Nada se pierde



Suenan las primeras notas, y mi cuerpo reconoce la canción. Se estremece, como movido por un pinchazo incómodo.

Esta canción era mía, un secreto del que casi me avergüenzo, un secreto de los importantes. Y antes, cada vez que sonaba, mi cuerpo reconocía la melodía al instante, y se relajaba, se dejaba flotar por unos minutos de sueños.

De un tiempo a esta parte, los mismos acordes han pasado a representar cosas distintas, lo que antes fue sueño ahora es un recuerdo que escuece. Y escuece cada vez que aparece el anuncio de la ONCE. No veo demasiado la tele, pero deben haber planificado la campaña de forma que cada vez que me planto delante de la pantalla aparezca el dichoso anuncio al menos una vez.

Pero, supersticiosa hasta la médula, le busco las excusas a todo. Y esta canción estaba llamada a ser importante para mí. Drexler no era santo de mi devoción, pero esta canción lo fue. Y lo fue porque me cegué de sueño, para que ahora la asociación de ciegos la utilice como banda sonora de su campaña de publicidad. Y de nuevo, dos coincidencias. No sólo mi nombre es el de la patrona de los ciegos, sino que, aunque sea por título, soy publicista.

Ojalá llegue el tiempo de cosechas.

El flequillo se me apodera

Un día raro. Soy una mujer al borde de un ataque de nervios. ¿Por qué? Pues porque sí, que para eso soy mujer. Hoy la he tomado con el pelo, se me apodera, me siento mal, y tengo ganas de gritar.

Lo de salir de casa en estas circunstancias siempre ha sido tarea difícil. Pero hoy, Super Clemente, me rescata en dos minutos. Cuatro horquillas bastan.

¡Qué voy a hacer yo sin Clemente en Bogotá? Quién me va a desatorar, se va a reír de mí, pero sobre todo conmigo, quién me va a necesitar para pasear un domingo de resaca por Notting Hill, o por Alcalá, para fumar hasta perder la conciencia, para beber y bailar, para hablar, mucho, mucho.



Desenterrando tesoros: Jarabe de palo

Dice Guille que hay músicos que deberían tocar siempre el mismo álbum.
Pau Donés debería tocar el de La flaca en una reproducción infinita.
Suplicar un beso. Confesar en ritmos tranquilos el lado oscuro. Y seguir pintando ese mismo mundo naif que hace sentir bien.
"Quédate con lo bonito, deja caer esa lágrima". Y se te sale la sonrisa.

Parirás con amor

"Digna estaba arrepentida de haber ido al hospital y se acusaba de lo ocurrido. Hasta entonces todos sus hijos nacieron en la casa, con ayuda de Mamita Encarnación, quien controlaba el embarazo desde los primeros meses y aparecía la víspera del alumbramiento, quedándose hasta que la madre pudiera ocuparse de sus quehaceres. Llegaba con sus yerbas para parir rápido, sus tijeras benditas por el obispo, sus trapos limpios y hervidos, sus compresas cicatrizantes, sus bálsamos para los pezones, las estrías y los desgarros, su hilo de coser y su incuestionable sabiduría. Mientras preparaba el ambiente para la criatura en camino, charlaba sin cesar entreteniendo a la enferma con los chismes locales y otras historias de su invención, cuya finalidad era hacer el tiempo más corto y el sufrimiento menor. Esa mujer pequeña, ágil, envuelta en un aroma inmutable de humo y espliego, ayudaba a nacer a casi todos los críos de la zona desde hacía más de veinte años. Nada exigía por sus servicios, pero vivía de su oficio, porque los agradecidos pasaban frente asu rancho dejando huevos, fruta, leña, aves, una liebre o una perdiz de la última cacería. Aun en los peores tiempos de miseria, cuando se arruinaban las cosechas y se secaba el vientre de las bestias, no faltaba lo necesario en el hogar de Mamita Encarnación. Conocía todos los secretos de la naturaleza en torno al hecho de nacer y también algunos infalibles sistemas para abortar con yerbas o cabo de vela, que sólo usaba en casos de reconocida justicia. Si fallaban sus conocimientos, empleaba su intuición. Cuando al fin la criatura se abría paso hasta la luz, cortaba el cordón umbilical con las tijeras milagrosas para darle fuerza y salud, en seguida la revisaba de pies a cabeza para cerciorarse de que nada extraño aparecía en su constitución. Si descubría una falla, anticipo de una vida de sufrimiento o de una carga para los demás, abandonaba al recién nacido a su suerte, pero si todo estaba en el orden de Dios, daba gracias al cielo y procedía a iniciarlo en el trajín de la vida con un par de palmadas. A la madre daba borraja para expulsar la sangre negra y los malos humores, aceite de ricino para limpiar la tripa y cerveza con yemas crudas para garantizar abundancia de leche. Se quedaba tres o cuatro días a cargo de la casa, cocinaba, barría, servía la comida a la familia y se ocupaba de la parvada de niños. Así había sido en todos los partos de Digna Ranquileo, pero cuando nació Evangelina la comadrona estaba en la cárcel por ejercicio ilegal de la medicina y no pudo atenderla. Por esa razón y no por otra, Digna acudió al hospital de Los Riscos, donde se sintió tratada peor que un condenado. Al entrar le pusieron un parche con un número en la muñeca, le afeitaron sus partes pudorosas, la bañaron con agua fría y desinfectante, sin considerar la posibilidad de secarle la leche para siempre y la colocaron en una cama sin sábanas con otra mujer en sus mismas condiciones. Después de hurgar sin pedirle permiso en todos los orificios de su cuerpo, la hicieron dar a luz debajo de una lámpara a la vista de quien quisiera curiosear. Todo lo soportó sin un suspiro, pero cuando salió de allí con una hija que no era la suya en los brazos y sus vergüenzas pintadas de rojo como una bandera, juró no volver a poner los pies en un hospital en los días de su vida."


Isabel Allende, De amor y de sombra.