Dicen que a los viejos se les va agriando el carácter, y pierden las formas, porque ya están de vuelta de todo. Algunos incluso porque ya están cansados de vida, y lo que quieren es dejar de formar parte del absurdo.
Después de vivir durante nueve meses en este destino infame, y sabiendo que quedan sólo tres más por delante, he decidido acogerme al hecho de estar viviendo mi tercera edad bogotana. Como en una sucesión de vidas y reencarnaciones siempre humanas (por cierto, debí portarme muy mal en la anterior).
Así que, como también estoy de vuelta de todo, y lo único que quiero es dejarme dormir hasta despertar de nuevo en Madrid. Creo que tengo el derecho, igual que los viejos, a despotricar todo lo que se me antoje.
Para mí la pena es una cosa de tristeza. Y gracias a los culebrones, sabía que en estas tierras, venía a ser la “vergüenza”. Pero estaba equivocada, porque como resulta que son unos desvergonzados, pues el “qué pena” se traduce en realidad por una mera fórmula lingüística carente de significado. Una fórmula mágica, a lo abracadabra, que soluciona cualquier cagada. Así, en Colombia, todo se da por zanjado poniendo cara de imbécil y murmurando “qué pena...”.
Si la camarera te trae un plato que nada tiene que ver con lo que pediste, con un “qué pena”, lo ha solucionado.
Si la tintorería no te devuelve ni tus sábanas ni tus toallas el día en que habíais quedado en ello, y tú te tienes que ir de refugiada a casa de un amigo sin noticias del tintorero. No pasa nada, porque tres días después él te dice partiéndose el culo de ti “qué pena con usted, señora Lucía”, y ya está. ¡Cómo vas a seguir enfadada?
Si la esteticien que te depila es una inepta, te arranca la piel a tiras, y te deja toda ensangrentada: “qué pena”.
Si te tiran un café encima, con un “qué pena”, aunque sea dicho desde la mayor hipocresía, también queda resuelto.
Si te empujan; ah no, si te empujan ni siquiera se disculpan.
Si te pierden las maletas: “qué pena”.
Y, en general, “qué pena” se escucha después de cada interacción con un nativo; porque como todo lo hacen mal, pues después: “qué pena”, y listo.
Pues yo, estoy harta: del “qué pena", de la incompetencia, y de la cortedad mental.
Estoy harta de tener conversaciones simples que se enredan hasta límites dantescos.
Estoy harta de la hipocresía, los morritos en los labios, y las formalidades carentes de significado.
No sólo me cabrea la forma que tienen los colombianos de hablar el español (que no se malentienda, hablo del español de calle, no el de las obras literarias, que las hay muy grandes); lo que más me enciende es el fondo detrás de ese español: retorcido y vacío.
Pues sí, estoy hasta los huevos. Como los viejos, que están siempre gruñendo por todo. Y con toda la razón.
La pena, a la española esta vez, es que todavía me tengo que aguantar con los dientes apretados hasta que me vaya.
O no... Total, después les digo “qué pena” y todo solucionado.
Después de vivir durante nueve meses en este destino infame, y sabiendo que quedan sólo tres más por delante, he decidido acogerme al hecho de estar viviendo mi tercera edad bogotana. Como en una sucesión de vidas y reencarnaciones siempre humanas (por cierto, debí portarme muy mal en la anterior).
Así que, como también estoy de vuelta de todo, y lo único que quiero es dejarme dormir hasta despertar de nuevo en Madrid. Creo que tengo el derecho, igual que los viejos, a despotricar todo lo que se me antoje.Para mí la pena es una cosa de tristeza. Y gracias a los culebrones, sabía que en estas tierras, venía a ser la “vergüenza”. Pero estaba equivocada, porque como resulta que son unos desvergonzados, pues el “qué pena” se traduce en realidad por una mera fórmula lingüística carente de significado. Una fórmula mágica, a lo abracadabra, que soluciona cualquier cagada. Así, en Colombia, todo se da por zanjado poniendo cara de imbécil y murmurando “qué pena...”.
Si la camarera te trae un plato que nada tiene que ver con lo que pediste, con un “qué pena”, lo ha solucionado.
Si la tintorería no te devuelve ni tus sábanas ni tus toallas el día en que habíais quedado en ello, y tú te tienes que ir de refugiada a casa de un amigo sin noticias del tintorero. No pasa nada, porque tres días después él te dice partiéndose el culo de ti “qué pena con usted, señora Lucía”, y ya está. ¡Cómo vas a seguir enfadada?
Si la esteticien que te depila es una inepta, te arranca la piel a tiras, y te deja toda ensangrentada: “qué pena”.
Si te tiran un café encima, con un “qué pena”, aunque sea dicho desde la mayor hipocresía, también queda resuelto.
Si te empujan; ah no, si te empujan ni siquiera se disculpan.
Si te pierden las maletas: “qué pena”.
Y, en general, “qué pena” se escucha después de cada interacción con un nativo; porque como todo lo hacen mal, pues después: “qué pena”, y listo.
Pues yo, estoy harta: del “qué pena", de la incompetencia, y de la cortedad mental.
Estoy harta de tener conversaciones simples que se enredan hasta límites dantescos.
Estoy harta de la hipocresía, los morritos en los labios, y las formalidades carentes de significado.
No sólo me cabrea la forma que tienen los colombianos de hablar el español (que no se malentienda, hablo del español de calle, no el de las obras literarias, que las hay muy grandes); lo que más me enciende es el fondo detrás de ese español: retorcido y vacío.
Pues sí, estoy hasta los huevos. Como los viejos, que están siempre gruñendo por todo. Y con toda la razón.
La pena, a la española esta vez, es que todavía me tengo que aguantar con los dientes apretados hasta que me vaya.
O no... Total, después les digo “qué pena” y todo solucionado.
Foto: asoftblackstar



5 comentarios:
Nena!!!!!!!!!!!
Que sepas que aunque no te escriba, me acuerdo de ti muchísimo. Y debo decirte que me acuerdo y me da pena (de la nuestra, de la de verdad) saber que te dejé allí, sola en esa ciudad infernal.
Eso sí, te aseguro que cuando vuelves se te olvida aquello muy rápido y queda en un mero recuerdo de algo muy lejano.
Aquí te espero en octubre, para que me cuentes en persona cómo han sido estos últimos meses...
Un beso enorme
... que tu casero manda a tu departamento a los de la fumigación con una persona de confianza pero, de repente y sin saber por qué, tus gafas D&G tan bonitas y tan caras, ese caprichito que te diste antes de venirte a 10.000 km. de casa, desaparecen y nadie responde... sí, eso también se arregla aquí con un "qué pena con usted señorita"... y yo, como dicen aquí "me cago en el qué pena, señores". A pesar de todo, no te quedes dormida hasta que vuelvas a Madrid, que hasta entonces seguro que hay mucho que ver y de lo que aprender, Lu.
Un beso fuerte y mucho ánimo.
pena penita penaaa, pena...
como diría la gran Lola:
http://www.youtube.com/watch?v=WlSpGyIRKYU.
creo que te lo tomas a mal. no es la tercera edad de tu estancia allí, sino la recta final, en la que ya toda da básicamente igual y lo debes quemar todo.
Y con respecto a que lo hagan todo mal... lo entiendo perfectamente, la incompetencia subleva.
Pero aunque sea te puedes comunicar con ellos. aquí ni eso, ni entiendo cuando me dicen "qué pena".
Un besazo,
Luis
Que pena contigo, Lluc, pero eres una exagerada... :p
Que va, secundo la moción, no puedo estar más de acuerdo, el maldito "que pena" es de lo que peor llevo de este (maravilloso) país
Y lo pongo entre paréntesis para que no me mordáis, niñas
En Sao Paulo no es qué pena, sino "disculpe, moça", que a efectos prácticos viene a ser lo mismo. Estoy harta de pedir a la misma tía, todos los días, café con leche fría y que me la ponga caliente. Las colas, los retrasos, la lentitud y la ineficiencia generalizada. Yo tampoco he nacido para tener tanta paciencia como estoy desarrollando aquí....
Pero aún así me va a dar tanta pena dejar esto que no quisiera perderme en los inconvenientes y dejar de disfrutar de lo bueno.
Aprovecha, que luego lo echarás de menos.......
Besos
PD. Por cierto, mi canción favorita de Muchachito; hace que algo tan triste suene alegre......
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