Máscaras - 面具

Hologram

Lengua materna - 母语

Tengo el vicio, especialmente en cafeterías y restaurantes, de atender a las conversaciones alrededor. Mi hermano menor me reprende siempre por ello, pero si los sonidos llegan a mí, no puedo evitar la curiosidad por saber la historia en la mesa de al lado. Con lo que dicen y lo que no, y por cómo ella, distraída, acumula en un montoncito las migas del pan, y después, hace pinza con los dedos para depositarlas a pellizcos en el cenicero, especulo sobre su vida más allá del mantel de cuadros.

Descubrí que en Londres esto no me pasaba. Sólo si prestaba atención, era capaz de reconstruir mis fantasías. Entendía el idioma, sin embargo, podía oírlo sin escuchar.

Con el español no sucede lo mismo. La lengua materna uno la aprende al estar presente en las conversaciones de los otros. Es el instinto el que registra: esta palabra aquí, esta otra por allá, las estructuras, los verbos, los artículos, las conexiones lingüísticas, las oraciones complejas… Y mientras todo eso se conecta de forma misteriosa, uno está ocupado en descifrar por qué las piezas de plástico del Lego se caen constantemente.

En Colombia, mis oídos, y después mi cerebro, procesaban todas las voces como si estuvieran sentadas en el mismo restaurante italiano de los domingos en Madrid. Pero el código no era el mismo y el castillo de colores se me tambaleaba de a ratos.

Ahora mi consciencia tiene a todos los sentidos en marcha. Cada minuto del día tratan de saber qué comentan los dos hombres que pasean por la calle y cuyas voces se cuelan en mi salón; por qué grita esa muchacha en el teléfono; qué dicen los compañeros en el trabajo; qué noticias de España cuenta el locutor de la radio del taxi; o por qué las dependientas están riendo mientras me dan el cambio…

El premio no es construir las vidas detrás del mantel, sino en llenarlo de pequeñas migas, apenas una palabra, dos, o diez.

Es divertido, pero la conciencia del adulto hace que me sienta una niña torpe.

Árbol - 木

En la esquina de Huai Hai con Wuxing hay un árbol de afán conquistador.

Por las mañanas suelo sortear las hojas que llegan a la altura de mis hombros caminando por el borde de la acera.

Por la tarde, en cambio, paso por debajo del arco que forman las ramas. Entonces mi mano se alza sin recibir órdenes, y acaricia algunas hojas, sucias de polvo y lluvia, como si saludara al gato que no me espera en casa.