Un taxista historiador (cómo no, aquí todos son ingenieros, licenciados en las más extrañas carreras, y sobre todo, como dice Encarni, todos, todos, son economistas) nos lleva hasta la Recoleta. A casa de Rubén, se supone.
Y caminamos por la calle, entre el bullicio de un viernes por la noche, y, de repente, Encarni se planta frente a una puertita escondida y pica un timbre mientras habla por el móvil (porque no dejó de hablar por el móvil en toda la tarde, Aha, sí, bueno, eso...). Y junto al timbre leo Ring the bell, y claro, me mosqueo. Y nos abren la puerta y me encuentro la mesa de check-in de un hostal, y me mosqueo. Están arriba, nos dice el chico, y yo miro con impaciencia las escaleras infinitas, infinitas sobre todo porque no se me ocurrió nada mejor que plantarme 30 cm de tacón.
Así que, subimos las cuatro plantas y, de repente, AIRE. Aparezco en una terraza a oscuras desde la que se ve Buenos Aires, y sobre todo, ese precioso cementerio de la Recoleta que no huele a muerte sino a descanso.
¡SORPRESA! Y, se encienden las luces, y frente a mí una mesa enorme, un asado, un cumpleaños a la argentina. Pero, sobre todo, frente a mí, Rubén y Encarni, y Nacho y Gabi, y todos aquellos a los que han podido reunir para hacerme un cumpleaños ruidosos de esos que me gustan a mí. Y, claro, a pesar de imaginarme una sorpresa semejante, a pesar de que estoy con quien quería estar esta noche, pues lloro. Porque sí, porque me emociona, porque me gusta, y porque no sé cómo darles las gracias por algo tan bonito como esta noche de aire en la ciudad. Me siento en casa, chicos, gracias.
Y caminamos por la calle, entre el bullicio de un viernes por la noche, y, de repente, Encarni se planta frente a una puertita escondida y pica un timbre mientras habla por el móvil (porque no dejó de hablar por el móvil en toda la tarde, Aha, sí, bueno, eso...). Y junto al timbre leo Ring the bell, y claro, me mosqueo. Y nos abren la puerta y me encuentro la mesa de check-in de un hostal, y me mosqueo. Están arriba, nos dice el chico, y yo miro con impaciencia las escaleras infinitas, infinitas sobre todo porque no se me ocurrió nada mejor que plantarme 30 cm de tacón.
Así que, subimos las cuatro plantas y, de repente, AIRE. Aparezco en una terraza a oscuras desde la que se ve Buenos Aires, y sobre todo, ese precioso cementerio de la Recoleta que no huele a muerte sino a descanso.
¡SORPRESA! Y, se encienden las luces, y frente a mí una mesa enorme, un asado, un cumpleaños a la argentina. Pero, sobre todo, frente a mí, Rubén y Encarni, y Nacho y Gabi, y todos aquellos a los que han podido reunir para hacerme un cumpleaños ruidosos de esos que me gustan a mí. Y, claro, a pesar de imaginarme una sorpresa semejante, a pesar de que estoy con quien quería estar esta noche, pues lloro. Porque sí, porque me emociona, porque me gusta, y porque no sé cómo darles las gracias por algo tan bonito como esta noche de aire en la ciudad. Me siento en casa, chicos, gracias.
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