Aunque el cielo amanece nublado, después de pasear por la ciudad vieja decidimos ir a la playa. Quizás un baño nos saque este calor de encima.
Al entrar el taxi por el camino de tierra que lleva a la playa se le pegan como por imantación unos seis chicos que corren con una mano pegada al capó, al techo o las ventanas, mientras van gritándonos no sé que historias. Unos cien metros y el taxi para. Y los muchachos que no paran con su cotorreo. Y yo que no entiendo nada rezo para que Pablo resuelva esto lo más rápido posible. Y al final, un tal Óscar, un negro enorme que apareció de repente, nos hace el lío para que le alquilemos un tenderete con mesa y sillas, que así estarán más cómodos. Pero para cuando empezábamos a acomodarnos empezó la procesión completa de vendedores ambulantes. De forma constante e ininterrumpida se nos van acercando personas ofreciendo cangrejos, ostras, collares, chicles, helados, masajes, gafas, collares, camarones, cervezas, collares, niños negros pintados de negro con armas de madera simulando atracos, cuatro que cargan con un quinto tumbado sobre una camilla, fingiéndose muerto y con la camiseta ensangrentada, otros disfrazados que bailan, y en un descuido Óscar que aparece con una bandeja de pescados, elige. ¡No, no, no!, ¡esto no era! Con esta pinta de blanquitos y pijitos no hay forma de esconderse. Y picamos, porque los tíos tienen arte, y se te plantan al lado, y te dan conversación, y te comen la oreja con que es una mala época, y te ponen todos los collares en las manos, y te planifican los días por aquí, que si los manglares, que si la playa de no sé dónde. Y al final, ya no sabes si le compras el collar porque te gusta, porque se lo ha ganado, o porque estás hasta los huevos y quieres tener unos minutos de tranquilidad hasta que venga el siguiente.
Mi primer viaje en buseta de camino a Bocagrande. Inolvidable. Apiñados, de pie, sin saber qué hacer con los brazos ni las piernas cada vez que otro pasajero entra, porque todos parecen entrar pero nadie sale, y empiezan a decir desde el fondo, díganle al conductor que va con sobrecupo. Y música de calor dentro de esta lata forrada con telas rojas. Y nos miran mucho, pero yo también les miro a ellos. Otra vez una escena de película se me viene a la mente, Salma Hayeck como Frida dentro del tranvía que lo cambiaría todo.
Túneles oscuros con nichos de muerte, piedra por todas partes, y sobre todo unas vistas que nos hipnotizan por un rato en el castillo de San Felipe de Barajas. Y para volver un taxista simpático.
En la plaza de Santo Domingo nos vuelven a atacar los vendedores, los camareros de las terrazas, los músicos, los mimos, todos. Pero ahora me da más igual, porque el sol ha empezado a cambiar el color de mi piel, y me eso me hace sentir bien.
Al entrar el taxi por el camino de tierra que lleva a la playa se le pegan como por imantación unos seis chicos que corren con una mano pegada al capó, al techo o las ventanas, mientras van gritándonos no sé que historias. Unos cien metros y el taxi para. Y los muchachos que no paran con su cotorreo. Y yo que no entiendo nada rezo para que Pablo resuelva esto lo más rápido posible. Y al final, un tal Óscar, un negro enorme que apareció de repente, nos hace el lío para que le alquilemos un tenderete con mesa y sillas, que así estarán más cómodos. Pero para cuando empezábamos a acomodarnos empezó la procesión completa de vendedores ambulantes. De forma constante e ininterrumpida se nos van acercando personas ofreciendo cangrejos, ostras, collares, chicles, helados, masajes, gafas, collares, camarones, cervezas, collares, niños negros pintados de negro con armas de madera simulando atracos, cuatro que cargan con un quinto tumbado sobre una camilla, fingiéndose muerto y con la camiseta ensangrentada, otros disfrazados que bailan, y en un descuido Óscar que aparece con una bandeja de pescados, elige. ¡No, no, no!, ¡esto no era! Con esta pinta de blanquitos y pijitos no hay forma de esconderse. Y picamos, porque los tíos tienen arte, y se te plantan al lado, y te dan conversación, y te comen la oreja con que es una mala época, y te ponen todos los collares en las manos, y te planifican los días por aquí, que si los manglares, que si la playa de no sé dónde. Y al final, ya no sabes si le compras el collar porque te gusta, porque se lo ha ganado, o porque estás hasta los huevos y quieres tener unos minutos de tranquilidad hasta que venga el siguiente.
Mi primer viaje en buseta de camino a Bocagrande. Inolvidable. Apiñados, de pie, sin saber qué hacer con los brazos ni las piernas cada vez que otro pasajero entra, porque todos parecen entrar pero nadie sale, y empiezan a decir desde el fondo, díganle al conductor que va con sobrecupo. Y música de calor dentro de esta lata forrada con telas rojas. Y nos miran mucho, pero yo también les miro a ellos. Otra vez una escena de película se me viene a la mente, Salma Hayeck como Frida dentro del tranvía que lo cambiaría todo.
Túneles oscuros con nichos de muerte, piedra por todas partes, y sobre todo unas vistas que nos hipnotizan por un rato en el castillo de San Felipe de Barajas. Y para volver un taxista simpático.
En la plaza de Santo Domingo nos vuelven a atacar los vendedores, los camareros de las terrazas, los músicos, los mimos, todos. Pero ahora me da más igual, porque el sol ha empezado a cambiar el color de mi piel, y me eso me hace sentir bien.



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