Nada se pierde



Suenan las primeras notas, y mi cuerpo reconoce la canción. Se estremece, como movido por un pinchazo incómodo.

Esta canción era mía, un secreto del que casi me avergüenzo, un secreto de los importantes. Y antes, cada vez que sonaba, mi cuerpo reconocía la melodía al instante, y se relajaba, se dejaba flotar por unos minutos de sueños.

De un tiempo a esta parte, los mismos acordes han pasado a representar cosas distintas, lo que antes fue sueño ahora es un recuerdo que escuece. Y escuece cada vez que aparece el anuncio de la ONCE. No veo demasiado la tele, pero deben haber planificado la campaña de forma que cada vez que me planto delante de la pantalla aparezca el dichoso anuncio al menos una vez.

Pero, supersticiosa hasta la médula, le busco las excusas a todo. Y esta canción estaba llamada a ser importante para mí. Drexler no era santo de mi devoción, pero esta canción lo fue. Y lo fue porque me cegué de sueño, para que ahora la asociación de ciegos la utilice como banda sonora de su campaña de publicidad. Y de nuevo, dos coincidencias. No sólo mi nombre es el de la patrona de los ciegos, sino que, aunque sea por título, soy publicista.

Ojalá llegue el tiempo de cosechas.

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