Dejarse mecer

Descubro que Dios no sólo está en los taxis de Bogotá, sino que reside en cada vehículo de Colombia. Después de muchas horas de viaje por caminos imposibles y posibles, veo salir la luna, esta vez detrás de las montañas. Y me dejo mecer en una hamaca de red en este pueblito de pescadores.



No sé qué tiene el caribe, no sé qué tiene. Será que este aire me produce calma. Me emborracho de brisa, un aire templado, lleno de palabras, como en un cuento sin telecomunicaciones en el que los mensajes son llevados por el viento. Calma de verdad por primera vez en Colombia. La sensación de estar haciéndolo bien, y la pena de los sitios, de abandonar cada uno porque sé que no volveré. El mundo es demasiado grande para una vida tan pequeña.

(Para ver las fotos pasa las hojas con el ratón pinchando sobre las esquinas)


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