Como en un noviazgo adolescente voy contando los días que pasan. Y como aquellos amores de verano, éste también tiene fecha de caducidad.
Ha pasado ya el limite en el que los días restan. Hace seis meses que llegué a Bogotá, y ahora queda menos de lo que ha pasado ya.
Equinoccio
Publicado por amaranta en lunes, abril 07, 2008 1 comentarios
Etiquetas: livingBogota, locombia
El olor de la guayaba
Otro pequeño fragmento que me fascinó al leerlo hace unos meses. Recomiendo el libro entero, pero estos párrafos en particular siguen dando vueltas en mi cabeza.
Al poco de llegar no sabía cómo explicar la tristeza que Bogotá me transmitía. A las pocas semanas Plinio Apuleyo Mendoza me susurró bajito, como para calmarme, que a mi ídolo por excelencia le pasó lo mismo de chico.
Fragmento de El olor de la guayaba, Gabriel García Márquez, Conversaciones con Plinio Apuleyo Mendoza.
Al poco de llegar no sabía cómo explicar la tristeza que Bogotá me transmitía. A las pocas semanas Plinio Apuleyo Mendoza me susurró bajito, como para calmarme, que a mi ídolo por excelencia le pasó lo mismo de chico.
Fragmento de El olor de la guayaba, Gabriel García Márquez, Conversaciones con Plinio Apuleyo Mendoza.
(...)Bogotá le pareció «una ciudad remota y lúgubre donde estaba cayendo una llovizna inclemente desde el principio del siglo XVI. “Lo primero que me llamó la atención de esa capital sombría fue que había demasiados hombres de prisa en las calles, que todos estaban vestidos como yo con trajes negros y sombreros, y que, en cambio, no veía a ninguna mujer. Me llamaron la atención los enormes percherones de carros de cerveza bajo la lluvia, las chispas de pirotecnia de los tranvías al doblar las esquinas bajo la lluvia, y los estorbos del tránsito para dar paso a los entierros interminables. Eran los entierros más lúgubres del mundo, en carrozas de altar mayor y caballos negros engringolados de terciopelos y morriones de plumones negros, y cadáveres de buenas familias que se sentían los inventores de la muerte”.
Los caballos y los carros siguen circulando por esta ciudad. Las zorras que cargan escombros de un lado a otro, y se deshacen de ellos en cuanto pueden, tapando un bache, o llevándolos a rincones remotos que yo no conozco.
También los coches de muertos recorren la ciudad. Muchos al principio, no sé si ahora menos, o será la costumbre de verlos. Siempre llenos, literalmente, hasta el techo de coronas de flores. Y, a pesar del color, siguen siendo tan oscuros como la muerte.
Un europeo, habituado sólo a los pacíficos cambios de las estaciones -cambios que se organizan en el tiempo y no en el espacio- no puede fácilmente imaginar el violento contraste que en un mismo país puede existir entre el mundo del Caribe y el mundo de la cordillera, de los Andes. Contraste geográfico, en primer término. Mundo de luz y de calor, el Caribe sólo podría pintarse con azules y verdes intensos. Mundo de brumas, de lluvias tenues y vientos fríos, los Andes despliegan una fina gama de grises y verdes melancólicos.
Y yo me digo que es cierto, que si a uno se lo explican no puede entender tanta diferencia. Colombia es Colombia, y punto. Pero cuando tus pies caminan por su suelo, ya sea en la montaña, o en la costa, o en los valles entre las cordilleras, descubres que Colombia de una no tiene nada, y que lo de que todos somos iguales no es cierto, y que lo de que hay un Dios en el cielo no tiene ningún sentido tampoco, a pesar de las miles de iglesias y los millones de devotos. La Pachamama, ella sí existe.
Contraste humano, también. Descendiente de andaluces, de negros y arrogantes indios caribes, el costeño es abierto, alegre, ajeno a todo dramatismo y sin ninguna reverencia por jerarquías y protocolos. Le gusta el baile; ritmos africanos, percutantes, sobreviven en su música, que es siempre alegre. El colombiano de la cordillera, en cambio, marcado por el formalismo castellano y por el carácter taciturno y desconfiado del indio chibcha, es un hombre de sutiles reservas y ceremonias; sutil también en su humor. La cortesía de sus modales encubre a veces un fondo de agresividad, que el alcohol con frecuencia revela de manera intempestiva. (La violencia política del país nunca ha surgido de la costa, sino del altiplano.) Como el paisaje que rodea al andino, su música es triste: habla de abandonos, de distancias, de amores que se van.
Nada podía resultarle más extraño y más duro a aquel muchacho de trece años, venido de la costa, que encontrarse de pronto obligado a vivir en un mundo tan distinto al suyo. Quedó sobrecogido viendo aquella capital tan triste. En el crepúsculo, sonaban campanas llamando a rosario; por las ventanillas del taxi, veía calles grises de lluvia. La idea de vivir años en aquella atmósfera funeraria le oprimía el corazón. Para sorpresa de su acudiente, que había venido a buscarlo a la estación del tren, se echó a llorar.
El liceo donde iba becado funcionaba en un «convento sin calefacción y sin flores» y estaba en el mismo «pueblo remoto y lúgubre donde Aureliano Segundo fue a buscar a Fernanda del Carpio a mil kilómetros del mar». Para él, nacido en el Caribe, «aquel colegio era un castigo y aquel pueblo helado una injusticia».Su único consuelo fue la lectura. Pobre, sin familia, costeño en un mundo de «cachacos», Gabriel encontraría en los libros la única manera de fugarse de una realidad tan sombría.(...)
Aunque pretenda ser pirata, no soy caribeña, y no soy gente de mar, pero Bogotá, desde el primer día, también me pareció triste, y fea, y gris. Y será por la falta de oxígeno, pero también me provoca un ahogo grande en el pecho. Bogotá es como una inmensa celda, que suda lluvia por cada pared.
Publicado por amaranta en miércoles, abril 02, 2008 1 comentarios
Etiquetas: livingBogota, locombia, maraña
La selva
Llevo tiempo tratando de describir esto mismo, empapándome de historia sociopolítica colombiana para intentar desenredar esta maraña tan compleja de país.
Estoy en ello pero sin pretensiones, lo hago para mí. Y mientras llega, la documentación se hace fundamental.
Inauguro aquí esta serie de post: La maraña. Recolecta de textos de otros autores que describen las sensaciones que, al menos yo, tengo por Colombia.
En esta ocasión, gracias a Javi, un extracto del artículo de Faciolince (el escritor de moda, El olvido que seremos), publicado en el País el 30 de marzo de 2008:
"(...)Con secuestrados que llevan hasta diez años en las selvas, con una lucha que va para medio siglo (hay guerrilleros hijos de guerrilleros que ni siquiera conocen una ciudad), se entiende que ellos, para quienes la guerra, el secuestro y el tráfico de cocaína se han convertido en un modus vivendi, estén dispuestos a darle a su lucha la duración eterna del infierno.(...)""(...)El viajero que venga hoy a Colombia, si se limita a frecuentar ciertos barrios de las ciudades, si va a zonas rurales o a poblados que no estén muy lejos del corazón de casi todas las regiones, no percibirá una presencia física de la guerrilla. Durante muchos periodos, los mismos colombianos nos hemos olvidado de su existencia, mirándonos el ombligo más o menos civil de las ciudades y campos conquistados. Cerca del corazón no se percibe el temor de un ataque, y ni siquiera ahora se corren graves riesgos de secuestro. Pero si el visitante se aparta, cuanto más se aleje notará que la mano del Estado llega cada vez más débil. Allí gobierna la fuerza y se vive en la ley de la selva, bien sea que ésta la impongan los guerrilleros, los paramilitares reencarnados –a pesar del proceso de paz– o los caciques.
Colombia no es un solo país, y ni siquiera sus ciudades son una sola ciudad. A media hora de distancia, en nuestras capitales conviven opulencias del Primer Mundo europeo o norteamericano con miserias africanas. Como un microcosmos, como un resumen del mundo, en las ciudades de Colombia se puede pasar en un rato de Suiza a Sierra Leona, y en esta imagen se incluye desde el color de los habitantes, pasando por el verdor de los prados y la tranquilidad de las vacas que pastan en valles paradisiacos, hasta llegar, no mucho más allá, a las basuras y albañales al aire libre, a la miseria desnuda, al hambre –casi siempre vestida de piel más oscura– y al ardor estéril de las tierras baldías o semidesérticas.
Un elemento que no se puede olvidar en el conflicto colombiano es que al virus guerrillero le resultaron unos anticuerpos tan virulentos e incluso más mortíferos que la enfermedad que pretendían combatir: los paramilitares. Si en los últimos años se ha registrado un gran descenso en las cifras de asesinatos en Colombia, esto se debe al proceso de paz con los paras, que resolvieron dejar de matar. Y como eran ellos quienes más mataban, con métodos salvajes y viendo guerrilleros en cualquier persona crítica, las cifras han mejorado. Lo malo es que en muchas regiones su poder permanece intacto, y a veces da la impresión de que este proceso de paz no es otra cosa que la llegada a la edad de retiro de una generación de comandantes narco-paramilitares que, después de jubilada, podría ser reemplazada por otra. Otra interpretación es que, en algunas zonas rurales, ellos ya ganaron la guerra, tienen el poder político y ahora controlan a la población con métodos de extorsión que no requieren tantos asesinatos como antes.
La mayoría de los colombianos queremos creer que nuestras pesadillas no serán eternas, y para protestar contra ellas participamos hace poco en dos marchas: una contra la guerrilla, de muchos millones de personas, y otra contra los paramilitares, que incluyó también a personas de todas las extracciones y categorías sociales. Creo que al fin las mayorías estamos de acuerdo en que hay que oponerse a unos y a otros. (...)"
Publicado por amaranta en martes, abril 01, 2008 1 comentarios
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