El otro día esperaba a que un semáforo en rojo cambiara a verde para girar a la izquierda en la siguiente calle. Me fijé en una chica joven que caminaba no sé de dónde a dónde. Yo la veía de espaldas, y ella de pronto, entre sus pasos de asfalto coló algunos de baile. Me hizo sonreír, como lo hacen las piernas que se mueven a un compás determinado mientras viajan en el metro, o las manos que dan palmadas en las pantorrillas, los dedos que chasquean acompañando a unos dientes que muerden ligeramente el labio inferior conteniendo las terribles ganas de cantar. Sonreí como lo hago cuando yo misma no puedo evitar bailar poseída en casa porque alguna canción mueve mi cuerpo sin pedir permiso, para nadie, para mí. El semáforo se puso en verde y yo no me di cuenta, entonces sonó el claxon de algún desaprensivo que por algún motivo tenía una prisa inadmisible un domingo a las cinco de la tarde. Giré a la izquierda, y durante el resto de mi trayecto imaginé qué fantástico sería bailar en la sala de espera del dentista si la música apropiada sonaba por los altavoces, o en mitad de una cena entre las mesas de un restaurante.
¡Gracias, Vicente!
¡Gracias, Vicente!



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