Estaba repantingada en un sofá del Starbucks, leyendo, o haciendo que leía. Tenía una cristalera inmensa a mi izquierda, y la sensación de que aquella avenida, con el sol iluminando cada detalle de asfalto, era la versión más cinematográfica de San Francisco, y yo estaba embelesada con las vistas.
Tras una canción de Ella Fitzgerald, apareció Jill Barber. Pero su nombre yo no lo conocía entonces. De hecho, había escuchado esa misma canción, en ese mismo establecimiento, una semana antes. Sólo un fragmento, el final. Lo había intentado con esfuerzo, pero no conseguí volverla a reproducir en mi mente. Ahora volvía a sonar, y reconocí al instante los primeros acordes. Me incorporé como por arte de un latizago en la espalda. El cuerpo tieso, la cabeza alerta. Escuché... Y me distraje por un momento, no lo pude evitar, se me estaba olvidando respirar. Fue una punzada en las tripas. Una voz casi ácida, que cantaba en un balancín que parecía mecerlo a uno, casi un himno, una canción de cuna para calmar las almas.
Me levanté de un brinco, me colé hasta el mostrador por la zona de recogida de bebidas, no quería que las personas de la cola se molestaran. Asalté al muchacho con uniforme que estaba más cerca. Le pregunté con prisas cómo se llamaba aquella canción. Me dijo que no lo sabía, se hizo el remolón. Le imploré, lo reconozco, se me llenó la boca de pena, los ojos de tristeza, y le pedí que lo averiguara como quien ruega auxilio.
Me quedé esperando junto a la barra. Intenté no distraerme con los cafés de otros clientes, y aún así estuve a punto de darle un sorbo a uno que no era mío. Mi taza seguía en la mesa junto al sofá de la ventana que daba a la avenida. Giré la cabeza al recordarlo, y descubrí que me habían quitado el sitio. No me importó, seguía concentrada en la canción. Trataba de no olvidar la letra por si aquel muchacho no me podía ayudar. Si recordaba la letra podría localizar la canción reproduciéndosela al dependiente de la Virgin. Lo había practicado en otras ocasiones, casi siempre con éxito.
Al cabo del rato el muchacho regresó. Cogió una servilleta y un boli, y yo traté de disimular una sonrisa exagerada. "Aquí tienes", me dijo mientras me tendía la servilleta. Escrito en negro y con una letra impecable: Jill Barber, In perfect time.
¡Qué necesarios son los flechazos!
¡Me he encontrado, por purísima causalidad, con una niña pirata que navega en un barco de papel! Amelia Curran
[El video de Jill Barber es de otra canción, pero el videoclip es tan absurdo que me gusta. ¡Yo también quiero unos cuernos de reno a modo de echarpe!]



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