Mi sueño amazónico I

Caribe y Amazonas fueron mis primeros pensamientos cuando descubrí que mi destino era Colombia. El primero porque sí, el segundo porque cómo no.

Pablo y yo preparamos durante varias semanas el viaje, y por fin el avión desciende. Vemos la selva desde el cielo, y se me viene a la mente un puesto en el mercado, repleto de coles de Bruselas, unas encima de otras, cientos de ellas, miles de ellas, millones, entre las que pareciera no caber ni una puntita más.


Calor caribe, y el mar esta vez de agua dulce. Colombia, la nación de los tres mares. El único país sudamericano con costa en ambos océanos, Pacífico y Atlántico; y en un alarde acuático, la posesión también de 116 kilómetros de río amazónico.

En la Guajira mis piés caminaron por el punto más septentrional del país, y para más inri, de este continente. Esta vez lo hacen por el más austral de Colombia, Leticia. Y aquí es donde uno descubre lo absurdo de las fronteras creadas a mano alzada en un mapa. Ahora estoy en Colombia, ahora estoy en Brasil; Ahora estoy en Brasil, y ahora en Perú; y de Perú a Colombia otra vez. 

Nos alojamos en Mahatu, la casa de Gustavo. Boyacense que pasó media vida en Bélgica. Ahora es un inadaptado, en todas partes, por no ser de ningún lugar.

Por la noche, como una comunidad improvisada, entre sillas, hamacas y mosquitos charlamos Pablo y yo, y Carlos y Susana, y Gustavo. Temática variada: herbología del yagé, escopolamina , LSD y sus efectos derivados y consecuencias. De la vida y la psicología; y las aventuras de Carlos y su bici, recorriendo Perú, Venezuela, Colombia, y Brasil, y encontrando boas hambrientas en el camino. Como en El Principito, esta vez con una tortuga dentro.


Trepo a mi cabaña de Robinson. Escucho los grillos, las cigarras, los gallos desorientados, las motos de un pueblo de verano, los perros, la risa de alguien que pasa por ahí... Y analizo los ruidos de este mundo que me es desconocido. De pronto una lluvia inmensa hace a la tierra removerse. Todos se callan, y gota a gota, el agua golpea las hojitas de este techo, y resbalan todas buscando el suelo para deslizarse hasta el río. Respiro profundo y me dejo dormir.

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