Existe un lugar sin espacio ni tiempo, un cayo fantasma que aparece del fondo de las aguas sólo en noches de cosmos equilibrado. Hace tiempo bauticé esa balsa como Cayo Cuica, porque es igual de oportuno que el instrumento, y provoca los mismos pellizcos en la sonrisa.
He pasado la noche en en ese espacio mitológico, orgullosamente acompañada por cinco hombres que admiro. El primero, R. que antes de caer el sol, como afinando las cuerdas de un cavaquinho, me advierte en un mensaje que esta noche la luna está llena, y su melodía sonará dulcemente durante horas.
Más tarde, J. con su presencia calmada, su discurso tranquilo, sus pies en la tierra, y ese amor que tanto envidio, me recuerda el susurro de Vinicius De Moraes: Soneto Do Amor Total.
D., agudo agogó con su batería de anécdotas, nuestras risas, sus reflexiones profundas, y los mails que quedaron en el aire, por mi culpa, claro.
R., R.C o los ojos más limpios, las palabras más tiernas, y esa altura inmensa que jamás utiliza para mirar desde arriba. Qué asombrosamente cálidos son, siempre, los abrazos de R.
Entre tintos de verano y cañas suena el teléfono. L. necesita que le diga que, si no le gusta lo que ha creado, el lienzo se puede volver a pintar de blanco.
No mirar el reloj, no pestañear, y reír a carcajadas por las confesiones retrospectivas. Balancear la silla a dos patas e inventarse que esta noche el asfalto se ha transformado en arena, que la brisa trae olores de sal, y que el zumbido de una moto no es más que el aire atravesando las hojas de palmera.
Gracias, a los cinco, por haberme hecho sentir uno más, pero distinta.
No mirar el reloj, no pestañear, y reír a carcajadas por las confesiones retrospectivas. Balancear la silla a dos patas e inventarse que esta noche el asfalto se ha transformado en arena, que la brisa trae olores de sal, y que el zumbido de una moto no es más que el aire atravesando las hojas de palmera.
Gracias, a los cinco, por haberme hecho sentir uno más, pero distinta.


