Atardece en Bogotá, y hoy es uno de esos días limpios en los que a las seis de la tarde no llueve. Entre el azul intenso del cielo que veo desde mi sofá unas enormes nubes, blancas y densas como cúmulos de leche, se interponen en el camino de los rayos de sol, que les colorean las formas en rojos y amarillos.
Voy a echar de menos las nubes grandiosas de Colombia. Es como si el cielo no hubiera quedado indiferente a la exuberancia de esta tierra y ostentara la viveza del color de las selvas, las formas de animales de zoológico que aquí viven en libertad, los tamaños hiperbólicos de las montañas, o la fuerza de los ríos infinitos.
Bogotá atardece en mí también, y descubro cómo es de sabio nuestro cerebro.




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