Los ruidos se habían convertido en una jaula inmensa y cruel. Las bocinas, los coches, los gritos, los teléfonos, las alarmas, los frenazos, las motos, los perros, las sirenas, los vecinos, las obras, las malditas obras que no acabarían nunca; y todos aturdiendo constantemente el pensamiento. Altavoces desvirtuando las músicas, siempre en plural, siempre a gran volumen. Los truenos, y hasta los relámpagos sonando con luces estridentes.
Los ruidos no concedían treguas y esta vez habían agredido a Clara en la calle. Ella se imaginó fuera de allí mientras caminaba rápido, todo lo rápido que podía por la falta de aliento. En su cabeza soñaba el silencio de su casa, el calor, el descanso de los oídos. Y se aferraba a esa imagen para no desplomarse en mitad del asfalto.
Llovía, una de esas lluvias pesadas que cubren el aire de agua y apenas deja ver a más de un metro. Las luces se reflejaban en los charcos del asfalto, y el frío empezaba a colarse entre las capas mojadas de la ropa de Clara.
La radio del puesto de chicles de la esquina gritó mientras Clara la doblaba; una ambulancia corrió como si llevara a morir al diablo, los coches se chillaban unos a otros, y por andar con prisas Clara metió el zapato en una grieta de la que no fue capaz de sacarlo. Se quitó el otro y caminó. Los ruidos, los ruidos la seguían aunque caminara, aunque parara. Niños berreando, las músicas de las tiendas, los bares, los coches, los puestos, los restaurantes; y esos tubos de escape de las motos.
Clara se mantenía anclada a su propia imagen. Clara, en una esquina del sofá, concentrada en la pared. Idéntica a una estatua, fría y quieta; encogida en una postura imposible, mientras su mano jugaba con los rizos del pelo en el silencio de su casa.
Las lágrimas empezaron a caer a borbotones sobre las mejillas de Clara, pero la lluvia no dejó que las sintiera. Los teléfonos de las gentes sonaban con el pasar de Clara, y martilleaban sus oídos, encerrando su cabeza en una campana inmensa mientras retumbaban todos a la vez.
Los pies de Clara se arrugaron con el agua, se ensuciaron con el suelo; se rompieron con el suelo también. Pero siguieron caminando, y Clara, desde arriba, les pedía que no pararan, no hasta llegar a casa.
Los helicópteros esa noche volaban también dentro de los oídos de Clara. Y hasta le pareció sentir un tiro en medio de aquel desorden. Los discos de los semáforos entorpecían todo con lluvia, y los cláxones se quejaban, sin parar. Los peatones cruzaban las calles como podían, y Clara parecía volar sobre sus pies descalzos, como si el peso de las ropas mojadas no pudiera frenar su paso invocando el silencio. Clara con los ojos cerrados envuelta por el blanco de una habitación sin ruidos.
Clara cruzó la calle zigzagueando entre coches parados y una bicicleta pasó rozando su brazo. Desconcertada paró de andar, y los conductores pitaron, y los peatones la empujaron. Clara volvió a andar llevada por las gentes que huían de la lluvia. Pero perdió su visión, no conseguía volver al silencio. Todo se hizo ruido. El ring-ring de los teléfonos, choques, ladridos, lluvia, coches, músicas, risas, truenos, luces de faro, helicópteros, los pies deshaciéndose en el asfalto mojado hasta rendirse. Clara se desplomó en un charco. Al los pocos minutos varias sirenas llenaron los oídos de Clara.
Los ruidos no concedían treguas y esta vez habían agredido a Clara en la calle. Ella se imaginó fuera de allí mientras caminaba rápido, todo lo rápido que podía por la falta de aliento. En su cabeza soñaba el silencio de su casa, el calor, el descanso de los oídos. Y se aferraba a esa imagen para no desplomarse en mitad del asfalto.
Llovía, una de esas lluvias pesadas que cubren el aire de agua y apenas deja ver a más de un metro. Las luces se reflejaban en los charcos del asfalto, y el frío empezaba a colarse entre las capas mojadas de la ropa de Clara.
La radio del puesto de chicles de la esquina gritó mientras Clara la doblaba; una ambulancia corrió como si llevara a morir al diablo, los coches se chillaban unos a otros, y por andar con prisas Clara metió el zapato en una grieta de la que no fue capaz de sacarlo. Se quitó el otro y caminó. Los ruidos, los ruidos la seguían aunque caminara, aunque parara. Niños berreando, las músicas de las tiendas, los bares, los coches, los puestos, los restaurantes; y esos tubos de escape de las motos.
Clara se mantenía anclada a su propia imagen. Clara, en una esquina del sofá, concentrada en la pared. Idéntica a una estatua, fría y quieta; encogida en una postura imposible, mientras su mano jugaba con los rizos del pelo en el silencio de su casa.
Las lágrimas empezaron a caer a borbotones sobre las mejillas de Clara, pero la lluvia no dejó que las sintiera. Los teléfonos de las gentes sonaban con el pasar de Clara, y martilleaban sus oídos, encerrando su cabeza en una campana inmensa mientras retumbaban todos a la vez.
Los pies de Clara se arrugaron con el agua, se ensuciaron con el suelo; se rompieron con el suelo también. Pero siguieron caminando, y Clara, desde arriba, les pedía que no pararan, no hasta llegar a casa.
Los helicópteros esa noche volaban también dentro de los oídos de Clara. Y hasta le pareció sentir un tiro en medio de aquel desorden. Los discos de los semáforos entorpecían todo con lluvia, y los cláxones se quejaban, sin parar. Los peatones cruzaban las calles como podían, y Clara parecía volar sobre sus pies descalzos, como si el peso de las ropas mojadas no pudiera frenar su paso invocando el silencio. Clara con los ojos cerrados envuelta por el blanco de una habitación sin ruidos.
Clara cruzó la calle zigzagueando entre coches parados y una bicicleta pasó rozando su brazo. Desconcertada paró de andar, y los conductores pitaron, y los peatones la empujaron. Clara volvió a andar llevada por las gentes que huían de la lluvia. Pero perdió su visión, no conseguía volver al silencio. Todo se hizo ruido. El ring-ring de los teléfonos, choques, ladridos, lluvia, coches, músicas, risas, truenos, luces de faro, helicópteros, los pies deshaciéndose en el asfalto mojado hasta rendirse. Clara se desplomó en un charco. Al los pocos minutos varias sirenas llenaron los oídos de Clara.



1 comentarios:
maravilloso, simplemente genial, te ha salido un fiel lector en la otra parte del mundo, mucho animo por esas tierras lejanas y otro tanto de carino que siempre viene bien. Besos
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