Soy adicta. Lo admito con un cierto movimiento de cabeza, los ojos al suelo y la vergüenza de saber que es más fuerte que yo.Además del tabaco, y por encima de él quizás en mis drogas básicas está la Coca-cola Light. En todos estos años debo haber bebido piscinas de este elixir marrón, mares incluso en determinadas épocas enfermizas.
The Coca-cola Company lo ha hecho muy bien conmigo. Soy una consumidora fiel al producto, hasta el punto de dejar de ir a ciertos restaurantes o minicines porque un día cuando pedí mi Coca-cola light, por favor, me ofrecieron una Pepsi de mierda (eso el día que me la ofrecen, porque a veces no me avisan y descubro el engaño cuando ya me han plantado la bebida en la mano).
Además, siento una cierta simpatía por la marca, por la compañía, por todo lo que ha llegado a significar algo tan absurdo como un refresco: Capitalismo, Globalización, Gringolandia, la estrategia de marketing más genial del mundo.
Consumo cantidades industriales de esta pócima espumosa. Y, no me creo ni una de las leyendas urbanas que circulan por ahí sobre mi bebida favorita. Si fueran verdad hace tiempo que estaría muerta.
Me parece fantástico que la compañía continúe tratando de innovar, que amplíe su portafolio, y que siga consiguiendo que hasta en el rincón más inhóspito del planeta su marca esté presente. Lo que no me parece bien es que siendo yo una víctima enferma de su droga legal ahora me sienta una yonki en busca de papelinas. ¿Por qué?
Coca-cola Zero ha llegado a Colombia, acompañada de un despliegue publicitario como yo apenas conocía. Hospitalities, azafatas y azafatos que regalan botellitas de etiqueta negra, eso sí, sin tapón, publicidad en todos los formatos, y el nuevo producto instalado en todos y cada uno de los puntos de distribución de esta ciudad. En fin, ¡una maravilla!
¡Pues no, de maravilla nada! Yo no sé si con tanta cosa conseguirán más consumidores o no, pero yo me estoy convirtiendo en una drogadicta FURIOSA. Y es que, esa nueva cosa llamada Zero, ha canibalizado, de la forma más literal, el espacio de mi deliciosa, refrescante, suave y dulce Light. Ahora, vaya donde vaya, los manteles de papel anuncian Zero, los camareros responden con un ah, ¿pero no es lo mismo? cuando me traen la Zero y les repito que Light. No, coño, no es lo mismo, y lo más importante, ¡no sabe igual! Salvando distancias, es como si yo pido un Rioja y me traen un vino chileno, que estará buenísimo, pero yo quiero un Rioja. Cómo va a ser lo mismo si la propia publicidad lo advierte: la Coca-cola de siempre con Zero calorías. Acaso tengo yo que irle explicando al mundo absurdo este de las barbies de quirófano que a mi lo de las calorías me importa un pepino, que me gusta el sabor de la Light, que no me gusta la clásica, y que, por supuesto tampoco me gusta la Zero (que por más qeu insistan no sabe igual qeu la roja, pero en fin...)
Pero todo esto da igual, porque por más que me queje, me enfade o me coja un berrinche cada vez que pido una Light me doy contra un muro enorme con un cartel publicitario de Zero.



1 comentarios:
Veo que tenemos muchas cosas en común¡¡¡
Yo tb bebo litros y litros de cocacola light, el mejor desayuno de resaca (en Brasil aún tenemos suerte y no hay tanta Zero). Y tb he tenido que demostrar a mis compis becarios (con cata de por medio)que la normal, la zero y mi light NO saben igual...
beijos brasileiros
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