Kalos = bella
Eidos = imagen
Skópeo = observar
Es mi último día en Buenos Aires. Han sido días intensos, y suficientes como para haber construido una pequeña rutina. Me da tanta pena irme... Por eso Genoveva (mi cámara maravillosa) y yo nos tiramos a la calle con ganas de llevárnoslo todo en los ojos.
Eidos = imagen
Skópeo = observar
Es mi último día en Buenos Aires. Han sido días intensos, y suficientes como para haber construido una pequeña rutina. Me da tanta pena irme... Por eso Genoveva (mi cámara maravillosa) y yo nos tiramos a la calle con ganas de llevárnoslo todo en los ojos.
Me despierto temprano porque tengo una cita. Le pedí a Rubén que durante estos días me regalara un rato suyo, algo que a él le guste hacer en Buenos Aires y que lo compartiera conmigo. Así que, después de ver su casa preciosa, me lleva a conocer la librería más bonita que yo haya visto nunca, el Ateneo.

Y me invita a desayunar en La Biela, pero sobre todo a charlar, a compartir impresiones, sentimientos, tonterías y otras teorías que no son tan tontas. Echaba de menos esta intimidad con Rubén, nuestras escasas quedadas madrileñas, comidas y cafés que siempre me supieron a poco. Y hablar ahora con él es encontrarme con él y conmigo.
Encarni se nos une al cabo del rato, y paseamos por ese cementerio mágico que anoche sólo vislumbré entre la oscuridad.
Cómo irse de Buenos Aires sin visitar La Boca. Para allá que nos vamos, ahora sí tipo tropa, a pasear por esas calles tan coloridas y tangueras.
Para recuperar fuerzas, los últimos de Filipinas comemos en San Telmo, a una hora más propia de merienda, y aunque esperamos, de más, mereció la pena. Como colofón, postres y charla sobre dulce, muy dulce. Y es carnaval en San Telmo.
Estamos rendidos, así que el clásico pelis y pizzas en casa de Encarni se impone. Tratamos de ver Grease, pero en inglés no tiene ninguna gracia jugar a quién se sabe los diálogos. ¡Oh, Sandy!
A medida que pasa el rato a mí me va entrando la pena a pesar del cansancio. Y llega el momento. Me despido de todos de madrugada, me da pena decirle adiós a Nacho, a Gabi también, pero sobre todo me abrazo a Rubén y lloro, y no me quiero soltar.
Y me quedo con mi niña, y todo es como siempre, y la charla hasta las mil me sabe como aquel desayuno de despedida en Madrid el día que ella volaba a Buenos Aires. Qué pena.



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