El primer día Dios creo la luz y la oscuridad. A mí me ha costado un mes llenar de luz esta experiencia. El mérito lo tienen varias personas: mi madre, que no para de decirme que "suda orgullo"; María, Isa, Clemente y Perico, que están lejos, y más por esta incapacidad mía para la comunicación a distancia, y, a pesar de todo, tengo la certeza de que están aquí conmigo; Lino, tanto por su insistencia como por su paciencia; Pablo, por su positivismo y sus ganas de exprimir Colombia; Lluc, por acompañarme en cada paranoia; los Fenómenos en general, porque me siguen llenando de cariño en sus mails; y, Enrique en particular, por haberme recordado quién soy, y por qué hay tanta gente a mi alrededor que me cuida.
Todas las ciudades tienen un color y una textura. Londres, París, Madrid. Forma parte de su personalidad, la definen. Y en las películas los directores de fotografía redefinen esos colores y texturas, los imitan, los trastornan. A mí, el director de fotografía de Bogotá no me cae bien. Así que he decidido reelegir la película apropiada para contemplar esta ciudad.
Excursión a Zipaquirá, en busca de espiritualidad en las tripas de una montaña de sal. Pero no es la luz fluorescente de la catedral de la que hablo. Los viajes abren los ojos, parece que pasan más cosas cuando uno se mueve. Hoy es un día de sol, y la realidad, de pronto, me ilumina.
En un trencito a vapor la emoción de los niños se me contagia, y a ratos no sé si mis risas son también culpa de las de Sofía, esa niña de rizos y ojos vivos que se sienta justo detrás.
Salir de Bogotá, salir del ghetto.
Hoy tengo ganas de hacer fotos, y la cámara me advierte que no aguantará este ritmo mucho rato. No importa, que capture lo que tenga que capturar, lo demás me lo guardo detrás de los ojos, aunque sea con la inquietud de saber que lo que no mire ahora no volverá a suceder.
Todas las ciudades tienen un color y una textura. Londres, París, Madrid. Forma parte de su personalidad, la definen. Y en las películas los directores de fotografía redefinen esos colores y texturas, los imitan, los trastornan. A mí, el director de fotografía de Bogotá no me cae bien. Así que he decidido reelegir la película apropiada para contemplar esta ciudad.
Excursión a Zipaquirá, en busca de espiritualidad en las tripas de una montaña de sal. Pero no es la luz fluorescente de la catedral de la que hablo. Los viajes abren los ojos, parece que pasan más cosas cuando uno se mueve. Hoy es un día de sol, y la realidad, de pronto, me ilumina.
En un trencito a vapor la emoción de los niños se me contagia, y a ratos no sé si mis risas son también culpa de las de Sofía, esa niña de rizos y ojos vivos que se sienta justo detrás.
Salir de Bogotá, salir del ghetto.
Hoy tengo ganas de hacer fotos, y la cámara me advierte que no aguantará este ritmo mucho rato. No importa, que capture lo que tenga que capturar, lo demás me lo guardo detrás de los ojos, aunque sea con la inquietud de saber que lo que no mire ahora no volverá a suceder.



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