Rubén

Aún no sé bien qué es eso tan familiar que encuentro en Rubén desde el día que nos conocimos. Pero me hace sentir bien.

Tampoco sé cuál fue el punto de inflexión en nuestra relación. Con casi todo el mundo uno se relaciona de una cierta forma hasta que se traspasa una frontera abstracta que marca la diferencia. A partir de ese momento las personas se relacionan de forma distinta, con mayor confianza, y actitudes físicas distintas. Con Rubén no recuerdo este punto, porque no recuerdo esa primera fase de tanteo, de corrección, y de distancia.

Rubén se convirtió muy al principio en una especie de hermano mayor. Un apoyo incondicional, una boya cuando lloraba, una sonrisa, sus palabras siempre amables conmigo, demasiado generosas siempre conmigo. Y yo, sentadita siempre a su derecha en las reuniones del proyecto, y Rubén actuando de filtro para mí, protegiéndome de nuestro horrible tutor, y sobre todo protegiéndome de mis histerias durante aquellos encuentros.

Rubén es reservado, es un misterio. Y sin embargo a mí no me produce intrigas. Porque Rubén es generoso, entrega, y se entrega. Y hay quien se pregunta, quien no es capaz de montar el rompecabezas sin ayuda sobre el misterio que es Rubén. Yo saboreo tanto cada una de esas piezas que ni siquiera me planteo tratar de ordenarlas.

Y no sabría definir qué vínculo nos une. Pero él y yo lo sabemos, y nos lo decimos, mucho. Pero creo que más allá de las palabras lo que cobra sentido es cuando Rubén y yo nos miramos. Y es que esos ojos preciosos suyos me hablan con frecuencia, y, sobre todo, escuchan a los míos. Si algo me gusta de estar con Rubén son esos cruces de miradas, porque son miradas viejas de gente que se sabe bien y se quiere bien.

En lo que sí creo que somos parecidos es en la forma de sentir a la gente. Me parece que su familia y la mía tienen afectos comunes, y creo que eso nos ha hecho a los dos generosos en ese sentido. Rubén no espera cambios, Rubén respeta a cada quien como es, y después decide a quién querer, pero no busca nada que no haya visto antes.

Yo a Rubén le quiero mucho. Más allá, le respeto y le admiro. Y, a veces, pensaba que todas las cosas bonitas que me decía las decía por hacerme sentir bien, para no dejarme caer y que las cosas salieran adelante. Descubrí la verdad en sus palabras a través de Chevi, con el que yo no tenía una relación directa estrecha, y sin embargo, me hablaba de mí con mucho cariño. Y la culpa de eso la tenía Rubén, que como un hermano mayor proyecta sobre mí una imagen subjetiva, inflada y preciosa.

Durante mi visita a Argentina Rubén me ha demostrado algo que me hacía falta, que para él siempre he sido Luchi, y lo que es más importante, que lo seguiré siendo. Para mí él es Rubén, y trae consigo la calma del mar en los ojos.

Me voy...

Apenas he dormido una hora. Pero no es de sueño que tengo los ojos hinchados.

Me pasó en Madrid, en una esquina de Alberto Aguilera. Me niego a despedirme de Encarni. Y no quiero llorar, pero no me aguanto las lágrimas. Y quiero creer que podemos hacer como si mañana volviéramos a vernos, pero las dos sabemos que no.


La abrazo y la beso, casi como un novio triste, y me subo al taxi que me llevará al aeropuerto. La última imagen se parece a la primera, por la misma calle, esta vez de noche, y en la dirección contraria, me despido de Encarni con las manos desde el otro lado del cristal, el del taxi, el de su portal.



Caleidoscopios

Kalos = bella
Eidos = imagen
Skópeo = observar


Es mi último día en Buenos Aires. Han sido días intensos, y suficientes como para haber construido una pequeña rutina. Me da tanta pena irme... Por eso Genoveva (mi cámara maravillosa) y yo nos tiramos a la calle con ganas de llevárnoslo todo en los ojos.


Me despierto temprano porque tengo una cita. Le pedí a Rubén que durante estos días me regalara un rato suyo, algo que a él le guste hacer en Buenos Aires y que lo compartiera conmigo. Así que, después de ver su casa preciosa, me lleva a conocer la librería más bonita que yo haya visto nunca, el Ateneo.




Y me invita a desayunar en La Biela, pero sobre todo a charlar, a compartir impresiones, sentimientos, tonterías y otras teorías que no son tan tontas. Echaba de menos esta intimidad con Rubén, nuestras escasas quedadas madrileñas, comidas y cafés que siempre me supieron a poco. Y hablar ahora con él es encontrarme con él y conmigo.


Encarni se nos une al cabo del rato, y paseamos por ese cementerio mágico que anoche sólo vislumbré entre la oscuridad.





Cómo irse de Buenos Aires sin visitar La Boca. Para allá que nos vamos, ahora sí tipo tropa, a pasear por esas calles tan coloridas y tangueras.



Para recuperar fuerzas, los últimos de Filipinas comemos en San Telmo, a una hora más propia de merienda, y aunque esperamos, de más, mereció la pena. Como colofón, postres y charla sobre dulce, muy dulce. Y es carnaval en San Telmo.



Estamos rendidos, así que el clásico pelis y pizzas en casa de Encarni se impone. Tratamos de ver Grease, pero en inglés no tiene ninguna gracia jugar a quién se sabe los diálogos. ¡Oh, Sandy!



A medida que pasa el rato a mí me va entrando la pena a pesar del cansancio. Y llega el momento. Me despido de todos de madrugada, me da pena decirle adiós a Nacho, a Gabi también, pero sobre todo me abrazo a Rubén y lloro, y no me quiero soltar.

Y me quedo con mi niña, y todo es como siempre, y la charla hasta las mil me sabe como aquel desayuno de despedida en Madrid el día que ella volaba a Buenos Aires. Qué pena.

¡Cumpleaños feliz!

Un taxista historiador (cómo no, aquí todos son ingenieros, licenciados en las más extrañas carreras, y sobre todo, como dice Encarni, todos, todos, son economistas) nos lleva hasta la Recoleta. A casa de Rubén, se supone.

Y caminamos por la calle, entre el bullicio de un viernes por la noche, y, de repente, Encarni se planta frente a una puertita escondida y pica un timbre mientras habla por el móvil (porque no dejó de hablar por el móvil en toda la tarde, Aha, sí, bueno, eso...). Y junto al timbre leo Ring the bell, y claro, me mosqueo. Y nos abren la puerta y me encuentro la mesa de check-in de un hostal, y me mosqueo. Están arriba, nos dice el chico, y yo miro con impaciencia las escaleras infinitas, infinitas sobre todo porque no se me ocurrió nada mejor que plantarme 30 cm de tacón.

Así que, subimos las cuatro plantas y, de repente, AIRE. Aparezco en una terraza a oscuras desde la que se ve Buenos Aires, y sobre todo, ese precioso cementerio de la Recoleta que no huele a muerte sino a descanso.

¡SORPRESA! Y, se encienden las luces, y frente a mí una mesa enorme, un asado, un cumpleaños a la argentina. Pero, sobre todo, frente a mí, Rubén y Encarni, y Nacho y Gabi, y todos aquellos a los que han podido reunir para hacerme un cumpleaños ruidosos de esos que me gustan a mí. Y, claro, a pesar de imaginarme una sorpresa semejante, a pesar de que estoy con quien quería estar esta noche, pues lloro. Porque sí, porque me emociona, porque me gusta, y porque no sé cómo darles las gracias por algo tan bonito como esta noche de aire en la ciudad. Me siento en casa, chicos, gracias.


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