Prisas

Pa, pa, pa, pam;
pa, pa, pa, pam;
pa, pa, pa pam...

La cajera del supermercado repiquetea inclemente con la yema de los dedos mientras coloco una botella de coca-cola light y media sandía en la cinta negra.

Al otro lado de la caja, un muchacho con gorra y la camiseta ajada, desatiende el pequeño bote de desodorante, la pasta de dientes, y la botellita de agua, para mirar con fijeza la pantalla que marca el precio de sus tres objetos.

La cajera le repite la cantidad sin mirarle apenas, y él murmura cuentas en inglés revolviendo, con unos larguísimos dedos negros, las moneditas que hay en la cuenca de su mano izquierda. Finalmente se las entrega a la cajera, y me mira pidiendo disculpas. Sonrío.

Antes incluso de contar las monedas, ella replica con áspero acento sudamericano: "¡te falta!". Él, con nerviosismo, agarra el agua, la pasta y el desodorante con una sola mano y unas ganas inmensas de salir de ese lugar. "¡Te falta!" insiste ella impaciente, "ocho céntimos".

Los ojos blanquísimos del muchacho vuelven a mirarme, pidiendo ayuda esta vez. "Eight cents", sonrío.

Ella tiende la mano que guarda el botín incompleto, la otra se la lleva a la cadera, mientras golpea el suelo con el pie en una frecuencia parecida al "pa, pa, pa, pam" del principio de la escena.

Él suelta inmediatamente sus objetos, vuelve a llenarse la mano de moneditas color ocre, los dedos largos y negros vuelven a revolver en la cuenca izquierda hasta rescatar los dichosos céntimos de euro. Suspira aliviado, y se los entrega a la cajera.

Ella no vuelve a preocuparse por su presencia. Distribuye las monedas en los compartimentos de la caja, e inmediatamente activa la cinta negra. Agarra con negligencia mi sandía, pasa la etiqueta por el lector, y lanza la fruta como si fuera una pelota contra el tope metálico del final de su fortaleza. Después repite la operación con la coca-cola, y espeta "¡tres con dieciséis!".

Antes de irse, los ojos blanquísimos vuelven a buscarme, y los labios inmensos que los acompañan me susurran un "thank you", en un inglés que por supuesto no es su lengua materna. Sonrío.

Con calma, atravieso los detectores antirrobo, saco la cartera, le entrego un billete de cinco a la cajera, y mientras guardo mis compras en la bolsa de tela que traía de casa, ella, con la mano tendida y mis vueltas en la cuenca, vuelve a repiquetear en el suelo "pa, pa, pa, pam".

La miro sin nervios, recojo mis metales, le doy las gracias y sonrío.

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