Vida de perros

Casi todo el que se enteró de que Mambo se venía conmigo de vuelta a Bogotá reaccionó con un estás loca.

A mí me producía un cierto nerviosismo, por la altura, por las diferencias, por las mil horas de avión metidito en su bolsa junto a mis pies. Pero, no entendía tanta cara de sorpresa. Es mi perro, mi responsabilidad, y mi compañía. La locura fue no traerlo antes.

Así que, de la noche a la mañana, mi rutina bogotana ha cambiado un poco. Me levanto porque una bola de pelos enloquecida da saltos junto a mi cama avisándome de que es la hora, la de bajar a dar un paseo. Me despido explicándole que me voy a la ofi, pero no pasa nada, Mambo, porque a la hora de comer vuelvo y damos otro paseo. Y al cerrar la puerta me aseguro de que mueve la cola de un lado a otro.

Y cuando llego a casa ahora es una fiesta, porque mientras abro la puerta Mambo se ha colocado en posición, y me espera justo al otro lado, y sale corriendo en cuanto la he abierto suficiente para dar saltitos mirándome, sabiendo que en cuanto deje el bolso cogeré su correa, que está atada a la escalera, y nos iremos a dar una vuelta.

Bogotá no invita a pasear, y yo lo echaba de menos. Que Mambo esté aquí significa que es obligatorio salir a pasear. Dar una vuelta por el barrio, descubrir que la rambla que atraviesa mi calle es agradable a pesar del tráfico alrededor, que hay parquecitos secretos a unas manzanas de casa, y que aquí todo huele raro y Mambo, que aunque parezca mentira es un cazador, sigue rastros, olisquea, investiga, se distrae con otro olor y se fascina con todos ellos. Bueno, excepto el de los caballos, aunque no sé si es el olor o el sonido de los cascos en el asfalto, pero cada vez que pasa una zorra parece que viera al diablo.

La gente con la que nos cruzamos nos mira mucho. Y a mí me hace gracia y me molesta. Antes de volver a España habíamos visto un montón de perros como Mambo. Por eso pensé en traerle, pero desde que llegamos, no sé dónde se han metido todos esos perros pequeñitos. Y la gente mira a Mambo, y sonríe, y luego siguen ese impulso que le da a la gente sinvergüenza que les obliga a hablarte si vas con un bebé o un perro. Pero, coño, ¿te molesto yo con mis gilipolleces cuando vas andando por la calle?

Desde que llegamos nos hizo mucha gracia ver tantos perros. ¡En Bogotá hay muchísimos perros! Pero una vez que Mambo estuvo aquí descubrí ciertas cosas sobre esos perros.

1 - La mayoría de los que vemos (casi todos ellos labradores) son perros de vigilancia, en cada edificio, en cada parking de los centros comerciales, por todas partes olisqueando en busca de explosivos.

2 - Los perros personales que se ven por la calle van siempre en manada. Es decir, un paseador de perros los va recogiendo en las casas y los pasea, de ocho en ocho, de diez en diez, como sea. Pero, aparte de eso, ¡la gente no pasea a sus perros! No me cruzo con Lucías y Mambos cuando paseamos por aquí. Como mucho, los sábados y domingos, si hace buen tiempo, en el parque encuentras uno o dos cachorritos con los que los dueños andan jugando. Pero el resto de la semana, ¡qué hace esta gente con sus perros?

0 comentarios: