Otro pequeño fragmento que me fascinó al leerlo hace unos meses. Recomiendo el libro entero, pero estos párrafos en particular siguen dando vueltas en mi cabeza.
Al poco de llegar no sabía cómo explicar la tristeza que Bogotá me transmitía. A las pocas semanas Plinio Apuleyo Mendoza me susurró bajito, como para calmarme, que a mi ídolo por excelencia le pasó lo mismo de chico.
Fragmento de El olor de la guayaba, Gabriel García Márquez, Conversaciones con Plinio Apuleyo Mendoza.
Al poco de llegar no sabía cómo explicar la tristeza que Bogotá me transmitía. A las pocas semanas Plinio Apuleyo Mendoza me susurró bajito, como para calmarme, que a mi ídolo por excelencia le pasó lo mismo de chico.
Fragmento de El olor de la guayaba, Gabriel García Márquez, Conversaciones con Plinio Apuleyo Mendoza.
(...)Bogotá le pareció «una ciudad remota y lúgubre donde estaba cayendo una llovizna inclemente desde el principio del siglo XVI. “Lo primero que me llamó la atención de esa capital sombría fue que había demasiados hombres de prisa en las calles, que todos estaban vestidos como yo con trajes negros y sombreros, y que, en cambio, no veía a ninguna mujer. Me llamaron la atención los enormes percherones de carros de cerveza bajo la lluvia, las chispas de pirotecnia de los tranvías al doblar las esquinas bajo la lluvia, y los estorbos del tránsito para dar paso a los entierros interminables. Eran los entierros más lúgubres del mundo, en carrozas de altar mayor y caballos negros engringolados de terciopelos y morriones de plumones negros, y cadáveres de buenas familias que se sentían los inventores de la muerte”.
Los caballos y los carros siguen circulando por esta ciudad. Las zorras que cargan escombros de un lado a otro, y se deshacen de ellos en cuanto pueden, tapando un bache, o llevándolos a rincones remotos que yo no conozco.
También los coches de muertos recorren la ciudad. Muchos al principio, no sé si ahora menos, o será la costumbre de verlos. Siempre llenos, literalmente, hasta el techo de coronas de flores. Y, a pesar del color, siguen siendo tan oscuros como la muerte.
Un europeo, habituado sólo a los pacíficos cambios de las estaciones -cambios que se organizan en el tiempo y no en el espacio- no puede fácilmente imaginar el violento contraste que en un mismo país puede existir entre el mundo del Caribe y el mundo de la cordillera, de los Andes. Contraste geográfico, en primer término. Mundo de luz y de calor, el Caribe sólo podría pintarse con azules y verdes intensos. Mundo de brumas, de lluvias tenues y vientos fríos, los Andes despliegan una fina gama de grises y verdes melancólicos.
Y yo me digo que es cierto, que si a uno se lo explican no puede entender tanta diferencia. Colombia es Colombia, y punto. Pero cuando tus pies caminan por su suelo, ya sea en la montaña, o en la costa, o en los valles entre las cordilleras, descubres que Colombia de una no tiene nada, y que lo de que todos somos iguales no es cierto, y que lo de que hay un Dios en el cielo no tiene ningún sentido tampoco, a pesar de las miles de iglesias y los millones de devotos. La Pachamama, ella sí existe.
Contraste humano, también. Descendiente de andaluces, de negros y arrogantes indios caribes, el costeño es abierto, alegre, ajeno a todo dramatismo y sin ninguna reverencia por jerarquías y protocolos. Le gusta el baile; ritmos africanos, percutantes, sobreviven en su música, que es siempre alegre. El colombiano de la cordillera, en cambio, marcado por el formalismo castellano y por el carácter taciturno y desconfiado del indio chibcha, es un hombre de sutiles reservas y ceremonias; sutil también en su humor. La cortesía de sus modales encubre a veces un fondo de agresividad, que el alcohol con frecuencia revela de manera intempestiva. (La violencia política del país nunca ha surgido de la costa, sino del altiplano.) Como el paisaje que rodea al andino, su música es triste: habla de abandonos, de distancias, de amores que se van.
Nada podía resultarle más extraño y más duro a aquel muchacho de trece años, venido de la costa, que encontrarse de pronto obligado a vivir en un mundo tan distinto al suyo. Quedó sobrecogido viendo aquella capital tan triste. En el crepúsculo, sonaban campanas llamando a rosario; por las ventanillas del taxi, veía calles grises de lluvia. La idea de vivir años en aquella atmósfera funeraria le oprimía el corazón. Para sorpresa de su acudiente, que había venido a buscarlo a la estación del tren, se echó a llorar.
El liceo donde iba becado funcionaba en un «convento sin calefacción y sin flores» y estaba en el mismo «pueblo remoto y lúgubre donde Aureliano Segundo fue a buscar a Fernanda del Carpio a mil kilómetros del mar». Para él, nacido en el Caribe, «aquel colegio era un castigo y aquel pueblo helado una injusticia».Su único consuelo fue la lectura. Pobre, sin familia, costeño en un mundo de «cachacos», Gabriel encontraría en los libros la única manera de fugarse de una realidad tan sombría.(...)
Aunque pretenda ser pirata, no soy caribeña, y no soy gente de mar, pero Bogotá, desde el primer día, también me pareció triste, y fea, y gris. Y será por la falta de oxígeno, pero también me provoca un ahogo grande en el pecho. Bogotá es como una inmensa celda, que suda lluvia por cada pared.



1 comentarios:
Ya lo dijimos nosotras al principio, esta ciudad es gris. Incluso los días de sol, sigue siendo gris y no invita a nada más que al consumismo. Eso sí, ahora, con Mambo y tu colección de libros también te invita a sacar al perro y a volar desde casa a otras realidades mejores.
Un beso
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