Después de horas de confidencias en el coche, Encarni y yo llegamos a Lisboa. ¡Por fin Lisboa!, ¡qué bien Lisboa!
Una vez cruzado el puente, un café y un cigarro en una terraza cualquiera nos dan la bienvenida. Empezamos a creernos que por fin hemos organizado un viaje y estamos en destino. Ávila fue un entrenamiento circular. Allí místicas, ¿y aquí?
Nuestros anfitriones: Gil y Caro, amigos de Encarni. Una pareja de alemanes adorables, hechos el uno para el otro.
Así que, entre inglés, alemán y portuñol el Barrio Alto nos riega de birras. Y sentados en corro en una explanada descubro las colinas de la ciudad. Me gusta, se me hinchan de aire los ojos. A Encarni, por un momento la noche le parece Granada.
Al día siguiente, Praia Morena. Me recuerda los veranos de mi infancia, el Atlántico, el agua helada, la brisa y el sol en una playa de arena clara (de la que me robo un poco para la colección).
Morenas enought? El día amanece nublado. En la Boca do Inferno vemos las olas golpear contra las rocas. Y de boca en boca, al Cabo, donde la tierra se acaba y el mar comienza.
De un brinco nos colamos en un cuadro de Monet, frente a la entrada de Monserrate, ¡¡nenúfares!! Y de un cuadro a un cuento, el de una princesa que vive en un jardín secreto, lleno de helechos y magnolias, de árboles imposibles y una pequeña capilla acosada por raíces.Sintra, estrecha. Y en la Quinta da Regaleira descubrimos al fauno del laberinto. Se despierta la fantasía, cuentos, magia, globos y bolas de cristal.
Por la noche, concierto en la plaza del comercio, Terrakota. La música no me gusta, pero el escenario se llena de niñas que bailan y me hacen sonreír. Un collar de Brasil para pedir un deseo. El brasileño simpático me falló, mi deseo no se cumple...
Día de paseo por Lisboa. Subida obligada en el ferrocarril. Y en el mirador de Santa Luzia por teléfono nos contagian la locura. El ICEX nos sigue torturando, ¡destinos hasta la C! Paseamos cerca del castillo de san Jorge para relajarnos, y nos ladran a modo de piropo...
Cena con familia alemana, o portuguesa, ¡o qué sé yo!, ¡qué raro es todo! Prisas e histeria, y tres chicas en coche perdidas por Lisboa. "Scusa!", jajaja. Y tarde, pero llegamos a la Tasca do Chico. Un cartel en la pared reza que es tan fadista quien canta como quien sabe escuchar. Yo no debo ser buena fadista, porque no me ha producido una gran curiosidad. Pero debo ser Jesica, porque me puso la piel de gallina al cantar.
Como avocadas al bucle, Encarni y yo celebramos las noticias y nos despedimos de Lisboa, con café y cigarro en la misma terraza cualquiera que nos vio llegar.



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