A punto de subir al barco que nos llevará a las islas del Rosario me doy cuenta de que me he dejado la batería de la cámara cargando en el hotel. ¡Mierda! Pero son las ocho y media de la mañana y estoy al borde la lipotimia por el sol, el calor, y la cantidad de gente que hay en este muelle de barcos turísticos que van todos hacia esa playa desierta caribeña de la foto. Así que no me quedan fuerzas para enfadarme demasiado por las fotos que no haré hoy.
Al llegar a Isla Grande Pablo y yo nos bajamos de la lancha con la inquietud de quien se asoma a un abismo. Nos han engañado. Nos han traído a un hotel vallado, sin playa, en el canal entre dos islas. ¡Esto no era! Y, sin embargo, como por arte de magia, en pocos minutos todo se transforma hasta convertirse en un esto sí, esto sí. Junto al muelle de madera, Morris, un negro de anatomía perfecta sobre una canoa le dice a Pablo que si queremos nos lleva a una playa. Así que cogemos la mochila y empezamos a seguirle. Salimos del complejo, y empiezan los momentos por los cuales me entraban ganas de llorar por no tener la cámara encima. Sin fotos, cómo voy a saber que todo esto no fue un sueño.
Al llegar a Isla Grande Pablo y yo nos bajamos de la lancha con la inquietud de quien se asoma a un abismo. Nos han engañado. Nos han traído a un hotel vallado, sin playa, en el canal entre dos islas. ¡Esto no era! Y, sin embargo, como por arte de magia, en pocos minutos todo se transforma hasta convertirse en un esto sí, esto sí. Junto al muelle de madera, Morris, un negro de anatomía perfecta sobre una canoa le dice a Pablo que si queremos nos lleva a una playa. Así que cogemos la mochila y empezamos a seguirle. Salimos del complejo, y empiezan los momentos por los cuales me entraban ganas de llorar por no tener la cámara encima. Sin fotos, cómo voy a saber que todo esto no fue un sueño.
El suelo de la isla es de un material raro, tierra mezclada con algo que no identifico, pequeñas piezas que se me hacen como huesos que llevaran la eternidad allí incrustados. Después descubriré que se trata de coral. Caminamos en sombra porque la vegetación apenas deja huecos a la luz, y atravesamos las casas de la gente, y vamos saludando a todo el que se cruza con nosotros. Cerdos, gallinas, y nosotros los únicos blancos, los únicos extraños en un lugar que vive del turismo. Y llegamos a una propiedad que al parecer es de un italiano afortunado. Aquí nos podemos quedar un par de horas. Una pequeña playa, un muelle de madera, y el mar y el sol del caribe sólo para Pablo y para mí. Tengan cuidado con sus cosas. Y lo tuvimos, no nos robaron, pero una ola decidió que era divertido empaparnos las toallas y la mochila. Y el colega que aparece con u porro tremendo en los labios, dos cocos recién cogidos y un machete enorme en la mano. Y nos hace todo el show, y abre los cocos con una precisión que asusta, qué no hará ese machete. Aquí no hay pitillos (pajitas), me dice Morris, así que incrusto los labios al rededor del agujero para beber la leche de mi coco, pero, con mi torpeza, cada trago termina la mitad en mi boca, y la otra desparramada por todas partes. Y nos abre del todo los cocos y quedamos en que a la una y media nos viene a buscar.
Todos mis sentidos me dicen que estoy en un sitio diferente, que esto no tiene nada que ver con lo que conozco. El sol atiza la piel, y el agua es caliente. La arena son trozos de coral que el agua ha ido empujando hacia la isla. No sé nada de plantas, pero estas no las había visto. Y sobre todo, la vista, el mar para nosotros y nadie más. Tengo la sensación de vivir un momento robado. Algo que no estaba escrito y que nos hemos inventado. Un sueño para el que todas las fotos me las tuve que guardar en los párpados.
Pero, antes de la una y media aparecen dos tíos en una canoa. Y se plantan en el muelle. Y Pablo y yo desde el agua nos sentimos un poco nerviosos. A los pocos minutos aparece nuestro colega con un cuarto tipo. Este último con el brazo cargado de collares. No, no, no, por favor, este era mi momento. Medio agilipollados de sol, de mar, de coco, de paraiso y de petas vivimos un momento que se nos escapa de las manos. Yo me rayo, no quiero collares, no quiero nada, sólo que me dejen en paz. Qué pesados son, joder. Pero resulta que hay un tipo en el pueblo que tiene una especie de zoo, con animales de aquí, con su nombre puesto y todo, así que, tranquilos, que como hay tiempo hasta la comida (pagada de antemano en el complejo hotelero del principio) les doy una vuelta por la isla, y les llevo a ver los animales. Gracias, Morris, pero estoy cansada y tengo hambre, prefiero que nos lleves directamente al hotel. Así que, hacemos el camino inverso. Esta vez más complicado porque nuestro guía, como dice Pablo, caminaba como a cámara lenta, pero a toda hostia, con una precisión casi felina en este suelo medio embarrado y lleno de esos huesos. Yo creo que la propina de 20.000 pesos (unos 7€, pero toda una fortuna por estas tierras) le ha sabido a poco. Pero coño, es que ya está bien de comprar collares y tener que bailarle el agua a todos.
Así que llegamos al hotel, y ahora, supongo que por comparación con las chabolas del pueblo, y por la sensación de encontrarme en un medio que controlo, me parece una maravilla. Pescado, ensalada, arepas y fruta. Algo de beber y una sombra en la que recuperarnos. Y para cuando estamos terminando llega una legión de adolescentes en un barco, que vienen de la excursión al acuario, a la que por supuesto no nos hemos apuntado. Y se nos sientan al lado unos niños, de Santander, que andan por aquí de viaje de grado. Son niños humildes a los que no les cabe la sonrisa en la cara por todo lo que está pasando. Y Pablo y yo hablamos con ellos, les preguntamos, y ellos nos preguntan también. De Madrid, respondo, y la cara de los niños se transforma, son todo emoción, y les cuesta hablarme. Ah, ¡yo nunca conocí nadie de tan lejos! Y ellos emocionados, y yo conmocionada. Y nos roban una foto, y les posamos en otra. Que estén muy bien, nos despedimos de ellos. Y nos sentamos en el pequeño mirador fuera de la cabaña-comedor. De verdad espero que estén muy bien.
Y mientras nos tomamos un café, negro, porque no hay ni leche ni azucar, disfrutamos del mar y el sopor tras la comida. Pero, al poco, abajo, en el muelle, veo como juegan dos niñas de la isla. Han parado de llevar cangrejitos y piedritas en sus cubos a todos los turistas. Ahora están disfrutando de un rato para ellas. Y me vuelven a entrar ganas de llorar, porque se han dado cuenta de que las miro, y me miran, y juegan a que no, pero son niñas, y aún con vergüenza los niños miran con un descaro poco habitual en los adultos. Cristina y Yameris, con sus trencitas y sus gomas de colores, y sus ropas viejas y gastadas, no sé si porque antes de ser suyas fueron de todos sus hermanos, o porque el sol y el agua y las travesuras las han ido desgastando. Y yo sigo ligando con ellas, y ellas siguen jugando a no dejarme escapar. Y en un momento dado, llaman a Pablo al móvil y se aleja para oír mejor. Y los dos cachorros siguen con ganas de jugar, aprovechan un despiste y desaparecen. Me imagino a donde han ido, al otro lado del balcón, y allí están, trepando a mis espaldas con toda la intención de darme un susto. Pero el susto se lo doy yo al descubrirlas, y me echo a reír, y les pido que se acerquen. Y hablo con ellas, y con algún otro niño curioso que se acerca. Y hablamos de sus casas, sus padres, sus hermanos, de la isla, y de la vida supongo. Y como no tengo cámara necesito algún recuerdo que asegure que estas niñas existen. Así que, negocio con ellas un intercambio, y cada una me regala una de sus gomitas de colores, una roja y una rosa, y las ato a una de mis pulseras de la muñeca de las cosas importantes. Y, a cambio, yo sólo tengo una goma y una horquilla, me hubiera gustado darles algo más, pero ellas parecen contentas con el recuerdo de la blanca españolita.



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