Pollo a la moruna

Hace como un año se me despertó una curiosidad insana por lo moro, palabra que, por cierto, adoro. Supongo que la culpa la tuve yo sola, y esa capacidad de autocondicionamiento que todos explotamos de vez en cuando, la música apropiada, las lecturas sugerentes… Durante varias semanas mi habitación parecía un jaima. Pero mi habitación tiene una asombrosa capacidad de caracterización, a veces es jaima, a veces cabaña en una playa de Brasil, a ratos es ese terrenito aislado que tengo en la luna. Pero era una jaima entonces, con incienso, con un cd hipnótico de música turca, que no era lo que tenía que ser, pero cumplía la función en el trance, y me gustaba más que los que tenía de música folclórica marroquí. Ya no sé ni qué leía cuando se me hizo la boca agua con un fragmento que describía una mesa con cuscús, y después el té del desierto. Entonces me acordé de la receta familiar, el pollo a la moruna, mi plato favorito desde niña. Y como un detective torpe asocié informaciones que había conocido de siempre y nunca me había parado a juntar. Llamé a mi abuela y le pregunté, Abu, ¿el pollo a la moruna lo aprendiste a hacer en la época en que vivisteis en Ifni? Ella se rió y me dijo que sí. Le prometí que en cuanto tuviera el tiempo me iba a verla para que me lo contase todo. Qué idiota yo, teniendo a mi abuela a 10 minutos en coche y diciéndole que cuando tuviera el tiempo iría a que me lo contase.

Ayer como en un arrebato de culpabilidad me fui a buscarla a casa. Conque quieres que te hable de Ifni, ¿eh? Me dijo. Y lo hizo con una sonrisa enorme en los ojos. Pero esa sonrisa no era para mí, era para ella, para sus recuerdos. Fue la época más feliz de mi vida, me confesó mientras cogía su bolso y su bastón. Ala, vamos a tomar algo y te cuento lo que quieras. Ponte aquí, hija. Así vamos a ir mucho más cómodas. Me indicó mi abuela, y se agarro de mi brazo izquierdo, se colgó el bastón del bolso, y empezamos a caminar. Volví a sentir que en el mundo las cosas importantes sólo pasaban en tres sitios, en mi casa, en el cole, y en el barrio de mi abuela, que era Madrid, Madrid, con restaurantes y tiendas, y gente paseando, no como la mierda de barrio en la que yo vivía, que sí, muy bonito y muy residencial, pero allí no había más que pijos con los hijos todos vestidos igual.

Teníamos una terraza preciosa. Me dijo mi abuela. ¿Pero se veía el mar?, le pregunté, obsesionada con recrear una imagen perfecta de aquel cuento. Sí, se veía, me contestó sin darle mayor importancia, parecía estar pensando en cosas mucho más importantes. En verdad lo eran. A tu madre le encantaba tirar huevos desde la terraza. Me dijo como absorta en esa imagen. Yo intenté recrear a mi madre de niña con un huevo en las manos y cara de traviesa, pero no pude. Sin embargo, me vino a la cabeza la imagen de mi madre, hace unos años, disgustada, preguntándole a mi hermano qué placer oculto encontraba en tirar cosas por la ventana, desde un doce nada menos, porque ella era incapaz de entenderlo, y se tapó la cara con las manos y negó con la cabeza. Era una de esas veces en las que los padres deben preguntarse a sí mismos ¿qué coño estoy haciendo mal! Y, no sé por qué, de pronto, se me apareció una terraza delante de los ojos, desde la que se veía el mar, y mi abuela de joven en el marco de la puerta observando a una chiquilla de espaldas, con un brazo alzado y los pies de puntillas, la trenza toda revuelta, y un huevo oscuro en la mano. Mi abuela esperaba hasta que mi madre soltaba el proyectil, y después, entre risas contenidas le decía, Pero, Luli, ¿qué haces? Y mi madre se daba la vuelta, con la cara encendida al sentirse descubierta, y escondía las manos como si aún guardase algún huevo. Mi abuela se acercaba con cara de falso enfado, y recogía los huevos que aún quedaban enteros sobre la mesa. Mi madre la abrazaba fuerte por la cintura y arrugaba la nariz como un ratón. Después se echaba a correr con una sonrisa. ¡Mamá, me voy a buscar bichos con Taiti! Teníamos un conejo. La voz de mi abuela me llevó de vuelta a las calles de Chamartín. Y tu madre también quería tirarlo. Pero, no me preguntes cómo, conseguimos salvarle del lanzamiento. Y se rió por dentro recordando travesuras.

Teníamos servicio, ¡una barbaridad! Al principio me llevé una muchacha española, luego se enamoró de un morito y se casó. Y allí se quedó con él cuando nos volvimos. Mi abuela dejó de andar y suspiró, La verdad, yo también me hubiera quedado. Vamos a sentarnos aquí, me dijo. Y en cuanto nos acomodamos en una de las mesitas de la terraza, el camarero se acercó con un Buenas tardes, Doña María Luisa. Buenas, majo. A mí ponme lo de siempre, y a mi nieta lo que ella quiera. Yo me encogí de hombros con una sonrisa y también pedí lo de siempre. Resultó ser un helado de dos bolas, vainilla y fresa, con sirope y barquillos. La idea no me sedujo lo más mínimo, así que, rectifiqué a tiempo. A los pocos minutos tenía una caña en la mano. Teníamos cocinera, jardinero, chofer, y varias personas para las otras faenas. Todos moritos, claro, muy buena gente. Mi abuela retomó la conversación con una determinación que me asombró. Me pedían que les adelantara el sueldo. Y en cuanto cobraban al mes siguiente, lo primero que hacían era devolverme lo prestado. Pepe me echaba la bronca, porque a mí me daba no sé qué cogerles el dinero de vuelta, hija, que un apuro es un apuro. Pero tu abuelo, que no, Mari, que si se lo regalas una vez no vas a saber pararlo. Hizo una pausa.
Mi abuela saboreaba cada una de las cucharadas de su helado de dos bolas. No tenía prisa, y preparaba cada una para que en ella no faltara ningún sabor, sin importar que el helado se fuese derritiendo. Sin ansia. Aquello me pareció puro hedonismo, y me encantó. Además, continuó después de tragar, como tu abuelo era uno de los jefes militares, nos regalaban la comida. Todos los días alguien nos traía huevos, o gallinas, o leche. Y seguía comiendo el helado y soltando pequeñas pinceladas con las que yo me hice un cuadro.

La verdad es que aquello, comparado con España era un poco jauja. Me dijo. Había uno o dos regimientos, ya no me acuerdo, y luego, los demás eran todos moritos. Doña Fernanda era la esposa del jefe militar. La pobre mujer estaba impedida, en una silla de ruedas. Imagínate, en Ifni la pobre, y en una silla de ruedas. No tenían hijos, pero ella era una mujer muy alegre. Organizaba meriendas, íbamos a su casa a tomar el vermú. Y mira, de este detalle me acuerdo como si fuera ayer. Fernanda nos decía, mañana vamos a hacer merienda, y entonces, escondía por la casa, o por el jardín algunas baratijas que compraba allí, pues no sé, pulseritas de plata, y cositas así. Y nosotros las buscábamos, como cuando los niños juegan a buscar huevos en Pascua. Y el que lo encontraba se lo quedaba. Era encantadora. Jugábamos a las cartas también. Y hacía mucho por tenernos entretenidos. Eran agradabilísimos. ¿Hiciste buenos amigos allí, Abu?, le pregunté con cierta curiosidad. Sí, muy buenos, me respondió de forma casi automática. Tras una breve pausa añadió, Bueno, es que tenías que ser amigos, eran todos militares, y los que no eran subordinados de tu abuelo eran jefes, y había que llevarse bien con todos. Pero la cosa militar era lo mejor que había, ¡te puedes imaginar! Vivíamos como reyes. El ejército nos pagaba la casa, la comida, como te he dicho, nos la regalaban. Y después, si teníamos que volver a España, el viaje también lo pagaba el ejército. Así que, ya ves, en Ifni era todo gratis. Pero esas cosas se acaban. Concluyó mi abuela con una sonrisa. ¿Y el abuelo estaba contento en Ifni?, le pregunté con curiosidad. Mucho, como era un mandón, y allí mandaba mucho, pues figúrate. Y, ¿sabes? Me dijo mi abuela con ese tono que anima, porque sabes de antemano que lo que te van a decir te va a gustar. ¿Qué?, contesté. Ellos tienen allí el ramadán, y sus comidas, que son muy exóticas. Y no beben vino. Y los moritos salían a comer a la puerta de sus casas, y cuando pasaba algún militar le invitaban a comer con ellos, y claro, tenías que probarlo. ¿Y a ti te gustaba esa comida, abu? Pues al principio no mucho, pero a todo se acostumbra uno. De pronto me chocó la impasibilidad de mi reacción al escuchar su respuesta. Hoy lo sabemos todo. El relato de mi abuela no me resultaba extraño. Ya sé que los musulmanes hacen ramadán, y que no toman vino, conozco el sabor de su cocina, y me imaginaba de antemano la vidorra que se pegaban los españoles en el protectorado. Yo había ido en busca de anécdotas exóticas que me trasladaran a aquella jaima que me quería construir. Me di cuenta entonces de que la grandeza del relato de mi abuela no estaba en lo que me contaba, eso podía construirlo yo sola. Sus gestos sin embargo, el tono de su voz, las sonrisas, los silencios, y sus ojos, captaron mi atención el resto de la tarde.

Marruecos es precioso. Me dijo. Además, el clima buenísimo, ni frío ni calor, y llueve muy poco. A ti te hubiera gustado, con lo que tú eres de curiosa... A mí me gustó. Lo dijo satisfecha. ¿Por qué os volvisteis entonces?, le pregunté intrigada. Volvimos porque salió una vacante bastante buena en Cáceres para tu abuelo, que no era como Ifni de bonito, pero estuvimos bien. Después nos fuimos a Barcelona, y a otros tantos sitios. Ya no me acuerdo ni de los nombres. ¿Abu, y tú en Ifni qué hacías? Pues buena vida, hija, no ves que teníamos servicio para todo. Administrar la casa, pero poca cosa, si hasta a los niños los cuidaba una muchacha. Pues yo, como una reina, ya ves. Luego, por ejemplo, un día a la semana nos íbamos con todos los jefazos del ejército en un coche militar a hacer alguna excursión, o a algún restaurante. También íbamos a la playa. Era preciosa, y era todo en plan salvaje. Pero claro, hoy en día supongo que aquello no lo reconocería. Era todo como exótico. Mi abuela me regaló la imagen de inciensos que fui buscando cuando sabía que había dejado de ser importante para mí.

¿Cuánto tiempo estuvisteis allí? Tres años, me dijo. Y, ¿volvisteis a España alguna vez? Le pregunté pensando en Colombia. Sí, me dijo, en verano volvíamos a España, y dos veces tuve que venir para parir a tus tíos, en unas avionetas del ejército, que tenías que haberlas visto. Hija, es que ha cambiado el mundo mucho en 40 años. Sí, abu, sí que han cambiado las cosas. De pronto, los 8.039 km que separan Madrid de Bogotá me parecieron mucho más estrechos que los 1.373 que separaban el barrio de mi abuela de Sidi Ifni.

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