No sé nada del hombre que hay siempre sentado en esa banqueta. Se pasa los días ahí, vestido de traje, sin corbata, y con la chaqueta colgada del respaldo de su taburete de bar, uno de esos altos acompañado de su eterna mesita redonda, también alta y de metal. Frente a él, encima de la mesita, siempre está el ordenador portátil, siempre abierto y encendido, y conectado, claro, a la red eléctrica. No importa la hora, a las diez de la mañana, las dos de la tarde, las cuatro, a las cuatro y media también, toda la tarde y la noche hasta que desaparece. Supongo que para dormir. A mí me da tristeza, tan incómodo el pobre durante tantas horas al día, y en la misma posición.
Como me parece tan extraordinario, reconozco que he empezado a espiarle, y mientras me voy moviendo por casa (que si ahora ordeno, que si ahora leo, que si canto que si bailo), pues yo le echo una ojeada a este hombre. Eso sí, cuando me acerco a las ventanas y rozo la indiscreción, disimulo y encojo la boca confirmando que llueve, o muevo afirmativamente la cabeza las pocas veces que hace sol. Él siempre está ahí, sentado al borde de su taburete, con el ordenador enfrente, abierto y encendido, en la tercera ventana, empezando por la izquierda, del segundo piso de la fachada que hay frente a la mía.



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