La noche se llena de unas velas minúsculas que colorean de amarillo caliente estas paredes tan blancas de Villa de Leyva.
Todo lleno de perros, y sobre todo de perras. Con esas tetas grandes y flacas, y el hocico que no para de moverse de un lado a otro tratando de encontrar un rastro, comida que asegure que esos colgajos del vientre no dejen de producir leche para sus cachorros.
Y en Raquira mofletes de indio, redondos de compás coloreados en rojo, en caras de pieles secas que no sé leer. No descifro las sonrisas, ni las miradas que se me hacen tristes y quizás no lo sean.
En un desierto verde (la Candelaria) el viento entre los árboles me recuerda con qué angustia extraño el mar. Las montañas parecen no acabar nunca, y volver a casa ahora me parece una epopeya.
Cuatro metros de vértigo en el Paso del Ángel. También el vértigo me está faltando. 250 metros caen a cada lado de este filo. Y después es el agua la que cae, unos 70 metros, cuando se cansa de correr, sin ansias, entre piedras de pizarra.
Todo lleno de perros, y sobre todo de perras. Con esas tetas grandes y flacas, y el hocico que no para de moverse de un lado a otro tratando de encontrar un rastro, comida que asegure que esos colgajos del vientre no dejen de producir leche para sus cachorros.
Y en Raquira mofletes de indio, redondos de compás coloreados en rojo, en caras de pieles secas que no sé leer. No descifro las sonrisas, ni las miradas que se me hacen tristes y quizás no lo sean.
En un desierto verde (la Candelaria) el viento entre los árboles me recuerda con qué angustia extraño el mar. Las montañas parecen no acabar nunca, y volver a casa ahora me parece una epopeya.
Cuatro metros de vértigo en el Paso del Ángel. También el vértigo me está faltando. 250 metros caen a cada lado de este filo. Y después es el agua la que cae, unos 70 metros, cuando se cansa de correr, sin ansias, entre piedras de pizarra.



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