Haciendo las américas

Después de 24 horas en suelo americano creo que es el momento de poner en orden mis primeras sensaciones.

Las despedidas en Madrid fueron difíciles. Y pensaba que me había quedado seca de tanta lágrima, pero se ve que no, porque aún aquí se me llena la garganta de amargor cada vez que me acuerdo de lo que me está pasando, de lo que me voy a perder, y de lo que está por pasar.

El viaje, demasiado largo. Pero cada vez que me agobiaba estar encerrada imaginaba la aventura de Colón, y daba gracias por los aviones, por recorrer en unas 11 horas un océano entero.

La llegada al aeropuerto, caótica. Recogida de maletas, nos saltamos la cola de inmigración, que para algo tenía que servir el pasaporte de servicios, y después, a poner buena cara mientras un policía pasa dos veces la maleta por el scanner, la deshace y rebusca entre los tangas, para no encontrar nada.

Medio cigarro y al taxi. Es lo que tiene viajar con gente. Y durante el trayecto, una sensación rara en el estómago. No sé, no sé qué me provoca lo que veo. No es bonito, ni ordenado. Es un caos gris, porque el cielo está cubierto de nubes, lo más habitual por estas tierras de altura. Apartahotel, y a la calle.

Y la sensación es gris, no sé explicarlo de otra forma. Pero después hablas con la gente. Vas comprar un móvil, o un anticatarral a la farmacia, y todo son sonrisas, gente amable con ganas de ayudarte, dientes que te dan la bienvenida en los bares, o en la calle cuando preguntas por ese piso que se alquila.

Pero, de repente, a lo largo del día, me acuerdo de que no estoy de viaje, que no estaré aquí un mes, sino un año, y mi familia está terriblemente lejos, mis padres, Jaime, mi abuela, mis amigos, los que se han quedado en Madrid, y los que andan como yo de aventuras por el mundo.

Y en realidad es un no parar de sensaciones en contraste. Y la propia Bogotá es un lugar de contrastes, coches y carros de caballos por la calle, lujo y miseria.



La sensación de peligrosidad por ahora no ha aparecido, no hemos salido del barrio bueno aún, y tampoco hemos visto los militares que esperábamos en cada esquina; de hecho, sólo vi uno que esperaba el autobús. Eso sí, seguridad en todas las casas, seguratas en todos los cajeros (lo cual, sinceramente, agradezco), y puntos policiales cada poco. Pero, alrededor, todo parece tranquilo por ahora. La que está inquieta soy yo.

Pero no es todo gris, las frutas son de todos los colores, y tienen nombres que ni siquiera conozco. Estoy ansiosa por probarlas todas, frescas, en zumo, o en la forma que me propongan.

Independientemente de mi fabuloso sentido de la orientación, esta ciudad invita a sentirse cómodo en seguida. Calles y carreras, y cada una con un número. El punto de referencia son los cerros, que se ven desde todas partes, con lo que orientarse y saber dónde están las cosas es facilísimo.

El Marlboro, 1€, así que, al menos este vicio me va a salir baratísimo. Lo de salir de noche también pinta bien. La gente animadísima, a la entrada se pagan unos 5€ y barra libre hasta las 2 de güisqui, vodka o cocktail, que viene a ser vodka con naranja o limón. Y música y baile, se agradece ver a los chicos dándolo todo al son de lo que mande el DJ.

Pero no me hagáis ni caso, que sólo llevo un día por aquí.

BS Septiembre 07

Myriam, la mujer de las teorías

No sé bien quién es Thelma y quién Louise en ese dúo tan cinematográfico que formamos Myriam y yo. El tercer protagonista de nuestras aventuras es siempre un coche, el mío, el suyo, y como importa, pero da un poco igual, a mí me gusta pensar que es siempre un Thunderbird del 66.

El secreto, después de tantos años, es que disfrutamos de las locuras de la otra. Hay cosas que uno necesita desesperadamente compartir. Y, sin embargo, no es tan fácil encontrar ese alguien con quien hacerlo. Porque no se trata de contar una historia, o sentirse acompañado en determinadas circunstancias. Se trata de compartir la intriga, la inquietud, la alegría de un descubrimiento o de llorar ambos a moco tendido. Myriam es la amiga que me coge el teléfono a las tres de la mañana para que le cuente mi última obsesión. A veces me rescata de la torre donde estoy encerrada, y en ese descapotable precioso que nos lleva a todas partes damos vueltas por las calles de Madrid, y jugamos a ir de un lado a otro haciendo comprobaciones de las que no puedo hablar porque sólo nosotras les encontramos sentido.

Creo que para ella, yo soy alguien que la escucha con entrega cuando me cuenta cualquier historia. Pero sobre todo, soy mis ojos iluminados cada vez que me propone una pequeña locura. No tengo forma de resistir, y ella lo sabe. Así que nos subimos al coche y nos vamos al aeropuerto a ver los vuelos llegar. O me aguanta en un submarino mientras me dice “¡tía, tía, que los del coche de delante están follando!”, y yo me rompo en dos de tanta risa.



Myriam tiene una memoria prodigiosa. Recuerda los cumpleaños de la gente, sus números de teléfono, y las matrículas de los coches. Es esa base de datos que lo almacena todo, para recordarte dentro de unos años, que en la fiesta de cumpleaños de no sé quién tú llevabas el mismo vestido que hoy. Y tú no te acuerdas ni de haber ido a aquella fiesta, pero sonríes y le das un beso porque es fantástico que ella sí lo tenga en la memoria, porque entonces es que sucedió.

Además, es la mujer de las teorías. La maravillosa teoría del contexto y los sms de madrugada, o la de que “algún día Dios me lo pagará con un buen novio”. Y es que además es clarividente, y yo me alegro tanto de que Chuco apareciera por fin en su vida…

¡Ay, Mari, vente conmigo!

Eñe

Para cuando se me ha olvidado por completo que con cada nueva estación sale un número nuevo de la Revista Eñe, de repente, abro el buzón, e inmediatamente reconozco el sobre blanco, tamaño cuartilla, y del grosor de un libro.

Desde el primer número he sentido una emoción fuerte al rasgar el sobre y descubrir la portada. Para cada edición un artista diferente ilustra la revista. Esta vez Manolo Valdés, uno de los caprichos de mi madre. Así que, abro el sobre y una mujer en trazos me secuestra por unos minutos.

Soy maniática, y para mí, determinadas cosas deben hacerse según un ritual preciso, como en una coreografía en la que no cabe otro orden de figuras. Hay un ritual para vestirse, y otro para desvestirse, otro a la hora de arrancar el coche, mientras me pongo el cinturón, enciendo las luces y meto la marcha. Y para los libros, también lo hay. Para decidirme por un libro siempre leo el último párrafo, en una librería, en la estantería de mi cuarto. Y si ese párrafo me lo pide, ese es el libro que escojo. Con la Revista Eñe también hay ritual. Primero ojeo las ilustraciones, y aprovecho la pasada de hojas para retener el marcalibros que incorpora y empezar a utilizarlo. Me fascinan los marcapáginas, y los que más me gustan son los improvisados, un ticket de tren, o la bolsa vacía del azucar de un café. Después de las ilustraciones hay que leer el Editorial, para saber la temática de esta edición. Y, por fin, empiezo por el diario, que esta vez me ha cautivado. Cristina Peri Rossi. Y me quedo sin palabras, porque me ha gustado mucho. Después empiezan los relatos, y dependiendo de cuánto me gusten el ritual manda buscar en las hojas de Autores, justo después del Editorial, el breve resumen que me cuente quién ha escrito aquello que ha llamado mi atención.

Insisto, Cristina Peri Rossi me ha gustado tanto que todo lo demás ha pasado sin demasiada sorpresa a lo largo de las hojas. Es como el dolor, uno más intenso mata aquel más débil. El diario me ha dolido tanto que no siento más que un hueco grande en el estómago desde que lo leí.