The Year of Living Dangerously

Mientras desayunamos tratamos de decidir qué hacer hoy. Nos subimos al taxi, ¿cuánto por llevarnos a la terminal de autobuses? Y no sé ni a dónde queríamos ir, pero en el trayecto decidimos visitar el volcán del Totumo. Pero cuando llegamos a la terminal, a mí se me fueron las ganas. Después de un rato largo conduciendo entre chabolas, el taxista nos deja en lo que a mí se me hacía un polígono industrial al estilo república bananera. Y nos dice que el bus que nos llevará al volcán se coge allá en la gasolinera. Yo y mi idiosincrasia europea (porque amigos, España es Europa, y vaya si lo es), no concebimos eso de que si hay una terminal uno tenga que coger el bus fuera, y que si hay taquillas, uno tenga que pagar sus 2.500 pesos a un tipo dentro del bus y una vez que está en marcha. El caso es que me niego, déjenos en la Terminal. Así que Pablo y yo acabamos entrando, y dando vueltas como dos peonzas mareadas en las direcciones que nos van diciendo los mil tipos que nos abordan nada más vernos. Al final, el bus se cogía en la gasolinera. El que va a Galerasamba (nombre que a Pablo le impactó enormemente, y a mí también cuando me dijo: Joder, samba-galera, que toda esta gente desciende de esclavos, y serían unos que se liberaron de un barco y se montaron su pueblito…). Y durante casi dos horas de viaje a unos 35km/h, porque la carretera con suerte estaba asfaltada y llena de agujeros, sin suerte era un camino de tierra con zanjas de medio metro, y a ratos un barrizal, Pablo y yo estuvimos sentaditos mirando todo lo que pasaba a nuestro alrededor. Fuera del bus, dentro. Casas, gente, pueblos, perros, motos. Vendedores que se subían con comida, bebida, frutas, dulces, cómicos que nos hicieron reír a todos, incluso a mí que no entendía la mitad de lo que decían. Y jugué durante un rato a inventarme la vida de los pasajeros, las mujeres, los niños, los viejos y los no tan viejos. Pero me quedo con las mujeres, las vi fuertes, vividas, cargando dos o tres, o cuatro niños con ellas. Las vi de vuelta de todo, y capaces de hacer frente a todo.
Y en un momento todo es caos. Que sí, que no, que sí que sí, que se bajen acá. Y está lloviendo, y yo no entiendo nada. Y un montón de motos al rededor. Y Pablo que se sube a una, y yo que le digo que a mí no me deja sola en el medio de la nada NI DE COÑA, y que en otra moto con otro tío tampoco me subo, que a saber dónde acabo. Ignorante de mí. Eran moto-taxis.

Hoy sí llevo la cámara conmigo. Aún así, las fotografías que me quedan de este viaje no son las que he podido tomar. La imagen de hoy es la nuca de Pablo, mientras vamos en la moto al volcán, sin saber bien dónde estoy, dejándome mojar por esta lluvia tropical, agarrada como puedo, porque aunque quepamos tres en este asiento, fue pensado para dos, y el camino de tierra no ayuda a sujetarse. Y entonces me acuerdo de una escena de película, y decido que la nuca de Pablo es la de Mel Gibson, y yo soy esa adorable Sigourney Weaver que empieza a hacerse una mujer fuerte. Y todo se me hace una señal de que este es el año, The Year of Living Dangerously.

Y llegamos al volcán. Y es pequeñito, como si una mano enorme lo hubiera moldeado a partir del barro. Apenas hay infraestructura, unas casetas que ofrecen comida, y poco más. Se agradece, se agradece tanto que no estén todos los vendedores con los brazos cargados de collares, de gafas, de cangrejos, de ostras, de camarones, de pulseras... ¡Qué tranquilidad!

Y después de una birra que me sabe a néctar de dioses, y negociar con el moto-taxista, que dice que se queda esperándonos por 12.000 pesos, deja de llover. Así que, trepamos hasta la boca del volcán y nos encontramos un jakuzzi natural, un cuadrado de lodo espeso y negro con varias personas dentro. Y uno se mete, y aunque el lodo llegue hasta el fondo, el cuerpo flota sin que la voluntad en esto intervenga para nada. Y tres niños, Cristina, Jenifer y Pedro, empiezan a jugar conmigo, y me ayudan a rebozarme en barro, y nos enseñan los secretos de cómo limpiarse las manos para después limpiarse la cara y poder abrir los ojos. Y disfrutamos de la vista mientras se seca el barro, la ciénaga en la que después nos limpiaremos, después de arriesgar la nuca bajando de la boca del volcan, embarrados y descalzos por una cuesta resbaladiza.

Pescado, arepas y ensalada. La dieta del viaje. Y los niños que siguen rondándonos. Se han hecho amigos de Pablo también, y no se separan de nosotros. Y quieren que les hagamos fotos, y que se las enseñemos, y que les hagamos otra más, y se la enseñemos también. Y se unen María Elena y Luisa Fernanda, que son un poco más mayores, y les da más vergüenza, pero son igual de inquietas, cariñosas y curiosas.

Y es hora de irse. Nuestro moto-taxista nos va a llevar a conocer la playa de ???, pero hay un control policial justo a la salida del volcán. Así que primero se lleva a Pablo y yo me quedo con los niños. Después viene a por mí. Y en medio de la carretera el pobre Pablo sentadito en el cesped esperando que lleguemos. La moto para, y me bajo para que suba Pablo. AH. Siento un latigazo de fuego en el gemelo derecho. Pero no digo nada, y nos subimos a la moto, y quema, quema. Unos minutos después llegamos a la playa. Aquí los turistas no han puesto un pie. Somos los únicos blancos, y encima con pinta de pipiolos. Pero me importa un carajo, porque al bajar de la moto me miro la pierna, y me mareo, se me ha quemado el gemelo con el tubo de escape, y la carne quemada tiene muy mal aspecto, está llena de barro, y escuece, escuece mucho. Pablo, me he quemado. Y Pablo no me hace caso porque está flipando con la playa, con la gente, con nosotros. ¡Pablo, mira! Pero, ¡qué te ha pasado?, ¿cómo no has dicho nada?, ¡métete en el agua ahora mismo! Y me meto, y todos nos siguen mirando, y a mí todo me sigue dando igual, todo menos ese cacho de carne que me está faltando. Nos vamos, ¡vamonos ya! Digo casi sin aliento porque me estoy aguantando cada lágrima de dolor.

Pero hasta Santa Catalina, el pueblo grande por donde pasa una línea regular de autobús a Cartagena, hay un buen trecho. Ahora yo voy sentadita detrás del conductor, y Pablo detrás de mí. Y, ahora sí que lloro, porque cada vez me duele más, y porque no paro de pensar en el barro que me está salpicando la herida, en lo mucho que escuecen las gotas de lluvia, y en que, en medio de la nada, tardaremos mucho en llegar a cualquier sitio donde me pueda limpiar esto un poco.

Y, al llegar a Santa Catalina Pablo tiene que ir en la moto con nuestro colega a la tienda a conseguir cambio. Cómprame pasta de dientes, de la blanca, le grito con desesperación. Y me quedo allí, sola, con ganas de llorar, y sin entender por qué mi madre no aparece como en un cuento para curarme y decirme que todo está bien. Y como no estoy cómoda echo un vistazo al rededor. Y decido que ese tipo grandullón que hay a unos tres metros de mí, parece buena gente. Y le pregunto por los autobuses, y me contesta con voz hospitalaria. Y me quedo hablando con él, pegadita a John, que me recuerda al Little John de Robin Hood. Y por fin llega Pablo, con la pasta, y yo me quiero limpiar y poner algo, lo que sea para que deje de entrar más barro. Ay, niña, pero, te quemaste... Ven, ven, que esta casa es de amigos, aquí te puedes limpiar. Pero para cuando consigo sentarme y destapar la botella de agua, el autobús que debía pasar en unos 20 minutos pasa rápido por delante y amenaza con irse sin nosotros. Corremos, Pablo y yo, y John, y su mujer y sus dos hijas, sobre cuya existencia yo no sabía nada aún. Y nos subimos al autobús, esta vez más parecido al concepto que yo tengo de autobús. Y destapo la botella, y aprieto mucho los dientes mientras dejo caer el agua sobre la herida. Y me empiezo a poner pasta de dientes sobre la herida sucia, creo que el agua no sirvió de nada. Y aprieto más fuerte aún la mandíbula. Y de repente, un listo, porque en estos momentos siempre todo el mundo sabe más que uno, me dice que si eso es una quemada de moto, que estoy loca, que no se me ocurra ponerle pasta de dientes que eso lleva menthol. Y a mí qué cojones me importa que lleve mentol, ya será mejor que toda la mierda que se me está metiendo. Pero no, estoy bloqueada, y ahora mismo, cualquiera sabe mucho más que yo. Así que me muero del dolor tratando de retirar la pasta, y no lo consigo del todo. Desisto, y lo único que me queda por hacer es desplomarme en los brazos de Pablo y llorar.
De premio hoy, como cuando iba al médico, y meregalaban una piruleta, se me deshace un dulce de coco en la boca, después de limpiar la herida en el hotel con todos los mejunges que me dan en la farmacia, y fumarme una flecha hasta olvidar el dolor.






La Isla

A punto de subir al barco que nos llevará a las islas del Rosario me doy cuenta de que me he dejado la batería de la cámara cargando en el hotel. ¡Mierda! Pero son las ocho y media de la mañana y estoy al borde la lipotimia por el sol, el calor, y la cantidad de gente que hay en este muelle de barcos turísticos que van todos hacia esa playa desierta caribeña de la foto. Así que no me quedan fuerzas para enfadarme demasiado por las fotos que no haré hoy.

Al llegar a Isla Grande Pablo y yo nos bajamos de la lancha con la inquietud de quien se asoma a un abismo. Nos han engañado. Nos han traído a un hotel vallado, sin playa, en el canal entre dos islas. ¡Esto no era! Y, sin embargo, como por arte de magia, en pocos minutos todo se transforma hasta convertirse en un esto sí, esto sí. Junto al muelle de madera, Morris, un negro de anatomía perfecta sobre una canoa le dice a Pablo que si queremos nos lleva a una playa. Así que cogemos la mochila y empezamos a seguirle. Salimos del complejo, y empiezan los momentos por los cuales me entraban ganas de llorar por no tener la cámara encima. Sin fotos, cómo voy a saber que todo esto no fue un sueño.
El suelo de la isla es de un material raro, tierra mezclada con algo que no identifico, pequeñas piezas que se me hacen como huesos que llevaran la eternidad allí incrustados. Después descubriré que se trata de coral. Caminamos en sombra porque la vegetación apenas deja huecos a la luz, y atravesamos las casas de la gente, y vamos saludando a todo el que se cruza con nosotros. Cerdos, gallinas, y nosotros los únicos blancos, los únicos extraños en un lugar que vive del turismo. Y llegamos a una propiedad que al parecer es de un italiano afortunado. Aquí nos podemos quedar un par de horas. Una pequeña playa, un muelle de madera, y el mar y el sol del caribe sólo para Pablo y para mí. Tengan cuidado con sus cosas. Y lo tuvimos, no nos robaron, pero una ola decidió que era divertido empaparnos las toallas y la mochila. Y el colega que aparece con u porro tremendo en los labios, dos cocos recién cogidos y un machete enorme en la mano. Y nos hace todo el show, y abre los cocos con una precisión que asusta, qué no hará ese machete. Aquí no hay pitillos (pajitas), me dice Morris, así que incrusto los labios al rededor del agujero para beber la leche de mi coco, pero, con mi torpeza, cada trago termina la mitad en mi boca, y la otra desparramada por todas partes. Y nos abre del todo los cocos y quedamos en que a la una y media nos viene a buscar.

Todos mis sentidos me dicen que estoy en un sitio diferente, que esto no tiene nada que ver con lo que conozco. El sol atiza la piel, y el agua es caliente. La arena son trozos de coral que el agua ha ido empujando hacia la isla. No sé nada de plantas, pero estas no las había visto. Y sobre todo, la vista, el mar para nosotros y nadie más. Tengo la sensación de vivir un momento robado. Algo que no estaba escrito y que nos hemos inventado. Un sueño para el que todas las fotos me las tuve que guardar en los párpados.

Pero, antes de la una y media aparecen dos tíos en una canoa. Y se plantan en el muelle. Y Pablo y yo desde el agua nos sentimos un poco nerviosos. A los pocos minutos aparece nuestro colega con un cuarto tipo. Este último con el brazo cargado de collares. No, no, no, por favor, este era mi momento. Medio agilipollados de sol, de mar, de coco, de paraiso y de petas vivimos un momento que se nos escapa de las manos. Yo me rayo, no quiero collares, no quiero nada, sólo que me dejen en paz. Qué pesados son, joder. Pero resulta que hay un tipo en el pueblo que tiene una especie de zoo, con animales de aquí, con su nombre puesto y todo, así que, tranquilos, que como hay tiempo hasta la comida (pagada de antemano en el complejo hotelero del principio) les doy una vuelta por la isla, y les llevo a ver los animales. Gracias, Morris, pero estoy cansada y tengo hambre, prefiero que nos lleves directamente al hotel. Así que, hacemos el camino inverso. Esta vez más complicado porque nuestro guía, como dice Pablo, caminaba como a cámara lenta, pero a toda hostia, con una precisión casi felina en este suelo medio embarrado y lleno de esos huesos. Yo creo que la propina de 20.000 pesos (unos 7€, pero toda una fortuna por estas tierras) le ha sabido a poco. Pero coño, es que ya está bien de comprar collares y tener que bailarle el agua a todos.

Así que llegamos al hotel, y ahora, supongo que por comparación con las chabolas del pueblo, y por la sensación de encontrarme en un medio que controlo, me parece una maravilla. Pescado, ensalada, arepas y fruta. Algo de beber y una sombra en la que recuperarnos. Y para cuando estamos terminando llega una legión de adolescentes en un barco, que vienen de la excursión al acuario, a la que por supuesto no nos hemos apuntado. Y se nos sientan al lado unos niños, de Santander, que andan por aquí de viaje de grado. Son niños humildes a los que no les cabe la sonrisa en la cara por todo lo que está pasando. Y Pablo y yo hablamos con ellos, les preguntamos, y ellos nos preguntan también. De Madrid, respondo, y la cara de los niños se transforma, son todo emoción, y les cuesta hablarme. Ah, ¡yo nunca conocí nadie de tan lejos! Y ellos emocionados, y yo conmocionada. Y nos roban una foto, y les posamos en otra. Que estén muy bien, nos despedimos de ellos. Y nos sentamos en el pequeño mirador fuera de la cabaña-comedor. De verdad espero que estén muy bien.

Y mientras nos tomamos un café, negro, porque no hay ni leche ni azucar, disfrutamos del mar y el sopor tras la comida. Pero, al poco, abajo, en el muelle, veo como juegan dos niñas de la isla. Han parado de llevar cangrejitos y piedritas en sus cubos a todos los turistas. Ahora están disfrutando de un rato para ellas. Y me vuelven a entrar ganas de llorar, porque se han dado cuenta de que las miro, y me miran, y juegan a que no, pero son niñas, y aún con vergüenza los niños miran con un descaro poco habitual en los adultos. Cristina y Yameris, con sus trencitas y sus gomas de colores, y sus ropas viejas y gastadas, no sé si porque antes de ser suyas fueron de todos sus hermanos, o porque el sol y el agua y las travesuras las han ido desgastando. Y yo sigo ligando con ellas, y ellas siguen jugando a no dejarme escapar. Y en un momento dado, llaman a Pablo al móvil y se aleja para oír mejor. Y los dos cachorros siguen con ganas de jugar, aprovechan un despiste y desaparecen. Me imagino a donde han ido, al otro lado del balcón, y allí están, trepando a mis espaldas con toda la intención de darme un susto. Pero el susto se lo doy yo al descubrirlas, y me echo a reír, y les pido que se acerquen. Y hablo con ellas, y con algún otro niño curioso que se acerca. Y hablamos de sus casas, sus padres, sus hermanos, de la isla, y de la vida supongo. Y como no tengo cámara necesito algún recuerdo que asegure que estas niñas existen. Así que, negocio con ellas un intercambio, y cada una me regala una de sus gomitas de colores, una roja y una rosa, y las ato a una de mis pulseras de la muñeca de las cosas importantes. Y, a cambio, yo sólo tengo una goma y una horquilla, me hubiera gustado darles algo más, pero ellas parecen contentas con el recuerdo de la blanca españolita.

Collares

Aunque el cielo amanece nublado, después de pasear por la ciudad vieja decidimos ir a la playa. Quizás un baño nos saque este calor de encima.
Al entrar el taxi por el camino de tierra que lleva a la playa se le pegan como por imantación unos seis chicos que corren con una mano pegada al capó, al techo o las ventanas, mientras van gritándonos no sé que historias. Unos cien metros y el taxi para. Y los muchachos que no paran con su cotorreo. Y yo que no entiendo nada rezo para que Pablo resuelva esto lo más rápido posible. Y al final, un tal Óscar, un negro enorme que apareció de repente, nos hace el lío para que le alquilemos un tenderete con mesa y sillas, que así estarán más cómodos. Pero para cuando empezábamos a acomodarnos empezó la procesión completa de vendedores ambulantes. De forma constante e ininterrumpida se nos van acercando personas ofreciendo cangrejos, ostras, collares, chicles, helados, masajes, gafas, collares, camarones, cervezas, collares, niños negros pintados de negro con armas de madera simulando atracos, cuatro que cargan con un quinto tumbado sobre una camilla, fingiéndose muerto y con la camiseta ensangrentada, otros disfrazados que bailan, y en un descuido Óscar que aparece con una bandeja de pescados, elige. ¡No, no, no!, ¡esto no era! Con esta pinta de blanquitos y pijitos no hay forma de esconderse. Y picamos, porque los tíos tienen arte, y se te plantan al lado, y te dan conversación, y te comen la oreja con que es una mala época, y te ponen todos los collares en las manos, y te planifican los días por aquí, que si los manglares, que si la playa de no sé dónde. Y al final, ya no sabes si le compras el collar porque te gusta, porque se lo ha ganado, o porque estás hasta los huevos y quieres tener unos minutos de tranquilidad hasta que venga el siguiente.

Mi primer viaje en buseta de camino a Bocagrande. Inolvidable. Apiñados, de pie, sin saber qué hacer con los brazos ni las piernas cada vez que otro pasajero entra, porque todos parecen entrar pero nadie sale, y empiezan a decir desde el fondo, díganle al conductor que va con sobrecupo. Y música de calor dentro de esta lata forrada con telas rojas. Y nos miran mucho, pero yo también les miro a ellos. Otra vez una escena de película se me viene a la mente, Salma Hayeck como Frida dentro del tranvía que lo cambiaría todo.

Túneles oscuros con nichos de muerte, piedra por todas partes, y sobre todo unas vistas que nos hipnotizan por un rato en el castillo de San Felipe de Barajas. Y para volver un taxista simpático.

En la plaza de Santo Domingo nos vuelven a atacar los vendedores, los camareros de las terrazas, los músicos, los mimos, todos. Pero ahora me da más igual, porque el sol ha empezado a cambiar el color de mi piel, y me eso me hace sentir bien.



Caribe

Primer viaje dentro del viaje. Del otoño en las montañas al sol del Caribe. Me voy a Cartagena, con su muralla protectora de piratas y españoles, yo que reúno las dos condiciones.

Y mientras el avión se acerca la tierra se vuelve manglar y, de pronto, mar, chabolas, y una isleta de edificios al estilo de las costas del levante español.

El aire caliente, la luz de la tarde y la noche, los olores, y los colores. Me parece estar dentro de la película Bajo sospecha.

En un antojo de pescado Pablo, compinche en esta aventura, y yo nos plantamos en La Cocina de Socorro.