Carlos y Ricardo

Ricardo y Carlos serían un dúo cómico fabuloso, de no ser por ese hondo sentido de la responsabilidad que es lo único que creo que comparten. Carlos es uno de esos hombres con cuerpo perfectamente masculino, pero que tienen la altura de una mujer. Ricardo es alto y delgado, de manos finas y delicadas como las de una actriz en blanco y negro. Ricardo es correcto, meticulosamente correcto, y me provoca una ternura desmesurada. Carlos es ese actor secundario por el que merece la pena ver una mala comedia, siempre que le veo (dos o tres veces al día cada dos días), se esfuerza por hacerme reír.

Carlos y Ricardo son los porteros del edificio en el que vivo, y ambos visten su impecable uniforme de seguridad: los mismos pantalones azul marino con una raya amarilla en cada lateral de las piernas, la misma camisa del mismo color que los pantalones, la misma chaqueta abultada, abrigada y brillante, con letras amarillas bordadas en la espalda que me recuerdan las de las “Pink Ladies” de Grease. 

Carlos y Ricardo conocen, sin remedio, cada acontecimiento de mi vida cuando estoy en casa. Resulta que si el portero es el único que tiene la llave que abre el portal de un edificio de siete plantas, cada vez que un inquilino entra o sale de él a pie, o incluso en coche, son Carlos o Ricardo quienes abren las puertas. Cada vez que los inquilinos regresan a sus casas, vuelven a ser Ricardo o Carlos quienes abren las puertas. Pero también cuando hay visitas, los porteros descuelgan el telefonillo y preguntan en la casa correspondiente si se esperaba a Fulano. Después de confirmar, uno u otro abren la puerta y, claro, la vuelven a abrir cuando la visita se marcha. En la ciudad del todo-a-domicilio, si Carlos y Ricardo hablaran entre ellos de mí, descubrirían que el domingo hice la compra, porque el mensajero del supermercado llegó cargado de bolsas a eso de las seis de la tarde; que el lunes me dio pereza cocinar y cené pizza, eso sí, de las buenas, y es que las cajas de pizza no dan lugar a intrigas; y saben cuándo me visita quién, y cuánto estuvo en casa; saben a qué horas Mambo y yo salimos a pasear, y sabrían decir incluso en qué dirección y qué recorrido hice por el tiempo que tardé en volver. En fin, Carlos y Ricardo lo saben todo de mí, y yo apenas sé de ellos los pocos minutos que compartimos cada día.

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