De paseo por Botero

Son muchos los artistas de todas las ramas que me provocan una admiración tremenda. A medida que en mi analfabetismo artístico voy aprendiendo a juntar letras, la lista de ídolos en mi santuario particular aumenta. Sin embargo, el más imponente siempre ha sido el gran mago Gabriel García Márquez.

Pero, insisto, son muchos mis héroes y heroínas literarios, musicales, también plásticos, audiovisuales, y últimamente, incluso la danza tiene una capillita en mi catedral de santos propios.

Otro colombiano que siempre ha llamado mucho mi atención es el Maestro, Fernando Botero. Ya en una ocasión mencioné que conocer algo no significa haberlo descubierto. Yo no sé si conocía o no la obra de Fernando Botero, pero recuerdo claramente la impresión que me causaron sus esculturas esparcidas por el paseo de la Castellana en Madrid. Mujeres desnudas, manos, caballos, senos descomunales y al tiempo proporcionados, carnes exageradas, formas infladas, y sobre todo un sello inconfundible. Aquella mañana sucumbí a la volumetría.

Entonces me interesé un poco más por aquel artista del que yo no sabía más que las sensaciones que me habían causado sus esculturas. Averigué, y a lo largo de mi año en Colombia he seguido averiguando, y lo cierto es que si bien el Maestro no ocupa en mi jerarquía plástica la posición homóloga a la de Gabo (que además, repito, es rey de reyes en mi adoración subjetiva), sí que tiene un hueco propio en lo que soy.

Fernando Botero nació en Medellín, y allí pasó sus primeros dieciocho años de vida. Me gusta contar esto porque explica un poco esta debilidad mía por los artistas latinoamericanos del siglo XX (sobre todo los plásticos), y es que, el Prado, por ejemplo, está a tan sólo unos minutos de mi casa de Madrid y antes de los quince lo había visitado infinidad de veces; pero los grandes museos, las grandes obras, la democratización de la cultura, hoy sigue siendo una meta en gran parte de América Latina, y no digamos en los años cincuenta, cuando aquel muchachito apellidado Botero demostraba desde hacía años una enorme vocación y habilidad artísticas sin haber tenido enfrente un Velazquez, por ejemplo, más que por alguna reproducción.


Aquel muchacho que empezó a pintar a los quince, a los dieciocho dejó la escuela porque sabía lo que quería: pintar; apenas un año más tarde, en 1951, con diecinueve años, presenta su primera exposición individual en Bogotá. El chico tenía talento, y sólo cinco años después lo demostró con creces. Realizó la salida típica del artista sudamericano, un viaje de conocimiento por Europa para ver y aprender. Y en Florencia descubrió su camino: el interés exagerado por el volúmen, la búsqueda del barroco reinterpretado, la expresión del costumbrismo o de la más cruda realidad socio-política bajo su sello.

Pero fue en México cuando de pronto, pintando una naturaleza muerta descubrió que acababa de terminar su primera verdadera creación. Aquel día el joven Fernando Botero se ganó la entrada directa en la Historia del Arte, la Historia de la gente que ha tenido personalidad.




El maestro Botero predica una filosofía que comparto plenamente. No sirve hacerlo bien, el artista, para serlo, debe agregar algo más a lo que se conoce. "El caballo, el hombre, el árbol, han sido siempre los mismos desde el principio de la humanidad, sin embargo, el caballo de las cuevas de Altamira, el de Velázquez, el de Caravaggio, el de Giotto, o el de Picasso", son cosas iguales y distintas entre sí.

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