Interferencias

Navegar por los mares de China está siendo más complicado de lo que pensaba.

No hay cobertura, no hay acceso a las páginas de Internet que puedan guardar el más mínimo interés, y por supuesto no puedo actualizar el blog.

Ahora desde Hong Kong el tiempo cunde poco.

Ya recogeré las experiencias de estos vientos.

Pirata en puerto



Agua estancada.

Pasos de libélula.

Almendro en invierno.

Canción desafinada.

Por fin un sampán,
a los mares de China.

Noches de luna, llena.




Existe un lugar sin espacio ni tiempo, un cayo fantasma que aparece del fondo de las aguas sólo en noches de cosmos equilibrado. Hace tiempo bauticé esa balsa como Cayo Cuica, porque es igual de oportuno que el instrumento, y provoca los mismos pellizcos en la sonrisa.

He pasado la noche en en ese espacio mitológico, orgullosamente acompañada por cinco hombres que admiro. El primero, R. que antes de caer el sol, como afinando las cuerdas de un cavaquinho, me advierte en un mensaje que esta noche la luna está llena, y su melodía sonará dulcemente durante horas.

Más tarde, J. con su presencia calmada, su discurso tranquilo, sus pies en la tierra, y ese amor que tanto envidio, me recuerda el susurro de Vinicius De Moraes: Soneto Do Amor Total.

D., agudo agogó con su batería de anécdotas, nuestras risas, sus reflexiones profundas, y los mails que quedaron en el aire, por mi culpa, claro.

R., R.C o los ojos más limpios, las palabras más tiernas, y esa altura inmensa que jamás utiliza para mirar desde arriba. Qué asombrosamente cálidos son, siempre, los abrazos de R.

Entre tintos de verano y cañas suena el teléfono. L. necesita que le diga que, si no le gusta lo que ha creado, el lienzo se puede volver a pintar de blanco.

No mirar el reloj, no pestañear, y reír a carcajadas por las confesiones retrospectivas. Balancear la silla a dos patas e inventarse que esta noche el asfalto se ha transformado en arena, que la brisa trae olores de sal, y que el zumbido de una moto no es más que el aire atravesando las hojas de palmera.

Gracias, a los cinco, por haberme hecho sentir uno más, pero distinta.

Prisas

Pa, pa, pa, pam;
pa, pa, pa, pam;
pa, pa, pa pam...

La cajera del supermercado repiquetea inclemente con la yema de los dedos mientras coloco una botella de coca-cola light y media sandía en la cinta negra.

Al otro lado de la caja, un muchacho con gorra y la camiseta ajada, desatiende el pequeño bote de desodorante, la pasta de dientes, y la botellita de agua, para mirar con fijeza la pantalla que marca el precio de sus tres objetos.

La cajera le repite la cantidad sin mirarle apenas, y él murmura cuentas en inglés revolviendo, con unos larguísimos dedos negros, las moneditas que hay en la cuenca de su mano izquierda. Finalmente se las entrega a la cajera, y me mira pidiendo disculpas. Sonrío.

Antes incluso de contar las monedas, ella replica con áspero acento sudamericano: "¡te falta!". Él, con nerviosismo, agarra el agua, la pasta y el desodorante con una sola mano y unas ganas inmensas de salir de ese lugar. "¡Te falta!" insiste ella impaciente, "ocho céntimos".

Los ojos blanquísimos del muchacho vuelven a mirarme, pidiendo ayuda esta vez. "Eight cents", sonrío.

Ella tiende la mano que guarda el botín incompleto, la otra se la lleva a la cadera, mientras golpea el suelo con el pie en una frecuencia parecida al "pa, pa, pa, pam" del principio de la escena.

Él suelta inmediatamente sus objetos, vuelve a llenarse la mano de moneditas color ocre, los dedos largos y negros vuelven a revolver en la cuenca izquierda hasta rescatar los dichosos céntimos de euro. Suspira aliviado, y se los entrega a la cajera.

Ella no vuelve a preocuparse por su presencia. Distribuye las monedas en los compartimentos de la caja, e inmediatamente activa la cinta negra. Agarra con negligencia mi sandía, pasa la etiqueta por el lector, y lanza la fruta como si fuera una pelota contra el tope metálico del final de su fortaleza. Después repite la operación con la coca-cola, y espeta "¡tres con dieciséis!".

Antes de irse, los ojos blanquísimos vuelven a buscarme, y los labios inmensos que los acompañan me susurran un "thank you", en un inglés que por supuesto no es su lengua materna. Sonrío.

Con calma, atravieso los detectores antirrobo, saco la cartera, le entrego un billete de cinco a la cajera, y mientras guardo mis compras en la bolsa de tela que traía de casa, ella, con la mano tendida y mis vueltas en la cuenca, vuelve a repiquetear en el suelo "pa, pa, pa, pam".

La miro sin nervios, recojo mis metales, le doy las gracias y sonrío.