Grease. 

Carlos y Ricardo conocen, sin remedio, cada acontecimiento de mi vida cuando estoy en casa. Resulta que si el portero es el único que tiene la llave que abre el portal de un edificio de siete plantas, cada vez que un inquilino entra o sale de él a pie, o incluso en coche, son Carlos o Ricardo quienes abren las puertas. Cada vez que los inquilinos regresan a sus casas, vuelven a ser Ricardo o Carlos quienes abren las puertas. Pero también cuando hay visitas, los porteros descuelgan el telefonillo y preguntan en la casa correspondiente si se esperaba a Fulano. Después de confirmar, uno u otro abren la puerta y, claro, la vuelven a abrir cuando la visita se marcha. En la ciudad del todo-a-domicilio, si Carlos y Ricardo hablaran entre ellos de mí, descubrirían que el domingo hice la compra, porque el mensajero del supermercado llegó cargado de bolsas a eso de las seis de la tarde; que el lunes me dio pereza cocinar y cené pizza, eso sí, de las buenas, y es que las cajas de pizza no dan lugar a intrigas; y saben cuándo me visita quién, y cuánto estuvo en casa; saben a qué horas Mambo y yo salimos a pasear, y sabrían decir incluso en qué dirección y qué recorrido hice por el tiempo que tardé en volver. En fin, Carlos y Ricardo lo saben todo de mí, y yo apenas sé de ellos los pocos minutos que compartimos cada día.

La señora de la Rioja

"La señora de la Rioja" es el identificativo que utilizamos para hablar de Ángela, no porque sea de la Rioja, que lo es y su marcado acento lo demuestra, sino porque regenta una tiendita, a escasos veinte metros de mi casa, cuyo letrero reza en letras rojas: La Rioja.

La tienda de Ángela no es otra cosa que una cigarrería (local típicamente colombiano en el que básicamente se venden alcohol y tabaco) que además tiene tortilla española (hecha todas las noches por Ángela) algunas latitas de conservas españolas, y algún embutido que otro. Como Ángela también vende Coca-Cola light, la tortilla está bastante buena, y Mambo no es capaz de pasar delante de su puerta sin entrar, Mambo y yo visitamos a Ángela con frecuencia. Y, las cosas como son, le hace mucho más caso al perro que a mí.

Hace más de cuarenta años el cuñado de Ángela marchó para Colombia en un momento difícil para España. Desde allí le contaba grandes sueños a su hermano, Eduardo, y les invitó a él y a Ángela a visitarle para que lo vieran con sus propios ojos. Eduardo y Ángela tuvieron que arañar lo que pudieron del sueldo de Eduardo para comprar los pasajes que les llevarían a Bogotá.

Nada más volver a España, Eduardo dejó su trabajo en el almacén, devolvió el coche de la empresa, y vendió el suyo propio. Volvieron a hacer las maletas, y marcharon por segunda vez rumbo a Colombia, esta vez con la inquietud de quien abandona lo suyo y emprende una aventura.

Una vez en Bogotá se decidieron a vender el pisito de España, no lo habían hecho antes por si acaso decidían volver, que nunca se sabe. Pero es que con el dinero aquel compraron una casa de 495 metros cuadrados y rodeada de jardines en las afueras de Bogotá, en la 125. Mientras me lo cuenta se me escapa que la 125 está aquí al lado, y ella me contesta que hace cuarenta y cinco años, eso eran las afueras de la ciudad, y que hay que ver lo que cambian las cosas, hija, que todo esto que ves antes era puro campo.

Eduardo murió hace cinco años, así que Ángela vendió la casa. Sin hijos ni marido, para qué quería ella tanta casa. Así que de nuevo, con aquel dinero compró tres pisitos: uno para ella, y los otros dos para sus dos hijos varones. El suyo a sólo una cuadra de su antigua casa, para no tener que adaptarse a un barrio nuevo.

Tras hacer cuentas con los años le pregunto a Ángela si en todos estos años no ha querido volver nunca a España con todo lo que ha pasado en este país durante los últimos cincuenta años. Y siento una especie de alivio al saber que sí, que hubo cosas que no le gustaron, que hubo otras que le asustaron, que por otro lado le costó entender una sociedad distinta, pero que Eduardo no quiso nunca saber nada de volver a España. Y ahora, para qué se va a ir sin sus hijos que tienen las vidas montadas aquí. Y que, además, a Ángela eso de viajar... Y además, hija, entre que vas y te haces con las cosas, ya te tienes que volver.

Nocturno

Esta noche ha vuelto la lluvia sobre los cafetales.
Sobre las hojas de plátano,
sobre las altas ramas de los cámbulos,
ha vuelto a llover esta noche un agua persistente y vastísima
que crece las acequias y comienza a henchir los ríos
que gimen con su nocturna carga de lodos vegetales.
La lluvia sobre el cinc de los tejados
canta su presencia y me aleja del sueño
hasta dejarme en un crecer de las aguas sin sosiego,
en la noche fresquísima que chorrea
por entre la bóveda de los cafetos
y escurre por el enfermo tronco de los balsos gigantes.
Ahora, de repente, en mitad de la noche
ha regresado la lluvia sobre los cafetales
y entre el vocerío vegetal de las aguas
me llega la intacta materia de otros días
salvada del ajeno trabajo de los años.

Álvaro Mutis